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miércoles, 15 de marzo de 2023

Interesting words of Saint Charles de Foucauld…

“God calls all the souls he has created to love him with their whole being, here and thereafter, which means that he calls all of them to holiness, to perfection, to a close following of him and obedience to his will. But he does not ask all souls to show their love by the same works, to climb to heaven by the same ladder, to achieve goodness in the same way. What sort of work, then must I do? Which is my road to heaven? In what kind of life am I to sanctify myself?”

Saint Charles de Foucauld.

viernes, 1 de noviembre de 2019

La fiesta de «Todos los Santos» y la celebración del «Día de Muertos» en México


En México, mucho más que en otras partes del mundo, la celebración en el calendario católico de las fiestas de «Todos los Santos» y del «Día de Muertos», ha ocupado siempre un lugar preponderante.

La forma de celebrar en cada rincón del país puede variar, pero el mensaje y el contenido, forma parte muy arraigada de las costumbres y de las tradiciones de nuestros pueblos indígenas sobre todo. 

Con alegría podemos ver que se han recuperado tradiciones en torno a estas dos grandes fiestas, como la celebración de desfiles y festivales en torno a las vidas de los santos, del día de los fieles difuntos y la visita a los lugares en donde reposan los restos mortales de nuestros seres queridos.

El «Día de Muertos» sigue celebrándose con la intensidad de siempre, a pesar de que muchos de nuestros familiares y amigos difuntos, en algunos lugares como sucede en Monterrey, no están ya en el panteón, sino en las criptas, nichos o culumbarios de muchas de nuestras parroquias. Sí, la fe ha logrado conservar la reminiscencia de la etapa anterior reflejada todavía en los más profundos sentimientos de algunos, especialmente particularizado en la asistencia a Misas, a pesar de que en México ninguno de los dos días es de precepto, como en Estados Unidos y otros lugares, en donde el día de Todos los Santos es de obligación.

Es cierto que los humanos por naturaleza, somos antojadizos y muy dados a copiar lo que vemos y en cierto modo es bueno, porque significa cambiar, innovar y no anquilosarse, pero da gusto ver que en torno a nuestra fe, hemos rescatado nuestras sagradas tradiciones y costumbres que son las que definen la raza y la entidad de un pueblo. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la Familia Inesiana, le pedía a Dios siempre una buena y santa muerte, y después la gloria eterna del Cielo y... lo alcanzó. Cuando contemplamos su imagen, con ese rostro sonriente, no podemos sino anhelar nosotros también la santidad, apostando por «las almas», como ella decía, y queriendo también ser intercesores como ella, cuando ya estemos en el cielo. Por lo pronto desde aquí en la tierra le decimos al Buen Dios que nos espera: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero».

Comparto ahora, para terminar esta breve reflexión, algunos extractos de escritos de la beata María Inés en donde habla de la muerte:

«¡Yo quiero siempre, y a la hora de mi muerte confiar en ese Dios tan bueno que ha sido para mí, a pesar de mi inmensa miseria!». (Carta al director espiritual el 17 de febrero de 1962).

«Y ojalá, ¡Jesús mío!, que después de haber vivido siempre en tu presencia, pudiese también morir de amor al pie de tu Altar, entregando al Eterno Padre, a mi Amado Padre Celestial, en unión con la Víctima Sagrada, esta miserable y pequeña víctima…» (Lo que me dice el cuadro de la Anunciación).

«El premio del amor es la posesión eterna del amor… todo lo suyo es mío… el misionero después de muerto, derramará sobre la tierra las rosas de sus favores». (Lira del Corazón, 2ª parte, cap.XII).

«Se van los hombres tras las riquezas pasajeras, tras esas riquezas que tienen que dejar a la hora de su muerte, si no es que algún ladrón se las arrebata antes; y no piensan en las riquezas imperecederas que nuestro buen Jesús vino al mundo a derramar a manos llenas». (Notas Íntimas, pág. 33).

«¡Qué grande es nuestra fe! ¡Qué hermosa nuestra esperanza! Qué consolador nuestro amor, ese amor divino que nos hace aceptar, tanto a los que parten de este mundo, como a los que nos quedamos, las amarguras de la separación, puesto que esperamos vernos todos reunidos un día en la mansión de los elegidos, bajo la mirada amorosa de Dios, que nos envuelve y nos penetra de su felicidad sin términos». (Experiencias Espirituales).

«No sé cuándo llegará mi hora, cuando Dios quiera, ni antes ni después la deseo, sino a la hora precisa que El quiera, cuando El quiera, en la forma que quiera». (Testamento Espiritual).

«Que no tengamos, a la hora de la muerte, la tristeza de comprobar, que pude haber hecho mucho y, no lo hice por cobarde, porque me faltó espíritu de oración, porque no trate de ser humilde y obediente, porque no estuve dispuesta a aceptar la santa voluntad de Dios». (Consejos).

«Cuando ustedes se presenten ante Dios a darle cuenta de lo bueno y lo malo que hayan hecho; estarán sólo sus obras; y en esta vida contamos con la infinita misericordia de Dios y con el amor ternísimo de nuestra dulce madre y reina Santa María de Guadalupe». (Las Bienaventuranzas).

«Ni siquiera pienso cómo será mi muerte, la dejo en las manos de Dios totalmente. Yo sé que estará conmigo en esos momentos para llevarme con El, como lo espero en su infinita misericordia y mi Madre Santísima también. Ella no me dejará nunca, como nunca me ha dejado. Así confío». (Testamento Espiritual).

«Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo». (Carta colectiva de Junio de 1978).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 5 de julio de 2019

«En proceso de conversión»... Un pequeño pensamiento para hoy


«¿Quién podrá contar las hazañas del Señor y alabarlo como él merece?» dice hoy el salmista en el fragmento del salmo 105 [106] que el salmo responsorial nos presenta. Este es un salmo de contrastes, como lo es nuestra vida de hombres y mujeres de fe, un salmo en el que abunda la infidelidad del pueblo de Dios al mismo tiempo que la infinita misericordia del Señor. Los israelitas que formaban el pueblo elegido de Dios eran gente del común de los mortales y, como nosotros, personas que cometían errores y fallaban, personas que pecaban y se arrepentían. Leer este salmo todo completo, es una delicia para adentrarse en la misericordia y compasión de nuestro Dios que llena de esperanza incluso los más fríos corazones, que distantes de Dios, pueden volverse hacia Él y recibir una nueva vida. Dios aparece en este salmo como el gran perdonador. Y es que antes nos cansamos nosotros de pedir perdón, que él de concederlo (Gn 18). Da la impresión de que disfruta perdonando. Su perdón es infinitamente mayor y más completo que el nuestro: cuando Él perdona, no solo olvida nuestras culpas, sino que las borra, las hace desaparecer y deja que prevalezca su misericordia. «Tú borras nuestras rebeldías» (Sal 65,4). «Has quitado la culpa de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados» (Sal 85, 3). 

Hay gente que se pregunta cómo Dios puede manifestarse y estar presente en medio de ciertos ambientes especialmente malos o perversos, en ciertas situaciones de injusticia que a primea vista lo envuelven todo. Dios se encuentra siempre allí... para salvar, para curar, para transformar. El salmista clama por esa misericordia del Señor que, como he dicho, prevalece sobre todo: «Sálvanos, Señor, para que veamos la dicha de tus escogidos y nos alegremos y nos gloriemos junto con el pueblo que te pertenece». Y... ¿quiénes son esos escogidos? El Evangelio de hoy, junto a este salmo, abre los ojos de nuestro corazón para ver las maravillas que Dios puede hacer valiéndose de quien quiera seguirlo a pesar de la condición de la que sea llamado. El Evangelio de hoy (Mt 9,9-13) nos habla de que Jesús no duda en elegir a alguien cuya situación social es terrible... La reputación de los «publicanos» era ante todo la de gente que se enriquecía en gran parte, a cuenta de los pobres: ¡solían ser ricos! A los pescadores ya llamados en la orilla del lago (Mateo, 4,18-22) Jesús añade ahora a un hombre, que no inspira demasiada confianza: ¡es algo raro el equipo que Jesús está constituyendo allí! Y la tradición atribuye a Mateo la redacción de este Evangelio. Toda la Escritura, no solamente este salmo o esta perícopa evangélica, nos urge a que sepamos sobrepasar la noción de justicia y a descubrir la misericordia infinita de Dios por los pecadores. 

Nosotros solemos tener menos paciencia que el Señor, y quisiéramos vernos santos y pluscuamperfectos y ver a los demás así, sin fallas, sin pecados, sin errores... Quisiéramos que brillara ese esfuerzo que todos hacemos por corregirnos, por quitar nuestra miseria y ver los resultados de nuestro trabajo de conversión, del de los demás y experimentar las promesas de Dios a un plazo más corto. Hoy, junto Mateo y al salmista, aparece Abraham, que, en la primera lectura (Gn 23,1-4.19;24,1-8.62-67) resulta un magnífico modelo de fe y de confianza en Dios para los que intentamos ser buenos creyentes en el mundo de hoy, y trabajamos para que se cumplan los planes de Dios con nuestro esfuerzo de evangelización y testimonio a pesar de nuestras grandes fallas y miserias que no quisiéramos tener para no ofender a Dios ni a nuestros hermanos. Tal vez durante años no nos pertenecerá ni un palmo de terreno, como a Abraham, sino hasta el final. Tal vez, nos quejaremos de no tener una conversión plena, o de que eso de «los cielos nuevos y la tierra nueva» es una utopía. Pero Dios sigue adelante en su proyecto de salvación. Igual que en al Antiguo Testamento se le llamó «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», en el Nuevo Testamento nosotros sabemos que es además «el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo», y que ahora está con la Iglesia, la comunidad de su Hijo, formada por santos y pecadores, guiándola y dándole fuerza por su Espíritu, y que sigue amando a toda la humanidad. Y que el éxito de la obra no se deberá a nuestras técnicas y méritos, sino a la bondad de Dios, que actúa por medio de nosotros a pesar de que estamos «in fieri» como se dice en latín, es decir en proceso y proceso de conversión. Lo que tenemos que hacer es purificar nuestras intenciones, no buscarnos a nosotros mismos, mirar a María, la llena de gracia, la Madre de los pecadores y dirigir nuestra vida hacia Dios. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo. 

P.D. Esperemos que hoy den de alta a mi papá. Lo seguimos encomendando a sus oraciones.

miércoles, 12 de junio de 2019

«La santidad de Dios y nuestra santificación»... Un pequeño pensamiento para hoy


Con el salmo 98 [99] finaliza la breve sección de poemas que, en el Salterio, están dedicados a la realeza de Dios. Estos salmos son himnos poéticos que celebran la soberanía divina y que ponen claramente de manifiesto la importancia de la justicia y la soberanía de Dios. Este salmo añade un nuevo elemento que los salmos anteriores de ese conjunto no mencionan: la santidad de Dios. El fragmento que hoy tenemos como salmo responsorial, comienza precisamente, en el versículo 5, con una aclamación a Dios que es santo. El salmista, a lo largo del salmo, va uniendo este elemento imprescindible de Dios con la rectitud y la justicia del mismo Dios soberano de todas las naciones. El tema de la santidad, se repite en el salmo en tres ocasiones (vv 3,5,9). Tanto el versículo 5 como el 9, funcionan como un estribillo temático del que surge lo que repetimos como responsorio después de cada estrofa: «Santo es el Señor, nuestro Dios». 

Nuestra comprensión de la santidad de Dios, basada en los sentidos naturales, sigue siendo insuficiente hasta el día de hoy. En Éxodo 15,11, Moisés pregunta: «¿Quién como Tú, oh Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como Tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?» La santidad adopta todos los diferentes atributos de cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad: del Padre (Jn 17,11), del Hijo (Hch 4,30) y, especialmente, del Espíritu Santo a quien acabamos de celebrar este domingo por Pentecostés, ya que Él es el que nos proporciona un conocimiento íntimo de un Dios Santo (1 Cor 2,10). Por su parte, el libro del Apocalipsis nos dice: ¿Qué exquisitas palabras existen para darle gloria, honor, y gracias al Señor Dios Todopoderoso? Delante del trono celestial, los ángeles adoraban a Dios, repitiendo día y noche: «Santo, santo, santo» (Ap 4,8). Cuando elegimos adorarle, obedecerle, y servirle —independientemente de todo lo que el mundo demanda—, experimentamos la santidad de Dios. En Jesús tenemos la plenitud de la santidad de Dios. Él es Santo, el Verbo, la Palabra de Dios, que se ha hecho hombre (cf. Jn 1,14), que viene a nosotros para darnos a conocer quién es Dios y cómo nos ama. Dios, que es santo, espera que el hombre también lo sea y le brinde una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de sus enseñanzas: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). 

En las palabras del Evangelio de hoy (Mt 5,17-19), Jesús nos enseña dos cosas: Primero que el Antiguo Testamento forma parte auténtica de la revelación de la santidad de Dios; y segundo, que no hay mandamientos pequeños o enseñanzas banales en la Escritura. Es cierto que el Antiguo Testamento, por haber sido escrito en un tiempo y cultura lejanos a nosotros, no siempre es fácil de entender. Sin embargo, esto no quiere decir que no debemos buscar también en él la voluntad de Dios que es santo y que quiere que nosotros seamos santos. Por otro lado, es cierto también que no todo, de lo que entendemos, incluso del Nuevo Testamento, es fácil de cumplir para ser santos como Dios. Requiere ante todo la firme convicción de que esto es lo que Dios quiere y que como tal, debemos de respetarlo y actuar como él nos lo va proponiendo. Esto es importante tenerlo en mente pues en esta confusión moral e incluso teológica que se vive en nuestros tiempos, no faltan las opiniones sobre algunos aspectos, los cuales, aun referidos en la Escritura, no se toman en cuenta y son causa de dolor y de malestar para nosotros mismos, para la Iglesia y para la sociedad. Estemos siempre atentos, tengamos como fuente de sabiduría la Palabra de Dios, y como fuente de conocimiento el Magisterio Ordinario de la Iglesia. Ser santos, significa estar unidos en Cristo a Dios, que es santo: «Sean por tanto santos como es santo su Padre celestial» (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. «Sí, lo que Dios quiere es su santificación» (1 Ts 4, 3), dice san Pablo. Algunas veces nos dirigimos a la Virgen con el título de: María «Santísima». Pidámosle a ella que nos ayude a seguir caminando en esta senda de nuestra santificación. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

sábado, 4 de mayo de 2019

«Nuestra misión de ser y hacer santos»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia no sólo está llamada a anunciar el nombre de Dios a mundo entero; su vocación mira a manifestarle al mundo sobre todo el rostro amoroso y misericordioso del Padre para que todos sean santos. Todo aquel que entre en relación con la Iglesia debe saber que ha entrado en contacto con Dios y no solamente para saber de él, sino para amarle y hacerle amar experimentando su presencia en la vida diaria, cosa que podrá hacerlo en la comunidad de los fieles en Cristo. Por eso el discípulo–misionero sabe que no puede dar a conocer al mundo a Cristo sólo con las palabras; se necesitan las obras para no traicionar al Evangelio y a la misión que el Señor nos ha confiado. Nuestro Señor Jesucristo es el que nos revela al Padre y nos muestra el camino hacia el Padre. En su persona y en sus obras encontramos los destellos que necesitamos para reconocer la presencia del Padre en medio de nosotros. Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de dos santos apóstoles: Felipe y Santiago, dos grandes hombres que dan testimonio de que todo esto que digo es el camino a seguir. La 1ª lectura, tomada de la 1ª carta de Pablo a los Corintios (I Cor 15,1-8), nos recuerda el núcleo fundamental, esencial, de la fe cristiana; aquello sin lo cual seríamos cualquier otra cosa, menos discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia. Es el llamado «kerygma» o proclamación inicial de la fe. Lo que éstos y los demás apóstoles seguramente predicaron, adaptándolo a las diversas circunstancias y auditorios. San Pablo lo recuerda a los corintios entre los cuales algunos se atreven a negar la realidad de la resurrección, o mejor, se atreven a afirmar que la resurrección es algo completamente espiritual, místico, que no afecta para nada nuestro cuerpo ni tiene repercusiones en nuestra existencia mortal. 

En el pasaje evangélico de hoy (Jn 14,6-14) Felipe, uno de los dos Apóstoles que hoy festejamos, hace a Jesús una petición audaz e inusitada: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Nada menos, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante la afirmación de que quien vea a Dios necesariamente morirá (cf. Ex 33, 20; Is 6, 5). Pero con su audacia, el Apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos. Así, mientras en el evangelio Felipe aparece como un buscador de Dios en medio de los que el Señor ha elegido; Santiago, en la primera lectura, se nos presenta como testigo de la resurrección de Jesús, pero no en solitario, sino como eslabón de una larga cadena de testigos. De los sabemos muy pocas cosas. Y, sin embargo, cada pequeña perla «escondida» en la Escritura sobre los Apóstoles, aquellos seguidores iniciales del Señor, nos basta para estimular una vida de seguimiento de Jesús. 

Repetimos hoy en el Salmo responsorial una expresión de que el clamor y la gloria de Dios llegan a toda la Creación: «El mensaje del Señor llega a toda la tierra. Aleluya» (Sal 18 [19]). ¿Qué nos quieren expresar el cielo, el firmamento, el día, la noche en esta fiesta de dos de aquellos primeros seguidores del Señor? Seguro que comprendamos que la voluntad y la gracia de Dios lo recorren todo y nos llegan a todos. Su gracia, su providencia, su misericordia y su mensaje inundan a toda la creación. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud ante este Mensaje que la Escritura nos susurra en este salmo en este día de fiesta? Yo creo que al contemplar la figura excelsa de estos dos testigos del Evangelio, la meditación del salmo nos debe llevar a una profunda seguridad y confianza en la mano providente de un Dios que es todo gracia. Que cuida día a día lo que ha creado y especialmente al hombre. Dios no nos falla nunca. Su voluntad y su gracia nos llenan de seguridad y confianza en su misericordia. De Dios podemos fiarnos como Felipe y Santiago porque nunca abandona a los seres creados por Él. Hoy, que es sábado, queremos unirnos al canto del universo con estos dos ínclitos hombres, con María, con el conjunto de santos y beatos, entre los cuales hoy se inscribirá el nombre de Concepción Cabrera de Armida. Queremos unirnos al clamor de la creación que agradece y celebra el valor del testimonio, y por eso, le pedimos al Señor que nos ayude a ser un canto de la gloria de su amor con nuestra vida cotidiana. Hoy es sábado y junto a la fiesta de estos dos Apóstoles, con el gozo de la beatificación de Conchita Cabrera de Armida y con María, Madre nuestra por la bondad de Dios, la Iglesia nos recuerda que Cristo es nuestro Hermano mayor, el Hijo del Eterno Padre que nos invita a ser santos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

martes, 9 de abril de 2019

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»... Tema para retiro


Esta es la tercera conferencia de una serie de tres:
(Haz click al tema que quieras ser direccionado)

1. UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS.
2. ALEGRARSE EN EL SEÑOR.
3. EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN.

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»

Nuestra investidura de cristianos no debe ser nunca un motivo de alimentar nuestro ego, ni un motivo para creernos mejores y más importantes que los demás, sino la fuerza que nos impulsa a sudar la gota gorda del esfuerzo por servir a los demás. Nuestra dignidad de cristianos nos impulsa a salir al mundo y a trabajar incansablemente por los demás. El día en que hayamos amado, el día en que hayamos puesto las necesidades de los demás por encima de las propias, podremos poner la cabeza en la almohada y rezar con toda tranquilidad el Padre nuestro, sabiendo que cuando digamos «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielO», habremos trabajado por ello.

Hoy el tema de esta conferencia es acerca de cómo debemos asumir nuestro servicio apostólico en nuestra vida de discípulos–misioneros. En la Iglesia el más grande y el más importante es el servidor de todos, de allí el título del Papa: «Siervo de los siervos». Los puestos que se puedan ocupar, no son para alimentar nuestro ego, sino servicios grandes y pequeños, un compromiso para trabajar por los demás. La más alta jerarquía de nuestra Iglesia, el Papa Francisco, nos demuestra que él vino a servir y no a ser servido… ¡como Jesús lo haría! 

En una de las ocasiones que los discípulos vinieron a Jesús, le preguntaron quién podría ser el primero de entre todos ellos, y Él les respondió con el texto que les invito ahora a leer: «El de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos; hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por una muchedumbre». (Mt 20,26-28).

Los santos son los hombres y mujeres más inteligentes en este tema, o los que han usado mejor la inteligencia para servir; los que han realizado un negocio redondo, los que han logrado lo único necesario. Recordemos las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mt 16,26; Mc 8,36) O estas otras: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33). Los santos, los beatos, los venerables, los siervos de Dios, son los que han obtenido el ciento por uno y la vida eterna en grado perfecto precisamente por haber sido servidores; servidores del Dios Altísimo y servidores de los demás, especialmente los más necesitados, los pobres, los descartados.

El servicio fue una de las mayores manifestaciones del amor de Cristo hacia nosotros. Desde que inició su ministerio en la tierra, tras ser bautizado por Juan el Bautista, nuestro Señor dedicó su tiempo a enseñar sobre el reino de los cielos, a sanar a los enfermos, a auxiliar a los necesitados, a formar a sus discípulos, a resucitar a los muertos, etcétera.

Debió ser abrumador, día tras día, permanecer en esa actitud de servicio, ver a las multitudes venir en pos de Él en busca de ayuda, y ofrecer siempre compasión y misericordia a aquellos que lo necesitaban. Sin embargo, es obvio que su servicio era una respuesta natural de su amor hacia el Padre y hacia la humanidad. Era esto lo que lo impulsaba a continuar haciendo el bien a los demás, y a seguir obedeciendo la voluntad de su Padre.

El servicio de Jesús era parte de su naturaleza humilde. Y dicho servicio fue tan legítimo, tan constante y tan extremo, que pronto se convirtió en sacrificio. El Padre lo envió, pero Jesús decidió entregar su vida voluntariamente por todos nosotros, a pesar de que sabía que al final el precio sería la muerte: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (Jn 10,18). Su tiempo, su dedicación, su vida entera fueron dedicados a un propósito específico, a una misión única: la salvación de la humanidad, y no se detuvo sino hasta llegar al final, hasta llegar a la cruz.

Sí, lo sabemos y hoy nos queda bastante claro, Jesús de Nazaret nunca perdió una oportunidad de servir a los demás. Él nos cuenta la parábola del buen samaritano que ayudó a un  judío, enemigos naturales en aquel tiempo; para ilustrar cómo debemos amar a nuestro prójimo. Enseñándonos que la actitud de servicio es hacia todos, amigos y enemigos siendo a éstos últimos los que más cuesta por lo que el servicio se hace más meritorio (cf. Lc 10,25-37).

Lo que debe inspirarnos a buscar la santidad como discípulos–misioneros es servir con amor. El amor a Dios y el amor a los demás va marcando la pauta del himno de alabanza que podemos elevar a Dios y ofrecer a nuestros hermanos. Dice san Pablo: «Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres». (Col 3,23). Sin embargo, sabemos que también el amor a los demás nos inspira a servirlos cuando tienen alguna necesidad. No para obtener alabanza y mérito, sino por un amor puro, no sólo incondicional sino sacrificial.

Los primeros depositarios o receptores de nuestro amor servicial deben ser los integrantes de nuestra propia familia, pues ¿cómo podemos ir y amar y servir a otros a otros si no amamos y servimos antes a nuestra familia y hacemos nuestro hogar el lugar óptimo para el servicio? A veces en algunas casas, el desorden existente, el encontrar las cosas regadas por aquí y por allá, el andar siempre en fachas, lo sucio, lo desaliñado hablan no de la pobreza material, sino de una mala o pobre calidad en el servicio amoroso en la familia. De igual manera muchas veces, un templo sucio, descuidado, dejado, es una muestra de que en esa comunidad falta o falla el servicio. 

En este siglo, se habla mucho del amor propio, de la autoestima, de los derechos civiles, de la equidad, de la inclusión y todo parece relativo. Pero lo que Cristo quería es que, cuando una persona decide servir a los demás, sin límites, aprovechando cada oportunidad, o incluso buscando la oportunidad, su dedicación y entrega pueden ser comparables a las de un siervo en la cultura hebrea o a las de un esclavo entre los romanos de aquellos tiempos. Quien elige ser servidor de otros lo hace por deseo propio, y lo hace gozoso, sin ningún dejo de amargura. Dios ama a los que sirven, a los que se humillan y los exalta, les da un lugar especial y los recompensa abundantemente con la santidad.

Yo creo que todos recordamos el texto del Evangelio de San Mateo que habla de las obras de misericordia (Mt 25, 34-40): «Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme. Entonces le responderán los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les responderá: Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron».

Jesús se identifica con las personas en desventaja, con los más necesitados, los descartados —dice el Papa Francisco— los que no tienen las mismas oportunidades que nosotros. El acoger a los miembros más abandonados en una comunidad, a los despreciados, a los que no tienen a nadie, los que no son bien vistos, es reconocer a Jesús en el otro y hacerse servidores como él.

El camino de fe no consiste sólo en rezos, sacrificios aislados y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, sobre todo en el tiempo de la Cuaresma, pero no es lo único, ni lo más esencial de este tiempo litúrgico ni de toda la vida eclesial. Vamos en camino hacia la Pascua actuando en el servicio como Jesús nos enseñó. Viendo a Jesús en el otro. Celebrando a Jesús vivo, proclamamos un humanismo cristiano activo, reconociendo que nuestra labor en la familia, en la escuela, en la comunidad, en la parroquia, se cumple solamente en la formación de hombres y mujeres con actitud de auténtico servicio para llegar así a la santidad. 

El servicio, actitud del espíritu para ayudar ante cualquier necesidad que puedan tener los demás, nos facilita salir de nuestro estado de comodidad, de pasividad, nos ayuda a abandonar la zona de confort donde nos encontramos, abriéndonos a un mundo rico en experiencias donde podemos sacar lo mejor de nosotros mismos para dar algo a los demás y a su vez enriquecernos con los demás.

El servicio es un estado interno que nos predispone a estar pendientes de las necesidades ajenas; lo cual nos lleva a aprender a ser humildes. Se desarrolla el amor hacia los demás, aprendemos a renunciar a nuestro tiempo, a nuestras necesidades, nos ayuda a comprender al prójimo por lo que nos resulta más fácil perdonar. El ponernos al servicio de los demás, nos engrandece como personas, nos hace mejores, dándole un pleno sentido a la vida. Siendo una de las primeras consecuencias de esta predisposición la alegría interna que sentimos

Los tiempos actuales marcan una época que nos lleva a vivir con rapidez, estresados, pensando en todo lo que tenemos que hacer a lo largo del día, encerrándonos en nuestro pequeño mundo que nubla nuestras vistas y no nos deja ver más allá de nuestras necesidades y deseos, sin poder ver lo que sucede a nuestro alrededor y sin voluntad de hacerlo. Viviendo hacia dentro, la cultura de la relatividad en la que nos desenvolvemos como sociedad, nos hace más egoístas; cediendo el paso, en ocasiones, a estados de soledad, de tristeza, de desánimo e incluso de depresión. Malgastar las ocasiones de servicio que nos ofrece la vida, es perder oportunidades de crecer interiormente, de ir pasito a pasito, consiguiendo que vaya germinando el amor que tenemos todos en el fondo del corazón, desarrollando sentimientos sinceros y momentos de alegría que nos ayuda a transitar el camino que hacemos. Teresa de Calcuta decía: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Así, en el servicio ella y muchos más, pasaron su vida como Cristo haciendo el bien (cf. Hc 10,38).

En la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, llamada «Gaudete et exultate», que toca el tema de la santidad. El Santo Padre dice: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí́ donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14).

En ese mismo documento, en el número 30 el Papa, haciendo referencia la época que vivimos afirma: «Los mismos recursos de distracción que invaden la vida actual nos llevan también a absolutizar el tiempo libre, en el cual podemos utilizar sin límites esos dispositivos que nos brindan entretenimiento o placeres efímeros. Como consecuencia, es la propia misión la que se resiente, es el compromiso el que se debilita, es el servicio generoso y disponible el que comienza a retacearse. Eso desnaturaliza la experiencia espiritual. ¿Puede ser sano un fervor espiritual que conviva con una acedia en la acción evangelizadora o en el servicio a los otros? ¡Y vaya que Francisco tiene razón! Cuánto tiempo desperdicia mucha gente viendo tontera y media en Internet y enviando cosas inútiles a través de las redes sociales. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía que «si no es para salvar almas, no vale la pena vivir». ¿Cuántas almas podremos salvar siendo servidores de los demás?

Tenemos que pensar que somos seres sociables, interrelacionándonos continuamente con las personas que tenemos alrededor. Si en vez de centrarnos solo en nosotros y en nuestro pequeño mundo, aprendemos a meternos en los zapatos del familiar, del amigo, del compañero de trabajo o de la escuela, seremos capaces de percibir las necesidades que tienen las almas que nos rodean, para poder ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Unas veces nuestros actos serán visibles, pero habrá ocasiones que no tienen por qué darse cuenta, incluso los beneficiados, de que les hemos brindado alguna ayuda especial. Es entonces cuando empezamos a vivir la virtud del servicio que acrecentaremos otras virtudes como la humildad, la prudencia, la dulzura, la paciencia, la caridad, asumiendo nuestros roles con humildad, pues somos instrumentos de Dios y es Él quien actúa. Pensemos que, al final de la vida, lo único que se queda es lo que hayamos hecho por Dios y por los hermanos; lo que tengamos de santos. Todo lo demás desaparece.

Hoy quiero presentarles la figura de una extraordinaria mujer que seguramente no conocen y que va camino a los altares. Se trata de la Sierva de Dios Gloria María Elizondo García, una mujer que entre otras cosas, se distinguió por su amor al servicio en las diversas etapas de su vida y cuyo testimonio nos puede alentar a eso, a servir a Dios y a nuestros hermanos.

Gloria Esperanza Elizondo García nació en Durango el 26 de agosto de 1908 y recibió su bautismo el 4 de octubre de ese mismo año. Al contar con un año de vida enfermó gravemente de una fiebre maligna y los médicos le daban poca probabilidad de vida, sin embargo, Dios tenía otros planes y la pequeña se recuperó. A la edad de 4 años empezó a ir al colegio para acompañar a su hermano mayor, Alberto. Las maestras quedaban sorprendidas por la inteligencia de la niña tan pequeña. Debido a la revolución de 1910, la familia se vio obligada a emigrar a Monterrey donde se forjó el carácter y el espíritu de lucha de Gloria. Allí recibió el sacramento de la confirmación el 5 de enero de 1913 e hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1919. Ya más grande, estudió la Carrera Comercial y se graduó en Teneduría de Libros a los 12 años. 

