domingo, 5 de mayo de 2019

«En la orilla de nuestro mar»... Un pequeño pensamiento para hoy...


El salmo responsorial de este domingo, me hace ir a su autor, el rey David, ese rey que en el Antiguo Testamento tanto nos enseña y en el que esta mañana veo tres cosas que expresa en el salmo 29 [30] que la liturgia nos propone: David fue un hombre que sabía que el Señor le había establecido como rey sobre Israel, él sabía que Dios le había llamado y establecido sobre Israel. David fue un hombre que sabía que el reino del que él estaba al frente le pertenecía a Dios, no era suyo, sino del Señor. Por último, David sabía que Dios quería usarlo como un canal de bendición para su pueblo, él comprendía que no era por el bien de su persona que él fue enaltecido como rey, sino por el bien de su pueblo de Israel. Este, y los otros salmos atribuidos a David, nos enseñan que David vivía con una dependencia constante de oración, alabanza y gratitud hacia Dios. Él sabía que Dios le ayudaba, pero David clamaba y oraba ante el Señor. De esta manera, creo que el salmo de hoy nos introduce en lo que luego el Evangelio (Jn 21,1-19) nos viene a enseñar, que deberíamos estar acostumbrados a contar con el Señor en todo momento, como se cuenta con la persona amada para vivir con una sencillez y confianza absoluta, simplemente porque esa persona forma realmente parte de nosotros mismos. Lo que nos pasa es que al Señor, en la sociedad actual, el mundo, incluso de los creyentes, lo ha alejado del diario existir y lo ha encerrado en los sagrarios del mundo, en donde pasa muchas horas en soledad. El mundo lo ha encerrado en el templo, en el culto, a lo sumo en la oración. 

La sociedad de hoy, ocupada en consumir, lo ha disociado de la vida. Y, sin embargo, como vemos en el salmo y en el Evangelio de este tercer domingo de Pascua, él aparece allí, en medio de Tiberíades, junto al esfuerzo de aquellos hombres para conseguir unos peces con los que comer y ganar para seguir viviendo que tal vez lo habían hecho a un lado en sus recuerdos, en su oración y todo querían lograr por sí solos. «Sin mí, nada pueden hacer», les había dicho antes Jesús (Jn 5,15) y ahora aparece resucitado en medio del trabajo ordinario, contemplando el esfuerzo para echar una mano señalando dónde se puede sacar mejor fruto, aunque a simple vista aquello se vea como imposible. Tanto en el salmo, como en el Evangelio de hoy, tendríamos que vernos reflejados. La pesca es figura de la misión, como ya sabemos por anteriores episodios en que Jesús anuncia a los que le siguen su propósito de convertirles en pescadores de hombres. La noche es tiempo de la ausencia de Jesús luz del mundo. Los exégetas —los grandes estudiosos del tema— notan que la luz de la mañana coincide simbólicamente con la presencia de Jesús. En la noche y sin él, la misión no tendrá nunca fruto, aquellos no pudieron pescar nada. El mar representa el mundo en el se ejerce la misión. La misión seguirá en manos de los discípulos, pero habrán de pescar no solos, sino siempre con Jesús. Cuando aquellos hombres vuelvan a la orilla, cuando se vuelva a constituir la comunidad cristiana tras la misión, en la playa está ya preparada la acogida. El fuego y la comida. Allí —como bellamente comenta hoy san Marcos— se funden los alimentos que Jesús había preparado y los que ellos aportan. 

Por eso, este domingo es fácil entender que la misión de todo discípulo–misionero en el mundo, termina en la Eucaristía de la comunidad. En ella se hace presente el don de Jesús a los suyos y el don que aportamos unos y otros. Jesús quiere que llevemos el pan, fruto de nuestro esfuerzo, para unirlo indisolublemente al don que nos hace de sí mismo. Y en la mesa eucarística, en la orilla del mar de la vida, ya no se podrá separar el don de Jesús y nuestro propio don. Así como David, al recordar la gran obra de Dios en el salmo 29, no solamente hizo que él alabara, sino que causó en él el animar a otros a alabarle. Así Pedro y los demás nos invitan a ir al encuentro familiar del Señor, —«muchachos», los llama— para que en familia, recuperemos este domingo nuestra conciencia de la misión si queremos celebrar la Pascua cada ocho días. ¿Sabremos dar un nuevo sentido a esa Eucaristía preparada con cariño por Jesús en la orilla de nuestro mar? ¿Seremos lúcidos para aprender de las vidas de David, de Pedro, del discípulo a quien Jesús tanto quería, de María, la Madre del Señor y de tantos más? Ayer fue elevada a los altares una nueva beata mexicana: Concepción Cabrera de Armida, laica, mística y apóstol, una mujer extraordinaria que nos centre en Jesús Eucaristía como la beata María Inés Teresa, como el beato Carlos de Foucauld, como el beato Miguel Agustín Pro y tantos más. No es lo que por nosotros mismos hagamos, sino el echar las redes en su nombre —porque en él acontece lo inesperado, el éxito y el sentido— donde se halla una vida nueva que no va a quedar frustrada ni por el hambre ni por el miedo, ni por el ataque constante del mundo consumista de hoy. Hoy Cristo resucitado y viviente nos hace una invitación familiar en la que nos dice: «¡Tomen y coman!» ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario