Mostrando entradas con la etiqueta Nueva Evangelización. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva Evangelización. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de abril de 2018

«Ese mandato para todos»... Un pequeño pensamiento para hoy...


Hoy hacemos un pequeño paréntesis en la liturgia del tiempo de Pascua para celebrar a san Marcos evangelista, el amanuense o intérprete de san Pedro que hoy, en la primera lectura, tomada de una de sus cartas (1 Pe 5,5b-14), nos invita a centrar nuestra vida en Cristo, descargando en él todo agobio, porque él se interesa por todos. Pedro ha hecho experiencia de lo que afirma y por ello, nos anima a tener la misma fe que él tiene. Pedro nos recuerda que hay «Alguien» en el que podemos descargar nuestros agobios, nuestras preocupaciones... Y no sólo es que las podemos descargar, sino que, además, él se interesa por nosotros... No por nuestras preocupaciones o nuestros problemas... sino por nosotros y ese «Alguien» es Jesús, a quien Marcos, el amanuense de san Pedro nos muestra en su Evangelio. Marcos escribió su relato evangélico entre los años 65-70, siendo así el primero de los evangelios cronológicamente hablando. Marcos escribió para los paganos de la región itálica, con el objetivo de demostrarles que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre. La perícopa que la liturgia de su fiesta ha elegido, es una parte de la conclusión de su relato evangélico (Mc 16,15-20): «Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio a toda criatura». 

Esta fiesta litúrgica, es una buena ocasión para tomar conciencia de la responsabilidad que a cada uno nos corresponde como discípulos–misioneros en el tiempo presente. Somos, en efecto, prolongadores de la realización de aquel mandato del mismo Jesucristo, ese «Alguien» que hoy san Marcos nos recuerda en su Evangelio. De palabra y por qué no por escrito, como este santo evangelista, es necesario dar a conocer cada día con más urgencia, la gran noticia de que Dios nos ha creado para una existencia que no es solamente terrena: que, por Jesucristo con Él y en El, llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, capaces de vivir eternamente en la intimidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Dios ha escogido siempre a algunos hombres y mujeres, como escogió a los Doce Apóstoles, para que, libres de otras ocupaciones materiales nobles, se dedicaran exclusivamente a la extensión del Reino de Dios como personas consagradas y no es lo habitual que los laicos tengan como ocupación exclusiva la evangelización. Pero, esta especial dedicación de unos pocos, en relación con el conjunto de la sociedad, no impide a los demás fieles cristianos la difusión del Evangelio, ni les excusa de la responsabilidad de ser discípulos–misioneros; que no es otra cosa que manifestar de modo convincente, con la propia vida, que somos hijos de Dios. 

Sea cual sea nuestra vocación —la forma en que respondamos al mandato del Señor— una cosa es segura: Dios sostiene a quien elige e inspira a quien envía. Lo dice muy claramente la Carta de Pedro: «El Dios de toda gracia, que los ha llamado en Cristo a su eterna gloria, los restablecerá, los afianzará, los robustecerá». Y también el Evangelio según san Marcos: «El Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban». Así pues, dichosos nosotros, que reconocemos lo que ese «Alguien» obra en nosotros, que prestamos nuestra voz a su Palabra. En la fiesta de san Marcos, Pedro y él, se muestran a todos los cristianos como modelo de escucha, reflexión y transmisión de la palabra del Señor, pero no podemos olvidar al modelo excepcional de escucha, reflexión y transmisión de la Palabra que nos deja María santísima que, acompañando a los discípulos primeros, es para nosotros testigo de la fe en la divinidad de Jesucristo y en su humanidad salvadora. Ella nos empuja a predicar el Evangelio a toda la creación y a hacer las mismas obras que Jesús hizo durante su vida. En este tiempo de Pascua y siempre, la Iglesia, la comunidad de creyentes, pastores y rebaño, tiene el encargo, la fuerza, el poder, el ministerio, el servicio, la orden... de predicar y hacer aquello que dijo e hizo Jesús. El beato Pablo VI, en una de sus homilías para la fiesta de san Marcos lanzó esta invitación con la que yo me quedo hoy: «Hagan siempre como San Marcos, estén en la escuela y a la vera de San Pedro, y serán también ustedes un poco evangelistas de Jesús (cf. 1 P 5, 13)» (Homilía del beato Pablo VI en la Misa a los monaguillos de Roma el 25 de abril de 1964). Termino mi reflexión en la madrugada de esta fiesta, mientras espero mi avión a Monterrey, en el aeropuerto de CDMX para visitar a mis padres y acompañar a Irina mi sobrina en su boda con Pablo Elizondo el viernes. Felicito, además de todo corazón, a nuestro hermano Vanclarista Marcos Rendón y a todos los que llevan este nombre, o, que sin llevarlo, son... un discípulo–misionero como él! 

Padre Alfredo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Van-Clar, un grupo misionero para el mundo...

Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es una rama de la Familia Inesiana (La familia misionera fundada por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento) que acoge a laicos de toda edad, clase y condición que busquen vivir de una manera más concreta y comprometida el mandato misionero. Hay grupos de niños, de adolescentes, de jóvenes, de adultos, de matrimonios, de enfermos... 
Los de nuevo ingreso y los más pequeños, hacen una etapa inicial e formación llamada «Aspirantado» en donde se concientizan de la importancia de vivir el sacramento el bautismo, en donde todos recibimos ese mandato misionero a la vez que se nos dan las virtudes teologales de fe, esperanza y amor. Los aspirantes reciben el escudo pontificio, recordándoles que se forman dentro de la Iglesia sin dejarse entristecer o empobrecer replegándose en sí mismos o dejándose llevar por modas pasajeras. A los aspirantes se les invita abrir la mente y el corazón a los horizontes infinitos de la misión recibida en el bautismo.

Después de esta etapa viene el tiempo de un año de formación en donde reciben el nombre de «Pre-Vanclaristas». Ellos se van impregnando del espíritu del Evangelio contemplando a Cristo Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6), para ir imitando sus valores y virtudes hasta formarse, como decía Madre Inés, para ser «una copia fiel de Jesús». En esta etapa se recibe la Sagrada Escritura, con la intención de aprender a manejarla y hacerla vida, en especial dirigiéndose al Evangelio y abrirse al amor de Cristo conociendo los valores del Reino. 

Después de completar la formación inicial en estas dos etapas, viene el momento del compromiso. El laico, que ha superado estas etapas, se encuentra capacitado para comprometerse por un año (y así renovar hasta hacer su compromiso definitivo) a dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre, en unión de los otros miembros de la Familia Inesiana en el dinamismo de la Nueva Evangelización.

Así, Van-Clar es un grupo de laicos inspirado por Dios a la beata María Inés, que siempre tuvo la audacia de anunciar el Reino y pensó en los laicos como «brazo derecho» para llevar el Evangelio a todas partes, en medio de las ocupaciones del mundo hasta donde un sacerdote o un consagrado hombre o mujer, no pueda llegar tan fácil. 

En el camino de este compromiso, Cristo guía y sostiene a los Vanclaristas en la ley de amor. El amor que se hace fuente y modelo en el Hijo de Dios, por eso el lema de Van-Clar es «Vivir para Cristo».

La beata María Inés Teresa decía a los miembros de los diversos grupos de Van-Clar: «Adelante, hermanos Vanclaristas, Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega; vale la pena vivir así y luchar por que los demás lo vivan también, porque la realidad eterna que nos espera es sublime» (De las cartas a Van-Clar).

Todos somos misioneros, pero de una manera especial, el Vanclarista toma conciencia más profunda de esta tarea de darse de lleno a la misión, incluso prestando etapas de servicio en las diversas obras de la Familia Inesiana en los 14 países a donde se ha extendido.

Los Vanclaristas, como el resto de las ramas que componen la Familia Inesiana, tienen como patrona principal a la Virgen María bajo la advocación de Guadalupe. Ella, la Reina de la Evangelización, los sostiene y guía al encuentro con Cristo, y los entusiasma a encaminarse presurosos (cf. Lc 1,39) como ella, con alegría, con gozo, con entrega generosa, al servicio de la humanidad entera para que todos conozcan y amen a Cristo.

Si tú eres bautizado... ¡Tú puedes ser Vanclarista!

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 9 de septiembre de 2016

CAMINO, VERDAD y VIDA. EL EVANGELIO DE LA ALEGRÍA... Un tema para hacer retiro


INTRODUCCIÓN.

Son muchas las ocasiones en las que el Papa Francisco ha venido repitiendo que él quiere una «Iglesia de puertas abiertas», una Iglesia que no canse de evangelizar, una Iglesia que sea misionera anunciando a Cristo que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6). Sí, esta es la Iglesia que impulsa el Papa con su magisterio de gestos, obras y también de palabras. Francisco —como al Papa le gusta que lo llamen— pide con insistencia que abramos las puertas de los templos y comunidades; que abramos las puertas del corazón para vivir como discípulos y misioneros de todo tiempo y lugar. No podemos, entonces, dejar de responder a esta llamada urgente que nos hace el Santo Padre, tenemos que acoger con gozo esa invitación insistente que Dios nos está haciendo a través de su Vicario en la tierra y comprometernos a dar una respuesta: «Ustedes serán mis testigos hasta los últimos confines de la tierra».

Todos tenemos el deber de abrir las puertas de nuestro corazón para anunciar a Cristo sobre todo con obras de misericordia, porque son las pequeñas y grandes acciones que podemos hacer cada día en nuestra vida ordinaria. La Iglesia de este tercer milenio, tiene que sentir fuertemente el llamado a salir para extender el reino de Dios. «Que todos te conozcan y te amen» le decía al Señor Jesús la beata María Inés Teresa, poseedora de un corazón misionero que no conoció fronteras.

La Iglesia por su naturaleza es misionera, nos recuerda el Concilio Vaticano II (Ad gentes 2) y nos dice que el impulso misionero pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana, así que tenemos que dar un vivo testimonio de nuestra fe. En los miembros de la Iglesia, el impulso misionero es un signo de vitalidad, pues nos lo ha recordado el Papa en numerosas ocasiones: «Toda generación está llamada a ser misionera, a llevar aquello que tenemos dentro, aquello que el Señor nos ha dado» (Papa Francisco, Vaticano 22 de noviembre de 2014). La Iglesia, dice el Papa «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12).

San Pablo, el llamado «Apóstol de las Gentes», nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). En definitiva, la actitud misionera «constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual» (RMi 2). No podemos hacer a un lado este deber, por eso esta reflexión que comparto ahora con ustedes no quiere ser otra cosa que una invitación a reavivar el espíritu misionero e puertas abiertas que hemos recibido desde nuestro bautismo. Merece la pena que cada uno hagamos un esfuerzo por dedicar tiempo y energías a compartir la fe. «El misionero es aquel que se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y a las mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo, y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo desde cualquier parte y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas» (Papa Francisco, Vaticano 1 de octubre de 2015).


1. EL IMPULSO MISIONERO PERTENECE A LA NATURALEZA ÍNTIMA DE LA VIDA CRISTIANA.

Somos templos vivos del Espíritu Santo, y el mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio (cf 8,16), es el Espíritu Santo quien nos impulsa a anunciar las grandes obras de Dios. Cuando fuimos bautizados, recibimos el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!, es el Espíritu mismo «que viene en ayuda de nuestra flaqueza, es el Espíritu mismo que intercede por nosotros con gemidos inefables (cf Rm 8,26), es el Espíritu que clama, que grita, que busca acercar a todos al Padre. La presencia de este Espíritu en nuestras vidas nos hace misioneros, nos hace velar pro el respeto a la persona humana, nos hace buscar la salvación para todos, secundando los deseos de Dios que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4).

La presencia de ese Espíritu Divino, hace que sintamos el ansia de ir por el mundo proclamando la Buena Nueva (Mt 28,19), buscando en todo cumplir la voluntad del Padre. La presencia de ese Espíritu es lo que nos mueve a hacer lo que nos indique Jesús y a desprendernos de todo lo que estorba y no nos deja ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf Lc 6,36). El impulso misionero es parte de nuestra vida cristiana por la presencia del Espíritu, que exige nuestra colaboración para salvar a la humanidad. La obra del Espíritu resplandece en la misión (cf Hch 10 cuando habla de la conversión de Cornelio y Hch 15 hablando de la forma de solucionar algunos problemas que se presentan).


2. LA INVITACIÓN A ABRIR LAS PUERTAS.

A pesar de las limitaciones que cada uno, o una comunidad en sí pueda tener, un corazón misionero y una comunidad misionera, que sabe de esas límites, nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades... Sabe que tiene que hacer vida el Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu nunca renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino. Muchas veces el Papa Francisco, al invitarnos a abrir las puertas, habla del riesgo que se corre, pero dice que prefiere una Iglesia con heridas marcadas por salir, que una Iglesia enferma de anquilosamiento. En su Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium», el Papa Francisco nos habla de la Iglesia «en salida», como una comunidad de discípulos misioneros que «primerean» (neologismo que él inventa), que se involucran —a pesar de sus limitaciones—, que acompañan, que fructifican y festejan (n. 24).

La Exhortación «Evangelii Gaudium» es una invitación del Papa a renovar la fe y la vida cristiana iluminando el caminar con la alegría del Evangelio. Ser cristiano, nosotros lo sabemos, significa dar testimonio de que vivimos alegres porque hemos encontrado al Señor en su Evangelio. Si nosotros cerramos las puertas de nuestro corazón y cerramos las puertas de la Iglesia, la fe se viene abajo. Hoy todo en este mundo se pone a la vista, todo se ventila, todo sucede a «puertas abiertas» ¿y por qué no la vivencia de nuestra fe? La Invitación del Papa Francisco a «abrir las puertas» es una invitación a lanzarse a vivir el compromiso misionero que todos tenemos desde nuestro bautismo.

El Papa dice que abrir las puertas y «salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad» (EG 24).


3. TENEMOS GRANDES MODELOS DE UN CORAZÓN MISIONERO.

El ansia misionera es algo que palpita siempre en el corazón de los santos. Basta recordar a Teresa de Calcuta, el padre Pro, san Juan Pablo II, san Luis Orione, santa Teresita, san Daniel Comboni y por supuesto la beata María Inés Teresa, quien decía: «Este deseo se ha vuelto irresistible, vehementísimo, es algo que arde en mi corazón y pugna por salir, para comunicar a los demás, a los que no creen en Él, las grandezas de nuestro Buen Dios». Tenemos también grandes modelos en la Iglesia de gente viva, que comparte nuestro diario caminar con un gran corazón misionero que arde y contagia. Cuántos sacerdotes, religiosos, catequistas, ministros, incluso muchos jóvenes y niños en las comunidades parroquiales.

Los santos comprendieron muy bien que por el bautismo somos misioneros, y por eso en sus corazones, de «puertas abiertas» ardió siempre el fuego de la misión. Por nuestras venas debe correr esa misma savia, ese mismo ardor. Recuerdo uno de los mensajes del papa Francisco, en el que citando una especie de poema que habla de los santos actuales y que en parte se la atribuye a la beata Teresa de Calcuta —cuya canonización es inminente— anima a todos los miembros de la Iglesia a tener un corazón misionero y que no se deje esta tarea solamente en manos de los sacerdotes y de los consagrados y se dirige especialmente a los jóvenes: «Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. Necesitamos santos que busquen tiempo para rezar cada dia y que sepan enamorarse en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman hot-dogs, que sean internautas, que escuchen iPod. Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos. Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros.

Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos». Solamente siendo así, los laicos de nuestro tiempo podrán ser discípulos misioneros que vayan junto con los sacerdotes y consagrados hombro a hombre —codo a codo, porque yo soy de Monterrey— llevando el Evangelio de la alegría con las puertas abiertas del corazón y de la Iglesia.


4. SOLAMENTE EN LA FE SE COMPRENDE Y SE FUNDAMENTA LA MISIÓN.

«Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... por nosotros y por todos los hombres bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre...» La fe, hermanos míos, es la que fundamenta todo y nos mueve a «dirigir la mirada, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo» (cf RH 275).

La misión de la Iglesia nace de la fe en Cristo. La urgencia de la misión brota de esta novedad de vida radical traída por Cristo y vivida por los Apóstoles. La fe nos mueve a descubrir en Cristo una nueva realidad de vida que no podemos dejar de anunciar y se llama «EVANGELIO». Evangelio, que es fuerza de Dios; Evangelio, que es abrir cadenas, quitar yugos, mostrar camino; Evangelio, que es sembrar libertad y hablar de alegría y esperanza; Evangelio, que es decir hermano, decir amigo; Evangelio, que es dar mi tiempo, donar mi ser; Evangelio, que es ser portador de paz y luchar hasta caer rendido; Evangelio, que es compartir penas, amar, mirar y reír. Evangelio, que es vivir como un pobre que todo lo espera y mira al Cielo con ojos de niño; Evangelio, que es amar sin egoísmos perdonando al enemigo; Evangelio, que es dar gracias al Padre, como el Hijo, inundado por el amor del Espíritu Santo; Evangelio, que es mirar al Hijo en brazos de su Madre al nacer y al morir; Evangelio, que es continuar la misión de Cristo y ser testigos por excelencia.

Los primeros cristianos se dejaron poseer por Dios y se llenaron del Espíritu del Evangelio, de marea que eso era parte de su vida y les hacía exclamar: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Vivir el Evangelio para aquellos hombres y mujeres era un verdadero y auténtico gozo que brotaba del encuentro con la Palabra, con el Evangelio e la alegría. San Pablo dice: »No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1,16). Entonces, hemos de comprender que predicar el Evangelio no es un pasatiempo, es un deber.

La fe no se puede apagar: «Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 15-16). Debemos, pues, comprometernos a testimoniar la fe y la vida cristiana.

El que conoce a Cristo, se deja «tocar» por Él y por la fe sigue sus huellas, está comprometido a vivir plenamente la vida en Dios y a compartirla, porque, si no responde a esto con alegría y generosidad, «lejos de salvarse, será juzgado con mayor severidad» (cf. L.G. 14).


5. EL ANUNCIO DE CRISTO NO CONOCE FRONTERAS Y NO TEME AL FRACASO.

«Me debo a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a los ignorantes: de ahí mi ansia por llevarles el Evangelio también a ustedes, habitantes de Roma» (Rm 1,14). Así escribe san Pablo a los Romanos. Él mismo, que dice a los Corintios: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14). ¿Dónde se realiza ahora la actividad misionera de dar a conocer la infinita misericordia del Señor? El que vive lleno y radiante de la alegría del Evangelio y tiene hambre y sed de dar a conocer al Señor, lo hace en todas partes y siempre.

San Pablo, de quien mucho estamos hablando en esta reflexión, por ser el «Apóstol de las gentes» y por lo tanto un gran misionero, en una ocasión en que se encontraba en Grecia, habló a los habitantes de Atenas del Dios desconocido y les dijo: «Atenienses, veo que ustedes son, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar sus monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada la inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, eso les vengo ya a anunciar» (Hch 17,22-31). Luego Pablo empieza a hablarles de Dios en un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente, como podemos comprobar al continuar la lectura del texto.

Así, hay que evangelizar en todo tiempo y lugar... ¡Aquí y ahora!... En la casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el campo de juego, en el grupo de amigos, en la misma Iglesia... ¡En todas partes! «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús», dice el Papa Francisco en "Evangelii Gaudium" (EG 1). Hay que llevar la alegría de Jesús al mundo entero. En este mismo documento, el Papa dice: «Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras» (EG 68). La alegría del Evangelio debe llegar a todos, pobres y ricos, niños, jóvenes y adultos, inmigrantes, abandonados, intelectuales, profesionistas y obreros... La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús (cfr. Mt 28,19-20) (19).  

«La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan... «Primerear» es experiencia de la iniciativa del Señor, que nos ha primereado en el amor (cfr. 1 Jn 4,10), y como Èl, buscar a los lejanos y excluidos, para brindar misericordia. Como consecuencia, la Iglesia sabe « involucrarse », “achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario... Luego, acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico» (EG 24). Evangelizando sin descanso, evangelizaremos los Areópagos modernos en los que siempre hay un espacio para «el Dios desconocido» que podemos presentar haciendo comprensible el Evangelio.

Hace algunos años, en la ciudad de Acapulco (México), se llevó a cabo para tratar el tema de la vida. Se habló de la Eutanasia, del aborto, etc... A ese congreso, fue invitada santa Teresa de Calcuta. Aquello no era organizado por la Iglesia y habían pedido que no se tocara el tema religioso... Ella, antes de empezar su ponencia, simplemente les dijo: «Voy a iniciar a hablar como siempre, los invito a que nos pongamos en pie para rezar el Padrenuestro» y todos se levantaron y oraron. El Evangelio no tiene porqué estar peleado con la cultura de nuestros días, tal vez somos nosotros mismos quienes lo vamos escondiendo y dejan al mundo sin la alegría de saberse amados por Dios, que es un Padre bueno y misericordioso que nos ama.

Bien sabemos que la actividad misionera seguirá siendo siempre un desafío (RMi 4). El Señor, que siempre sigue hablando al que ha elegido, dijo durante la noche a Pablo en una visión: «NO tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal» (Hch 18, 9-10).


6. DIVERSAS FORMAS DE ACTIVIDAD MISIONERA HOY.

Cuando un vaso se llena y se sigue vaciando en él algún líquido, este se derrama... eso es lógico ¿verdad? El ansia misionera es así, brota de una Iglesia orante, de una Iglesia que, plena de la alegría del Evangelio, se desborda y se derrama. Algo podemos darnos cuenta al contemplar el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos dice cómo iba creciendo la comunidad de los creyentes. «Todos perseveraban en la oración» (Hch 2,46); «Entonces oraron» (Hch 1,24); «Alababan a Dios» (Hch 2,47); «La Palabra de Dios iba creciendo, en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos» (Hch 6,7). Cuando alguien está lleno del amor de Dios, entonces puede darlo a los demás, porque si no lo hace así, se dará de todo... menos a Dios.

Se dice que la primera e insustituible forma de evangelización es «el testimonio». Los primeros miembros de la Iglesia se adherían por el testimonio, un testimonio de humildad y sencillez que hacía que Cristo fuera el que brillara y pudieran ver, en ellos un rostro alegre que invitaba a seguirle. El testimonio es «una proclamación silenciosa, pero muy clara y eficaz de la Buena Nueva (EN 21). Por el testimonio de vida se puede llegar a ser un gran evangelizador. El beato Papa Paulo VI decía que «mediante su conducta y su vida, es como la Iglesia puede evangelizar al mundo entero (cf. EN 41).