El 8 de septiembre de 1933 murió don Alberto su padre, y desde entonces se convirtió en un fuerte apoyo para su madre, la señora Otila García ayudándola tanto en la cuestión económica como en la formación de sus hermanos más pequeños confiando siempre en la devoción que su madre le había enseñado al Santo Niño de Praga.

Entre sus grandes dotes estaba el dibujo y la pintura, al grado de que llegó a dar clases de estas disciplinas. En piedras pequeñas, dibujaba admirables paisajes, algunos de los cuales aún se conservan.

Desde muy joven demostró su amor al servicio y una gran caridad hacia todos. Tenía como apostolado, por aquellos años, el visitar a los enfermos mentales en el Hospital Universitario donde cada domingo les llevaba dulces, galletas y ropa. En Navidad les organizaba una comida y les llevaba regalos especiales como cobertores y otros artículos de uso personal. Desde aquellos años se veía cómo el servicio y la caridad de esta extraordinaria mujer convertía el corazón de algunos de estos enfermos que se serenaban, lloraban y hasta le besaban las manos, agradecidos. Su apostolado tuvo también como campo de acción la Penitenciaría del Estado, a donde hacía frecuentes visitas llevando consuelo y palabras de aliento, especialmente a la sección de mujeres, por quienes sentía una gran preocupación.

El servicio en el amor al prójimo estuvo presente de manera muy especial toda su vida ayudando de cuanta manera podía a quienes de una u otra forma necesitaban que alguien les echara una manita.

Su primer trabajo lo desempeñó en una casa comercial en donde destacó de inmediato y fue ascendida de puesto, llegando rápidamente a ocupar un cargo de mucha importancia en la compañía. El dueño de ésta abrió una nueva empresa, una empacadora y de inmediato la trasladó allá para que le ayudara a establecer lo misma. Lo mismo sucedió poco después al crearse una nueva empresa en donde se le pidió a Gloria organizar y dirigir la empresa.

En 1940, y llena de experiencia laboral, esta comprometida mujer abrió su propia compañía empacadora de pescado y de otros productos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Allí cuido de dar trabajo a la mayor cantidad de empleados que pudo, sin saber que en aquel lugar encontraría un campo muy amplio para realizar una extraordinaria tarea apostólica. A su empresa le dio el nombre de «Productos Cruz de Oro» y propició un ambiente familiar entre todos los trabajadores infundiéndoles a través del servicio, el amor a Cristo. En 1946 recibió en esa entidad la medalla de Hija de María.

Gloria aderezaba sus compromisos de empresaria con una gran labor social y de servicio apostólico, motivando a las mujeres a inscribirse en la Acción Católica Femenina y organizando en Ciudad Victoria algo nunca visto antes: una serie de conferencias para profesionistas y maestros por una parte y reuniones para matrimonios por otra, además de dar un gran impulso al catecismo de los niños, por los que siempre tuvo una especial predilección. Para lograr catequizar a tantos niños, involucró a sus mismas trabajadoras, a quienes las impulsaba a ir como parte de sus horas de trabajo sin descontarles alguna parte del sueldo.

Cada sábado alquilaba un camión para llevar a los niños a Misa por la mañana y al parque por la tarde para que disfrutaran jugando. Los domingos y los días de fiesta de precepto, rentaba también algún camión para que la gente pudiera ir a Misa hasta que tuvo la oportunidad, con ayuda de otros empresarios de construir una Iglesia cercana dedicada a la Madre de Dios bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón». En fin, con un incansable espíritu de servicio veló incluso por las jovencitas que se dedicaban a la prostitución para sacarlas de esa condición y por los pobladores de «La Pesca» el pequeño poblado de donde le enviaban el pescado. Logró que las Madres del Buen Pastor se establecieran en Cd. Victoria en donde hasta la fecha hacen mucho bien a muchas jovencitas de la región salvándolas de la mala vida. Instaló un taller de oficios para mujeres de cualquier edad para que tuvieran un trabajo digno como modistas, mecanógrafas, estilistas y demás.

Para ella no había ningún obstáculo invencible tratándose de acercar las almas a Dios. Gracias a su dedicación —por poner un ejemplo—en el año de 1942, preparó a 80 parejas que regularizaron su matrimonio en una sola celebración. Visitaba frecuentemente el Hospital Civil de Cd. Victoria llevando fruta, ropa, medicinas, ayuda espiritual y recursos para ayudar a pagar cuentas de gente pobre. Ella misma aseaba y curaba a los más necesitados y abandonados. Siempre humilde, rehuía a toda clase de homenajes pensando en aquello de «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Aunque por su destacada labor de servicio no pudiendo escapar a todos.

En 1950, no desando estar más tiempo separada de su familia, regresó a Monterrey a trabajar en la empresa familiar como directora del departamento de Instalaciones. Allí buscó la forma de entrar en contacto con los trabajadores de la planta organizando con ellos y para ellos reuniones, misas y convivencias para acercarlos más a Dios. Para los más pobres y desamparados reservaba siempre lo más exquisito de su bondad atrayente y persuasiva.

En medio de todo aquello, en el año de 1954, Gloria respondió al llamado vocacional que Dios le hacía e ingresó a la Congregación Religiosa de las Catequistas de los Pobres, instituto fundado por la R.M. Angelina Rusconi y el Sr. Ob. José Juan de Jesús Herrera y Piña. Allí, desde postulante, llevó una vida ejemplar unida siempre a Dios.

Allí, ya en el convento, escribió un libro de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que alcanzó más de 90,000 ejemplares, sabiendo que este era un medio sencillo para que la gente pudiera conocer a Jesucristo más de cerca. Hizo su profesión religiosa el 16 de abril de 1957 y tomó el nombre de «Gloria María de Jesús» y recién profesa fue nombrada Delegada ante la Pontificia Unión Misional del Clero debido a su gran espíritu misionero y además era maestra de postulantes.

