San Lucas, el día de hoy (Lc 6,6-11) nos lleva a pensar en lo lícito, lo bueno, lo útil, lo conveniente, lo humano que es hacer el bien yendo mucho más allá de la letra de la Ley. Pero... ¿Qué nos exige actuar así? Nada más y nada menos que fijarnos en el otro, en el hermano, en el prójimo: comprender sus necesidades, emplear nuestro tiempo en escucharle, poner nuestros dones y cualidades para socorrerlo y, sobre todo, hacer que nuestra mentalidad vaya cambiando desde un egoísmo narcisista que piensa que yo soy el centro del mundo y los demás sólo medios para mi felicidad o comodidad. Llegar a esto implica un verdadero proceso, a veces largo y doloroso, siempre costoso, de saber preguntarnos: ¿Por qué hago lo que hago? ¿Por quién hago lo que hago?
Jesús, en el evangelio, descubre una sutil y peligrosísima corrupción de la religiosidad. En medio del culto de la sinagoga, en el día santo del sábado en el que se prohibía toda actividad, lanza la pregunta decisiva a los asistentes, poniendo en el centro del espacio a un paralítico: ¿Qué es más importante para Dios, el culto o la misericordia? Y aún más importante: ¿el Dios a quien doy culto es el Dios de la misericordia y de la compasión, del amor a sus hijos, o es un dios construido por mí que prefiere ser servido sin tener en cuenta a mis hermanos? «Extiende tu mano», le dice Nuestro Señor al paralítico... ¡en sábado! Pidamos María que interceda por nosotros para que conozcamos y entendamos que Dios y su misericordia son el centro de nuestro ser y la motivación más profunda de nuestro ser y quehacer como discípulos–misioneros de Cristo.
Padre Alfredo.
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