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jueves, 31 de diciembre de 2020

Una reflexión en torno a María para el final de año que se acaba y el umbral del que apenas llega*...

Al final del año que se acaba y en el umbral del que apenas llega, donde convergen las experiencias del pasado y las esperanzas del futuro, la solemnidad de la maternidad divina de María, se nos presenta a los católicos como un astro luminoso que nos habla, ante todo, de la paz. María, la Madre de Dios, quietud de un corazón activo que goza en la paz en un humilde pesebre, porque allí está el salvador. La maternidad de María, tiene su expresión incuestionable en el gran amor que Dios nos tiene. Quiso hacerse hombre para salvarnos y por eso envía a su Hijo, nacido de mujer.

En esta solemnidad la Iglesia, ante todo, pretende revivir una experiencia: La maternidad de María como fuente y modelo de la maternidad misma de la Iglesia, que es portadora de la paz. Cristo es nuestra paz, María, a quien también invocamos como Nuestra Señora de la Paz, trae a Jesús para hacernos hombres y mujeres paz, almas pacíficas y pacificadoras, como diría la beata María Inés Teresa.

María, en la serenidad del pesebre de Belén, medita con paz en el corazón en la misión que se le ha confiado. Ella debe desempeñar las funciones de Madre: dar crecimiento, educar, fortalecer, acompañar. La Iglesia se siente en íntima comunión con la que creyó, sintió y vivió en paz la presencia de Dios. Nosotros, en esta solemnidad, desde las vísperas, somos invitados a sentirnos participantes de la misma fe y misión de María Madre de Dios, nuestra Señora de la Paz.

La experiencia de la maternidad de la Santísima Virgen es una realidad de suma importancia para quienes creemos. Dios, el invisible, el todopoderoso, el omnisciente y omnipresente, se esconde detrás de las realidades humanas. Como Cristo asume y engloba toda la humanidad, así la Santísima Virgen engloba toda maternidad. Toda mamá de nuestros tiempos, puede vivir sus experiencias físicas y espirituales por referencia a María. Ella aceptó la palabra de Dios, que se constituyó en un reto con una respuesta de amor que inundó de paz su corazón. 

A partir de la anunciación, María siente crecer dentro de sí la presencia del Príncipe de la paz, a medida que crece la presencia corporal del niño que lleva en su seno. Luego, en la pobreza de un pesebre le recibe entre sus manos, le viste, le alimenta, le protege. El hombre busca a Dios y Dios viene en busca del hombre. De rico que era, Dios se hace pobre, le faltó la cuna para nacer, le faltó el lecho para morir. Fue su Madre, la Virgen María, la cálida cuna de Belén y la fiel compañera a la hora de morir. Se hace pobre y con su pobreza nos enriquece, necesita el calor de una Madre, María, la jovencita de Nazareth. Por eso, sigue siendo María la que presenta siempre a Dios al mundo, desde el primer momento hasta el final, por esos sus ojos irradian paz, ternura, humildad. Una mujer de nuestra raza, hermana y madre nuestra, ofrece al mundo de los hombres al único que puede salvarlo de la guerra, de la angustia, de la soledad, de la depresión, de la desesperación de un mundo que se envuelve en crisis y de revuelca en conflictos de mil clases diferentes.

María, por la fe, se convierte, como Abrahán, en madre de todos los que por la misma fe se han de incorporar a su Hijo: es el nacimiento y desarrollo de la Iglesia. De esta forma, las experiencias maternales de la Madre de Dios, son las experiencias de la Iglesia. Es la fe la que da la vida a la Iglesia, y es el Espíritu Santo quien la cubre con su sombra para hacerla crecer con nuevos nacimientos. Por Jesús, todos recibimos la posibilidad de ser hijos de Dios y vivir en paz. Por María, recibimos la posibilidad de ser sus hijos desde el momento en que entramos en la fraternidad con Jesús.

Desde el nacimiento de Jesús, la humanidad pudo escapar a los largos años de ignorancia que precedieron la venida del Príncipe de la Paz. No obstante, ahora, al iniciar un nuevo año, luego de la venida de Cristo, junto a María su madre, que es Madre nuestra también; todos los que nos identificamos como católicos tenemos un reto: Caminar vigilantes en el amor que busca la paz, sin dejarnos impregnar de criterios y conductas no cristianos, provenientes de un mundo que no se ha querido dejar llevar por ideologías de paz, por un mundo que avanza por caminos de guerra, de discordia, de enemistad. Un mundo de confort cada vez más sofisticado, de técnica desbordante, de desarrollo impresionante, pero a la vez, un mundo que vive triste impregnado de filosofías de pesimismo y drogas de evasión, un mundo carente de razones para vivir, un mundo, en pocas palabras, aún sin bautizar.

Al celebrar a la Madre de Dios se nos invita ahora a una cita con los pastores a un lugar insospechado: un estable, el pesebre de Belén. Allí la gracia salutífera de Dios reposa en los brazos de María. Allí, en el vientre de una doncella virgen, se ha hecho carne la Palabra de Dios. Ese pequeño niño satisface la necesidad que el hombre de hoy tiene de saber que alguien nos comprende, se interesa por nosotros y nos ama.

¡Qué curioso! Los primeros beneficiarios de la escena que el evangelio nos presenta son los pastores. Es como decir, al inicio de un nuevo año, celebrando la jornada mundial por la paz, que Dios viene al encuentro del hombre natural, sin prejuicios, sin influjos maléficos de la sociedad sofisticada y escéptica: todos esos que más tarde serán llamados en repetidas ocasiones «sencillos de corazón». Fueron y encontraron al Niño con su Madre... ¡es natural! La dificultad de muchos para encontrar a Dios es que no le buscan  o no lo hacen como conviene. Hay que ir a María, allí está Jesús en sus brazos.

Al iniciar un nuevo año, nuestra mirada se dirige a ella, a la Madre de Dios, pensando en el futuro donde por la fe divisamos al Hijo del Hombre, caminamos a su encuentro. Dios tiene una historia humana de la que nosotros formamos parte. Vivir en esta historia de Dios es vivir en su amor, en la vida de gracia, en la justicia, en la esperanza, la fraternidad y la paz.

Año tras año vivimos el regocijo de un nuevo año. Podemos pasar superficialmente por encima de otra celebración más en nuestras vidas o podemos ir también nosotros a los brazos de María, hacernos Niños como Jesús y ponernos en su regazo. Allí le daremos gloria a Dios y nuestro corazón se dispondrá para hacernos creadores de la paz. Almas pacíficas y pacificadoras.

Feliz año bajo la mirada amorosa de María la Madre de Dios, Señora de la Paz, nuestra Señora del Rosario.

Padre Alfredo.

Reflexión basada en la homilía que pronuncié en la Misa de media noche del 31 de diciembre de 2002.

viernes, 19 de junio de 2020

Letanías al Inmaculado Corazón de María

Señor, ten piedad...
Cristo, ten piedad...
Señor, ten piedad...
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos

Dios Padre celestial,
Ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo,
Ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo,
Ten misericordia de nosotros.
Santa Trinidad, un solo Dios,
Ten misericordia de nosotros.


(La respuesta será : ruega por nosotros)
Santa María, 
Corazón Inmaculado de María,
Corazón de María, lleno de gracia
Corazón de María, vaso del amor más puro
Corazón de María, consagrado íntegro a Dios
Corazón de María, preservado de todo pecado
Corazón de María, morada de la Santísima Trinidad
Corazón de María, delicia del Padre en la Creación
Corazón de María, instrumento del Hijo en la Redención
Corazón de María, la esposa del Espíritu Santo
Corazón de María, abismo y prodigio de humildad
Corazón de María, medianero de todas las gracias
Corazón de María, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús
Corazón de María, gozando siempre de la visión beatífica
Corazón de María, holocausto del amor divino
Corazón de María, abogado ante la justicia divina
Corazón de María, traspasado de una espada
Corazón de María, coronado de espinas por nuestros pecados
Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo
Corazón de María, exultando en la resurrección de tu Hijo
Corazón de María, triunfando eternamente con Jesús
Corazón de María, fortaleza de los cristianos
Corazón de María, refugio de los perseguidos
Corazón de María, esperanza de los pecadores
Corazón de María, consuelo de los moribundos
Corazón de María, alivio de los que sufren
Corazón de María, lazo de unión con Cristo
Corazón de María, camino seguro al Cielo
Corazón de María, prenda de paz y santidad
Corazón de María, vencedora de las herejías
Corazón de María, de la Reina de Cielos y Tierra
Corazón de María, de la Madre de Dios y de la Iglesia
Corazón de María, que por fin triunfarás

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
Perdónanos Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
Escúchanos Señor
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo,
Ten misericordia de nosotros.

V. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios
R. Para que seamos dignos de alcanzar la promesas de Nuestro Señor Jesucristo

Oremos

Tú que nos has preparado en el Corazón Inmaculado de María una digna morada de tu Hijo Jesucristo, concédenos la gracia de vivir siempre conformes a sus enseñanzas y de cumplir sus deseos. Por Cristo tu Hijo,

Nuestro Señor. Amen

Letanías a la Virgen de la Guardia...

El Santuario de Nuestra Señora de la Guardia es un lugar católico de peregrinación situado en la parte superior del Monte Figogna (804 m snm) en el Municipio de Ceranesi , a unos 20 kilómetros (12 millas) del ciudad de Génova , en el noroeste de Italia. La Virgen de la Guardia tiene sus propias letanías:

Señor ten piedad
Cristo ten piedad
Señor ten piedad

Santa María, Madre de Dios (ruega por nosotros)
Bendita eres entre todas la mujeres
Feliz por haber creído
Feliz por todas las generaciones
Tu que nos llevas a Jesús
Tu que nos mostrarás a Jesús
Madre de la Fe
Madre de la Esperanza
Madre del Amor
Centinela de la noche
Aurora del Gran Día
Pupila de los ojos de Dios
Custodia de nuestro barrio
Madre de los ojos abiertos
Madre del corazón vigilante
Guardia potente y amorosa
Guardia prudente y preciosa
Guardia paciente y presurosa
Guardia sabia y previsora
Virgen humilde
Virgen pobre
Virgen fecunda
Joven transparente
Mujer sencilla
Mujer libre
Mujer tierna
Mujer buena
Mujer responsable
Esposa fiel
Llena de gracia
Contemplativa y activa
Madre Silenciosa
Madre laboriosa
Madre decidida
Madre justa
Madre doliente
Madre consolada
Madre glorificada
Madre venerada
Defensa de los peligros
Refugio de los pescadores
Fuerza de los débiles
Socorro de los pobres
Hermana de los excluidos
Constructora de paz
Compañía de los exiliados
Apoyo de los peregrinos
Madre de los emigrantes
Has visto y creído
Has sufrido y esperado
Has mantenido unido a los cristianos
Has custodiado a los Apóstoles
Has armado la primera iglesia
Has escuchado la Palabra
Has dicho “sí” a la Palabra
Has conservado la Palabra
Has meditado la Palabra
Has servido a la Palabra
Nos guías en la tierra
Nos sostienes en las pruebas
Nos confortas en la muerte
Nos esperas en el cielo

Todos: Oh, Santísima, Oh Piadosa
Oh dulce Virgen María

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

jueves, 11 de junio de 2020

«Letanías peruanas a la Virgen María»...


Existe, entre las diversas letanías en honor a María Santísima, una que tiene su origen en Perú, es de una inspirada y sobrenatural belleza y se le atribuye al piadoso e infatigable arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo, quien nutrió durante su vida una profunda devoción a la Santísima Virgen. El III Concilio Limense dispuso en 1592 su inclusión en el Ritual de la Iglesia Metropolitana de Lima, y durante muchos años se la recitó todos los sábados en la Catedral metropolitana de aquella ciudad.

Dios te salve María, Hija de Dios Padre... ruega por nosotros.
Dios te salve María, Madre de Dios Hijo,
Dios te salve María, Esposa del Espíritu Santo,
Dios te salve María, templo de la Trinidad,
Santa María,
Santa Madre de Dios,
Santa Virgen de las vírgenes,
Santa Madre de Cristo,
A Quien Tú has dado a luz,
Madre purísima,
Madre castísima,
Madre íntegra,
Madre incorrupta,
Madre de la caridad,
Madre de la verdad,
Madre amable,
Madre admirable,
Madre de la divina gracia,
Madre de la santa esperanza,
Madre del santo amor,
Madre de la belleza,
Madre de los vivos,
Hija del Padre de las luces,
Virgen fiel,
Más dulce que un panal de miel,
Virgen prudentísima,
Virgen clementísima,
Virgen singular,
Estrella del mar,
Virgen santa,
Planta que da mucho fruto,
Virgen maravillosa,
Bella como la rosa,
Espejo de justicia,
Causa de nuestra alegría,
Gloria de Jerusalén,
Altar de los inciensos,
Ciudad de Dios,
Lumbre del Cielo,
Vaso espiritual,
Vaso digno de honor,
Vaso insigne de devoción,
Trono de Salomón,
Panal de Sansón,
Vellón de lana de Gedeón,
Bella como la luna,
Única entre todos los seres,
Escogida como el sol,
Amada por Dios,
Estrella de la mañana,
Remedio de los enfermos,
Reina del Cielo,
Rosa sin espinas,
Aurora resplandeciente,
Extremamente digna,
Luz de mediodía,
Flor de virginidad,
Lirio de castidad,
Rosa de pureza,
Cauce de la santidad,
Cedro fragante,
Mirra que preserva,
Tú que exhalas bálsamo,
Terebinto de gloria,
Árbol verdeante de gracia,
Vara que florece,
Gema refulgente,
Olivo magnífico,
Hermosa paloma,
Vid llena de fruto,
Nave llena de riquezas,
Nave del mercader,
Madre del Redentor,
Huertocerrado,
Zarza ardiente incombustible,
Gloriade los siglos,
Nutricia del Niño,
Raíz de todas las gracias,
Alivio de los pesares,
Fuente de aguas vivas,
Madre de los huérfanos,
Auxilio de los cristianos,
Salud de los enfermos,
Refugio de los pecadores,
Consuelo de los afligidos,
Piadosa madre de los pequeños,
Reina de los Ángeles,
Reina de los Serafines,
Reina de los Querubines,
Reina de los Patriarcas,
Reina de los Profetas,
Reina de los Apóstoles,
Reina de los Mártires,
Reina de los Confesores,
Reina de las Vírgenes,
Reina de todos los Santos,

De todo mal y pecado... líbranos Señora.
De todos los peligros,
Ahora y en la hora de nuestra muerte,
Por tu Inmaculada Concepción,
Por tu santa Natividad,
Por tu Presentación,
Por tu vida celestial,
Por tu admirable Anunciación,
Por tu Visitación,
Por tu feliz parto,
Por tu Purificación,
Por los dolores de la Pasión de Cristo,
Por las alegrías de su Resurrección,
Por tu gloriosa Asunción,
Por tu Coronación,

Nosotros que somos pecadores... te rogamos, óyenos
Para que te dignes volver hacia nosotros esos tus ojos  misericordiosos,
Para que te dignes pedir para nosotros la verdadera penitencia,
Para que te dignes pedir la paz y la salvación para todo el pueblo cristiano,
Para que te dignes pedir el descanso eterno para todos los fieles difuntos,
Para que te dignes escucharnos,

Madre de Dios, óyenos
Tú que has engendrado a Dios, escúchanos

Salve, oh belleza de los Cielos,
socórrenos, Señora
Salve oh piedad de los Cielos,
dádnos fortaleza, Señora
Salve, oh dulzura de los Cielos,
intercede por nosotros, Señora

Antífona

Acuérdate, oh Virgen Madre,
cuando estés de pie ante tu Hijo, de
hablar en favor nuestro y de apartar
de nosotros su indignación.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios;
Para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Cristo.

Oración

Te rogamos, Señor, que la oración de la Madre de Dios y siempre Virgen María encomiende nuestras plegarias a tu santísima clemencia, ya que la arrebataste del presente mundo a fin de que interceda confiadamente ante ti por nuestros pecados.

viernes, 29 de mayo de 2020

El «sí» incondicional de María*... Un tema para un retiro mariano


Una frase del mensaje del 27 de marzo pasado, que el Papa Francisco, en esa homilía impactante y sin precedentes en la bendición extraordinaria Urbi et Orbi por la pandemia del coronavirus, me da la pauta para abrir esta plática sencilla con todos ustedes. El Santo Padre, en aquella plaza vacía oscura e impregnada por la lluvia decía: «mirar a María, “Salud de su Pueblo y Estrella del mar tempestuoso”, y pedirle que nos enseñe a decir “sí” cada día y a ser disponibles concreta y generosamente».

Hablaremos de el «sí» incondicional de María y nuestro «sí». El mismo Papa Francisco, en el ángelus del día de la Inmaculada Concepción en el año 2016, hablando de este tema recordaba que cada «sí» a Dios da origen a historias de salvación para nosotros y para los demás. Pero hablaba de un «sí» muchas veces común en los hombres y mujeres de hoy y de siempre, nuestros: «sí Señor pero…», esos «sí» a medias que nos alejan de Dios y nos llevan al «no» del pecado de la mediocridad. ¡Cuánto tenemos que aprender de María cuyo «sí» fue siempre y del todo un «sí incondicional»!

Quiero ahora, con ustedes, queridos hermanos, hacer un recorrido por la vida de María en las Sagradas Escrituras, que inicio en el pasaje de la anunciación, ese trozo del Evangelio que todos conocemos y que se centra en el anuncio del Ángel a María, invitándola a ser la Madre del Mesías Redentor. El texto está en Lc 1,26-38. La anunciación a María fue una cosa discreta, sencilla como suelen ser todas las cosas grandes de Dios. No hubo trompetas, ni una legión de ángeles, ni bombos ni platillos. Una virgen quizá en oración u ocupada en las tareas domésticas de la mujer de sus tiempos. Un lugar: Nazaret, una ciudad de Palestina y el arcángel Gabriel como embajador de Dios. Un saludo: «—¡Dios te salve María, llena eres de gracia!» Y con este saludo, una petición de colaboración.