En 1961, aún siendo religiosa de votos temporales, fue elegida superiora general de este instituto. Ella sabiendo que no era una candidata factible, pues no era de votos perpetuos, estaba en la Capilla rogándole a Dios, con los brazos en cruz, que eligieran a la religiosa que el instituto necesitara. Sor Gloria María se sorprendió cuando supo la noticia y preguntó: ¿Yo? ¿No se habrán equivocado? A los dos días de la elección hizo su profesión perpetua. 

Como religiosa su espíritu de servicio se acrecentó. Siempre tenía tiempo para «consultarlo todo con Nuestro Señor» y para escuchar a todos dentro y fuera del instituto. A iniciativa suya se inició en Monterrey el Movimiento de «Cursillos de Cristiandad» para mujeres, apoyada por la célebre escritora Ana María Rabatté y Cervi como rectora del primer cursillo para damas.

Entre otras cosas y en medio de todas las ocupaciones que una superiora general puede tener, todos los días, después de la oración, visitaba a las religiosas que estaban enfermas, llevándoles una palabra de consuelo, por la noche hacía lo mismo y les daba su bendición.

Al cabo de algún tiempo, ella también, la Madre Gloria María fue visitada por la enfermedad, un cáncer que aceptó con paciencia, resignación y una gran paz ofreciéndose por entero al Señor por la santidad de las religiosas de su comunidad, por los sacerdotes, por las familias de todas las hermanas y por las almas del purgatorio. El 12 de noviembre de 1966 se le administró la Unción de los Enfermos y con gran sencillez, para prepararse a tal acontecimiento al que pidió asistieran todas las religiosas dijo: «Pónganme guapa, así como a los niños cuando se preparan para la Primera Comunión» y cuando le dijeron que tenían la esperanza de que Nuestro Señor le hiciera el regalo de devolverle la salud, ella dijo: «Sería lamentable que me la devolviera después de que estoy tan alborotada; sería una desilusión muy grande para mí, pero lo que Dios disponga, yo acepto gustosa su voluntad. Si Él cree que mi vida todavía puede servir para algo, acepto lo que el disponga y será lo mejor». Murió en olor de santidad el 8 de diciembre de 1966, fiesta de la Inmaculada Concepción.

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes en su Exhortación «Christus Vivit» les dice algo que me parece importante para terminar esta reflexión: «Por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa «servir», y «servir» exige renunciar a sí mismo. Amar cuesta, porque servir cuesta. Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión para recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión parroquial o para auxiliar a alguien. Sirve quien como la Sierva de Dios Gloria María, responde al compromiso bautismal como seglar o como consagrado.

Vamos al Evangelio, para terminar esta larga conferencia y topémonos en el pasaje de la Anunciación (Lc 1,26-38) para ver a la santísima Virgen llena de disponibilidad servicial. Ella se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María a quien en nuestra parroquia la tenemos en esta hermosa advocación de Fátima: Ella entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por el ángel. Ella cambia en el acto todos los planes y proyectos que tenía, se olvida completamente de sus propios intereses y nos ayuda a nosotros. Digamos juntos Esa bella oración con la que siempre pedimos la bendición de la Madre de Dios:

«Dulce Madre no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto, como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.

Padre Alfredo. 

martes, 19 de marzo de 2019

«LA PERSONA DE SAN JOSÉ»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy celebramos a San José, ese hombre asombroso que es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce en un hombre justo, casto y fiel, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. San José respira cielo y vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, se oyó llamar padre por Dios mismo y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel divino Niño. Por algo este hombre sereno y lleno de templanza bebió en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! Para entender quién es José tenemos que afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado tal vez nos sintamos muy pequeños. Pero su afabilidad nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora a llegar a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron y nos siguen hablando de Él. 

Las dos únicas fuentes que nos dan a conocer la persona de San José son los evangelios de San Mateo y de San Lucas. San Mateo, a quien hoy leemos en Misa (Mt 1,16.18-21.24) es el evangelista de la congoja de San José. ¿Quién como él ha podido sorprender el silencio de aquella casita en donde José en pleno sueño ha de escuchar la voz de Dios que le lanza a una tarea excepcional? Nada conocemos de sus ensueños. Ignoramos hasta el lugar de su nacimiento. Lo que sí sabemos con certeza es la estirpe y el nombre de nuestro Santo. Procedía del linaje de David, como la Virgen, y, al igual que el patriarca del Antiguo Testamento, figura suya, se llamó José, nombre que anunciaba con acento misterioso un creciente brote de virtudes y de dones en el Niño que habría de nacer. Pasan los años en la mayor oscuridad. Llega, por fin, el día en que San José se incorpora a la historia y le vemos pasar cumpliendo su misión excelsa en camino o en reposo, en oración o en trabajo, siempre junto a Jesús, siempre al lado de María, la Esposa, siempre humilde, callado siempre, dándonos una lección perenne de amable y de acogedora santidad. 

Los pequeños trocitos del monumental salmo 88 [89] expresan muy bien lo que la figura de San José representa. Después de una solemne introducción en la que se exalta la perpetua fidelidad de Dios a la promesa hecha a David, el salmo se explaya en un himno de alabanza que nos habla de elección, de consagración, de protección y paternidad divina que, en el Nuevo testamento se refleja en José, el padre nutricio del Mesías. El salmista toma la palabra para cantarle a dos de los atributos que si bien son divinos, pueden perfectamente aplicarse a José al cuidar de Jesús niño y adolescente: La misericordia y la fidelidad. La vida de San José se desliza con la levedad de una poesía donde la misericordia y la fidelidad se entrelazan a lo divino. Le vimos aparecer en el silencio. Le veremos marcharse en el silencio. No vuelve a sonar su nombre. Morir para nacer. Morir para recibir cuanto antes la palma del triunfo eterno; para inundar de luz sus ojos con la visión beatífica, para anegarse en la divina Sabiduría cuyos celajes había vislumbrado en la mirada del Niño. Guiado por la sonrisa del Hijo y por la misericordia de la Madre, nos mira, nos alienta, nos guarda como patrono de la Iglesia Universal y nos prepara el gran día en que nuestra alma sabrá definitivamente lo que es nacer. Yo hoy, festejándole, voy a la Basílica a visitar a su Esposa, la excelsa Madre de Dios que seguro, desde el cielo, celebra el «Sí» de este hombre santo excepcional. ¡Bendecido martes, día feliz de San José! 

