Mostrando entradas con la etiqueta Misa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Misa. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de diciembre de 2017

¿Tenemos que ir dos veces a misa este Domingo 24 de diciembre de 2017?

Todos los miembros de la Iglesia tenemos la obligación de participar en Misa plena, consciente y activamente cada domingo, y, además, los días marcados como obligatorios, como lo manda el mandamiento de la Ley de Dios (Santificarás las fiestas – Ex 20,8-10; Ex 31, 15; Dt 12,15) y el mandamiento de la Santa Madre Iglesia. En México los días de obligación son: El 1 de Enero, día de María Madre de Dios; El jueves de Corpus, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo; el día 12 de diciembre, en honor de Nuestra Señora de Guadalupe y, el 25 de diciembre, por el nacimiento de nuestro Redentor.

En este año 2017, la misa del 24 de diciembre, corresponderá al IV domingo del Adviento, lo cual quiere decir que que si participamos en la «Misa de gallo» o Nochebuena (que por razones pastorales en algunos lugares se celebra en horas tempranas de la noche y no estrictamente a la medianoche) será otra Eucaristía (lecturas, oraciones, etc) distinta a la misa correspondiente al IV domingo de Adviento y con ella cumpliremos con el precepto no del domingo, sino del lunes 25. La «Misa der Gallo» se celebra tomando en cuenta dos versiones que se manejan al respecto en la tradición de la Iglesia Católica: Por una parte se dice que esa celebración, al igual de la de la Vigilia Pascual, tenía lugar en la Basílica de S. Petrum in gallocantum (San Pedro del canto del Gallo). Por otra parte se cuenta que el nombre esta misa se debe a que un gallo fue el primero en presenciar el nacimiento de Jesús y posteriormente se encargó de anunciarlo.

Dado lo que este año sucede y que no acontecía desde el 2006 en que el 24 es domingo y el 25 lunes, vale la pena tomar en cuenta algunas recomendaciones pastorales para cumplir con esta obligación que, más que eso, se trata de una cuestión de amor a Dios que nos ha enviado a su Hijo Jesús como Mesías Redentor:

El 24 de diciembre (durante el día) todos tenemos la obligación de asistir a la misa dominical correspondiente al IV domingo del Adviento.

Si queremos participar el domingo en la Misa de Gallo, no debemos descuidar asistir a misa durante el día, o excusarnos diciendo que es durante el mismo domingo 24. Son Eucaristías diferentes.

Si por razones no podemos asistir dos veces a misa el domingo 24, debemos asistir a la misa del IV domingo de Adviento (es decir, durante el día) y asistir a misa el 25 de diciembre, que es el precepto de la solemnidad de la Natividad del Señor.

Podemos asistir a misa el sábado 23 por la tarde, vísperas del domingo, para cumplir con el precepto del IV domingo de Adviento, y luego, el domingo a Misa de Gallo o el lunes 25, para cumplir con el precepto de la solemnidad de la Navidad.

Quien asiste a Misa del IV domingo de Adviento y a Misa de Gallo el 24, puede comulgar en las dos misas si está debidamente preparado.

¡Feliz Navidad a todos!

Padre Alfredo

martes, 25 de julio de 2017

«EL DÍA DEL SEÑOR»... Orígenes y evolución del domingo


INTRODUCCIÓN.

El domingo, desde el punto de vista histórico, es la primera fiesta cristiana y además, durante mucho tiempo, fue la única fiesta que se celebraba. Los primeros cristianos comenzaron a celebrar el domingo como día especial, pues ya en la primera carta a los Corintios se nos habla del domingo (16,1), al igual que en los Hechos (20,27), la Didaché (14,1) y el Apocalipsis (1,10).


I. NOMENCLATURA.

El domingo fue designado primeramente como «el día primero de la semana» o «día siguiente al «sábado»; «día octavo», «día primero», «día del sol» y «día del Señor».

El día del Señor comporta la idea de que Jesús, por su Resurrección, ha sido constituido Señor de vivos y muertos, que volverá al final de los tiempos a juzgar y que su reino no tendrá fin. Este es uno de los temas principales que contenía el primer anuncio (kerigma) que daban los primeros creyentes. Se refiere al día que hizo el Señor, día de alegría y de gozo, referido, claro está, a la resurrección.

El domingo, como día primero, significa el día en que Cristo, por su resurrección, que aconteció el primer día de la semana, inaugura una nueva creación, superior a la primera. En este sentido lo entenderán algunos escritores eclesiásticos posteriores, como Clemente de Alejandría, Eusebio de Cesarea; el Pseudo Eusebio de Alejandría y otros. Hay, pues, una aproximación entre la primera creación del Génesis y la nueva creación que ha realizado la resurrección de Cristo. Como día octavo, el domingo es el día que recuerda el bautismo, en cuanto realidad que nos salva y como nueva circuncisión que suplanta a la circuncisión judía, que se celebraba el octavo día, y, sobre todo, el anuncio del día que no tendrá fin, con un sentido escatológico. De todas maneras, esta variada terminología expresa una realidad fundamental: el domingo es el día que celebra el misterio de la resurrección del Señor. 


II. LOS ORÍGENES.

Es indiscutible que el significado y el origen del domingo tienen como trasfondo el conjunto de hechos y tradiciones que forman la Pascua: Resurrección de Cristo victorioso, y las apariciones a los suyos. Esa es la causa que explica la conexión que establecen muchos testimonios antiguos entre la celebración dominical cristiana y el gran suceso pascual, el nexo entre la Pascua de Cristo y el domingo cristiano, y el carácter alegre y festivo del primitivo domingo, que siempre tuvo un tinte de esperanza en la resurrección.

La constitución Sacrosanctum Concilium, el Concilio Vaticano II, resume muy bien el origen y el significado pascual del domingo: «La Iglesia celebra el misterio pascual en virtud de una tradición apostólica que se remonta el mismo día de la Resurrección de Cristo, cada ocho días. A este día se le llama con razón el día del Señor o domingo» . Es innegable que la Iglesia, celebrando la resurrección y las apariciones del Resucitado la tarde de Pascua y ocho días después, iluminada por la luz del Espíritu Santo, «desde entonces, nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual... celebrando la Eucaristía, en la cual se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte» .


III. ELEMENTOS ESPECÍFICOS DEL DOMINGO.

La celebración Eucarística, en definitiva, es el eje dominical. En ella el Resucitado se hace presente entre sus hermanos en la fe y éstos se encuentran con él a nivel sacramental. De este modo aparece que la resurrección no sólo ha dado origen y fisonomía al domingo sino que ha estado también, desde el principio, en el corazón de la celebración dominical.

Esta presencia de Jesús resucitado, a la vez que alegra a la comunidad reunida en su nombre y sintiéndolo muy cercano, aumenta la esperanza de volver a verlo, originando así una vivísima tensión escatológica, resultante de unir la presencia de Cristo resucitado en la celebración de la santa Misa con su última y definitiva venida, esperada ardientemente, como se desprende de las palabras dichas en la misma Celebración Eucarística: «Ven, Señor Jesús». El Resucitado, cada domingo en que se celebra la Eucaristía y por supuesto todos los días en cada celebración de la Misa, no sólo se hace presente, sino que se entrega como «pan de vida» o «antídoto para no morir», como dice san Ignacio de Antioquía, convirtiéndose así en prenda y anticipo de la resurrección de los cristianos.

Dentro de este marco, el domingo incluyó la lectura de la Palabra de Dios. Mientras vivieron los Apóstoles, su voz resonaba en la asambleas eucarísticas, como atestigua el relato de Tróade (Hch 20,7-12); más tarde, comenzaron a leerse sus escritos y todos los demás de Antiguo y del Nuevo Testamento. La Palabra de Dios incluía un comentario actualizado, es decir, lo que ahora conocemos como la homilía. La liturgia de la Palabra tuvo tanta importancia, que pronto vino a ser inconcebible una celebración dominical en la que no se partiese a la vez el pan de la Palabra y el pan Eucarístico.

La celebración de la Eucaristía trajo consigo la inclusión de un tercer elemento dentro de la primitiva estructura del domingo, el «reunirse en común para participar en la Eucaristía». En torno a la presencia del Señor en la Eucaristía, los cristianos se expresaban mutuamente los vínculos de fraternidad, surgidos del bautismo, por el perdón de las ofensas, el ósculo de la paz y la limosna. Esto era tan importante, que la ausencia de un cristiano de la celebración se consideraba como signo de la quiebra inicial o definitiva de la nueva vida que en él había inaugurado el bautismo.

Hay otro elemento o aspecto que es importante tocar. El descanso del domingo. La celebración primitiva del domingo no exigió ni incluyó el descanso laboral, ni siquiera en el ambiente jerosolimitano (de Jerusalén o relativo a esta ciudad israelí), donde parece que coexistieron durante algún tiempo la celebración sabática y la dominical. Desde el inicio, la minoría cristiana, sobre todo en la gentilidad, los cristianos tenían que aceptar y compartir unas estructuras sociales y civiles en las cuales el domingo era un día laboral. Incluso ese contexto podía explicar que las reuniones para celebrar la Eucaristía tuvieran lugar el atardecer del sábado o el domingo muy de mañana o por la noche. El descanso dominical no entró en la praxis cristiana hasta que Constantino lo impuso como obligatorio dentro del imperio.

Cabe mencionar que en aquellos primeros tiempos no era una obligación moral tomar parte en la Eucaristía, pero la comunidad de creyentes se sentía urgida a hacerlo y los fieles superaban con su fervor las dificultades que surgían del carácter laboral del domingo y de otras circunstancias, a veces no sólo adversas, sino hostiles. Gracias a esa participación, verdaderamente piadosa y consciente, su vida se convertía en un claro y atrayente testimonio cristiano.


IV. EVOLUCIÓN DEL DOMINGO.

A partir del siglo IV, el domingo experimenta una importante evolución, gracias a la ley del descanso, el desarrollo del año litúrgico, el entibiamiento del fervor primitivo y la sobrevaloración de las fiestas de los santos.

A partir del 3 de marzo del aó 321, el emperador Constantino impuso la obligación de descansar el domingo. No podemos definir las causas y motivaciones que provocaron esto sino en relación con el Domingo de Resurrección. Los emperadores que lo siguieron fueron haciendo lo mismo y añadiendo a la lista cosas que no se podían hacer el domingo, como la prohibición de juegos y espectáculos en domingo, por respeto al culto divino. Así, se fue favoreciendo la concurrencia en la liturgia dominical y la participación en los actos de caridad de la Iglesia. La Iglesia fue pidiendo a los fieles, de manera oficial, que honraran el domingo absteniéndose del trabajo, en cuanto fuera posible.

En los siglos V y VI el año litúrgico sufrió un fuerte desarrollo. Se organizaron la Cuaresma, el Tiempo Pascual, la Navidad-Epifanía y el Adviento. Se aumentó el número de santos en el calendario y se introdujeron las primeras fiestas marianas. Todo esto trajo consigo un cambio significativo respecto al domingo; de tal modo que no tardó en oscurecerse su carácter de día de la resurrección, siendo necesario muy pronto un esfuerzo de reflexión para redescubrirlo.

San Ignacio de Antioquía dice que no faltaba un cierto número de cristianos tibios o indolentes, que celebraban sin fervor el domingo y no participaban en la Santa Misa. Este grupo aumentó mucho cuando masas enteras se convirtieron al cristianismo después de la paz de Constantino sin la preparación evangelizadora deseable. Los Padres empezaron a hablar del peligro de condenación a que se exponían quienes faltaban frecuentemente a la Eucaristía dominical. De entre los Padres, es Máximo de Turín (a. 408-423), el primero que considera la ausencia a la Eucaristía dominical como una ofensa a Dios, pues supone un desprecio a la invitación de Cristo. San Cesáreo de Arlés (a. 542) es el primero que dice expresamente que es «pecado grave contra Dios» faltar a la misa dominical. Es en el concilio de Agda (a. 506) cuando se sanciona explícitamente la obligación grave de participar en la misa del domingo.

Hacia el siglo IX se exigía que la participación en la misa dominical fuera en la propia parroquia, pero luego eso se descartó y se abrogó completamente por el Papa Clemente VIII. Pero se siguió insistiendo en la obligación grave de oír misa entera todos y cada uno de los domingos.

Respecto al santoral, podemos decir que la dinámica interna de la Iglesia y del mismo año litúrgico provocaron el crecimiento de la celebración de los santos. Pero al no valorarse bien durante la Edad Media la primacía del misterio de Cristo, el domingo fue desplazado con frecuencia por la celebración de un santo o por otra celebración votiva.

A partir del siglo XVII se inicia una situación tan grave, que el oficio dominical estaba casi abolido en tiempos de san Pío X. Este Papa dio medidas muy restrictivas sobre la celebración de fiestas en domingo. Tenían carácter provisional, pues pretendía realizar una reforma más amplia; reforma que no pudo ultimar por falta de tiempo.


A MANERA DE CONCLUSIÓN.

La Iglesia celebrando el día de la resurrección de Cristo, empezó a celebrar el Misterio Pascual cada ocho días, en el día llamado con razón «Día del Señor» o domingo. En este día los fieles se reunían a escuchar la Palabra y a compartir la Eucaristía, recordando la pasión, la resurrección y la gloria del Señor que se hace nuevamente presente cada vez que se celebra la Eucaristía.

Los primeros cristianos hicieron de este día, su reunión y culto; era el día consagrado por la resurrección del Señor, día de liberación total, obtenida por el sacrificio del calvario. Lo principal del domingo era y sigue siendo la reunión de los hermanos para celebrar la Cena del Señor.

Con el paso de los años, la celebración del domingo ha tenido sus altibajos. 


PREGUNTAS PARA PROFUNDIZAR EN EL TEMA:

1. ¿Qué significado tenía el domingo para los primeros cristianos?
2. ¿Cómo vives tú el domingo, como día del Señor?
3. ¿Por qué hubo un tiempo en que fue viniendo a menos la celebración del domingo?
4. ¿Se puede decir que hoy vivimos el domingo como los primeros cristianos?
5. ¿Cuáles sería las características de un domingo como «día del Señor»?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 23 de julio de 2017

¡Hoy es domingo, día de participar en la Santa Misa!... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Hoy es domingo, día de participar en la Santa Misa! San Juan Pablo II decía que de la celebración dominical surgen los motivos de alegría y esperanza, que dan nuevo sabor a la vida de cada día y constituyen un antídoto vital contra la posible tentación del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación. Hay gente que dice que los domingos son aburridos. Tal vez les falta el sabor de alegría y esperanza que deja la participación en la santa Misa. ¡Cuántas oportunidades se presentan cada domingo de estar con el Señor! ¡Cuánto podemos ganar participando en la Santa Misa!

El trigo y la cizaña crecen a la par en nuestro mundo interior (Mt 13, 24-30) y no podemos dejar que la cizaña de la tristeza y el aburrimiento acaparen nuestra atención... ¡Qué crezca a la par y que estemos listos para cortarla de raíz para conservar el trigo de la alegría y de la esperanza! Tal vez hay quien le piense para ir a Misa del domingo... ¡No le pienses mas! Al salir de la celebración habrás arrancado la cizaña y, con el alimento de la Palabra y de la Eucaristía, podrás seguir enfrentando las vicisitudes de este mundo como trigo limpio.

El Señor Jesús, en la santa Misa, es nuestra defensa contra la «mala hierba». Jesucristo viene a salvarnos: para eso precisamente se hizo Hombre y nos redimió, y no quiere que ninguno de nosotros se pierda. En la Misa dominical Él espera por nuestra conversión; siempre espera, con la Madre santísima la conversión de todos, especialmente de los engañados. Él espera a todos en cada Misa para quitar la cizaña del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación... ¡El que tenga oídos, que oiga!

Padre Alfredo.

domingo, 9 de julio de 2017

Domingo, día del Señor... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Buen y bendecido domingo! El Concilio Vaticano II habla del domingo en el número 106 de la Constitución Sacrosanctum concilium: «La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo».

Es el día por excelencia en el que alabamos al Señor como familia en la fe; es el día en que como pueblo en marcha, pedimos perdón por nuestras faltas; es el día en el que contemplando nuestras propias vidas y la realidad que nos rodea, elevamos súplicas al Señor pidiendo por el mundo entero; es el día en que, como hijos agradecidos, le entregamos al Padre lo mejor que tenemos, que es su Hijo Jesucristo a quien a la vez recibimos en el Pan y el vino, luego de escuchar el alimento de su Palabra.

¡Qué el domingo no pase de largo en nuestras vidas! Es entorno a la Santa Misa que celebramos cada domingo en donde crece y madura nuestra fe, la esperanza del cielo y el amor de compartir la intensa experiencia de comunión entre todos los miembros de la Iglesia.

Ofrezcamos con María, la Madre de Dios que está presente en cada Celebración Eucarística, lo que somos y tenemos, lo que hacemos y vivimos. Pongamos en la patena de la Misa dominical nuestros logros, la gratitud por la salud y los bienes recibidos, el dolor de la enfermedad, la depresión o la soledad... en fin.

¡Es domingo, día del Señor!

Padre Alfredo.

sábado, 15 de abril de 2017

Ofrecer y ofrecerse en la Santa Misa...

La Santa Misa es el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo ofrecido a Dios en el altar, bajo las apariencias de pan y de vino, para perpetuar el sacrificio redentor de nuestro Salvador en la cruz.

En la Santa Misa (Eucaristía) ofrecemos el sacrificio que se sí mismo hizo en la cruz Jesucristo y que en cada Misa se renueva sobre el altar.

En la Misa nos ofrecemos a Dios, lo adoramos y le damos el honor que merece. Nos ofrecemos a Él para reparar tantos pecados que se cometen en el mundo. Le damos gracias por todos los beneficios recibidos, espirituales y materiales. 

En la Santa Misa, al ofrecer el Sacrificio  imploramos la gracia y la misericordia de Dios para uno mismo, para los afligidos y atribulados, para lo ateos, impenitentes y pecadores de todo el mundo, así como para las almas del purgatorio y por las intenciones particulares que se presentan en cada celebración de la Misa.

En la Santa Misa, ofrecemos el sacrificio de la cruz junto con Cristo al Padre por la acción del Espíritu Santo, pues cada vez que se celebra la Misa, se repite el sacrificio de la cruz, la única diferencia es que se realiza de forma incruenta, sin derramamiento de sangre. La Misa es el perfecto sacrificio de ofrenda porque la víctima es perfecta.

En la Santa Misa podemos ofrecer un sacrificio digno de Dios, además si ofrecemos nuestros propios sacrificios por pequeños que sean y los unimos al sacrificio de Cristo, estos adquieren el valor de Redención al ser incorporados al propio sacrificio de Cristo.

No dejemos de asistir a la Santa Misa, recordando que es una obligación que tenemos los Domingos y Fiestas de guardar y pidamos siempre a María Santísima, la mujer fiel y oferente, que nos acompañe para alcanzar la gracia de ofrecer y ofrecernos al Dios vivo en cada Misa.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Conoce los lienzos sagrados que se ponen el el Altar para celebrar la Eucaristía...


Estos son los principales lienzos sagrados o lienzos litúrgicos que se usan para la celebración de la Eucaristía:

CORPORAL (Del latín «corporalis», del cuerpo):

Su nombre le viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre ese lienzo. Es un lienzo de forma cuadrada que para guardarlo se pliega habitualmente en nueve secciones y se puede almidonar. Debe emplearse siempre en la celebración de la Misa. Se despliega al comienzo de la liturgia eucarística (preparación de los dones), para colocar sobre él el cáliz y la patena, además de copón cuando se van a consagrar más hostias. En las concelebraciones se puede utilizar un corporal mayor. Es preferible que no lleve adornos, para significar mejor la asociación que tradicionalmente se ha hecho con el santo sudario. No obstante, es común poner una cruz en el centro del lado más próximo al celebrante, que también le sirve de referencia. También debe utilizarse, además de en la Misa, cuando se tiene la Exposición del Santísimo, para poner encima la custodia o copón y sobre una mesita cuando se lleva la comunión a los enfermos. 

PURIFICADOR:

El purificador es un lienzo que se suele plegar longitudinalmente, en tres partes, para utilizarlo a modo de toalla en la limpieza de los vasos sagra­dos. No se debe adornar en exceso y debería ser de lino blanco o de otro tejido que sea absorbente.

PALIA:

La palia es una pieza cuadrada de cartón o madera recubierta de lino o tela almidonada que cubre el cáliz, impidiendo que caiga polvo o insectos dentro de él. Su uso es opcional. Conviene emplearla en épocas del año en las que el polvo y los insectos son más frecuentes, o en lugares en los que podría caer alguna cosa dentro del cáliz, por ejemplo: en una Misa celebrada al aire libre. La parte superior de la palia se puede adornar. Tiene un sentido puramente utilitario e higiénico. La tela y el color normalmen­te hacen juego con los ornamentos, aunque puede ser siempre blanco. Si tiene forma redonda se le llama «hijuela». La palia y la hijuela parecen datar de finales del siglo XVI pues antes de dicha fecha ejercía dicha función un extremo de los corporales que se doblaba sobre el cáliz o bien otros corporales plegados, según diferentes costumbres regionales.

MANUTERGIO:

El manutergio o toalla, es un lienzo que sirve para que el sacerdote se seque las manos después del lavabo. Debe ser absorbente y amplio. 

CUBRECÁLIZ

Es una tela que cae de la palia, tapando el cáliz. Se usaba mucho antiguamente como una forma de subrayar la transición de la liturgia de la palabra a la liturgia eucarística. Se ponía el cubrecáliz durante la liturgia de la palabra y se quitaba en el ofertorio, para preparar el altar y las ofrendas. Suele ser del mismo color y calidad que la casulla pero es un objeto que casi ya no se usa.

jueves, 14 de enero de 2016

Un amor misericordioso desde la Cruz hasta la Eucaristía...

En los últimos tiempos, y en diversos países, se ha hecho presión para retirar el crucifijo de los salones de clases y de los lugares públicos. Nosotros, los católicos, lo debemos fijar entonces más que nunca en las paredes de nuestro corazón. Decía San Juan María Vianney: “La señal de la Cruz es temible para el demonio, porque por ella nos escapamos de él. Es necesario hacer la señal de la Cruz con un gran respeto. Se comienza signando la frente: es la cabeza, la creación, Dios Padre; luego el corazón: el amor, la vida, la redención, Dios Hijo; y por último los hombros: la fuerza, el Espíritu Santo. Todo nos recuerda a la Cruz. Nosotros mismos hemos sido hechos en forma de cruz”.[1]

Cristo murió por nosotros. Pero parece que el corazón de mucha gente, en el mundo de hoy, es un corazón duro, un corazón esclerotizado, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor de sí mismo y no dice nada ante esta realidad. Cuando hace algunos años, Benedicto XVI presentó su primera encíclica apuntó: «Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: “Dios es amor”. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».[2] Dios es amor, y la cruz de Cristo es la prueba suprema de ello, la demostración histórica. 