Otro medio importantísimo y necesario es «el anuncio». Lo que san Pedro llama «dar razón de su esperanza» (1 Pe 3,15). Los bautizados no podemos guardarnos para nosotros solos el tesoro que hemos recibido. San Juan Pablo II decía: «¡La fe se fortalece dándola!» y nadie tenemos derecho a guardarnos para nosotros mismos lo que Dios nos ha dado.

Sabemos que el mundo moderno no es que quiera mucho escuchar. El hombre de hoy está hastiado de discursos, se muestra cansado de escuchar. Hay una gran cantidad de información que nos colma: predicadores, libros, audios, videos, periódicos, sitios web... muchos de ellos con muchos vacíos... Hoy solamente puede predicar con autoridad y ser escuchado quien se llena de Dios, porque como san Pablo nos recuerda: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos por Jesús» (cf. 2 Cor 4,5)... ¡Aquí está el meollo del asunto! ¡Se necesitan predicadores que hablen de Dios, de su infinita Misericordia y de la alegría de vivir para Él!

Para poder hablar de Dios al mundo de hoy, hay que llenarse de su Misericordia, hay que amar como Cristo, compadecerse como Cristo, sentir como Cristo, que lleno de caridad es quien puede mover los corazones y acercarlos al Padre. «Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy» (1 Cor 13,2). La actividad misionera es «impregnar el mundo de Cristo». «Conquistar almas para el Rey Inmortal de los siglos» diría la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. La tierra de misión empieza en el propio ambiente, el lugar donde la Divina Providencia nos ha puesto. Es allí donde empezamos a ser «el dulce olor de Cristo» (Gal 2,15).


7. EN EL CAMINO DE LA SANTIDAD.

Ya sabemos lo que es la actividad misionera. Ya conocemos cuál es nuestro compromiso como bautizados. «Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad,  que es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia» (RMi 90). La beata María Inés Teresa dice que para ser misioneros tenemos que ser contemplativos, de otra manera no podremos sostener nuestro «Sí» en el camino de santificación y evangelización.

Todo lo visto hasta aquí lo tenemos que concretizar en la vida diaria buscando «santidad de vida» con la vivencia de la alegría de sabernos heraldos de Cristo, expresión de la misericordia del Padre, mensajeros del amor de Dios, hombres y mujeres que viven el espíritu de las Bienaventuranzas y las hacen vida (cf. Mt 5,1-12). cada uno sabe su misión, cada quien debe encontrar —según su propia vocación específica— lo que Dios le pide cada día.

La beata María Inés, el «La Guía del Vanclarista», ha dejado unas pautas que no solamente son aplicables a nuestros hermanos misioneros laicos de Van-Clar, sino que, tomando cada uno lo que le corresponde, puede ir haciendo un programa de vida para vivir el Evangelio de la alegría y llevarlo a los demás en un compromiso de auténtica vida cristiana. La Madre Inés invita, en primer lugar, a vivir intensamente el misterio de Jesús Eucaristía. Luego dice que hay que conocer y hacer conocer, amar y reverenciar a Dios Nuestro Señor y a la siempre Virgen María, como Reina y Madre de todos los hombres, bajo la advocación de Guadalupe. La beata quiere que se pida siempre intensamente por el Santo Padre y por la santificación de los sacerdotes sosteniéndolos son oraciones y sacrificios. Ella hace también un llamado a buscar siempre la voluntad de Dios en todos los acontecimientos, contemplando a Cristo en todos los hombre, próximos o extraños juzgando con rectitud sobre el verdadero sentido y valor de las realidades temporales. Finalmente,  compromete a ofrecer etapas de servicio de forma voluntaria según la propia capacidad y habilidades. Todo esto habla de concretizar en obras de misericordia sencillas y vividas cada día, el gozo de vivir en la alegría del Evangelio (cf. Mt 25,31ss).


8. POR MARÍA HACIA JESÚS... (A MANERA DE CONCLUSIÓN).

Desde los inicios de la evangelización, luego de la Ascensión del Señor a los cielos, la tarea de extender la Buena Nueva se realizó con la presencia de María, la Madre de Jesús (Hch 1,14). Junto con ella los apóstoles imploraron la fuerza del Espíritu que los capacitara para ser enviados. Ella, Madre y modelo del misionero; ella, estrella de la evangelización los acompañó y lo sigue haciendo hasta nuestros días. 

Nuestro corazón misionero debe estar dirigido a María, la creyente por excelencia. «Dichosa Tú, María, porque has creído...» (cf. Lc 1,45-48). 

El mundo necesita misioneros —y no niego que la tarea hoy sea muy difícil—. El mundo necesita testigos de la alegría del Evangelio, hombres y mujeres que sean expresión de la misericordia de Dios, que es Amor. El mundo de hoy necesita de gente que se lance a vivir el compromiso de la exigencia de la fe con la mirada fija en la santificación personal y de comunidad para ser misioneros.

Miremos a María, invocada muchas veces con el título de «Estrella de la Evangelización». Que ella sea ahora y siempre nuestra estrella; que siempre caminemos iluminados por sus destellos de amor que reflejan la luz de Cristo el Salvador de los hombres.

¡Dios te salve, Estrella de la evangelización, Madre de Misericordia!
Tú eres la misionera por excelencia,
ayúdanos a vivir el compromiso misionero,
reaviva en nosotros la fe en tu Hijo,
asístenos con tu gracia maternal para sembrar 
la semilla del Evangelio por donde quiera que pasemos.
Enséñanos a darnos en un continuo «Sí»,
muéstranos el CAMINO hacia Dios,
ábrenos a la VERDAD que aprendiste de tu Hijo,
danos la fuerza de amar siempre la VIDA
para que como misioneros caminando a tu lado
mostremos al mundo que Cristo es hoy y siempre
el CAMINO, la VERDAD y la VIDA. Amén

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 1 de agosto de 2016

¿QUÉ HA PASADO CON LA NUEVA EVANGELIZACIÓN?...

San Juan Pablo II la pidió, Benedicto XVI la impulsó y Francisco la está echando a andar. Aquel anhelo que empezó en Haití en 1983, cuando san Juan Pablo II lanzó el grito de invitación a vivir una nueva evangelización, da la impresión de que no se ha estrenado. Evidentemente la evangelización, en sí, será siempre la misma. Vale para eso recordar la definición que nos presenta el Documento Evangelii Nuntiandi —un clásico de la espiritualidad misionera— tan apreciado por la beata María Inés Teresa y por tantos misioneros de su época: «Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, sobre todo, liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él, de verlo, de entregarse a Él. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera definitiva por su muerte y resurrección; pero debe ser plenamente realizado el día de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar, a excepción del Padre» (E.N. 9).

No ha habido ni habrá jamás una novedad mayor que la muerte y resurrección de Jesucristo, por eso la evangelización es y será siempre nueva. «Jesucristo es el mismo hoy, ayer y siempre» (Heb 13,8). La evangelización, en nuestros tiempos, es nueva, porque a su servicio se ponen todos los nuevos medios científico-técnicos de que se dispone, especialmente las redes sociales en Internet. La novedad está también en que la Iglesia tiene que infundir en las venas del hombre de hoy, la virtud perenne, vital y divina del Evangelio, que debe ser presentado como el mensaje central salvador para cada generación.

El hombre de hoy está necesitado del Evangelio, es el hombre de la post-modernidad; el hombre que antepone el «hacer» al «ser»; las cosas a las personas; lo fragmentario a lo totalizante y que vive en medio de una crisis de valores sometido a una cultura de la indiferencia y del permisivismo. El hombre de hoy es un ser que rechaza a Dios pero que al mismo tiempo emprende como una especia de carrera detrás de lo sagrado y lo confunde con la magia y la superstición. El hombre de hoy es alguien necesitado del Evangelio, porque Jesús sigue hablando, sigue enseñando, sigue cuestionando, sigue siendo gracia y conquista para todos.