El Misterio de amor y de misericordia, prometido al género humano miles de años atrás y anunciado por tantos profetas, se iba a hacer realidad. Los labios de la virgen se movieron luego del anuncio, primero para aclarar una duda, pero una vez que esta fue disipada, volvió a hablar para dar su consentimiento a esa misión celestial. María, la llena de gracia, aceptaba humildemente el gran designio amoroso para el que se le pedía su cooperación, sin envanecimiento porque sabía que la realeza y la gloria de su gracia pertenecían a Dios, venía de Dios. Y María dijo: «—He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Tu Palabra». Y así, la Virgen dio su «sí».

María instaura un vínculo de parentesco con Jesús antes aún de darle a luz: se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento en que acoge las palabras del Ángel. El «sí» de María, no es sólo un sí de aceptación momentánea, sino también un sí con una apertura confiada al futuro. ¡Este «sí» es esperanza! El Papa Francisco, en el ángelus al que he hecho referencia decía: «María responde a la propuesta de Dios diciendo: “Aquí está la esclava del Señor”. No dice: “Bueno, esta vez haré la voluntad de Dios, me vuelvo disponible, después veré...” No, —continúa diciendo el Papa— el suyo es un “sí” que es pleno y sin condiciones... El “sí” de María ha abierto el camino de Dios entre nosotros. Es el “sí” más importante de la historia, el “sí” humilde... el “sí” fiel... el “sí” disponible». El «Sí» de María es el «Sí» al plan que Dios ha trazado sobre Ella. Y es también, el modelo del «Sí» que nosotros debemos pronunciar a Dios.

María dice «Sí» al Padre, entregándose totalmente, sin condiciones: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc. 1, 26-39). María dice «Sí» al Hijo, porque al aceptar la voluntad del Padre, está aceptando el ser Madre del Hijo. Está diciendo Sí a Jesucristo en la misión de ser la madre que lo alimenta, lo educa, lo ayuda y lo acompañará hasta la cruz. María dice «Sí» al Espíritu Santo: sí a la plenitud de la gracia, consecuentemente, sí a la fidelidad en la virtud, sí a ser conducida por los dones del mismo Espíritu.

El «Sí» de María en la Anunciación, la convierte en Madre de Dios y es un «sí» que hipoteca la vida. Ello conlleva el «Sí» a la Iglesia, porque al aceptar el ser Madre de la Cabeza del Cuerpo místico, está aceptando a ser Madre de todo el Cuerpo que es la Iglesia. María dice «Sí» a la Iglesia.

Este «sí» de María, en la anunciación, marca la pauta para todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios, un «sí» pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario por la intensidad de cada momento, por la disponibilidad para hacer lo que Dios le pedía a cada instante.

Como Dios quiso necesitar de María, ha querido contar con la ayuda que nosotros podemos prestarle. Así como Dios anhelaba escuchar de sus labios purísimos el «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38), Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un «sí» generoso. Del «fiat» de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.

Cada día de nuestra existencia, es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un «sí» lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María, no sólo en la anunciación, sino durante toda su vida, nos ilumina y nos guía. Nos da la certeza de que aunque a veces sea difícil aceptar la voluntad de Dios, el decir «sí» nos llena de felicidad y de paz. Cuando Dios nos pida algo, no pensemos si nos cuesta o no, preguntemos al Señor lo que necesitamos saber, como María y consideremos la dicha de que el Señor nos visita y nos habla para pedirnos algo, una sonrisa, un pequeño favor, un desprendernos de algo. Recordemos que con esta sencilla palabra: «sí», dicha con amor, Dios puede hacer maravillas a través de nosotros, como lo hizo en María.


La Sagrada Escritura nos narra que después de aquel acontecimiento de la anunciación, María se encaminó «presurosa» a las montañas de Judea para ayudar en las tareas de la vida diaria a su parienta Isabel, que ya entrada en años, estaba embarazada por milagro de Dios. El texto está en Lc 1,39-56. María vuelve a decir «sí», no ahora a las palabras del Ángel, que, por cierto, no volverá a escuchar nunca más ni a verle en absoluto. Esa, la de la anunciación, será la única ocasión en que directamente ella podrá ver lo que Dios le pide, después, habrá de ir renovando su «sí» escuchando la llamada a través de mediaciones. Esta vez, el «sí» deberá ser respuesta a una intuición que viene de lo alto: «Tu parienta Isabel, ya entrada en años, está esperando un hijo»...

Y entonces María, comprende que habrá de dar un nuevo «sí» que a la vez es prolongación del mismo que había pronunciado. El «sí» a Dios tendrá que darse muchas veces como a ella le sucede. No hay un mandato externo con una indicación vocal, no hay ni ángel, ni voces, ni nada... simplemente una intuición.

Isabel aclama, agradecida, a la Madre de su Redentor: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre!... ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? (Lc 1,42-43). Juan el Bautista nonnato en el seno de Isabel se estremece... (Lc 1,41). Y la humildad de María se vierte en el Magníficat, ese canto hermoso en el que vuelve a resonar el «sí» a la voluntad de Dios». Todo el cántico de María forma una gran celebración de alabanza. Parece la descripción de una solemne liturgia. Así, san Lucas evoca el ambiente litúrgico y celebrativo, en el cual Jesús fue formado y en el cual las comunidades han de vivir su fe.

San Lucas acentúa la prontitud de María en atender las exigencias de la Palabra de Dios que le está pidiendo dar un «sí». El ángel le habló de que Isabel estaba embarazada e, inmediatamente, María se levanta y sale de casa para ir a ayudar a una persona necesitada. De Nazaret hasta las montañas de Judá son más de 100 kilómetros que ella no dudó en recorrer en aquellos años.

En esta escena, Isabel representa el Antiguo Testamento que termina. María, el Nuevo que empieza. El Antiguo Testamento acoge el «Sí» del Nuevo Testamento con gratitud y confianza, reconociendo en él el don gratuito de Dios que viene a realizar y completar toda la expectativa de la gente. En el encuentro de las dos mujeres se manifiesta el don del Espíritu que hace saltar al niño en el seno de Isabel. La Buena Nueva de Dios revela su presencia en una de las cosas más comunes de la vida humana: dos mujeres de casa visitándose para ayudarse. Visita, alegría, embarazo, ropita de bebé, ayuda mutua, casa, familia: es aquí donde san Lucas quiere que las comunidades y nosotros todos percibamos y descubramos la presencia del Reino por un «sí». Las palabras de Isabel, hasta hoy, forman parte de la oración mariana más conocida y más rezada en todo el mundo, que es el Ave María.

En el Magnificat (Lc 1,46-55) quedará plasmado el gozo, la alegría, la felicidad de haber dicho «sí». María empieza proclamando la mutación que ha acontecido en su propia vida bajo la mirada amorosa de Dios, lleno de misericordia. Por esto canta feliz: «Exulto de alegría en Dios, mi Salvador». Después, canta la fidelidad de Dios para con su pueblo y proclama el cambio que el brazo de Yavé estaba realizando a favor de los pobres y de los hambrientos, la fuerza salvadora de Dios que hace acontecer la mutación- Él dispersa a los orgullosos (1,51), destrona a los poderosos y eleva a los humildes (1,52), manda a los ricos con las manos vacías y llena de bienes a los hambrientos (1,53). Al final recuerda que todo esto es expresión de la misericordia de Dios para con su pueblo y expresión de su fidelidad a las promesas hechas a Abrahán. La Buena Nueva viene no como recompensa por la observancia de la Ley, sino como expresión de la bondad y de la fidelidad de Dios que espera no sólo de María, sino de todos, un «sí» incondicional. Eso será lo que san Pablo enseñará en las cartas a los Gálatas y a los Romanos.

María, embarazada de Jesús, es como el Arca de la Alianza que, en el Antiguo Testamento, visitaba las casas de las personas distribuyendo beneficios a las casas y a las personas. Va hacia la casa de Isabel y se queda allí tres meses. En cuanto entra en casa de Isabel, ella y toda la familia es bendecida por Dios gracias al «sí» de María. Por eso la comunidad y cada una de nuestras casas, debe ser como la Nueva Arca de la Alianza en donde se mantiene vivo el sí.


Quiero pasar ahora con ustedes a otro texto del Evangelio. Está en Jn 2,1-11. Es el episodio de las bodas de Caná en el cual, san Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve la cooperación de su «sí» en la misión de su Hijo. En Caná, como en el acontecimiento fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador.

El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiestan cuando llega a faltar el vino. Ella, como solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para ayudar a los esposos en su dificultad. Dirigiéndose a Jesús con las palabras: «No tienen vino» (Jn 2,3), María le expresa su preocupación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente, según algunos expertos en el tema, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no disponía de vino ni de dinero para comprarlo.

La exhortación de María: «Hagan lo que él les diga», conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la vida de cada uno. Es el «sí» que cada uno debe dar a Jesús para que Él libremente pueda actuar a través de nosotros. María, que mantiene siempre su «sí» incondicional, invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide.

Este es el mensaje de María a todo cristiano, ¡las palabras más sabias! María se dirige a los criados y ellos obedecen; María igual se dirige a cada uno de nosotros «Hagan lo que Él les dice.» Gracias a la intercesión de la Virgen Santísima, que se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones y sufrimientos, Jesús se dirige a los criados y les pide que llenen los recipientes hasta el borde. Jesús realiza su primer milagro público convirtiendo el agua en vino; y no en cualquier vino sino en el mejor, ¡porque todo lo que Jesús hace es perfecto! el pasaje termina diciéndonos algo importantísimo: ¡Los discípulos creyeron en Cristo! Gracias al «sí» de María a lo que el Padre Dios pedía en su corazón para solicitarle al Hijo el primer milagro, ellos son confirmados en su fe.

