jueves, 30 de mayo de 2019

«Como Aquila y Priscila»... Un pequeño pensamiento para hoy


Escribo ahora mi pequeña contribución (por eso se llama «Un pequeño pensamiento») desde la casa de Lucio y Magnolia, que vienen a ser en este y otros días para mí, una especie de «Aquila y Priscila» como en la primera lectura de la Misa de hoy (Hch 18,1-8) que nos habla de este matrimonio que hospedó a Pablo. Llegué desde ayer en la tarde a CDMX para realizar algunas diligencias que me mantendrán aquí hasta la media noche en que regrese a mi nueva Selva de Cemento en Monterrey y empiezo mi reflexión de esta mañana agradeciéndole al Señor por tantos Aquilas y Priscilas que Dios ha puesto en mi vida misionera. ¿Cómo pagar tantos bienes recibidos de tantas gentes tan buenas que se han cruzado en mi vida? ¿Cómo agradecer tantos favores, préstamos de casas, coches, boletos de avión y de autobús, ornamentos, ropa, comida y toda clase de artilugios para ayudarme en mi andar misionero? El salmista hoy me ayuda a hacerlo con este precioso salmo 97 [98], porque cada día que pasa tengo que decir desde lo más hondo de mi corazón lo que él expresa hoy: «Una vez más ha demostrado Dios su amor». ¡No me alcanzaría toda mi vida para agradecer a tantos y tantos por todo lo que he recibido para seguir mi itinerario misionero! Con este salmo puedo alabar esta mañana al Señor que revela su victoria, como hemos visto en la lectura anterior. También nosotros nos alegramos con esa victoria y decimos: «Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria.». 

Muchos de los cristianos del siglo XXI se han despistado y no se dan cuenta de que debemos tener la misma urgencia que los cristianos del primer siglo: «Ver a Jesús» y dar gracias por sus beneficios, que nos llegan muchas veces —la mayoría, diría yo— a través de gente buena, como Aquila y Priscila. Necesitamos experimentar la presencia del Resucitado en medio de nosotros que nos invita a compartir y a ser agradecidos, para reforzar nuestra fe, esperanza y caridad. Pero a muchos les provoca tristeza pensar que el Señor no está entre nosotros, porque no sienten ni pueden tocar su presencia como quisieran. Jesús habla claro en el Evangelio: «Dentro de poco tiempo ya, no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver». Así, toda clase de tristeza se transforma en alegría profunda, porque se experimenta su presencia segura en el compartir, en el ayudar al necesitado, en tomar en cuenta al descartado, en acompañar al que se acerca a dar una ayuda y en la gratitud a quienes, sin ningún interés propio, hacen hasta lo que no para ayudarnos. Yo he palpado esto con mucha claridad durante toda mi vida y en especial puedo hablar de lo vivido en estos días en que mi papá ha estado enfermo. Jesús está «sentado a la diestra de Dios», y, al mismo tiempo «trabaja con los que hacen algo por los demás» en la tierra. Esto señala bien que para expresar toda la riqueza del misterio de la ascensión, que ya estamos por celebrar —y que en algunas partes del mundo se celebra hoy— las palabras faltan. Las palabras más ajustadas son, quizá, las de una «presencia escondida». Sólo la fe nos asegura que la ausencia de Jesús es presencia, misteriosa pero real. 

Celebrando la Pascua debemos crecer en la convicción de que Cristo y su Espíritu están presentes y activos, aunque no les veamos, porque esa presencia se manifiesta en el prójimo y en los acontecimientos que vivimos, en el trabajo, en el compartir, en la vida ordinaria de cada día. La Eucaristía nos va recordando continuamente esta presencia. Y por tanto no podemos «desalentarnos», o sea, perder el aliento: «Espíritu» en griego —«Pneuma»— significa precisamente «Aliento». Pidamos este día al Señor, por medio de su Madre Santísima, que sepamos reconocer su presencia, con gratitud. Así, estoy seguro, sabremos encontrar siempre razones para vivir nuestra fe con alegría. Que Dios nos conceda, por intercesión de la misma Virgen María, nuestra Madre, la gracia de convertirnos en un signo del amor salvador del Señor para nuestros hermanos dando y compartiendo lo que podamos. ¡Gracias, gracias a todos y bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

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