Cuando se iba a acercar el año mil, la humanidad vivió una etapa de gran temor porque esperaba el fin del mundo de un momento a otro y... ¡aquí estamos! Tampoco el advenimiento del año 2,000 significó el fin del mundo aunque muchos así lo esperaban hace más de 15 o 20 años. San Juan Pablo II, que introdujo a la Iglesia al Tercer Milenio, hablaba mucho en sus discursos y documentos de este tema del Tercer Milenio. Él no se cansó de invitar a la Iglesia a lanzarse a una nueva evangelización acorde a los nuevos tiempos, a la nueva época, a las nuevas expresiones de la gente, a fin de que el mundo fuera más humano y por supuesto más cristiano. Hoy, para muchos creyentes, después de más de 2000 años —2016 para ser exactos— el Evangelio está «sin estrenar».

La larga historia de la evangelización de la humanidad, nos presenta cómo la Iglesia ha peregrinado de cultura en cultura sin identificarse jamás de un modo exclusivo con ninguna y, ahora, parecería que «la ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestro tiempo (cf. E.N. 20). La nueva evangelización tiene que seguir realizando un gran esfuerzo para encontrar un nuevo lenguaje antropológico que permita trasvasar el contenido fundamental del mensaje revelado a cada cultura y criticar, corregir y extirpar, los errores de las culturas que son incompatibles con el Evangelio. El modelo, por supuesto, de esta nueva evangelización, es Jesús, el Verbo encarnado; por lo tanto, la nueva evangelización no eximirá al evangelizador de las culturas locales y de la cultura universal de la incomprensión ni de la persecución —como está sucediendo actualmente en varias naciones—, porque si el modelo es Jesús, habrá de llegar al Calvario para alcanzar luego la resurrección.

Tal vez la lucha más grande y la persecución más intensa, se viva en la indiferencia religiosa reinante en el mundo de hoy en un gran número de personas «bautizadas», que resulta altamente desconcertante pero que nos hace pensar en algo... ¡la fe cristiana no es hereditaria! La fe nace, vive y renace gracias a la palabra o al testimonio del evangelizador, un evangelizador que se ha dejado «tocar» por Cristo y presenta con premura, la alegría del Evangelio. La evangelización, en cuanto tal, es una continuidad viviente desde el anuncio mismo de Jesús —pasando por la predicación apostólica— hasta llegar a los evangelizadores propios de cada pueblo y nación.

Creo que somos muchos los que vamos viendo claramente que la renovación y el seguir trabajando en la nueva evangelización, no es un mero capricho. La nueva evangelización es un imperativo fundamental del Nuevo Testamento. San Pablo no se cansó de repetirlo a aquellas primeras comunidades de creyentes: «Renueven el espíritu de su mente y revístanse del hombre nuevo» (Ef 4,23). «No se acomoden al mundo presente, antes bien, transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12,2). El estar escuchando hablar de la nueva evangelización nos debe surgir la necesidad de buscar una fidelidad más radical al contenido mismo de la evangelización.

Ante esta nueva evangelización, en la que estamos inmiscuidos desde tiempos de san Juan Pablo II, no podemos ser infieles al contenido del mensaje y deformarlo con doctrinas propias. No podemos «rebajar» el Evangelio a mera publicidad; no podemos vivir nuestro compromiso bautismal como negocio, regateando para alcanzar la salvación; no podemos ser infieles a los destinatarios; no podemos ser infieles a Jesús. Solamente en Cristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6). Solamente en Él, el Señor de la historia, el Dios con entrañas de misericordia, encontraremos la clave para interpretar correctamente los signos de los tiempos y vivir la nueva evangelización.

El tiempo propicio para la nueva evangelización ha llegado ya. El Tercer Milenio va avanzado y los evangelizadores que se necesitan para llevar a todos esta nueva evangelización somos nosotros... ¡y somos un poco más de doce, como los primeros! Decía la Beata María Inés: «Que se conviertan todos, Señor, ¡que todos te amen!... ¡pero pronto! Mi corazón no puede sufrir más que se robe a Dios toda la gloria que esas almas, hechas a imagen y semejanza tuya, pudieran darle si le conocieran» (Lira del Corazón). Y para esto no necesitas más, ¿me permites que te diga?, que tomar instrumentos que quieran dejarse hacer en tus manos creadoras. Por mí aquí me tienes; yo quiero dejarme manejar por Ti... Señor, mi fuerza, mi poder, mi confianza, mi fe ciega, está en mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia. Con esto lo digo todo» (Lira del Corazón).

Dejemos que etas últimas palabras de la Beata María Inés Teresa, resuenen en nuestro corazón y nos inviten a empezar la nueva evangelización viviendo el Evangelio.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 29 de julio de 2016

«EVANGELIZADOS PARA EVANGELIZAR, EVANGELIZAR PARA SER EVANGELIZADOS»... Una Iglesia en estado permanente de misión


¿Quién evangeliza hoy? ¿Cuál es el sujeto agente de la nueva evangelización? ¿Cómo evangelizar de nuevo al pueblo de Dios, usando de la imposición o de la proposición? ¿Cómo llevar a todos la Palabra y el espacio de silencio en el que habla Dios? ¿Cómo llevar a todos el conocimiento de la encarnación del Señor y el valor de su muerte redentora? ¿Cómo aportar, desde el propio estado de vida, elementos que ayuden a la nueva evangelización? Éstas y otras muchas cuestiones, circundan el corazón del hombre y de la mujer que, en los inicios del tercer milenio, se saben sujetos portadores de la evangelización para reconstruir un mundo que se ha alejado de Dios, que lo ha sacado —como dice el Papa Francisco— de su ambiente vital.

Si la Iglesia —nacida de la misión del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo crucificado y resucitado— es fundamentalmente comunión, la evangelización es una tarea que compete a todo el pueblo de Dios en su conjunto. Todos los miembros de la Iglesia somos misioneros desde nuestro bautismo. Mientras vivimos en el mundo, la Iglesia va contagiando al mundo los valores del reino de verdad, libertad, justicia, amor, solidaridad, etc. La Iglesia está en el tiempo para sacramentalizar, proclamar, celebrar y compartir el gozo del Evangelio de la alegría. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios (EG 176). 

Desde hace algunos años, escuchamos mucho hablar de una «nueva evangelización». Del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre este tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordaba que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos; Primeramente el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». En segundo lugar, el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», que no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe y, finalmente, el ámbito de quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado (cf EG 14). 

La Iglesia, nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, no crece por proselitismo sino «por atracción» (EG 14) y por eso, en esta nueva evangelización, es invitada a utilizar nuevos métodos y nuevas expresiones, en un nuevo ardor, para llevar a Cristo a todos. Para llevar a cabo esta nueva evangelización, la Iglesia tiene que transformarse a sí misma en el horizonte del reino. Solamente una comunidad evangelizada, tiene el vigor de la nueva evangelización. En la medida en que sea Iglesia seguidora de Jesús, puede ser sacramento de la salvación del mundo. Siendo Iglesia viva, se hace entonces Iglesia evangelizadora. «La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar» (EG 174). 