Hay dos modos de manifestar el propio amor hacia alguien, decía Nicolás Cabasilas, un autor del oriente bizantino. El primero consiste en hacer el bien a la persona amada, en hacerle regalos; el segundo, mucho más comprometido, consiste en sufrir por ella. Dios nos amó en el primer modo, o sea, con amor de generosidad, en la creación, cuando nos llenó de dones, dentro y fuera de nosotros y nos amó con el segundo, un amor de sufrimiento en la redención, cuanto inventó su propio anonadamiento, sufriendo por nosotros los más terribles padecimientos, a fin de convencernos de su amor.[3] Por ello, es en la cruz donde se debe contemplar ya la verdad de que «Dios es amor». 

El amor de Cristo en la cruz, es un amor de misericordia, que disculpa y perdona, que no quiere destruir al enemigo, sino en todo caso la enemistad (Ef 2,16). Jesús muere en la cruz diciendo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Hay una enseñanza importantísima que nos viene del amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo. El amor de Dios por el hombre, que es un amor misericordioso, fiel y eterno: «Con amor eterno te he amado», dice Dios al hombre en los profetas (Jr, 31,3), y también: «En mi lealtad no fallaré» (Sal 89,34). Dios se ha comprometido a amar para siempre, se ha privado de la libertad de volver atrás. Es éste el sentido profundo de la alianza que en Cristo se ha transformado en «nueva y eterna» y que queremos hacer vida en cada momento de nuestra existencia que debe ser «espacio de santificación» para quienes nos rodean. Decía el cura de Ars: "Si amáramos a Dios, amaríamos las cruces, las desearíamos, estaríamos a gusto con ellas. Estaríamos contentos de poder sufrir por el amor de quien ha querido sufrir por nosotros”.[4]. El Concilio Vaticano II habla de María al pie de la cruz como espacio de santificación para los demás: «También la Santísima Virgen —dice Lumen Gentium, 58— avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por designio divino, se mantuvo de pie, sufrió profundamente con su Hijo unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado". Consentir en la inmolación de la víctima que ella había engendrado fue como inmolarse a sí misma para hacerse ese espacio en el que los demás pudieran encontrarse con la misericordia de Dios. 

Iniciados en nuestro bautismo como católicos discípulos-misioneros, en el amor ascendente, con imperativos a cumplir o deseos ideales, vamos avanzando por el camino del amor pasando por la purificación, hasta llegar a aprender el amor consumado de la misericordia en la entrega a los demás, amando según Cristo y al estilo de Cristo que dice: “A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero” (Jn 10,18).

En la vida de cada día, el amor se traduce en autodonación que crea vida y promueve el bien del otro, un amor que se inclina por el más débil, que se olvida de sí. Es imagen del amor de Cristo, amor que culmina en la Cruz con la autodonación total y personal de Sí mismo. Con justa razón los santos hablan de una «locura de amor». No sabemos dónde está el mayor milagro, si en la locura de Dios, que nos ha llamado siendo todos diferentes, hasta hacernos vivir como él con los apóstoles; o en nuestro pobre corazón, que se atreve, con audacia incomprensible, a amar así, al estilo misericordioso de Cristo.

El amor que crucifica[5] es el subsuelo y el centro de nuestra vida de cristianos. Jesús Eucaristía, que es el mismo Cristo del Gólgota, ocupa el centro de nuestras relaciones como discípulos y misioneros. Es el diario vivir en las pequeñas cosas de cada día por Cristo, con él y en él. Desde nuestro bautismo, el amor auténtico va tomando las riendas del corazón: lo concentra, le hace perder interés por personas y cosas que antes alimentaban las energías afectivas, se comienza a ver lo relativo de todo excepto Dios mismo, se comienza a amar en otra dimensión que impulsa a ser incondicionales para seguir a Jesús cargando la cruz. “¡Oh! ¡La Cruz de Cristo! –decía San Rafael Arnáiz Barón– ¿Qué más se puede decir? Yo no se rezar… no se lo que es ser bueno… no tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo… sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias… sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni nadie cambiaría… mi cruz… La Cruz de Jesús”.

Unas veces el amor de cruz es desgarrador, con ansias que crecen en la ausencia del Amado. Otras veces la experiencia del amor es más atemática y no se focaliza tan claramente, pero produce frutos de desasimiento, de recogimiento, etcétera. 

El santo Cura de Ars, es un alma que entendió mucho de cruz y nos dice: "Se quiera o no, hay que sufrir. Hay quienes sufren como el buen ladrón y otros como el malo. Los dos sufrían paralelamente. Pero uno supo volver sus sufrimientos meritorios; el otro expiró en la desesperación más horrible. Hay dos maneras de sufrir: sufrir amando y sufrir sin amar. Los santos sufrían todo con paciencia, alegría y perseverancia, porque amaban. Nosotros sufriremos con cólera, pesar y cansancio, porque no amamos; si amásemos a Dios, estaríamos felices de poder sufrir por el amor de quien ha querido sufrir por nosotros".[6]

“Amemos la cruz, –dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento– sólo ella puede salvar el mundo. Y la cruz más exquisita, la que más santifica, es la que nos viene de parte de los amigos, de los que juzgábamos bienhechores, de los propios nuestros, porque tiene el poder de llegar al fondo del alma. ¿No pasó también él por la ingratitud?”.[7]

La contemplación y la vivencia del amor de Cristo crucificado, va cambiando la dispersión interior por un despliegue de amor unificado y totalizante en Cristo; va haciendo a un lado las gratificaciones para servir con libertad interior; va transformando la oscuridad de juicio por limpieza de conciencia. Cristo vive nuestra vida y nuestra historia en este contexto de amor como consorte (esposo) y protagonista, haciendo posible que cada uno se realice libremente en el camino del amor y de la donación a Dios y a los hermanos. Se hace encontradizo con cada uno para compartir la misma suerte. Cristo ha asumido nuestra vida «esponsalmente» y se ha entregado a la muerte de cruz por nuestra salvación. En Cristo, como Iglesia, formamos una sola familia, «una sola esposa». Por esto dice San Pablo a los cristianos de Corinto: "Los he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen casta" (2Cor 11,2).

La vivencia del amor en el servicio desinteresado a los hermanos, sea cual sea su credo y su condición, hace a un lado cualquier clase de orgullo y de vanidad para que reine el desprendimiento y la misericordia. Con el amor misericordioso se acaba la tendencia fácil al desaliento y se fortalece la debilidad; se quitan las ansiedades posesivas y se vive en un gozoso agradecimiento que hace experimentar el amor de Dios y del prójimo en todo.

Hablando en plata limpia, la purificación del corazón se resume en el amor que crucifica y nos hace «uno con Él». Sólo un corazón enamorado de la Cruz es capaz de purificarse y ningún corazón alcanzará la purificación si no es en el amor de Dios. Dice san Juan de la Cruz: “Si en tu amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza”.[8] ¡Y no se trata de ir en busca del sufrimiento, o inventarse cruces en cualesquiera que sea nuestra vocación! Sino de acoger con ánimo nuevo el sufrimiento y la cruz que hay de por sí en la vida de cada bautizado. 

Podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta. Dice la beata María Inés Teresa: “Quiero ser una verdadera esposa fiel, viviendo vida oculta en mi corazón Contigo y en la cruz; bien se Dios mío, que no bastan mis propósitos por sinceros y fuertes que sean, si tu gracia no los fecundiza y para que ésta no me falte, que mi oración sea sin interrupción”.[9]

Cada Domingo —si no es que diario— la comunidad de bautizados se congrega para celebrar la Eucaristía. Cada vez que participamos en la Santa Misa, plena, consciente y activamente, podemos decir con Cristo y con el sacerdote que celebra la Eucaristía: “Tomen y coman todos de él porque esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes”. Podemos beber su cáliz y decir con él: “Tomen y beban todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna derramada por ustedes y por muchos” Ese Cristo que ofrecemos, es el Crucificado, el pan de vida que dice: “Hagan esto en conmemoración mía ”. (Cf. 1 Cor 11,23-25). En la Eucaristía tenemos un encuentro íntimo con el que dio su vida por nuestra salvación y al verlo en la cruz junto a mí y junto a mis hermanos, “entonces aprendo a mirar a cada persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo”.[10]

Alfredo Delgado, M.C.I.U.
_____________________________________________________________________

[1] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 162
[2] Deus caritas est, n.12.
[3] Cf. N. Cabasilas, Vita in Cristo, VI, 2 (PG 150, 645)
[4] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 150.
[5] La Venerable Concepción Cabrera de Armida solía decir: “Amor que no crucifica, no es amor”.
[6] José Pedro Manglano Castellary, “Hablar con Jesús, orar con el cura de Ars”, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 20045 p. 144.
[7] Carta de la beata que escribió desde Cuernavaca a sus hijas de Puebla el 26 de julio de 1951 confortándolas por los sucesos negativos que por la intervención de algunos eclesiásticos tuvieron lugar en aquella comunidad, e invitándolas a «no denigrar a nadie». Esta carta, por diversos mtivos, no la recibieron las hermanas. La copia se conserva en Roma, en el AgeMCSS. Fotocopia autenticada de la misma se encuentra en el AcacROM.
[8] San Juan de la Cruz, “Dichos de luz y amor”.
[9] Ejercicios Espirituales de 1933.
[10] DCe 18

jueves, 21 de junio de 2012

LA PRIMERA FIESTA LITÚRGICA DE MADRE INÉS... 22 de junio de 2012

Este 22 de junio, la Iglesia Católica celebra la primera fiesta litúrgica de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento para cuya ocasión se han aprobado ya los textos litúrgicos correspondientes tanto para la Misa como para el rezo de la Liturgia de las Horas.

En las diversas partes del mundo en donde la «Familia Inesiana» está presente, han iniciado los festejos y celebraciones en las diversas lenguas y usanzas de las naciones de todos los continentes. En Roma, para celebrar la ocasión ha sido presentado en su versión italiana el libro "Hacer de la vida un himno", escrito por un  autor de reconocidísimo renombre en el campo misionero: Mons. Juan Esquerda Bifet. Mañana, en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en donde está el Mausoleo con los restos (reliquias) de Madre Inés, el Card. Giuseppe Bertello presidirá la Primera Misa Solemne en honor de la nueva Beata.  El día 23 en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, el Card. Francis Arinze presidirá una Misa de Acción de Gracias por este regalo del cielo.

La fundadora de la «Familia Inesiana», recien beatificada el 21 de abril de 2012, abre un camino de santidad y de esperanza en la Iglesia Católica en vísperas de iniciarse el "Año de la Fe" el próximo mes de octubre, recordando que todos los hombres y mujeres pueden alcanzar la santidad realizando la tarea de ser discípulos y misioneros en sus actividades ordinarias con un corazón sin fronteras, uniendo la contemplación y la acción en el ser y quehacer de cada día.

La Madre Inés, como es conocida por muchos, nació en una hermosa familia católica el 7 de julio 1904 en Ixtlán del Río, en el estado de Nayarit, en México. En el año de 1924, durante un Congreso Eucarístico que se celebraba en México, se sintió plenamente atraída por Jesús, a cuyo Amor Misericordioso se consagró como víctima de holocausto en 1926. Movida por el ansia de "salvar almas" al estilo de santa Teresita del Niño Jesús, ingresó al Monasterio de Clarisas del «Ave María», donde permaneció 16 años. En 1930, al hacer su profesión religiosa, tuvo una fuerte experiencia espiritual con la Virgen de Guadalupe que la marcó para siempre y de la que nació su obra contemplativa y misionera en1951, fundando, en primer lugar, la congregación religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y continuando años más tarde con los sacerdotes religiosos Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Ella es la fundadora e inspiradora de la hoy llamada «Familia Inesiana», que con un carisma Eucarístico, Sacerdotal-oblativo, Mariano, Misionero y Alegre, hace presente a Cristo y a la Iglesia en el mundo. Su vida aquí en la tierra fue un himno de alabanza, para la gloria de Dios y la salvación de las almas hasta que murió en Roma el 22 de julio de 1981. Desde entonces se ha convertido en la estrella que irradia la luz de Cristo para que todos le conozcan y le amen.

Cuando entregó su alma a Dios, la «Familia Inesiana» estaba ya extendida en los cinco continentes, y contaba con muchos miembros de diversas nacionalidades, al servicio de la Iglesia con el mismo espíritu de plena unión y veneración al Papa, a quien llamó siempre "mi dulce Cristo de la tierra".

El 21 de abril de 2012, el Santo Padre Benedicto XVI beatificó a Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una ceremonia presidida en su nombre por el Prefecto de la Causa de los Santos, el Cardenal Angelo Amato, en una solemne ceremonia en la Basílica de Guadalupe de México, ante casi 20,000 personas de todo el mundo.

"La misión especial de María —dijo el Cardenal durante la homilía— ha sido la de conducir a los bautizados a Cristo Rey, haciendo florecer mártires y santos, que han sido testigos heroicos del Evangelio de la vida, de la verdad, de la justicia y de la paz. La Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es uno de estos testigos heroicos, que ha puesto todas sus energías de la naturaleza y de la gracia al servicio del reino de Cristo, según el lema: «Es urgente que Cristo reine»".

El Cardenal puntualizó también: "Nadie duda de la gran actualidad de este carisma misionero. Hoy, en América Latina y en toda la Iglesia, es urgente la evangelización, no solo como primer anuncio a los que no conocen el Evangelio, sino también como nueva propuesta de la palabra de Dios a los que la han olvidado y descuidado y que llevan una existencia lejana de la verdad de la palabra de Jesús y de los sacramentos salvíficos de la Iglesia."

En este contexto, y como un homenaje especial a Madre Inés en esta su primera fiesta, ofrecemos ahora la lectura especial para el Oficio de la Liturgia de las Horas de este día, de manera que en ella encontremos una motivación para ser esos discípulos y misioneros que se requieren para preparar el Año de la Fe que ya se acerca:


De los escritos de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, virgen 
(C. Publica del Proc. Dioc. Vol. VII, ff. 418-419) 
QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN ES LA ÚNICA RECOMPENSA QUE QUIERO

¡El alma misionera quisiera que miles de almas se lanzaran llenas de fe, de esperanza y de amor, a la conquista de esos hermanos nuestros que aún gimen en las tinieblas del error! ¡Quisiera llevar el nombre de Dios a todos los confines de la tierra, y con él, la dulce imagen de María santísima de Guadalupe, para que ella prepare a los pobrecitos no creyentes, y un día no lejano, sean su trono de amor y ellos también puedan cantar al Señor y bendecir su nombre; anunciar día tras día su salvación. Y dice al Señor, si tú quieres servirte de mí, pobre y miserable instrumento para tu gloria, di solamente a mi alma ansiosa de hacerte conocer y amar, aquellas palabras del salmista: contad su gloria a las naciones, a todos los pueblos sus maravillas. Manejando tú este inútil instrumento, las almas corresponderán a tus designios, serán vasallos amorosos que seguirán a su Rey inmortal. ¡Que se conviertan todos, Señor, que todos te amen! Pero pronto. Señor Jesús, tú eres quien has puesto dentro de mi ser estas ansias que me devoran; este deseo irresistible de que te amen. Lleva muchos obreros a tu viña. ¡Oh Padre celestial!, llévame a mí; yo quiero ofrendarte todos mis amores, quiero dejarlo todo por ti, quiero sacrificarme, en el corazón de María, por la salvación de las almas. A los pueblos cristianizados por tu mandato aquel de: Id de dos en dos y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Si tú Señor, has puesto en mí este ardiente deseo ¿por qué no te sirves de este inútil instrumento que sólo anhela desaparecer en tus divinas manos? ¡Ah Jesús!, esta ansia me devora. Estoy íntimamente convencida, de que si tú manejas este deforme instrumento, harás maravillas por él. Me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad; haz de mí lo que tú quieras, pero dame almas, muchas almas, infinitas almas. Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero.