Padre Alfredo.

San José, justo, casto y fiel


Suele ser difícil hablar de los santos; no sabemos por dónde empezar, es difícil descifrar la obra que dios hace en ellos. Es más lo que ignoramos de los santos, que lo que sabemos.

Algunos santos, han dejado escrita su vida, sus vivencias sobrenaturales, su vida de unión con Dios, sus dolores y dramas interiores, su alegría de cumplir la voluntad de Dios. Pero definitivamente ante el esposo de María nos encontramos con un caso muy especial, un santo maravilloso, pero un santo del silencio total. Un santo que casi no dijo nada, y más bien, como afirmaba san Juan Pablo II, no dijo... «hizo». San José es el santo varón de Dios que, desde su silencio profundo fue justo, casto y fiel. En este día en que lo celebramos, les invito a adentrarnos un poco en su figura. 

Ver a este santo varón en un vitral o en una escultura de bronce; verlo en una estatua o en una pintura, tal vez no diga mucho, porque el ver no compromete, pero, conocer y vivir lo que hay en su corazón es buscar transformarnos en Jesús desde lo ordinario.
San José no es un adorno en la Iglesia, no está puesto solamente para ocupar un lugar que no puede quedar vacío. San José no está por estar. Él es el patrono universal de la Iglesia. Él es el custodio de la Iglesia de la misma manera que fue el custodio de Jesús y de María.

En san José, Dios depositó un misterio providencial y él cooperó y nos enseñó que el encuentro con Dios se vive en el ambiente normal de todos los días.

Es curioso, pero san José nos dice mucho con su silencio. Al encontrarnos con él nos topamos con un caso especial en la Iglesia, el santo habla en el silencio: no dijo... «hizo».

Ciertamente san José vivió en una época muy distinta a la nuestra. Casi todo lo que sabemos de él es que fue carpintero o como dicen algunos estudiosos: artesano. Además suponemos que su vida no fue agitada como la de otros santos: una vida plena del amor de Dios en lo apacible, en el trabajo, en la serenidad y sin hacerse propaganda. San José se ve como un hombre justo («era un hombre justo» Mt 1,19), casto («lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo» cfr. Mt 1,20) y fiel («hizo como el ángel del Señor le había mandado» cfr. Mt 1,24). Encontramos en él a un hombre tierno, generoso y amable. ¡Santo por convicción! Un hombre de Dios que «creyó».

Si san José es patrono de la Iglesia Universal, quiere decir que nos tiene el mismo cariño que tuvo a Jesús, es nuestro custodio como lo fue de Jesús y de María, así que conviene ver un poco y profundizar en nuestra actitud frente a este santo patrono.

¿Qué debemos hacer? ¿Cómo debemos tratar a san José?


1. CONOCERLO.

Ante todo hay que tratar de conocerlo como el hombre que, con su vida callada y oculta, «alaba a Dios». Hay que descubrir en él la obra que Dios puede hacer en alguien que se deja moldear por él.

San José puede, como María, cantar el magníficat y dar gracias con su canto por lo que el Señor hizo en él.

Conocer a san José, el humilde carpintero, es conocer la obra que Dios hace en los seres humanos cuando nos dejamos moldear y trabajar como el barro en manos del alfarero (cfr. Jr 18,4). en nuestra vida, Dios está presente a cada instante, pues el Señor supo a quién eligió para custodio de si Hijo Jesús.

Dios, en su infinita bondad, eligió a este gran hombre para ser «el coordinador del nacimiento del Señor». Sin un coordinador las cosas no salen bien, y Dios quiso que José, con su obra silenciosa fuera el coordinador.


2. AMARLO.

Podemos preguntar a muchos lo que es el amor, hay infinidad de tarjetas, posters, libros, camisetas y hasta chanclas para el baño que llevan leyendas con el tema del amor, pero, por nuestra fe en Dios, que es amor, sabemos que el amor, más que definirse, ha de vivirse. El amor es entrega, el amor es darse.

San José es el molde para vivir el amor cumpliendo la voluntad del Señor. Su vida está realizada en el amor. Por un lado tiene a María santísima, la Madre del amor, y bajo su cuidado Jesús, el amor mismo.

El amor se concretiza en la relación. San José en su relación con Jesús y María, vive el amor en relación.

Amar a san José, debe ser para nosotros algo esencial y no solo esencial, sino necesario. Amarlo es relacionarnos con él y tener presente que, como patrono de la Iglesia universal, ruega en todo momento por nosotros.

Amar a san José es conocer sus virtudes e imitarlo. Saber cumplir la voluntad de Dios, obedecer, callar, meditar. Amar a san José es contemplar su prudencia e imitarla. Contemplando la vida de san José entendemos la grandeza del amor de Dios cuando se manifiesta en una persona callada y humilde llena de paz.


3. IMITARLO.

San José es un santo que vale la pena imitar por muchas razones, principalmente: Su fidelidad a Dios, su atención a la Palabra de Dios y su confianza en hacer la voluntad de Dios. 

San José es testigo ocular de las maravillas del Señor. Él convivió con los pastores y supo atender a los reyes. San José, como el Señor, con toda seguridad, se hizo todo para todos y pasó por el mundo haciendo el bien. Así que hay que imitar a san José, ser como él y vivir con su confianza.


4. PEDIR SU INTERCESIÓN.

Todos necesitamos de la oración de los demás. San José ora por nosotros, no puede estar con los brazos cruzados en el cielo o sin hacer nada. Desde el cielo intercede por nosotros. Se une a nuestras necesidades y las presenta a Dios. Por algo es el patrono de la Iglesia Universal. A veces lo que pasa es que muchos no entienden la cuestión de la intercesión de los santos y se cuestionan: ¿por qué pedir, si Dios nos lo da todo?

Dios nos lo da todo. La oración nos mueve a confiar en él. Con la oración cambiamos porque a un alma de oración Dios lo mueve a ser mejor. San José sabe descubrir a Dios que le habla en sueños.

La devoción a San José la expresamos con oraciones: Por un lado unas que son periódicas, como los novenarios, las fiestas, la época de Navidad; por otro, signos internos, como las consagraciones y externos como las medallas, estampas, imágenes, etc.

Conozcamos, amemos e imitemos a san José y vivamos nuestra devoción a él.

Padre Alfredo.