De acuerdo con lo que refieren los evangelios, es posible que María acompañara a su Hijo también en otras circunstancias. Ante todo en Cafarnaúm, adonde Jesús se dirigió después de las bodas de Caná, «con su madre y sus hermanos y sus discípulos» (Jn 2,12). Además, es probable que lo haya seguido también, con ocasión de la Pascua, a Jerusalén, al templo, que Jesús define como casa de su Padre, cuyo celo lo devoraba (cf. Jn 2, 16-17). Ella se encuentra asimismo entre la multitud cuando, sin lograr acercarse a Jesús, escucha que él responde a quien le anuncia la presencia suya y de sus parientes: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21).


Voy ahora al pasaje de Mc 3,31-35: «Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan... mi Madre y mis hermanos son aquellos que cumplen la voluntad de mi Padre». ¡Qué exaltación tan grande del «sí» de María a la voluntad de Dios! Entre todos, Ella es la primera que acata la voluntad del Padre y la pone en práctica con ese «sí» incondicional. El Papa Francisco, comentando este pasaje en el ángelus del 18 de agosto de 2013 afirma: «María su Madre siguió siempre fielmente a su Hijo, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cueste». «Mantener la mirada bien fija en Jesús» dice el Santo Padre, y es que sólo así, se puede sostener el «sí» que a nosotros también se nos pide.

¿Quién cumplió mejor en esta tierra esa Voluntad de Dios sino María? Su Madre, Ella, la Siempre Fiel, la mujer del «sí» incondicional. Por eso la puso de modelo. Todo aquel que llegue a cumplir los deseos de su Padre podrá asemejarse a aquella Dulce Madre, Fidelísima a quien se le confiaron tesoros tan grandes. Y así como una vez fue presentada en el Templo para consagrarla totalmente al Señor ahora Ella, de labios de su Hijo, fue confirmada en su ofrenda total ante el Padre celestial, porque sólo Ella ha logrado vivir consagrada plenamente a los deseos del Señor.


Si todo el «sí» incondicional de María es impresionante en todos estos pasajes, lo es también de una manera muy particular cuando María está a los pies de la Cruz contemplando a su Hijo crucificado. María, con su «sí», está cerca no tanto de la cruz como del Crucificado: "Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre..." (Jn 19,25). María hace suyo, desde dentro, el misterio desconcertante del amor de Dios revelado en Jesús. Al pie de la cruz, donde María «sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima» (ib., 58).

Al contemplar a la Virgen junto a la cruz, uno recuerda su inquebrantable firmeza y su extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos. El «sí» incondicional es por eso en todo momento. Como dicen los que se casan, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad. En el drama del Calvario, a María la sostiene la fe, que se robusteció durante los acontecimientos de su existencia y, sobre todo, durante la vida pública de Jesús. El Concilio Vaticano II nos recuerda que «la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (Lumen gentium, 58).

En este supremo «sí» de María, resplandece la esperanza confiada en el misterioso futuro, iniciado con la muerte de su Hijo crucificado. Las palabras con que Jesús, a lo largo del camino hacia Jerusalén, enseñaba a sus discípulos «que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8, 31), resuenan en su corazón en la hora dramática del Calvario, suscitando la espera y el anhelo de la Resurrección.

La esperanza de la Virgen María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

De esta manera, el «sí» de María es modelo y estímulo para todo el pueblo cristiano. Abierta al querer de Dios, toda disponible a su voluntad, sin comprender acepta lo que el Señor le va pidiendo en el día a día, sin medir las consecuencias de su sí.

Seguro que en nuestra vida cotidiana encontramos muchos momentos como los de María y nos decimos: No puedo más, me es imposible aguantar todo esto. En estos momentos hay que recordar el «sí» de María y recurrir a Ella, ¿cómo pudo aguantar todos los acontecimientos y sobrellevar el peso de tantas cosas? Porque ella, la madre de Jesús guardaba todas estas cosas en su corazón. Por esta razón es modelo y estímulo para el pueblo cristiano. Debemos acudir a ella con confianza de hijos, ella nos ayudará a vivir con serenidad los acontecimientos difíciles de nuestra vida y aceptar los gozosos con agradecimiento. Por esta razón todos los pueblos acuden a María y celebran con gozo sus diversas advocaciones.


Finalmente, para terminar, quiero invitarlos nuevamente a volver a la Escritura, encontramos de nuevo la presencia de María en oración junto a sus discípulos, que esperan la venida del Espíritu Santo (Hch 1,14). Presente con su «sí» como protagonista en los comienzos de la vida terrena del Hijo con la disponibilidad total de su fe, María está ahora igualmente presente con la comunidad orante de la Iglesia naciente, sobre la que desciende el Espíritu Santo. Los discípulos viven con María la experiencia del Espíritu Santo, que ella ya ha tenido en la Anunciación.

María, plasmada por el Espíritu Santo, es la mujer del «sí» incondicional. Ya la escena de la Anunciación revelaba cómo está envuelta en el misterio de Dios, al acoger en sí misma por obra del Espíritu Santo al Hijo del Padre.

Así, dejamos a María con su «sí» en Pentecostés. En Pentecostés, María queda inmersa en el fuego del Espíritu Santo. Ya no está sólo cubierta por la sombra del Espíritu Santo, sino penetrada por su fuego junto con los discípulos, fundida con ellos, transformada en el único cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Ella, en el corazón de la Iglesia, transfigurada por el Espíritu Santo, es la memoria viva, testimonio singular del misterio de Cristo con su «sí». Y hasta el final de los tiempos María permanece en el corazón de la Iglesia «implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo» (LG 59). Imploremos su protección y que el «sí» incondicional de María nos ayude a hacer de toda nuestra vida un «sí» a Dios, un «sí» hecho de adoración a Él y de gestos diarios de amor y de servicio. Amén.

P. Alfredo.

* Conferencia para el Liceo de Apodaca el 25 de mayo de 2020 vía Facebook Live.

jueves, 9 de abril de 2020

LA RELACIÓN DE MARÍA Y LA EUCARISTÍA EN LA IGLESIA*... Una herencia de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento


El libro del Apocalipsis, nos presenta, en un trozo bastante conocido y leído el día de la fiesta de la asunción de la Virgen en el capítulo 12 (Ap 12,1-2). Se trata de la efigie de la mujer que da a luz a su hijo varón. Una imagen con un rico simbolismo que desde antiguo, la tradición cristiana ha querido contemplar como la figura de María que engendra al Mesías. Este texto iluminará reflexión con la hermosa luz de la Sagrada Escritura, que es siempre la luz del amor de nuestro Dios.

Quisiera, antes de leer con ustedes el texto y desmenuzarlo un poquito, para ver luego lo que la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento nos deja como herencia respecto al tema, apuntar que el escritor sagrado al terminar el capítulo anterior, que es el 11, anota algo que me gustaría fuera la entrada a nuestro momento de meditación. Dice él que «se abrió el templo de Dios, que está en el cielo, y dentro de él se vio el arca de la alianza en su templo, y hubo relámpagos, y voces, y rayos, y un temblor, y granizo fuerte» (Ap. 11,19). Nosotros, cuando rezamos el Santo Rosario, al coronar a la Virgen con las letanías Lauretanas, la llamamos: «Arca de la Nueva Alianza», o sea, «Portadora de Jesús».

Este versículo, nos lleva a pensar en la revelación del gran misterio de Dios. La imagen es clara, ya que en el Antiguo Testamento, el templo era la morada de Dios, y el arca, su símbolo. Uno y otra estaban ocultos a los ojos de los mortales a causa de su misma santidad. El abrirse indica la revelación de Dios por el misterio de la encarnación, por la cual «el Verbo habitó entre nosotros y nos dejó ver la gloria del Padre» (Jn 1,14.18). Los relámpagos y los truenos son las salvas con que la naturaleza saluda la aparición de Dios en la tierra. Cristo nació de María y desde antiguo, hay una especie de profundización muy grande en esto: El Jesús que contemplamos y recibimos en la Eucaristía es el Mesías que engendró María y que padeció y murió por nosotros.

Grandes santos que interiorizan en este misterio nos lo comparten de igual manera: San Ambrosio al hablar de la celebración de la Eucaristía dice que «esto que hacemos procede de la Virgen». San Juan Damasceno comenta que «el cuerpo unido a la divinidad es verdaderamente el que nació de la santísima Virgen, no es que descienda del cielo el cuerpo que allí ascendió, sino que el mismo pan y vino se convierten en el cuerpo y sangre del Señor». San Pedro Damián en una homilía dice a los feligreses que «aquel cuerpo bienaventurado que a Virgen engendró, que calentó en su seno, que envolvió en pañales, que alimentó con maternal cuidado…, ahora lo recibimos en el sacro altar y bebemos su sangre en el misterio de nuestra redención».

