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viernes, 28 de julio de 2017

«No tendrás otros dioses»... Un pequeño pensamiento para hoy

«No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos» dice la Primera Lectura de hoy viernes en el trozo del libro del Éxodo que la Iglesia no ofrece en alimento (Ex 20,3-4). Ya vamos terminando la semana y pudiéramos preguntarnos: ¿Se ha ido mi corazón cada día de esta semana detrás de Dios? ¿Lo he buscado como centro de mi vida o hay «otros dioses» que han captado mi atención?

Qué fácil es hoy en día dejarse llevar por «otros dioses» fabricados por el propio egoísmo: diosecilllos que parecen llenar el ansia de poder, de tener, de experimentar el placer... El mundo necesita corazones que acojan la Palabra de Dios (Mt 13,18-23) en una perspectiva absolutamente diferente de la que la picazón materialista y consumista tiene. La única ley, para quien tiene y cree en «un solo Dios» es la del amor.A cada uno se le pedirá darse como Él según su capacidad. Pero lo que se le pedirá será siempre «el amor» en la medida que cada uno pueda... y nada más que amor. Esa es la clave que nos hace pasar de la antigua alianza a la nueva, sellada en Cristo. Se trata de dejar que el «Único Dios» Padre, Hijo y Espíritu Santo (comunidad de amor) eduque el corazón para vivir cada día solamente movido por él.

En un día como hoy, pero de 2002, murió en olor de santidad la Madre Teresa Botello, primera sucesora de beata María Inés en el gobierno de las Misioneras Clarisas, una mujer que sembró la Palabra a muchas almas viviendo en un permanente estado de misión fiel a su fundadora y fiel, sobre todo, a los designios de amor de nuestro Dios. Ella, con la mirada fija en ese «Único Dios» y de la mano de María, hizo llegar a muchas almas el mensaje central de Jesús: el amor. Cada alma que pasa por este mundo y se une al «Divino sembrador», cuando es llamada a la Casa del Padre, no deja otras huellas que no sean las de Cristo. ¡Feliz y bendecido viernes!

Padre Alfredo.

viernes, 9 de junio de 2017

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...

Cada vez, que ya sea solos o en comunidad, pronunciamos las palabras de la Doxología: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo», resuena en el interior de nuestro ser, un grito de gratitud inmenso a Dios en sus tres personas, que se nos ha mostrado así de esta manera, en un misterio de amor. San Atanasio, uno de los Santos Padres de la Iglesia, dice en una de sus cartas: «Existe, pues, una Trinidad santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad única» (Carta 1 a Serapión, 28-30: PG 26, 594-595. 599).

¿Cómo explicar este misterio a un mundo que casi se puede decir que entiende solamente de realidades terrenas, es decir materiales? ¿Cómo dar a entender este misterio a un mundo que solo quiere creer en lo tangiuble? Esto, en primer lugar, es «un misterio», el misterio de Dios «Uno y Trino» y por eso solo podemos exclamar: «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo».

¡Qué hermoso testimonio de unidad para nosotros los miembros de la Iglesia que somos familia! ¡Qué grande enseñanza de amor y de solidaridad! Desde que el Padre es padre y el Hijo es hijo, en ese mismo instante, brota el Espíritu Santo, que con ellos existe en unidad desde siempre y para siempre. Cada una de las tres personas divinas con una misión especial que no opaca ni disminuye la de las otras dos. El Padre es amor, el Hijo es gracia y el Espíritu Santo es comunión.

Cada día, en nuestro diario obrar, el único Dios verdadero y todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hace una fiesta de encuentro con nosotros. Cada día el Padre nos ama y nos da a su Hijo para salvarnos y para que al mismo tiempo nosotros lo amemos también. Cada día infunde su amor en nuestros corazones por medio de su Espíritu Santo, quien tal vez, como lo afirmó el beato Paulo VI, sigue siendo el gran desconocido para muchos.