Qué consuelo para nuestro amado Pastor supremo, el Papa, que, por mediación de Santa María de Guadalupe y de los misioneros, se lleve a todas las naciones el nombre de Jesucristo, su Evangelio y la hermosa imagen de la amada Morenita, como estandarte de paz, de dicha, de amor; de reconciliación entre Dios y la tierra. Sé también Jesús mío, que el alma de todo apostolado es el alma de oración; que a la oración están vinculadas las gracias de conversión. Por eso la oración es la vocación esencial de todo misionero, la oración es la hoguera donde debe caldearse su alma; la oración es la fuente en donde debe saciar su sed de almas. Que no nos permitamos reposo alguno mientras haya en el mundo una sola persona que no conozca a Cristo, ese es nuestro ser misionero. Y esto es nuestro más caro derecho, nuestra más dulce obligación y nuestro más sagrado deber. Deber y derecho que no debemos olvidar en ningún momento de nuestra vida. Ser misioneros... ¿Cómo?... ¡hasta dar la vida si es necesario!... ¿Dónde?... ¡En todas partes!... ¿Cuándo?... ¡Siem-pre!... ¿Medida? la obediencia. Como él, que fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz y heme aquí que vengo para hacer tu santísima voluntad. Sí, misioneros con él, por él y en él. Pero como él, con él y en él en toda la extensión de la palabra: en el sacrificio, en el dolor, en el sufrimiento, hasta la muerte. Pero también en la alegría, en nuestra diaria Eucaristía, en nuestra oración, adoración, en el diario apostolado, en cualquier clase de trabajo, mientras dormimos y mientras comemos, mientras descansamos y mientras respiramos, mientras se consume nuestra vida minuto a minuto y ¡en cada latido de nuestro corazón! Nuestro espíritu misionero debe ser universal, abarcar a todos los pueblos, razas y naciones, abarcar el mundo, no deben existir fronteras de ninguna especie.

viernes, 8 de abril de 2011

El valor de la Misa...

Cada Misa en la que participamos, vivimos un encuentro profundo con Dios. En la celebración escuchamos su Palabra y recibimos su Cuerpo y su Sangre. Allí le adoramos, le rendimos alabanza, le damos gracias, le pedimos perdón por nuestras faltas y le dirigimos súplicas a sabiendas de que Él nos escucha y nos dará lo que más nos convenga.

Con la asistencia plena, consciente y activa en cada Misa, rendimos el mayor homenaje que podamos dar a Dios. En la Misa alcanzamos el perdón de los pecados veniales, con lo que el demonio pierde dominio sobre nuestras almas. En la Misa oramos por nuestros difuntos y alcanzamos bendiciones y prosperidad para nuestras vidas, incluyendo nuestros asuntos temporales, negocios y demás.

La asistencia asidua a Misa nos libra de muchos peligros y desgracias y con cada Misa se aumenta la esperanza del cielo. Durante la Misa tomamos diversas posturas corporales que van hablando, con esa expresión corporal, de nuestra relación con Dios. De pie nos ponemos en su presencia, hincados adoramos e imploramos perdón, sentados nos colocamos en actitud de escucha. En Misa permanecemos en silencio escuchando la voz de Dios a través de su Palabra o del mensaje que la explica y aplica a nuestra vida, oramos juntos a una sola voz para expresar que somos un pueblo peregrino que clama a Dios, cantamos alabando y suplicando al Creador y avanzamos caminando a su encuentro en el Pan Eucarístico.

Estas son una sentencias breves en las que algunos santos hablan del valor de la Misa aplicada por quienes están en el purgatorio y que comparto ahora contigo para invitarte a valorar más y más la participación en Misa y sus efectos:

"La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria" (San Bernardo).

"Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que se ofrece la Misa" (San Gregorio).

"El que participa en Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del purgatorio, trabaja en su propio provecho" (San Agustín).

"Por cada Misa en la que se participa con devoción, muchas almas salen del purgatorio y a las que allí quedan, se les disminuyen las penas que padecen" (San Gregorio el Grande).

La Misa es la actualización del Sacrificio del Calvario, el mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación participar en ella todos los domingos y fiestas de guardar, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

Padre Alfredo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Celebrar en comunidad, las primeras comunidades cristianas y nuestra Misa.

La Primera carta a los Corintios describe lo espontaneo de las Misas de aquellos tiempos; san Pablo da instrucciones que aseguren el orden, pero todo se hace siguiendo las iniciativas de los miembros de la comunidad: «¿Qué concluimos, hermanos? Cuando os reunís, cada cual aporta algo: un canto, una enseñanza, una revelación, hablar en lenguas o traducirlas; pues que todo resulte constructivo. Si se habla en lenguas extrañas, que sean dos cada vez o, a lo más, tres, por turno, y que traduzca uno solo. Si no hay quien traduzca, que guarden silencio en la asamblea y hable cada uno con Dios por su cuenta... De los inspirados, que prediquen dos o tres, los demás den su opinión. Pero en caso que otro, mientras está sentado, reciba una revelación, que se calle el de antes, porque predicar inspirados podéis todos, pero uno a uno, para que aprendan todos y se animen todos. Además, los que hablan inspirados pueden controlar su inspiración, porque Dios no quiere desorden, sino paz» (1 Cor 14,26-33).

La norma consistía en evitar el bullicio para que no se perdiera el individuo como don y carisma; para que todo aprovechara a la asamblea. Procuraba también san Pablo que los inspirados no se excedieran y cansaran a la gente; dos o tres a lo más. Por lo demás, libertad plena; cada uno podía contribuir con lo que tuviese, dando así amplias facilidades a la expresión individual y colectiva; las experiencias cristianas podían manifestarse sin traba. Ninguna mención se hace de un responsable del orden; la autoridad del Apóstol, aunque distante, parecía suficiente, pñorque formaban una verdadera comunidad. Con su sentido habitual de la igualdad, no envía san Pablo las normas a un individuo que asegure su observancia, las propone a la comunidad entera, después de una larga explicación (1 Cor 14,1-25) que prepara la unanimidad.

Así tendrían que seguir siendo nuestras celebraciones hoy. Una celebración centrada en Cristo; ningún miembro de la asamblea reclamaba para sí una atención especial o acaparaba la celebración; incluso podemos pensar en la presencia de María en aquellas celebraciones. Hoy nos encontramos con coros u orquestas, sobre todo en bodas, que son el centro, más que Cristo y los novios; o por otra parte ministros "extraordinarios" que se sienten dueños de la celebración y que no dejan participar a otras personas; sacerdotes que a veces hablan y hablan en la homilía alargando la celebración hasta cansar o que por otra parte hacen del espacio de la predicación un foro para hablar de todo, menos de Dios.

En algunos escritos del Nuevo Testamento, redactados más tarde, como las cartas a Timoteo y a Tito; aparecen cargos, los presbíteros u obispos, a quienes se atribuye el papel de presidir. Ciertamente un desarrollo necesario; en todo grupo se manifiesta el líder, y es posible que en Corinto mismo, aunque san Pablo no lo mencione, alguno o algunos se encargasen del orden; tal función si existía; san Pablo reprocha precisamente a un inspirado que pronunciaba la Acción de Gracias en una lengua incomprensible, sin desempeñar, por lo que parece, ningún cargo en la comunidad (1 Cor 14,16-17).

Es instructivo comparar la celebración cristiana con la de los pueblos primitivos. Entre ellos, aunque hubiera un líder, el portador del ritual mágico era el grupo, pues para poner en movimiento a las fuerzas trascendentes pensaban que hacía falta un todo transpersonal. La unidad del grupo era, pues, creadora y estaba dirigida y abierta a lo numinoso.