La evangelización será nueva si tiene en cuenta —tratando de sacar provecho— las consecuencias de la nueva situación histórica del pueblo de Dios en el horizonte del reino. El necesario ardor y las nuevas expresiones del misterio de la fe, no podrán ignorar las nuevas perspectivas, los nuevos horizontes y la invitación que hace el llamado del mismo pueblo de Dios a repensar, afrontar, analizar y reconstruir temas como estos: La reforma de la Iglesia en salida misionera, las tentaciones de los agentes de pastoral, la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza, la homilía y su preparación, la inclusión social de los pobres, la paz y el diálogo social y las motivaciones espirituales que llevan a la tarea misionera (EG 17). Si la nueva evangelización logra articular estos horizontes en programas pastorales operativos y movilizadores, estará siendo realmente nueva; si logra convertirse en idea fuerza para las iglesias locales y despertar la conciencia y potencial evangelizador de las personas, las instituciones, los grupos... estará siempre nueva.

Hay que recordar que antes que evangelizadora, la Iglesia es evangelizada; antes que docente, la Iglesia entera es discente; antes que maestra es discípula. Sólo siendo oyente y discípula de la Palabra, el Pueblo de Dios puede irradiar la alegría del Evangelio y hacer discípulos. Claro está que, en términos de proceso, también la inversa es verdadera: Haciendo discípulos es como la Iglesia escucha el Evangelio; irradiando el amor a Cristo, lo acoge; evangelizando es evangelizada. La Iglesia es evangelizada y evangelizadora.

La Iglesia evangelizada es una Iglesia de testigos: Han visto al invisible (Heb 11,27). Han sido alcanzados por la vida del Resucitado a través del testimonio de los primeros a quienes se ha hecho visible el Resucitado (Jn 20,18.25). Una Iglesia que se sabe siempre portadora de buenas noticias (Hch 4,20). Una Iglesia sana, una comunidad. Una Iglesia que no tiene permanentemente cara de funeral (EG 10). Una Iglesia que está en estado permanente de evangelización y que recomienza su nueva evangelización por transformarse a sí misma en una comunidad viva para poder ser «Buena Noticia» de vida, de libertad, de amor. El Concilio Vaticano II, hablando de la Iglesia, nos habló de una apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo para ser siempre esta portadora del mensaje de salvación (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6). Nos dice el Concilio que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación y que Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad (cf EG 26). Sin una reforma interior de la Iglesia, de su vida, de sus instituciones y estructuras, no será nueva transparencia de la Palabra y del Espíritu que la habita.

La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular, se juega en la credibilidad social de la misma. Uno de los desafíos del pueblo de Dios en la nueva situación histórica de nuestros tiempos consiste en alcanzar nuevas formas de presencia pública en los medios de comunicación y en las redes sociales, que son las que en la época actual, mueven al mundo. Yo mismo he tenido la experiencia de dialogar en Linkedin o en Whatsapp con personas que no saben o no valoran lo que es la Iglesia y es más, con gente de Iglesia que no sabe lo que es la nueva evangelización y por medio de estas conversaciones va abriendo sus horizontes.

Hoy necesitamos presentar al mundo y a los mismos miembros del Pueblo de Dios —con nuestro testimonio evangelizador y dejándonos evangelizar— una Iglesia creíble que sea «espacio de unidad y comunión» (EG 73), con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación. Una Iglesia «en salida», una Iglesia de «puertas abiertas» (EG 46 y 47), que sale hacia los demás para llegar a las periferias humanas sin que eso implique correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Una Iglesia «casa de todos» intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria (EG 146). Una Iglesia «hogar de libertad» (EG 170), capaz de mostrar que la aceptación del Dios de Jesucristo es fuente de liberación permanente en la existencia humana; capaz de recordar también que la libertad es lo más contrario a la desmoralización permisivista y a la tiranía del capricho. Una Iglesia «humanamente fecunda» especialmente para los jóvenes (EG 108), experta en humanidad y creadora de humanización. Una Iglesia «familia» donde los pobres sean los primeros (EG 48 y 49), en el corazón y en los presupuestos. Una Iglesia «misionera» de los hombres, de la sociedad, del mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin dejarse robar el entusiasmo misionero (EG 80).

La dinámica de la encarnación es el estilo de vida de evangelizar de Jesús (Mt 25,31-46). Cristo evangeliza desde la cercanía y desde la simpatía con nuestra condición humana. Su comunión con nosotros es el inicio y la forma de su liberación; desde la pobreza y la debilidad; desde el amor y la palabra limpia; desde la aceptación de cada persona y cada situación del hermano (EG 179). Esto marca el camino de la evangelización de la Iglesia. Anunciar evangélicamente a Jesucristo implica hacerlo con el testimonio cualificado del encuentro con el hermano pobre, necesitado, solo, deprimido, alejado, olvidado, descartado, allí donde éste se encuentra. A este nivel primario y decisivo de la comunicación de la fe por el testimonio, estamos llamados todos. Allí llego la beata María Inés Teresa cuando decía al Señor: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero... y para eso no tengo mas que mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia».

La nueva evangelización está recuperando la fuerza de la experiencia, la «teología vivida» de los santos. La fe cristiana, que es básicamente relación personal con Dios Padre en Cristo por el Espíritu, se vive y se aprende también en la vida de los santos que han ayudado a construir, con su granito de arena y su expresión de la misericordia divina, la Iglesia (EG 263). La persona santa contagia, inquieta, suscita preguntas. Es un evangelio vivo: Buena noticia permanente, audible, legible, visible.

Hoy somos evangelizados y evangelizadores especialmente en pequeñas comunidades cristianas que siguen florecientes alrededor del mundo en muchísimas parroquias. Me viene recordar ahora el Santuario de la Virgen Inmaculada «Margarita Concepción» en Mazatán, Chiapas. Allí, gracias al proceso evangelizador de estas pequeñas comunidades, impulsado por los diversos párrocos que han pasado y la tarea titánica de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, bajo la guía y acción del Espíritu santo, la Iglesia he entrado en este dinamismo y espíritu de nueva evangelización regalando vocaciones y espacios de vida cristiana para un pueblo en constante desarrollo. Lo mismo he visto en parroquias como Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás de los Garza, N.L. a cargo de nuestro instituto misionero, en donde la evangelización llega a través de los 11 sectores que la conforman.

En estas pequeñas comunidades —llámense comunidades eclesiales de base, pequeñas comunidades, sectores o barrios— se escucha la Palabra, se ora, se comparte la misión, se forma en la fe. La Iglesia va recuperando la experiencia de la vida en fraternidad y la consiguiente presencia a partir de pequeñas comunidades que irradian la fe, al mismo tiempo que son evangelizadas. Recuperar la dimensión comunitaria es una tarea urgente en la nueva evangelización, sobre todo para una Iglesia que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido las consecuencias del individualismo de una fe sin comunidad por parte de grandes capas de nuestra población que han dejado de ser cristianos comprometidos.

Parece que por aquí apunta el futuro de la Iglesia y de la evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus expresiones. En esta nueva dimensión, la parroquia de nuestros días, viene a ser —como se describe en el Capítulo V del Documento de Aparecida— un centro en el que se encuentran todas estas pequeñas comunidades como la gran familia de los hijos de Dios. ¿No fue así como comenzó la evangelización hace más de dos mil años? ¿No era la transparencia y la belleza de las fraternidades apostólicas en el seguimiento de Cristo lo que contagió con su entusiasmo las bases del imperio?

La nueva evangelización —iniciada desde tiempos de san Juan Pablo II— será realmente nueva en el ardor y la eficacia si parte de la unidad del pueblo de Dios, si es la evangelización de todos, no solo del Papa Francisco y de los obispos. Será la obra de la colaboración de todos: Consagrados y fieles laicos, todos en una constante tarea de ser evangelizados y evangelizadores para llegar a ser expresión del Evangelio de la Alegría.