No podemos sino sentirnos amados por el Padre, alimentados por el Hijo en su Palabra y en su Eucaristía y poseídos por el don del Espíritu. No podemos reconocer cuánto nos ama el Padre en el Hijo, sin esa fuerza que nos viene de lo alto por la acción del Espíritu. No podemos experimentar el gozo de la salvación que nos trae Aquel que ha enviado el Padre si no es por el fuego divino que nos incendia en amor. No podemos cumplir con nuestra tarea de discípulos-misioneros de un Dios que en la Trinidad Santísima se hace Misionero. No podemos ser «familia en la fe», es decir, comunidad, sin el don del Espíritu.

Cada vez que invocamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, sellamos un pacto de amor con Dios en el que reavivamos el don recibido en la elección que nos ha hecho en Cristo a ser hijos del Padre Eterno movidos por el Espíritu. ¡Bendito sea el Padre que en un arrebato de amor nos ha llamado a la existencia! ¡Bendito sea el Hijo, que nos ha llamado a ser discípulos─misioneros siguiendo sus huellas! ¡Bendito sea el Espíritu Santo que ha reavivado nuestro diario vivir en perseverancia y fidelidad!

Dice la beata María Inés Teresa: «Que mis obras todas sean un himno de alabanza, de gratitud, de adoración a la Santísima Trinidad" (Ejercicios Espirituales de 1943). Habrá que preguntarnos entonces: ¿Cuáles son mis obras? ¿Qué he dejado de hacer a la Trinidad Santa en mí? ¿Cómo me he dejado conducir por Dios? Que María Santísima, la hija predilecta del Padre, la Madre de Cristo y la esposa fiel del Espíritu Santo, nos ayude a responder como ella.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 7 de junio de 2016

«PADRE BUENO, PADRE MISERICORDIOSO»... Una reflexión sobre Dios Padre y el año de la Misericordia


Quiero iniciar esta mal hilvanada reflexión en torno a la bondad y a la misericordia de nuestro Padre Dios con un pensamiento de San Juan Pablo II: “Padre misericordioso, Señor de la vida y de la muerte, nuestro destino está en tus manos. Míranos con bondad y guía nuestra existencia con tu providencia, llena de sabiduría y amor. Reaviva en nosotros, oh Señor, la luz de la fe, a fin de que creamos que tu amor es más fuerte que la muerte”.[1]

San Juan Pablo II, entre las muchísimas cosas que nos dejó en herencia, en su carta: “Hacia el Tercer Milenio” invitaba a la Iglesia a emprender un camino de auténtica conversión hacia el encuentro con la bondad y la misericordia de nuestro Padre Dios.[2] En la historia de la vida de santa Teresita del Niño Jesús, se cuenta que un día, al entrar una novicia en la celda de la santa, se detuvo, sorprendida, por la expresión enteramente celestial del rostro de Teresita. Estaba cosiendo muy contenta, y parecía, no obstante, sumergida en una profunda contemplación. «¿En qué piensa Vuestra Caridad?», preguntó la joven novicia. «Medito el Padrenuestro —respondió santa Teresita—. ¡Qué dulce es llamar al Dios de bondad, Padre nuestro!...» y unas lágrimas rodaron de sus ojos cristalinos. San Juan María Vianney, el santo cura de Ars, solía repetir que toda su espiritualidad estribaba en conceptuar a Dios como a un buen Padre y en comportarse con Él como un verdadero hijo. ¿Qué decir de la beata María Inés Teresa al respecto? Ella nos dice: «El Padre s el Camino. El Padre es el Camino. ¿No es, acaso, su omnipotencia el camino que ha conducido, por medio de la creación, la nada al ser, y, por medio de la gracia, el ser a Dios? Jesucristo mismo nos ha dicho: "Ninguno viene a Mi si el Padre no lo atrae"».[3] Estamos viviendo el año de la misericordia y pretendo que esta reflexión me ayude, y nos ayude a todos, a caminar así, entre la vida de cada día, meditando siempre en el Padre Dios, Padre bueno y misericordioso.