Cambiando las categorías se puede aplicar este principio a la celebración cristiana: la manifestación divina tiene lugar en el grupo unido. Así, podemos decir que en la celebración de nuestras Eucaristías, es de vital importancia la participación de todos, cada uno en su papel. Es secundario que algunos miembros ejerzan funciones especiales, necesarias o convenientes para la mayor eficacia; en este contexto, ni siquiera el carisma establece mérito particular. Dios mira a su pueblo, redimido con la sangre de Cristo, «pueblo santo y sin defecto en virtud del amor mutuo» (Ef 1,4). No son los dones particulares ni las funciones en el interior del grupo lo importante ante Dios, sino la unión en la caridad fraterna.

En las primeras celebraciones cristianas, la unión era casi física, a nivel de especie; era la expresión de ser amor y vivir la hermandad. Esto se hacía a un nivel libre, como respuesta personal a Dios que se revela. El único vínculo necesario para la celebración es, hoy también, el amor mutuo, y su centro no es ningún miembro particular del grupo, sino necesariamente Cristo mismo. El Espíritu actúa cuando la comunidad responde con la fe, Cristo está presente entre los que cumplen su mandamiento, y Dios se revela como Padre solamente en una comunidad de hermanos.

En el pasaje citado de san Pablo aparecía netamente la aportación de cada uno según el propio carisma. La celebración cristiana excluye el monopolio; no hay miembros pasivos en el grupo cristiano ni los dones se repiten; cada uno tiene el suyo particular y ha de contribuir con él, por modesto que sea.

Con razón la Venerable Madre María Inés Teresa Arias decía simplemente: "Procura tú también con el Sacerdote celebrar la Santa Misa, humildemente recogido, en actitud de adoración, penetrado hondamente de tu papel, de tu actuación en ese gran sacrificio" (Lira, Primera Parte, III).

viernes, 4 de febrero de 2011

La Eucaristía de los primeros cristianos...

La Iglesia, en sus inicios, vivía la hermosa experiencia de celebrar la Eucaristía de una manera muy viva. El capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles nos lo deja ver claramente: «42 Se mantenían firmes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en la oración. 43Todos estaban asombrados por los muchos prodigios y señales que realizaban los apóstoles. 44Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: 45vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. 46No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, 47alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos».

Con unos cuantos versículos, podemos palpar la experiencia de Iglesia que vivían en el primer siglo. Una experiencia espiritual profunda de compartir, proyectando la Eucaristía más allá del momento de la celebración, haciéndonos ver que cada uno de los que participaba en la Fracción del Pan (como llamaban en ese entonces a la Misa), se transformaba en «Pan Partido» como Jesús. Un acontecimiento que es sólo fruto de la vida divina en nosotros. Sólo la vida de Dios en nosotros puede hacernos experimentar este ser pan partido para los demás. 

Esta era la experiencia de vida de la Iglesia primitiva, una experiencia de vida donde Cristo era el centro de todo y de todos, donde Cristo era la vida misma de la Iglesia, donde Cristo era el todo de la Iglesia. Dicho ahora en términos subjetivos, era una Iglesia que vivía apasionadamente por Cristo, una Iglesia que tenía a Cristo como su primer amor, donde los afectos estaban puestos en su debido lugar y donde, en esa escala de valores y de amores y afectos, Cristo Eucaristía era el mayor afecto, el mayor valor en el corazón de los hermanos. 

Pero, por otra parte, el libro del Apocalipsis del Apóstol san Juan, nos habla de una iglesia que quizá, poco tiempo después, comenzó a decaer, una iglesia que perdió su primer amor, su caridad inicial (Ap. 2,4), cuando el Señor le dice a la iglesia de Éfeso: «Recuerda por tanto de dónde has caído y arrepiéntete y vuelve a las primeras obras, vuelve al primer amor», para aquella iglesia, seguramente aquello sonaba a invitación a volver a algo que tuvieron y que habían perdido, porque la iglesia, en el principio, sí que lo tuvo. 

A la luz de estos dos pasajes, quisiera que captáramos también nosotros, los hombres y las mujeres del tercer milenio, lejanos tal vez en el tiempo y el espacio de aquella iglesia, este mensaje de volver al primer amor, a ese amor ferviente de Jesús Eucaristía y llenar de fervor nuestras celebraciones eucarísticas con el mismo gozo de los primeros cristianos. 

San Justino, quien fue un gran filósofo y mártir (muerto hacia 164), nos describe la celebración de la misa dominical en sus tiempos tal como la vio en Roma: «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos y oramos por nosotros... y por todos los demás dondequiera que estén, a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar la salvación eterna. Luego se lleva al que preside el pan y una copa con vino y agua mezclados. El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo ha respondido “amén”, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes el pan y el vino “eucaristizados”». (SAN JUSTINO, Carta a Antonino Pío, Emperador, año 155)

La celebración de la Eucaristía, y su prolongación en una vida de caridad fraterna, caracterizaban la vida interna de las comunidades cristianas, y constituían su eje vital. Esas comunidades, como es de suponerlo, estarían, –como las nuestras–, formadas por personas (por tanto imperfectas), pero que luchaban por mantener la fe, el culto y el amor fraterno para vivir así y testimoniar al mundo que Dios camina entre nosotros.

En la célebre «Carta a Diogneto», el autor, –desconocido hasta nuestros días–, nos cuenta que los cristianos no se distinguían de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. Nos dice que no establecieron ciudades exclusivas suyas, ni usaban alguna lengua extraña, ni vivían un género de vida singular, sino un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario, Ponen mesa común, dice, y viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Aman a todos. Son pobres, y enriquecen a muchos. (Cf. Carta a Diogneto, III “Los cristianos en el mundo”)

Es lo mismo que nosotros, los cristianos del tercer milenio podemos vivir al ser alimentados por Jesús Eucaristía, si nos dejamos transformar por Él. Todo alimento bueno fortalece y llena de energía; todo alimento bueno infunde al organismo lo que necesita. No dejemos de acercarnos a la Eucaristía Dominical y, si es posible, a misa diaria también. Allí, como los primeros cristianos, acompañados por María, seremos alimentados con el Pan de Vida que en nosotros construye la nueva civilización del amor.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 31 de enero de 2011

La Primera Misa...


En el misterio del Triduo Pascual Jesús nos dejó la clave en la cual ha de ser leído el resto de su vida: Muerte, pasión y resurrección.

El acontecimiento de la Última Cena encierra el regalo de la primera misa. Un banquete pascual en el que se comparte el pan y la palabra. Lugar teológico de un misterio de amor, amor de despedida y de memorial, fiesta íntima que se hace don y presagio de amor hasta el extremo. Jesús, recostado a la mesa con sus amigos, se desdobla en su condición de Señor y de siervo, de maestro y de servidor. Su amor es entrega que despierta amistad fecunda. Y el pan partido y repartido es su cuerpo amante en sangre que se derrama en un cáliz que comparte y compromete.

Allí está Pedro, el discípulo que parece, a primera vista, tener miedo de seguir las huellas del Maestro. Sabe muy bien que si se deja lavar los pies, él mismo tendrá que convertirse en servidor de sus hermanos, y se resiste, tal vez porque se da cuenta de que no ha amado suficiente, porque no ha comprendido aún que el don del amor es abajamiento, servicio humilde y sencillo al hermano.

Allí está Tomás, que busca el camino pero desconfía. Su espíritu realista le impide descubrir el misterio de humanidad que es Dios mismo, el Amor de los amores. Su falta de fe exigirá pruebas, señales que le orienten. Jesús le hace consciente de la transparencia de Dios en su persona. Él es el camino, la verdad y la vida.

Allí está Felipe, quizá el más ingenuo, que le pide al Señor un acceso directo al Padre, tal vez queriendo pasar de largo evitando el camino trazado por Jesús. 

Allí está Juan, el discípulo amado, que en sencillez de amistad se reclina en el pecho de Jesús y se reclinará también ante la Cruz. Sí, él es el más joven de todos los que participan en aquella misa solemne, pero es el que siempre le reconocerá y que luego exclamará: ¡Es el Señor!