¿Nos damos realmente cuenta de las exigencias todavía pendientes? ¿Sufrimos el individualismo y la desconexión de los evangelizadores? ¿Nos duele y nos preocupa la cantidad de energías que se pierden a causa de nuestras inadecuadas actitudes y estructuras de participación y colaboración? ¿Sentimos, de verdad, los miembros de las diversas instituciones eclesiales, como nuestra, la obra de la evangelización o nos caben en la cabeza y el corazón solamente nuestras pequeñas parcelas y olvidamos que nuestros carismas pertenecen al pueblo de Dios? ¿Somos capaces de coordinar los institutos evangelizadores, los misioneros, los educadores, para potenciar el avance y el alcance en la eficacia evangelizadora y no sólo para una gestión más de urgencias? ¿No nos estaremos contentando en demasiadas ocasiones con que nuestras obras sigan funcionando en lugar de poner nuestros mejores desvelaos en que sean realmente evangelizadoras?

¿Qué pasa con las grandes tareas de las Iglesias locales? ¿Estamos respondiendo a la clara invitación que nos lanza el Papa Francisco? Hay que revisarnos constantemente, hay que suplicarle al Espíritu Santo que, como a María, nos cubra con su sombra, para dar a luz a Cristo a todas las naciones sintiendo con ansias, como san Pablo, dolores como de parto con el anhelo de que Cristo sea conocido y amado por todos. María, la mujer de la alegría perenne no perdió el tiempo, siempre tuvo ardor por los intereses de su Hijo, se lanzó presurosa a llevar la Buena Nueva a Isabel (Lc 1,39), hizo que la gente hiciera lo que si Hijo indicaba (Jn 2,5), recibió el encargo de cuidar de los apóstoles al morir su Hijo(Jn 19,25), acompañó en la evangelización primera a los discípulos de su Hijo (Hch 1,14) y con ellos esperó la llegada del Espíritu que vino a dar un nuevo ardor, una nueva expresión, un nuevo método que llevó la evangelización hasta donde estamos el día de hoy (Hch 2,1ss).

«A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial» (EG 287).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 29 de junio de 2016

«¡ES EL SEÑOR»... El entusiasmo de Pedro por re-encontrarse con Jesús


«¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías o alguno de los profetas... Y entre ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,13ss; Mc 8,27ss). Aquel grupito de Apóstoles no se imaginaba, tal vez, que Jesús, su maestro, les llegara a lanzar algún día esa pregunta: «Ustedes, ¿quien dicen que soy yo?»

Ya estaba lejano aquel día en que un humilde carpintero de Nazareth les había dicho «¡Síganme! Los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). Ellos habían sido generosos. Unos dejaron a su padre, otros a su familia entera tal vez, algunos abandonaron sus barcas y sus redes y todos —llegado el momento— se alejaron de su lago y de la suave Galilea. Lo hicieron con alegría porque el carpintero de Nazareth era un hombre fascinante y, además, les había dicho textualmente: «Desde ahora serán pescadores de hombres». Pero, ahora, en estos momentos, mientras van de camino, el Maestro quiere saber una cosa: «¿Quién dicen ustedes, que soy yo?».

La Escritura dice que fue Simón Pedro quien tomó la palabra y con fuerte voz —de modo que todos oyeran— exclamó: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) y que el Maestro respondió lleno de gozo: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!» (Mt 16,17). Cuántas cosas habrían de suceder después. Pienso, por ejemplo, en el gozo que guardaría Pedro al recordar aquella respuesta que dio en aquel examen en nombre de todos sus compañeros y con cuanta emoción recordaría aquellas otras palabras, en aquel momento no muy claras para él, cuando Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y, sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18).

El tiempo pasó... ¡como pasa ahora!... Aquel grupito de los Apóstoles celebraría una Pascua inolvidable, una Pascua accidentada y dolorosa como ninguna otra. ¡Qué lejos quedaría de aquel día en que el Maestro les había hecho esta pregunta! Todo, en la noche de Pascua, en los momentos de la pasión y en los días de las apariciones del Resucitado sería recordar. Los Apóstoles estarían juntos como en aquel entonces y una vez, nos narra el Evangelio, Pedro decidió pescar... Trabajo, distracción, ganas de olvidar reconociendo el fracaso y las negaciones... 

Seguro, sin entender aún aquellas palabras que Jesús le había dicho: «Yo te daré las llaves del Reino» (Mt 16,19), Pedro pensaría en la sonrisa del Maestro, aquella sonrisa que ahora se le había congelado por los hechos acontecidos y su incapacidad de reconocer que era uno de los seguidores de Jesús. Pensaría tal vez que ya no tenía sentido quedarse en Judea y le brotó espontáneamente un: «¡Voy a pescar!» (Jn 21,3) que contagió a los demás, también agobiados y confundidos por los acontecimientos vividos. Ellos dijeron: «¡Vamos, también nosotros iremos contigo!» Estaban decididos a olvidar su pasado reciente. Uno de los del grupo —cuyo nombre no siquiera querían pronunciar— conocido después como «el traidor», había muerto en Jerusalén de la manera que todos sabían. Nada quedaba del pasado tan reciente. Lo más sensato era olvidar y regresar al lago.

Aquellos hombres conocían la barca, manejaban los remos con habilidad, el lago les era familiar, sabían en dónde habían pescado en abundancia. El trabajo que les esperaba iba a ser duro, debían soportar la humedad del lago y el frío de la noche. Ellos lo sabían. La dureza del trabajo tendría, sin duda, su recompensa al amanecer. Simón Pedro y sus compañeros ya imaginaban las redes repletas de pescados. Pocas horas después de que saliera el sol, ellos —según sus pronósticos— ya habrían terminado de vender la mercancía obtenida en varios lugarcitos de la región.

Se pusieron a trabajar con renovada ilusión. ¡Al fin olvidarían todo aquel pasado que ahora no entendían! ¡Comenzaban a digerir sus pasadas desilusiones y fracasos apenas recientes! ¡Había un futuro y ellos eran hombres que servían para algo! Las horas pasaban lentamente. Los pescadores echaban la red una y otra vez... y en cada vuelta no sale nada. ¡No puede ser! Tiempo atrás capturaban muchos peces en el mismo lugar. Ahora hay que añadir un fracaso más luego de haber sabido de la muerte del Maestro, pues solo uno estuvo allí junto a la Madre de Jesús (Jn 19,27). Decidieron regresar a casa y nadie hablaba. ¡Qué diferencia de aquellas veces en que yendo por el camino con el Maestro discutían, hablaban, reían, oraban, cantaban! Ahora sólo se escuchaba el lento y pesado golpe de los remos al dirigirse a la orilla.

Cuando distaban de la orilla unos cien metros, alguien les grito: «¡Muchachos, ¿han cogido por casualidad algo que comer?» ¡Lo que faltaba! Aquel desconocido no solamente los ponía en evidencia, sino que se atrevía a pedirles en esas palabras algo para comer... a ellos, que ni siquiera tenían un charalito para llevárselo a la boca. Un bronco y malhumorado «¡No!» sonó al unísono. El desconocido de la playa, no obstante, tenía ganas de hablar. Los Apóstoles se sintieron heridos en su amor propio seguramente. A ellos, conocedores del lago, aquel desconocido les iba a decir dónde tenían que tirar la red. Reprimieron sin embargo el coraje, al fin y al cabo nada perdían con intentarlo una vez más. Siguieron el consejo de aquel hombre extraño porque presentían que algo especial venía.

Lo que sucedió después nunca supieron explicarlo. La red se hundía hacia el fondo del lago queriendo hundir la barca. Sí, ciertamente había algo especial, algo distinto a las sensaciones de hacia apenas unos cuantos minutos. Ahora tenían la sensación de que la barca se iba a volcar del lado derecho. Comenzaron todos a tirar de la red bastante sorprendidos, porque nunca antes habían pescado tanto como ahora. Es más, casi no tenían fuerza para sacarla. La red iba subiendo y aparecían pescados y más pescados, eran muchísimos... Jamás habían visto tantos peces juntos en una sola red.