Jesús nos revela al Padre, quiere que lo amemos como hijos, así como Él lo amó, quiere seguir glorificando al Padre en nosotros, familiares de Dios y conciudadanos de los santos. (Cf. Ef 2,19). Este momento de reflexión al que los invito con la lectura de estas líneas, quiere ser una invitación a ser santos. Dice la beata María Inés: «...Qué viva vida santa, muy agradable a Ti; da a mi corazón alas de paloma para volar a Ti en todo momento, y ojos de águila para tenerlos siempre fijos en Ti...» [4]

Hay en nosotros, se puede decir, tres clases de vida: la corporal, la intelectual y la espiritual. Todas tienen ejercicios adecuados para desarrollarse y mantenerse. Así sucede con la vida espiritual o sobrenatural, cuyo fin es, en el cielo, la bienaventuranza por la contemplación y posesión de Dios, y aquí abajo, el conocimiento de Dios, su servicio, su amor y cuanto nos ayude en este sentido: la oración, la meditación, la contemplación, la multitud de cosas en torno a la vida espiritual, devociones, prácticas de piedad. 

El contemplar a Dios como Padre bueno y misericordioso, nos debe poner en disposición de combatir y vencer todo desarreglo de nuestras pasiones e inclinaciones. El fin del jubileo de la misericordia es destruir en nosotros, como personas y como pueblo —como hijos de Dios— el pecado por medio de la penitencia, haciéndonos romper definitivamente con la vida pasada para animarnos, al mismo tiempo, a tomar la firme resolución de combatir el mal y alcanzar a vivir siempre en el bien y la verdad con la misericordia de nuestro Padre Dios en cada latido de nuestro corazón.

No basta ver y oír lo que sucede en torno al jubileo de la misericordia, es necesario hacer, cooperar, trabajar cuanto cada uno y cada una pueda, sobre todo en el ejercicio de las obras de misericordia, como lo viene repitiendo constantemente el Papa Francisco. 

Cuando iban a martirizar a santa Teresa Kwon, una de los 103 mártires coreanos canonizados el 6 de mayo de 1984, dijo entre sus últimas palabras: «Si el Señor del cielo es el Padre de toda la humanidad y el Señor de toda la creación, ¿cómo podéis pedirme que lo traicione? Incluso en este mundo, si alguien traiciona a su propio padre o madre, no será perdonado. Cuánto menos podré yo traicionar jamás a Aquel que es el Padre de todos nosotros.» En el cielo no seremos otra cosa que lo que ahora intentamos crear en nosotros por medio del ejercicio de la misericordia. En esto tenemos en cuenta que el tipo de ese ser imagen y pensamiento del Padre es Cristo. San Juan en su Evangelio dice: «La vida eterna consiste en conocerte, ¡oh solo Dios verdadero!, y al que enviaste, Jesucristo» (Jn 17,3). Ojalá que podamos decir con el corazón lleno de alegría, a semejanza de los discípulos cuando encontraron al Salvador: «A aquel Jesús de quien Moisés y los profetas escribieron, nosotros lo hemos encontrado» (Jn 1,45). Encontrarnos con Jesús en el Evangelio por la fe, oír, leer y pensar en este año jubilar acerca de Jesús, es como sentarse a sus pies durante horas y días, contemplarle cara a cara y recoger sus palabras en nuestro corazón. Él nos habla del amor misericordioso del Padre y nos invitará a recurrir a su bondad. La beata María Inés, a quien cariñosamente los mimebros de la Familia Inesiana llamamos "Nuestra Madre" escribe: “...Tú vez cuan sincero y cuan grande es mi deseo de amarte y servirte, como lo han hecho los santos”.[5]