Esta rica reflexión, se sigue haciendo hasta nuestros días. En la carta a los sacerdotes del Jueves santo de la fiesta del jubileo de los dos mil años de la encarnación del Verbo, el Papa san Juan Pablo II recordaba a toda la humanidad: que «en el pan eucarístico está el mismo Cristo, nacido de María y ofrecido en la Cruz». Ya Isabel, la parienta de María, en ese bellísimo relato de la escena de la visitación le dice: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lc 1,42-43). ¡Ella es la portadora de la Eucaristía!

Cada plegaria eucarística de la santa Misa nos recuerda que allá, en el cielo, encontraremos a la Virgen Madre en el banquete eterno. Ella, que había acogido y entendido la propia maternidad como donación total de sí y se había autonombrado a la vez: «esclava» y «dichosa» (Lc 1,48). «En sus entrañas -dice san Bernardo-, con el fuego del Espíritu Santo, se fue cociendo el pan de la Eucaristía». María, con aquel libre «fiat» (Lc 1,38) que había pronunciado al dar su consentimiento en la encarnación, iniciaba un trabajo de colaboración a la institución de la Eucaristía.

Ella, con el tiempo, cuando aquel pequeño niño al que había envuelto en pañales había crecido, se presentó en unas bodas, invitada, junto con Él (Cf. Jn 2,1-12). Figura insigne de la Eucaristía con la presencia de la Mujer que servía y se daba cuenta que algo faltaba llevándole a susurrar al oído del Hijo: «No tienen vino» (Jn 2,3). Luego, conocerá perfectamente la promesa que públicamente haría Jesucristo de dar su propio cuerpo y su propia sangre y vislumbrando la relación esponsal de Cristo con la humanidad dirá hacia lo profundo de su corazón maternal: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Y desde una habitación contigua, por una pequeña rendija, en el cuarto donde podían estar las mujeres, —según nos cuenta una antigua tradición—, vería a su Hijo decir a los apóstoles: «Tomen y coman», «tomen y beban» (Cf. Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,23-26). El Venerable José Antonio Plancarte y Labastida (Sacerdote mexicano, (1840-1898), fundador de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe), en un sermón sobre la Oración en el Huerto dice a la Virgen: «María, Madre Purísima, deja un instante tu dolor y hazme sentir un momento siquiera lo que sintió tu tierno Corazón al ver a tu Hijo hacer testamento del Cuerpo y Sangre que fue concebido en tus purísimas entrañas... Dadme luz para comprender el amor de mi Jesús Sacramentado» (Sermón, Zamora, 1886, oración en el Huerto. En ESQUERDA BIFET Juan, “Jesucristo Llama Envía y Acompaña”, México 2003, p. 83).

María, la mujer que había abierto el camino a una comunidad de seguidores de su Hijo que bajaron con ella a Cafarnaúm, después del primer milagro en Caná de Galilea, cuando con humildad y confianza había dicho: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Ella, la Virgen Madre que había estado firme en aquel momento de glorificación en la Cruz, acompañaría también, con el tiempo, a aquel primer grupito de creyentes que vivía de Cristo como «pan de vida» (Jn 6,48) «para la vida del mundo» (Jn 6,51). Allí estaría ella, la primera en comulgar. Con razón san Juan Pablo II, en la encíclica sobre la Eucaristía señala que «recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz» (EdE 56).

Con el tiempo, van apareciendo los primeros sagrarios, que, según se cuenta, eran de talla de madera con la figura de la Virgen con una puertecita en el vientre, de donde se tomaba el Pan para llevarlo a los enfermos y a los ancianos. Sí, ella es el Arca de la Alianza nueva y eterna. Al abrir su vientre y su corazón, siempre estará Jesús y con él la humanidad entera, porque es Madre nuestra también. Decía san Juan de Ávila: «Por ser ella la guisandera, se le pegó mejor sabor».

Leo ahora el pasaje del Apocalipsis que dije que nos ocupaba, para iluminar nuestra reflexión:

«Y fue vista en el cielo una señal grande: una mujer revestida con el sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas, y estando en cinta, gritaba con los dolores de parto y las ansias de dar a luz. Y fue vista en el cielo otra señal: he aquí un gran dragón de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo y los arrojó a la tierra. Se paró el dragón delante de la mujer que estaba a punto de dar a luz para tragarse a su hijo en tanto le diera a luz. Y dio a luz un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro. Y su Hijo fue arrebatado hacia Dios y su trono. La mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la alimentara durante mil doscientos sesenta días» (Ap 12,1-6).

Este texto tiene algo especial que quisiera destacar ahora, se ha estudiado también desde tiempos muy antiguos y se trata de la identificación de la Madre del Mesías con la Iglesia (Los comentarios están tomados del Nuevo Testamento de la traducción Nacar y Colunga). Esta mujer, que representa a la Santísima Virgen es también la Iglesia del Antiguo Testamento, que da a luz al Mesías en medio de grandes pruebas y ansias con que suspiraba tantos siglos por su venida (Consultar Is 66,7; Os 13,13 y 1 Tes 5,3). María es siempre figura y memoria de la Iglesia. «Virgen hecha Iglesia» decía san Francisco de Asís.

La presencia del dragón nos hace recordar la presencia del enemigo, que, como la mujer, aparece en el cielo, donde puede ser visto por todos con un color rojizo, de sangre, que le delata como «homicida desde el principio» (Jn 8,44) cuyo poder y resistencia están representado por las siete cabezas y los diez cuernos. Con la cola arrastra en pos de sí una buena parte de los espíritus celestiales y quiere destruir el Reino de Dios. El varón es el Mesías, el Cristo, el Ungido, el Buen Pastor que apacentará a toda la humanidad. De su vida terrena será levantado al trono de Dios.

Y allí está nuevamente la mujer, representando nuevamente a la Virgen Madre del Mesías y a la Iglesia, porque María es figura de la Iglesia. En el desierto del mundo, la Iglesia vive bajo la protección de la Virgen, a quien Jesús llamará «Mujer» (Jn 2,4) y cuya grandeza de este título san Pablo dejará constatada al decir: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). En este desierto, la Iglesia, protegida por la Virgen Madre, será alimentada con el maná de la Verdad y el Pan de la Eucaristía. Al final de la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, en su oración final, san Padre Juan Pablo II al encomendar el continente a la protección de la Virgen dice: «María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios» (Ecclesia in Europa , último número).

Por eso ahora la Iglesia, como dice el Catecismo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1370), «ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella». En el amén solemne, que pronunciamos en la epíclesis de cada Misa, revivimos el «Sí» de María. Es el amén a la acción del Espíritu, quien hizo posible que ella amasara el Pan bendito en su vientre. Luego, al comulgar, recibimos a Jesús Eucaristía, que se hace alimento para que nosotros también seamos como Él, «pan partido», pan que se confecciona en el vientre materno de María, pan que amasan sus manos y hornea su corazón .

Desde esta perspectiva, es fácil entender el amor de la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento a María y a la Eucaristía, sintiéndose parte viva de la Iglesia, y meditar con más precisión y calma algunos de los destellos de este amor que consigna en sus escritos, en sus notas y en sus ejercicios.

Dice, por ejemplo: «Ahí, en la sagrada Hostia blanquísima, que a diario tienen mis ojos y mi corazón la dicha de contemplar… está el Jesús vivo, ofrendado por el Padre, aceptado por María en nombre de toda la humanidad» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Lo que me dice el cuadro de la anunciación”, 1943). La Hostia blanquísima viene de la Iglesia y es el mismo Cristo nacido de María tipo de la Iglesia. «Con tu gracia estoy dispuesta a ir hasta los últimos confines del mundo para llevar tu Eucaristía y tu Madre; no me importan los sacrificios con tal que los dos vayan conmigo» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Viva Cristo Rey”, 1943). Madre Inés capta siempre, que María es miembro de la Iglesia, miembro preeminente, y que es Madre de la Iglesia. Desde el gesto de Cristo de entregar al discípulo amado al cuidado de María, los discípulos de Jesús compartimos con Él la misma Madre.

Cuando estaba en la clausura, nos relata un sueño que tuvo: «Me soñé en una Iglesia, que no era ciertamente nuestra capilla. estaba llena, materialmente. Terminó la Santa Misa y muchas personas se acercaron a recibir la Sagrada Comunión. Yo esperé a que se fuera desocupando el comulgatorio, y cuando me llegó mi turno, me acerqué, recogida y conmovida, a recibir el pan de los ángeles. Me arrodillé ante la barandilla y el sacerdote deteniéndose, saca del copón una sagrada hostia que pone en mis labios; después, por una segunda vez toma otra y la pone igualmente en mis labios diciéndome con palabras muy marcadas: recibe en esta hostia consagrada la sangre y carne de la santísima Virgen María. Estas palabras me impresionaron mucho. Me quedé, como en suspenso. Entonces, el sacerdote, adivinando lo que se pasaba por mi corazón, me explica, como es realmente la carne y sangre de María santísima, la que recibimos en la sagrada Comunión, puesto que ella fue quien dio a Jesucristo su carne pasible para poder derramar su sangre por nosotros. ¡El gozo que sentí entonces, fue indecible!, no sólo Jesús viene a mi alma, sino también su Madre. ¡Qué dicha! Al despertarme sentía mi corazón inundado de felicidad; sentía a la Virgen santísima, como viviendo en mí, como si en mi corazón tuviera también un trono» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Cinco cuadernitos”, sin fecha).