Allí está también Judas Iscariote, con un corazón que no ha querido aprender a amar y a dejarse amar. Tan aferrado a la bolsa de su egoísmo, que no tiene ojos para ver las señales de Dios, y que no puede entender lo que es la libertad, la concordia, la misericordia, la compasión.

Allí están los demás apóstoles, todos, los doce, son los amigos más íntimos del Señor, sus discípulos, aquellos a quienes les había compartido lo más entrañable de su ser: Santiago, Bartolomé y todos los demás

El Amigo Jesús, los ha invitado a celebrar la Pascua con Él, les señala el rostro de humanidad y la clave del servicio y la alabanza de Dios en el pequeño. Los ha invitado a que se confirmen en el reconocimiento fraterno, en la verdadera relación con el Padre, en la amistad con Él.

Todas las palabras que se pronuncian en aquella sala grande, con divanes en el piso de arriba (Lc 22,12) tienen un eco de testamento y un sabor a urgencia de fidelidad en una amistad perpetua. Es la Última Cena. El Maestro quiere dejar impresas en el corazón de sus discípulos, en esta primera misa, las palabras esenciales, para revivir el encuentro con Él... “Hagan esto en conmemoración mía”. Todo el momento habla por sí solo de los tres amores de Jesús el Sumo y Eterno Sacerdote ungido por el Espíritu: el Padre, como fuente y caudal de comunicación vivificante; los suyos, testigos de ese amor hasta la entrega total; la humanidad, siempre sedienta de alcanzar la salvación.

Todo lo que el Maestro experimenta en estos momentos se resume en eso: “Hagan esto en conmemoración mía”. Los apóstoles, los primeros cristianos y nosotros en nuestros días, conoceremos que Jesús está presente en el partir y repartir la vida como Él, en el servir humildemente, en el gastarse y desgastarse en un mandamiento del amor que se hace compromiso y memorial definitivo y que se corona cada vez que celebramos la santa misa.

Cuando todas las palabras ya han sido pronunciadas, solamente quedan los gestos como símbolos definitivos. La Eucaristía es símbolo de toda una vida: símbolo de la mesa abierta a los pobres, a los pecadores, a los ricos y a los pobres; invitación a vivir la intimidad de la palabra y del perdón; oferta gratuita del amor que todo lo da; sacrificio de un Padre Dios que entrega a su Hijo, Dios mismo, en un amor sin medida; íntima comunión por el Espíritu Santo con el Reino de Dios.

Por eso ahora, en los últimos instantes de su vida aquí en la tierra, el Mesías, el Maestro, el Amigo, el Dios con nosotros, recurre al memorial como vínculo estable y definitivo. En su Cuerpo se desvela la comunicación con Dios en su íntimo misterio. En su Sangre, derramada como la de Abel, la misericordia se muestra en solidaridad de Dios con los hombres y mujeres del mundo entero. 

Cuando participamos plena, consciente y activamente en misa, revivimos la presencia humilde de Dios entre nosotros. Lavar los pies, como lo hizo Jesús antes de aquella misa, es comulgar a Dios en la Eucaristía, para comulgar con el hermano en un servicio de solidaridad y ayuda mutua.

Hoy, cada vez que celebramos el Misterio Eucarístico, Jesús vuelve a darnos ejemplo, se hace testigo de la palabra amorosa y servidora del Padre en un evangelio que nos va transformando el corazón y nos invita a sentarnos a su mesa como amigos, para hacernos servidores del Reino en comunión de vida y amor. Nuestro sentimiento de gratitud, en cada misa, es siempre testigo del gesto sencillo de lavar los pies. Nuestros ojos miran al crucificado en un despliegue de amor (la mesa de la Eucaristía) y nuestros oídos escuchan a Jesús (la mesa de la palabra) hablar al interior de nuestros corazones y decirnos: 

A ustedes los llamo amigos, porque les he comunicado todo lo que he oído a mi Padre. A ustedes les llamo amigos, porque comparten mi proyecto y lo llevan a cabo recibiendo mi palabra y poniéndola en práctica en la casa, en la escuela, en el trabajo, en el diario vivir. A ustedes les llamo amigos, porque están dispuestos a dar la cara, a arrimar el hombro, a decir “cuenta conmigo”. A ustedes les llamo amigos, porque afrontan la realidad y luchan por mejorarla sin renunciar ante el obstáculo y caminando en la luz de la fe. A ustedes les llamo amigos, porque comparten lo que creen y lo que tienen, juntos en fiesta de Amor y juntos en la lucha diaria de la nueva evangelización.

Que cada uno piense y medite en el valor que le da a la misa. Pero hay un detalle final. María, la Madre de Dios, no estaba en la Última Cena, pero estaba su corazón en el Hijo amado, pues ella sabe siempre que puede ser Madre y amiga a la vez. Ahora ella está en la celebración de cada misa y nos invita a dejarnos lavar los pies por su Hijo, el Amigo Jesús. Ella, la humilde esclava del Señor, nos invita a vivir el encuentro con la gracia que nos salva. 

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 30 de enero de 2011

El valor de la Misa Dominical...

Son muchas las personas que piensan que el asistir a misa dominical no tiene la mínima importancia, piensan que basta ser buenos y ponen miles de excusas, desde las más sencillas como la clásica de “es el día en el que puedo lavar” o “es el único día que tengo para ir de compras”, hasta llegar a los que dicen que no van porque los que asisten a misa son puros hipócritas. Hay quienes dicen que rezan mucho en su casa, que se saben el rosario o que leen la Biblia sin necesidad de ir a la Iglesia. 

Cuando para el católico el domingo pierde su significado fundamental de “día del Señor” y se transforma en un simple fin de semana (“weekend”), es decir un día de pura evasión y diversión, queda prisionero de un horizonte terreno tan estrecho que no deja siquiera ver el cielo (cf. Carta Apostólica de Juan Pablo II “Dies Domini”, 4). La participación en la misa dominical es siempre fundamental para vivir la existencia cristiana, y eso vale de modo especial ante los grandes desafíos de hoy. 

La misa del domingo es el manantial del vigor misionero que se fortalece en el encuentro frecuente con Jesús en la Palabra y en la Eucaristía, es fuente y cumbre de la vida cristiana que lleva al creyente al encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión, comunión y solidaridad. 

La participación en la misa dominical es distintivo característico del cristiano y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la misa dominical y de los demás días festivos, faltaría el corazón mismo de la vida cristiana. 

1. No faltes a misa. Nadie podrá descubrir el valor de la misa si no asiste. 

2. Vive la Misa. Es decir, no te quedes ¡como de cuerpo presente! Pon atención, responde, reza, canta, evita las distracciones, etc. Es decir, "goza" la Misa como decía Madre Inés: “Celebrando con el sacerdote”.

3. Estudia un poco. No se ha inventado otro sistema para aprender lo que uno no sabe. Para gozar la santa misa hay que entenderla, para entenderla hay que saber qué es. Hay muchísimos libros y folletos,. Y además, tenemos muchos webs católicos como éste en Internet para informarte sin salir de casa y preparar la misa dominical.

4. Lee y medita los textos de la Liturgia. Hay un misal anual o mensual que puedes comprar y subrayar. La misa tiene una riqueza inagotable, de manera que nadie que medite las partes y oraciones de la misa puede aburrirse. Es absolutamente imposible querer entender la misa si la gente solamente se centra en lo que en la homilía se pueda decir. Cuando se valora cada una de sus partes no se encuentra un límite, de manera que siempre se encuentran nuevos sentidos, matices, dimensiones, etc. 

5. Prepárate espiritualmente, ora, confiésate, asiste a algún grupo de meditación bíblica y pide una especial luz a María, ella te llevará al encuentro con su Hijo Jesús. 

¡Te esperamos en la Misa Dominical!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.