¿Qué ha sido nuestra vida hasta el día de hoy? ¿Qué nos dice de ella nuestra conciencia? ¿Que ha sido buena? ¿No ha sido tan bueno nuestro pasado? Dios, en este año jubilar, pone en nuestras manos el libro de cuentas de nuestra vida; podemos borrar y corregir, podemos subrayar y añadir. Nuestro futuro, ¿que nos traerá? ¿Tal vez un cercano acabamiento? ¿Tal vez largas dificultades y pruebas?... ¡Quién lo sabe! Para todo hemos de estar preparados. No nos han de faltar pruebas y tempestades, y es preciso que el fundamento resista a todo. En este jubileo nos acercamos a Dios y estamos en sus manos. digamos con el salmista: «Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad» (Salmo 15). 

Si consideramos los resultados y frutos que podemos sacar de nuestra vivencia de este año de la misericordia. Hay una gracia especial que pudiéramos llamar «gracia jubilar». En este año podemos acrecentar la virtud de la fe, la virtud de la oración en el encuentro con el Señor para contemplar con Él al Padre bueno y misericordioso. A la Samaritana (Jn 4,1-130) y a Zaqueo (Lc 19,1-10) les bastó un momento, una sola conversación con Jesús para transformar sus vidas y experimentar el amor del Padre misericordioso; Juan y Andrés estuvieron una tarde con Él (Jn 1,39). Si nos presentamos ante Dios con alegría y sencillez buscándole en el sacramento de la Reconciliación, el año jubilar tendrá un excelente y seguro resultado en nuestras vidas: el gozo de saborear la alegría del Evangelio en el que Jesús nos dice:«El Padre los ama» (Jn16,27). 

Por último, tengo algunas preguntas: ¿Qué haríamos si supiésemos que al fin de este año jubilar nos espera la muerte y la comparecencia ante Dios? ¿Qué haríamos si supiésemos que los resultados para nuestra vida entera, para el tiempo y la eternidad, dependen de cómo viva este año de la misericordia? Les recomiendo leer, además, san Juan 17.

Recordemos que somos discípulos misioneros, no trabajamos sólo para nosotros, sino para innumerables almas. 

Les invito a hacer esta oración conmigo:

Te alabamos Padre bueno y misericordioso,
con fe pronunciamos tu nombre
y sentimos el gozo en el corazón.
Pensamos en Ti con un sentimiento grande de confianza.
En tus manos ponemos cada día de nuestra existencia.
Extiende tu mano 
sobre nuestras mentes y nuestros corazones,
para que aprovechemos este año jubilar.
Haznos familia unida en la oración y en el silencio,
concédenos la gracia de alcanzar la santidad 
junto con María, los santos y Nuestra Madre la beata María Inés. 
Elevamos a Ti Padre Santo,
nuestra alabanza, nuestra gratitud, nuestra súplica y
nuestro pedir perdón.
Todo esto por Cristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



P. Alfredo L. G. Delgado R., M.C.I.U.


[1]Wilhelm Mühs, “Dios nuestro Padre”, Ediciones San Pablo, Madrid 1998, p. 95, pensamiento # 320.
[2]Ver T.M.A. # 49.
[3]María-Inés-Teresa ARIAS ESPINOSA, “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, escrito de la Sierva de Dios que no tiene lugar ni fecha, pero que ciertamente es de ella.
[4]María-Inés-Teresa ARIAS ESPINOSA, “Ejercicios Espirituales”, 1933.
[5]María-Inés-Teresa ARIAS ESPINOSA, “Ejercicios Espirituales”, 1933.

sábado, 30 de abril de 2016

«Quien no acoja el reino de Dios como un niño no entrará en él»... Marcos 10,13-16)