La beata aclara más adelante que «esto fue solamente un sueño» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Cinco cuadernitos”, sin fecha) y que nunca le ha atribuido al mismo otro carácter; pero que eso le había ayudado a vivir en la presencia de María. Es María y la Eucaristía, porque en la Eucaristía, —lo sabemos—, está la carne de Cristo, que fue tomada de la Virgen, y está la sangre de Cristo, que fue tomada de María. Con razón san Gregorio de Niza, cuando se refiere a la Eucaristía, en sus escritos, le llama: «El misterio de la Virgen». San Agustín señala que «Jesús recibió la carne de la carne de María. Y porque anduvo entre nosotros en la misma carne, nos la dio a comer para salvación nuestra». El Santo Cura de Ars, hablando del Corazón Inmaculado de María dice: «El corazón de la santísima Virgen María es la fuente de la que Cristo tomó la sangre con que nos redimió» (ESQUERDA BIFET Juan, “El Corazón Materno de María, memoria de la Iglesia Misionera”, O.M.P.E., México, D.F. 2004, p. 13). San Antonio María Claret tocando el mismo tema dice que «El Corazón Inmaculado de María es el manantial de donde Jesucristo tomó la humanidad» (ESQUERDA BIFET Juan, “El Corazón Materno de María, memoria de la Iglesia Misionera”, O.M.P.E., México, D.F. 2004, p. 13).

La beata Madre Inés sabía, —como nosotros lo sabemos también—, que al recibir el Cuerpo de Cristo, a quien la Iglesia nos regala en la Eucaristía al comulgar, no recibimos el cuerpo de María, pero podemos decir que hay una presencia especial de la Madre de Dios, figura de la Iglesia, porque ella está siempre donde está su Hijo. Dice san Juan Pablo II: «María está en el corazón de la Iglesia» (Redemptoris Mater 27). Por eso la beata María Inés Teresa afirma: «Me parece otras veces que mi Madre santísima, al llegar a mi corazón por la santa Comunión su divino Hijo, ella lo recibe amorosa en sus brazos, lo consuela conmigo, le dice todo lo que yo le quiero decir. ¡Es tan dulce para los dos ese encuentro! y ¡también para mí! Así Jesús no echa de menos el cielo que ha dejado, puesto que en mi corazón encuentra el cielo de su Madre» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Cinco cuadernitos”, sin fecha). Decía a Dios en su oración: «Mi Señor, te amo con el Corazón de tu Madre» (ESQUERDA BIFET Juan, “El Corazón Materno de María, memoria de la Iglesia Misionera”, O.M.P.E., México, D.F. 2004, p. 15).

Así, Madre Inés, como una práctica común que recomienda varias veces, se deja disponer por María para recibir la Eucaristía, por eso se le veía comulgar con gran fervor, ardor que se prolongaba en la adoración: «Cuántas veces, -dice en uno de sus escritos-, estando al pie del Sagrario, encomendándole a Jesús una necesidad, con toda confianza, siento como una fuerza irresistible que me hace ir a María, como si el mismo Jesús pusiera ese impulso en mí. Vuelo entonces al cielo, a los brazos de mi Madre, se lo refiero todo, y ya que ella se ha enterado e interesado por mi demanda, bajamos las dos al Sagrario, para continuar juntas nuestras peticiones al prisionero de nuestros altares» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Cinco cuadernitos”, sin fecha). San Paulo VI dijo: «En la Virgen María todo es referido a Cristo y todo depende de Él» (Marialis Cultus 25).

En espíritu de oración y sin olvidarse nunca de que es misionera, y de que la Santa Madre Iglesia la envía a anunciar el mensaje de salvación para que todos conozcan y amen a Cristo, Madre Inés escribe: «Dios mío, dame en herencia a las naciones; todas, absolutamente todas, las quiero para mi Jesús Eucaristía. Y como Él no puede estar sin su Madre santísima, establecerán su trono de amor, los dos; pero la reina, vestida de Guadalupana» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, “Postula me et dabo tibi gentes haereditatem tuam, et possessionem tuam terminos terrae”, 1943). Y nos la dejó como patrona para que ella nos enamore de la Eucaristía, así la contemplamos, esperando que su Hijo llegue para darlo a nuestros corazones. La Esposa fiel, la figura de la Iglesia Madre.

Todos estos escritos de la beata María Inés Teresa, son, como lo he dicho, solamente unos pequeños destellos de una riqueza inmensa que brota de un corazón enamorado de María y la Eucaristía, un corazón que quiso conquistar el mundo entero para hacerlo propiedad de la Iglesia y para centrarlo en la Eucaristía.

La Virgen es la más ocupada de todas las Madres, porque amasa para nosotros el Pan de la Eucaristía. La Mujer del Apocalipsis es ella, figura de la Iglesia. Todo esto es grandioso y radiante ante nuestros ojos y ante nuestro corazón. Mientras estamos en camino, debemos acoger estos signos con gratitud. María, tipo de la Iglesia Madre, está para la vinculación y la donación que nos hace a nosotros también «Pan partido», misioneros como Jesús en comunión con Él. Toda meditación que hagamos, quedará tal vez siempre incompleta, lo importante es experimentar que ella, la Madre que es tipo de la Iglesia, nos acompaña al caminar hasta llegar a la casa del Padre.

Al terminar esta reflexión, le pedimos que siga haciendo el Pan para alimentar a un mundo que muere de hambre y sed de su Hijo Jesús, ella sirve la mesa de las bodas en la Iglesia. A ella le decimos una pequeña oración:

Te saludamos hija predilecta del Padre, figura de la Iglesia Madre, esposa fiel, Dios te salve, contigo queremos estar a los pies de Jesús Eucaristía en adoración. Madre de Cristo, sigue amasando el Pan de Vida que da fuerza a nuestras almas en cada Misa que la Iglesia celebra para alimentarnos de Él. Ven con nosotros Virgen de la Promesa y haremos, como tú nos dictas: Lo que Él nos diga. Amén.

Padre Alfredo. 

* Este tema está basado en una conferencia que dicté el 1 de septiembre de 2004 en Roma, Italia y puede servir para un día de retiro.

jueves, 22 de agosto de 2019

«María Reina»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace ocho días, celebrábamos con alegría la fiesta de la asunción de la Virgen María a los cielos, hoy la Iglesia nos regala el venerarla con el título de «Reina». Son muchas las pinturas que nos la muestran a lo largo de la historia y en los diversos estilos de cada época, coronada y rodeada de ángeles. El anuncio de parte de Jesús, del Reino de Dios que se realiza en su persona, es para cada uno de nosotros, una invitación y un desafío. ¡Lo es también para su Madre Santísima! Buscar el reino es buscar a Jesús y comprometerse con Él, compartir su vida y seguirlo hasta la cruz. «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí», dice san Pablo (Ga 2,20). Solamente se entiende qué es el reino si se camina de la mano de Cristo. Si se le mira y si uno deja mirarse por Él. Él nos dice a cada instante: «Permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Pero hoy podemos preguntarnos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? 

La fiesta de María Reina, instituida por el papa Pío XII y colocada por la reforma del Calendario Romano de Pablo VI con rango de memoria obligatoria el 22 de agosto, octava de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, pone de relieve la íntima relación entre la realeza de la Virgen y su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia ha quedado escrito: «María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59). Esta es una fiesta que nos lleva a pensar en que ese Reino, que se empieza a establecer aquí en la tierra, está al alcance de todos como lo está para María que, al ser elevada a los cielos, es coronada como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los mártires, de los que viven su fe, de los que se conservan castos, de todos los santos... y de todo aquel que quiera ser llevado a ese Reino que su Hijo anuncia. Ella reina en el cielo y en la tierra porque en todo momento ha hecho la voluntad de Dios. Por eso la liturgia de hoy nos hace repetir con el salmista: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad» (Sal 39 [40]). 

La pequeña y sencilla muchacha de Nazaret se convirtió en Reina y, seguramente, ella nunca anheló serlo y mucho menos ser coronada, pero Dios la colocó por encima de todos los coros celestiales y los hombres de todos los siglos la aclamamos como «Reina y Madre» en la bellísima oración de la «Salve» por eso, por hacer en todo momento la voluntad del Rey de reyes y Señor de señores. Por eso en la letanía lauretana el título de «Reina» es la más reiterada proclamación. Este título en ella es, como alcanzamos a leer en estas letanías, un título de confianza, de alegría, de amor. María reina haciendo la voluntad el Padre velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María Reina confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. La oración de la Salve, nos ayuda a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida. Hoy es un buen día para detenerse a rezar la Salve para que, mirándola a ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús y reinemos con ella nosotros también. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico contemplando a María como Reina! 