Hoy la sociedad mexicana, desde 1924, celebra el día del niño, coincidiendo con la presentación del primer documento sobre los derechos de los niños, que se promulgó y aprobó por la ONU hasta 1989. Este día ofrece una buena oportunidad para que los «adultos» meditemos en ese pasaje evangélico en el que Nuestro Señor nos pide ser como niños para acoger el reino de Dios en nuestras vidas. ¿Qué significa «acoger el reino de Dios como un niño»? ¿Qué hay en un niño para que Jesús hable de esta manera? Este pasaje corresponde a una palabra del mismo Jesús en el evangelio de san Mateo: «Si no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3) 

Hace 27 años, en un día como hoy, recibí la ordenación diaconal. No puedo dejar de pensar, cada año, que algo me quiso decir el Señor por haber recibido esta gracia tan especial «en el día del niño» y me viene ahora compartir una reflexión con cosas de aquí y de allá en torno a este pasaje evangélico.

Hacerse como niños para acoger el reino es lo mismo que volver a nacer, o comenzar la vida otra vez con un nuevo optimismo que despierte una vida nueva, haciendo a un lado el pesimismo que tenemos respecto a nuestra propia vida.  Las palabras de Jesús abren un horizonte de esperanza. ¡También nosotros tenemos la oportunidad de realizar nuestra vida como la vive un niño! Un niño no ha cometido tantos errores, como nosotros sí los hemos amontonado. Un niño no ha desperdiciado tantas oportunidades como las que nosotros hemos arruinado. Pero un niño tampoco ha tomado ninguna decisión acertada y tampoco ha aprovechado aún ninguna oportunidad. En esto estamos en igualdad de condiciones. Descubrir que nuestra vida siempre puede ser distinta de lo que ha sido hasta hoy, y animarnos a intentarlo, es realizar las palabras de Jesús sobre hacernos como niños para acoger el reino de Dios..

Un niño es capaz de amar todo, de admirar lo más simple, desde una pequeña conchita a la orilla del mar hasta algo inmenso y maravilloso como el despegue o el aterrizaje de un avión. Para un niño cualquier cosa es impresionante, cualquier momento presente es eterno, el amor es su estado natural. Jesús les enseña a sus discípulos que el comportamiento de todo ciudadano del Reino de los cielos debe ser como el de un niño.

Un niño es humilde, no distingue lo que es ser más que otro, un niño rico puede jugar con un niño pobre y el no se da cuenta de eso. Un niño es servicial, siempre quiere ayudar. Un niño es curioso, todo lo quiere saber, pregunta mucho, todo quiere conocer. Un niño no tiene malicia, por esto no da espacio al pecado. Un niño confía sin reflexionar, no puede vivir sin confiar en quienes le rodean, su confianza es una realidad vital. Un niño no sabe guardar rencor, pelea y olvida. Un niño vive la vida feliz, sin preocupaciones, sin guardar odios ni resentimientos. Un niño siempre sabe que depende de otros, reconociendo que solo no puede hacer muchas cosas. 

Si Jesús, en determinado momento, colocó a un niño en medio de sus discípulos reunidos, es también para que ellos mismos acepten ser pequeños porque solo desde lo pequeño es que se puede acoger lo grande. Volveremos a ser como niños cuando dejemos de «pretender grandes cosas y de tener aspiraciones desmedidas» (Sal 131,1-2). Cuando valoremos las pequeñas cosas de cada día, y no especulemos indefinidamente con las grandes cosas que nunca haremos... Hacerse como niños para acoger el reino de Dios es vivir la infancia espiritual que vivió María, que vivieron los santos, que vivió la beata María Inés Teresa que dice: “Infancia espiritual, vida de Nazareth, sabiduría del pobre, entrega amorosa en manos de Dios nacida de esa íntima confianza en él, llena de esperanza y amor, porque él es amor, y porque sabemos en quien nos confiamos, dando así Gloria al Señor”.

Acoger el reino de Dios como un niño es velar y orar para acogerle cuando venga, siempre al improvisto, a tiempo o a destiempo... ¡Es vivir como un niño... a la sorpresa de Dios!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.