Padre Alfredo.

lunes, 10 de junio de 2019

«Volvemos al tiempo ordinario de la mano de María»... Un pequeño pensamiento para hoy


Desde el año pasado, el Papa Francisco dispuso que el lunes después de la Fiesta de Pentecostés, la Iglesia dirija su mirada hacia la Virgen María y celebre la memoria obligatoria de «La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia», recordando que, desde el año de 1964, y concedió su celebración en distintas diócesis escogidas, aparte de celebrar Misas votivas en su nombre en el Vaticano desde 1975. San Juan Pablo II determinó que esta advocación mariana se incluyera en las Letanías Lauretanas en el año de 1980. El Papa Francisco, considerando la importancia del misterio de la maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés (cf. Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia que peregrina en el tiempo, ha establecido que, el lunes después de Pentecostés, la memoria de María Madre de la Iglesia sea obligatoria para toda la Iglesia de Rito Romano. Es evidente el nexo entre la vitalidad de la Iglesia de Pentecostés y la solicitud materna de María hacia ella. Así, de la mano de María, regresamos, luego de haber concluido el tiempo litúrgico de la Pascua, al tiempo Ordinario, el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano que ocupa la mayor parte del mismo: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay. En este tiempo litúrgico los discípulos–misioneros buscamos crecer y madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios como lo hizo María. 

La liturgia del día de hoy, nos propone el salmo 33 [34] como salmo responsorial, con esa invitación que el salmista nos hace: «Haz la prueba y verás que bueno es el Señor» —uno de los versículos más populares de los salmos—. Esta mañana leo y vuelvo a leer el salmo para orar desde el corazón materno de María. La inocencia, la sencillez y el entusiasmo de la Virgen Madre, desde esta perspectiva del salmo, me lleva a descubrir la bondad del Señor no solo en su Palabra, sino también en la oración, en los sacramentos, en el prójimo, en la entrega de cada día. El autor del salmo no desea atraer la atención hacia su persona, sino que desea orientarse él mismo hacia la bondad del Señor y guiar así a otras personas a encontrarse con esa bondad misericordiosa del Señor. ¿No hace eso la Virgen Madre? ¿No busca siempre ella llevarnos al encuentro con la bondad de su Hijo Jesús? Aunque la gente se gloríe en este mundo en sus riquezas materiales (Sal 49,7), en sus ídolos de moda (Sal 97,7), en su sabiduría del mundo (Prov 20,14) o en su poder humano (Jer 9,23), el hombre y la mujer de fe que se saben miembros de la Iglesia y como tales, constructores de un mundo mejor, a imitación del salmista y de la Virgen Madre de la Iglesia, se glorían no en ellos mismos, sino en el Señor y en su bondad: «Haz la prueba y verás que bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en él». 

Estos últimos días, con todo lo que ha acontecido a mi alrededor, he podido palpar, mucho más de cerca, que no resulta fácil la vida. Tenemos nuestras luchas particulares y experimentamos de diversas maneras el sufrimiento. En la vida nos toca experimentar consuelos y penas, pobreza y abundancia, éxitos y fracasos. El salmista viene hoy a decirme que tanto cuando nos toca sufrir, como en los momentos de alegría, nos damos cuenta de la bondad del Señor que no nos deja nunca solos y encima de todo, nos deja a su Madre como modelo y guía para confiar en esa bondad y misericordia infinitas que no tienen precio y que han de tocar los corazones de todos los habitantes de la tierra para llenarlos de felicidad. Eso es lo que Jesús quiere decirnos hoy también en las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). El bienaventurado es el que logra, como María, descubrir la bondad del Señor y así ser feliz. El bienaventurado no se apoya en sí mismo, sino en la bondad de Dios. A los que quieran seguir este camino, Jesús les promete el Reino, y ser hijos de Dios, y poseer la tierra. Podríamos rezar hoy, serenamente, como oración personal, el hermoso salmo 33 [34] repitiendo, como antífona después de cada estrofa, igual que en la Misa de hoy: «Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor y leer luego las bienaventuranzas desde esta perspectiva. ¡Bendecido lunes en esta memoria de «La Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia»! 

Padre Alfredo.

sábado, 20 de abril de 2019

«Vía Matris»... Una oración para acompañar a María de regreso del Santo Sepulcro


Los términos «Vía Matris», «Via Matris» o «Via Matris Dolorosae» (en español: «Camino de la Madre») se refieren a esta práctica piadosa que sigue el modelo del Via Crucis y tiene la finalidad de reflexionar sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo acompañando a la Santísima Virgen María. El Vía Matris es el camino que ella recorrió de regreso, desde el santo sepulcro, hasta su casa, después de la sepultura del Señor. Es un camino en el que recuerda y revive el Vía Crucis, el Camino de la Cruz pero de regreso. Por lo tanto, lo rezamos acompañando a la Madre Dolorosa de vuelta a su hogar desde la XIV estación hasta la I, en espera de la gloriosa resurrección de nuestro Salvador.


Dedicatoria a la Santísima Virgen María:

Madre de Dios y Madre nuestra, Virgen Dolorosa, hemos recorrido el día de ayer el Viacrucis acompañando a tu Hijo Jesús, esta mañana déjanos seguir contigo, desde el sepulcro hasta el cenáculo, el camino de tus dolores, de tu soledad y de tu reflexión. Recibe, Madre nuestra nuestro corazón, el corazón de cada uno de los miembros de nuestra comunidad parroquial que, en este camino de reflexión, se quiere hacer uno con el tuyo, especialmente hoy, en estos momentos en que nos damos cuenta de que tu Hijo Jesús, Nuestro Señor, por nuestros pecados, fue crucificado, muerto y sepultado. Caminamos contigo esperando el gozo de la resurrección. De tu dolor y de tu silencio aprenderemos la fe, la esperanza, el cántico triunfal de amor renacido tras las tinieblas de este día sábado.


XIV Estación: Jesús fue colocado en el sepulcro


Detrás de la losa de la sepultura, queda tu corazón maternal, semilla de amor eterno, velando en la espera. ¡Cómo nos dolería dejarte sola en estos momentos! Te queremos porque también nosotros somos tus hijos y porque caminamos en este «Valle de lágrimas» bajo tu amparo, y estar a tu lado ahora, es lo que más queremos hacer. Sabemos que pronto veremos a tu Hijo resucitado, y la fe es el arcoíris en la lluvia del dolor. Que el sepulcro sea como una estrella que en medio de la tormenta, nos lleve a puerto, sanos y salvos.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


XIII Estación: Jesús fue descendido de la Cruz


Madre nuestra, aquí estuvo el cuerpo de tu Hijo Jesús, como la flor de su tallo. Flor deshojada, en el dolor de tus brazos purísimos. Aquí cubrieron de mirra —¿Te acuerdas Madre Santa de la visita de los Magos?— la púrpura de sus llagas, llagas que en Ti se han quedado. Fina sábana de nieve veló su cuerpo adorado, y su faz se ocultó tras un sudario. Benditos los que adivinan, tras la llaga del hermano, su divino rostro vivo que espera amor y cuidado. Bendita tú, Madre Dolorosa, que velas por cada uno de tus hijos, con aquel mismo amor que tuviste por tu Hijo Jesús.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria… 


XII Estación: Jesús murió en la Cruz


Aquí, la Cruz… Aquí el grito: «¡Todo está consumado…!» la tiniebla, el terremoto y la lanza perforando tu corazón y tu pecho junto con el Sagrado Corazón de tu Hijo Jesús. Aquí, a los pies de la Cruz, Tu Hijo sacrosanto te dejó el encargo de cuidar de cada uno de nosotros. Pero, ¡hay tantos hijos ingratos! Tú a cada momento nos dices: «No olviden que soy su Madre y que mucho me costaron. Ayúdanos para que, en nuestras vidas, se destierre toda ingratitud y que todos, consagrados a ti, sepamos morir al pecado y renacer a la virtud.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


XI Estación: El recuerdo de los clavos


Sobre la roca tendieron la cruz para desclavarlo. Tú, con tus ojos llenos de lágrimas les rogabas: —¡ Por Dios, no le lastimen las manos!—… Y estaban duras y frías, esas manos benditas que tú muchas veces lavaste cuando Jesús era pequeño, esas manos que trabajaron en la carpintería con tu esposo José, esas manos que hicieron milagros y, tantas veces, filiales, con amor te acariciaron. Manos de Dios, heridas y, como sus pies, de mármol. Manos y pies de tu Niño, por obediencia entregados. Que si dejaron la cruz, es por ir apresurados a quitarnos, a nosotros pecadores, de nuestras miserias los clavos.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


X Estación: Cuando despojaron a Jesús de sus vestiduras


Sobre esta Piedra, a los dados, la militar compañía se jugó la inconsútil y blanca túnica por tus desvelos tejida. Del lino de tus amores virginales Madre pura parecía, pero quedó con su sangre lumbre de azotes, teñida. Viste a tu Hijo desnudo, despojado de todo, inocente, mientras la turba reía. Total entrega de Dios por su criatura caída. ¡Ay, si el pecado del mundo despojado, en carne viva, penitente se cubriera con la vergüenza divina…! Madre Santa, ayúdanos a despojarnos de todo aquello que nos estorba y nos impide seguir a tu Hijo Jesús.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


IX Estación: Cuando viste caer a Jesús por tercera vez


Madre nuestra, en medio del dolor quieres besar la tierra, porque, al llegar al Calvario, también la besó tu Hijo al ser por tercera vez derribado. ¡Era tan dura la carga y tan cruel el populacho! Era llevar en los hombros lo más terrible: el pecado de todos nosotros… Y cayó, cayó de bruces… Tú viste sus divinos labios, en un beso doloroso, de polvo y sangre manchados. Polvo del hombre, miseria y sangre de Dios, juntando en ósculo de perdón el cielo y el mundo ingrato. Ruega, Madre nuestra, por nosotros pecadores y pide a tu Hijo Jesús, que nos levante para seguir en la vida abrazando la cruz para alcanzar, como Él, la gloria de la resurrección.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


VIII Estación: Cuando Jesús consoló a las mujeres de Jerusalén


Y se fueron las mujeres que por tu Hijo lloraron. Las calles huelen aún a miedo bajo el cielo encapotado. Si en el leño verde el fuego del furor rompió en estragos, ¿qué será en el leño seco por la plaga del pecado? ¿Mujeres que lloren? ¡No! En el mundo faltan llantos viriles que reconozcan las voces que claudicaron. ¡Mujeres, hombres, niños, jóvenes, ancianos, lloren mientras dura este Vía Matris en el que te acompañamos Madre Dolorosa, y que sintamos el consuelo de Cristo, tu Hijo al que esperamos resucitado!

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


VII Estación: allí donde Jesús cayó por segunda vez


El crepúsculo se apaga y en la callejuela angosta, como en conciencia culpable, se han dado cita las sombras. Aquí tropezó tu Hijo Jesús ─¡ las almas son tan tortuosas !─ y, por segunda vez, la tierra probó el sabor de las rosas. Que el Amor es insistente cuando en verdad se enamora y dos veces, traicionado una y otra vez perdona. Por alzar a los caídos, tu Hijo, nuestro Salvador probó la derrota y a ti te nombró refugio de los que, caídos, lloran...

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


VI Estación: Cuando la Verónica enjugó el rostro de Jesús


En esta tarde de llanto, en tu soledad más sola, es una luz de esperanza recordar a Berenice, la Verónica. El rostro que fue, de alguna manera tu espejo y tu sol, se ocultaba en sombras de sangre, sudor, salivas, polvo y divina congoja. Una mujer, como tú Madre amada, una mujer valiente, rompió la tropa y enjugó la faz amada de tu Hijo con la blancura de su toca. Pintado en sangre quedó el rostro que, al igual que a ti, nos enamora y, pintado en tus pupilas, el llanto no lo borra. Hacia cualquiera de nosotros que miras, la semejanza te asombra: todos los rostros del mundo, que son los de los que somos tus hijos se le parecen ahora.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


V Estación: La gratitud al Cirineo


A Simón el Cirineo detuvieron los soldados. Sudor y polvo traía como ofrenda de los campos. Tu Hijo Jesús, el Cristo, era gavilla redentora de cansancio, y del peso de su cruz tuvo a bien participarnos en él. Simón recibió el madero, primeramente con asco y repulsión. Poquito a poco, el camino le floreció de entusiasmo por ayudar al Mesías Redentor. Porque ir junto a tu Hijo en el sufrimiento humano, es hallar al fin la gloria, es a Él y a ti encontrarse. Ayúdanos Madre Dolorosa, a ver a tu Hijo en cada uno de aquellos que nos piden ayuda, y abre nuestro corazón para traspasar fronteras y ayudar a todos sin esperar a cambio nada en este mundo y ganar así el cielo.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


IV Estación: El encuentro entre Madre e Hijo


Sabemos lo difícil que era seguir de cerca a tu Hijo Jesús que llevaba el peso de la cruz. Te sabemos unida al dolor, aunque lejos en el cuerpo estabas. Pero tu amor maternal se atrevió entre el populacho y pudiste mirar…, míranos María, con esos ojos con que viste a tu amado Hijo. Si vives aún de esa mirada que Él te dio, que retuvo el viril llanto por no doblar la agonía deshojada en tu regazo, tómala prestada para vernos así como Él te vio y ayúdanos a abrir los ojos y el corazón hacia nuestros hermanos que sufren de soledad, de cansancio, de angustia y depresión.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


III Estación: Cuando Jesús cayó por primera vez


¡Mira Virgen Dolorosa si queda en el suelo alguna gota de sangre! Seguro la recogerá la copa de tus besos maternales. Porque, al salir del Pretorio, alguien se atrevió a empujarle y cayó, Varón de burlas, absolviendo a los culpables. ¡Mira Virgen Dolorosa si quedó en el suelo alguna gota de sangre ¡Estaba tan malherido…! ¡El madero era tan grande…! ¡que nadie ponga tropiezos a quien su miseria cargue por este mundo de cruces dolorosas y ambulantes!

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


II Estación: Cuando Jesús recibió la cruz


Sobre sus hombros pusieron el leño de la victoria. Él, carpintero, sabía de maderas olorosas. Y la levantó triunfante, como levanta a su esposa el amante enamorado en la noche de sus bodas. ¿Aborrecerla o amarla? En esta vía dolorosa, la cruz se clavó por siempre en tu corazón de Madre, muy honda. Cruz de Jesús y del hombre, divina cruz redentora, ligero yugo amoroso, ¡puente que lleva a la Gloria! Ven en nuestra ayuda Santa Madre de Dios, para que nos acompañes al cargar la cruz de cada día.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…


I Estación: Cuando condenaron a muerte a Jesús


Anda suelto en la ciudad un silencioso homicida. Tu Hijo, Madre santa, pagó el rescate con su corona de espinas y, por que nada faltara, ofreció vida por vida. Pilato quiso lavar con agua su cobardía y su nombre, para siempre, se quedará como estigma de quien, por temor al mundo, al mismo Dios crucifica. Ahora, frente al Pretorio, la plaza duerme vacía. Un agrio remordimiento en las conciencias vigila. ¿Resucitará? …Preguntan. Y sólo tú sufres tranquila. Sólo tú… Tus compañeras, las dulces y fieles Marías, quieren llevar al sepulcro, el domingo, aceite y mirra. Tú serás, en el mundo a oscuras, la sola luz encendida. Tú, Madre admirable, iluminarás como estrellita nuestro sendero cuando llegue la oscuridad. No nos dejes Madre fiel y llena de dolor, cuando atravesemos gimiendo y llorando este valle de lágrimas.

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…

Un último Deseo

Déjanos seguir contigo por el Vía Crucis de nuestra vida, Señora, sin tu amor la vida sería más angustiosa. Podemos ser los Pilatos, los Cirineos, las Verónicas, los ladrones, los soldados, los fariseos, las llorosas mujeres, el populacho voluble como las olas; podremos ser Judas, Pedro… Tú sabes bien nuestra historia, mas eres dulce refugio, Madre de Misericordia. Déjanos seguir contigo fieles hoy y hasta la hora sorpresiva de la muerte. ¡Amén Madre Dolorosa! ¡Amén por esa alegría que ya te anuncia la aurora! ¡Amén!

V./ Madre llena de dolores…
R./ Acuérdate que en la Cruz te nombró Jesús, Madre de los pecadores. 
Padrenuestro, Avemaría, Gloria…

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, 
vida, dulzura y esperanza nuestra. 
Dios te salve. 
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva, 
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. 
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra, 
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos, 
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María. 
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, 
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Letanía de Nuestra Señora de los Dolores:

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santa Trinidad y un solo Dios, ten piedad de nosotros
Santa María. Ruega por nosotros
Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros
Santa Virgen de las Vírgenes. Ruega por nosotros
Madre crucificada. Ruega por nosotros
Madre dolorosa. Ruega por nosotros
Madre lacrimosa. Ruega por nosotros
Madre afligida. Ruega por nosotros
Madre abandonada. Ruega por nosotros
Madre desolada. Ruega por nosotros
Madre privada de Hijo. Ruega por nosotros
Madre traspasada por la espada. Ruega por nosotros
Madre abrumada de dolores. Ruega por nosotros
Madre llena de angustias. Ruega por nosotros
Madre clavada a la cruz en su corazón. Ruega por nosotros
Madre tristísima. Ruega por nosotros
Fuente de lágrimas. Ruega por nosotros
Cúmulo de sufrimientos. Ruega por nosotros
Espejo de paciencia. Ruega por nosotros
Roca de constancia. Ruega por nosotros
Ancora del que confía. Ruega por nosotros
Refugio de los abandonados. Ruega por nosotros
Escudo de los oprimidos. Ruega por nosotros
Derrota de los incrédulos. Ruega por nosotros
Consuelo de los míseros. Ruega por nosotros
Medicina de los enfermos. Ruega por nosotros
Fortaleza de los débiles. Ruega por nosotros
Puerto de los náufragos. Ruega por nosotros
Apaciguadora de las tormentas. Ruega por nosotros
Auxiliadora de los necesitados. Ruega por nosotros
Terror de los que incitan al mal. Ruega por nosotros
Tesoro de los fieles. Ruega por nosotros
Inspiración de los profetas. Ruega por nosotros
Sostén de los apóstoles. Ruega por nosotros
Corona de los mártires. Ruega por nosotros
Luz de los confesores. Ruega por nosotros
Flor de las vírgenes. Ruega por nosotros
Consuelo de las viudas. Ruega por nosotros
Alegría de todos los Santos. Ruega por nosotros
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros

Oración final:

Oh Dios, en cuya Pasión fue traspasada de dolor el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre María, según la profecía de Simeón; concédenos propicio, que cuantos veneramos sus dolores y hacemos memoria de ellos, consigamos el feliz efecto de tu sagrada Pasión. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

Padre Alfredo.