Uno de aquellos hombres, a quien amaba el Maestro con un especial cariño paternal, porque era el más pequeño, se fijó detenidamente en el extraño que aún permanecía de pie en la orilla. Antes, cuando se había dirigido a ellos llamándoles «muchachos», su corazón juvenil le había brincado fuerte. Solamente una persona de sonrisa transparente los interpelaba a todos con ese cariño, aunque nunca en alguna otra vez las hubiera llamado con esa palabra... «¡Es el Señor!» (Jn 21,7), gritó Juan con fuerte voz.

Pedro abrió entonces unos enormes ojos y no esperó ni un segundo. ¡Cuántas cosas pasarían por su mente y su corazón mientras sus ojos brillaban y se llenaban de lágrimas! Se sujetó la ropa a la cintura y se tiró al agua. Nada le importaba, ni los peces ni la frialdad o la tibieza del agua, lo único que quería era llegar cuanto antes al que había proclamado como Mesías en aquella vez que le venía a la memoria ahora. Ni siquiera se detuvo antes de lanzarse para calcular distancias y tiempos. Lo único que buscaría sería llegar cuanto antes y volver a ser el Pedro de antes, aquel que por amor había dejado su casa y sus redes; aquel que por amor le había dicho a Jesús un día: «¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios!» (Mt 16,16) Seguro iría nadando pensando sin cesar: «¡Es el Señor... es el Señor... es el Señor!» y rebosante de gozo nadando cada vez más de prisa. Tal vez todos a coro se fueron uniendo al grito de alegría: «¡Es el Señor!».

La verdad es que aquellos hombres no tuvieron tiempo para detenerse en altas reflexiones. Como María, que después de la anunciación se encaminó presurosa, ellos también presurosos tras haber descubierto al Maestro vivían la sorpresa que Dios les estaba regalando. Al tocar tierra vieron las brasas, pescado y pan... esperando la parte que a ellos les tocaba para completar la celebración de aquel encuentro maravilloso. Jesús les dijo: «Traigan de los peces que han pescado ahora» (Jn 21,10). Atraídos por la mirada transparente y serena del Maestro no preguntaron de donde sacó aquel pescado y el pan, simple y sencillamente cumplieron con prontitud sus órdenes, añadieron algunos peces recién capturados y se sentaron a almorzar.

Antes de probar un solo bocado, el Señor ejecutó algunos gestos ya conocidos por sus discípulos: «Se acercó, cogió el pan y se lo repartió, y lo mismo hizo con el pescado» (Jn 21,13). ¡Qué sabor tan delicioso y desacostumbrado encontraron en aquel manjar! La comunión de Jesús de Nazareth, el Mesías, el Salvador, el Hijo de Dios vivo con sus discípulos no terminaría nunca... a la vez, todo era tan nuevo que no acertaban a explicarlo, se contentaban con vivirlo.

Esta vivencia les infundió un nuevo ardor, un ardor tan nuevo, tan maravilloso tan impetuoso, que al amanecer de aquel día abandonaron definitivamente el lago —a lo mejor sin vender siquiera aquel pescado sino regalándolo— y se esparcieron por toda la tierra pregonando: «¡Es el Señor! ¡Es el Mesías! ¡Es el Hijo de Dios!» 

Nosotros, los creyentes de nuestros tiempos, tenemos de mil formas y muchas veces un encuentro con el Maestro que nos tiene siempre algo preparado y solamente pide esfuerzo, entrega, sencillez y confianza. La Nueva Evangelización no espera para ir a gritar también nosotros: «¡Es el Señor! ¡Es el Mesías! ¡Es el Hijo de Dios!»... Es el Cristo de la Eucaristía, es la Palabra del Padre, es el Señor de la Misericordia.

Tenemos toda una escuela de santos y beatos, como San Pedro, san Pablo, San Juan Pablo II, el Beato Miguel Agustín Pro, las Beatas Teresa de Calcuta y María Inés Teresa Arias... No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Nuestra vida y nuestras acciones tiene que ser misioneras. Nuestra existencia no puede pasar sin dejar las huellas de Cristo por donde hallamos pasado.

Una mirada a María, Madre de la Iglesia, bastará para empezar ya. No hay tiempo para teorizar... ¿No podrán brillar nuestros ojos como los de Pedro en aquella ocasión en que escucho de Juan: «¡Es el Señor!»

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 22 de enero de 2016

«SAGRARIOS DEL ABSOLUTO»... vivir nuestro compromiso bautismal

Dios es principio de vida. Ha creado el mundo como semilla y ha confiado a la humanidad, representada por Adán y Eva, la gran tarea de conseguir que esa semilla se convierta en árbol fecundo. Así, la humanidad está llamada a colaborar con el Dios de la vida. 

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por revelación de Jesús sabemos que Dios es amor, familia trinitaria y comunidad de amor infinito (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Tomando a este Dios como fundamento, tenemos que vivir intensamente el amor formando la comunidad de los creyentes. Hombres y mujeres bautizados somos una especie de sagrarios del Absoluto. Aún teniendo una naturaleza débil y limitada, nos podemos abrir al infinito en búsqueda de realización total. Hemos de ser imitación de Cristo, por eso cada día que pasa, al vivir nuestro compromiso bautismal, hemos de purificar el corazón, este es el gran sueño de Dios, la gloria de Dios es el hombre en plenitud, decía san Ireneo.

Dios quiere siempre que triunfe la vida basada en su misericordia. Él nos eligió para vivir en el amor y ser misericordiosos como Él. Nosotros, que hemos sido llamados por Dios gracias al bautismo y a una vocación específica, estamos llamados antes que nada a ser discípulos y misioneros de Cristo.

¿Cuál es el plan que Dios tiene para mí? Tengo que ubicarme y encontrarlo, yo tengo un espacio en el Corazón de Jesús para que mi corazón se vaya tras Él. Todo en mi, debe estar ordenado hacia el fin último. Debo disponerme siempre a preferir lo que más y mejor conduce al fin, sin dejarme llevar por los afectos naturales. Debo entregarme totalmente a la voluntad de Dios, a pesar de los límites personales: salud, edad, lugar concreto de vida, vocación específica, situación actual, etcétera, recordando que desde el bautismo todos somos misioneros. Dede nuestro bautismo, el Señor nos llamó para estar con él y para enviarnos a predicar (Mc 3,13-14). En nuestra respuesta vocacional específica —sea cual sea nuestra vocación— la misión no se puede entender simplemente en sentido geográfico, sino que llega a los areópagos modernos, los nuevos mundos y los fenómenos sociales y culturales que están sedientos de Dios.

Nuestro ser de misioneros exige que tengamos una relación personal con el que nos llamó a ser sus discípulos y a quien hemos de anunciar, una unión de corazón a corazón que se renueve día a día impregnando nuestras vidas de su misericordia. “Todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso.”[1]

Nuestra vocación de oyentes y seguidores del Señor, se sostiene en el compartir la comida del Señor en su Palabra y en su Eucaristía principalmente. El mismo que nació en «Belén», que significa: «La casa del pan», nos reúne especialmente el Domingo, así como cada día, para comer con él como lo hacía con sus discípulos. Al llamarnos, Dios quiso establecer con nosotros un parentesco espiritual y místico. Nos llamamos en la fe «hermanos» y «hermanas» en Cristo, y cada vez que nos acercamos al Señor en su Eucaristía y en su Palabra le decimos: «Dame de beber».[2]

En la Sagrada Escritura, para designar la vocación, misión o inspiración de algún personaje, se emplea muchas veces una frase en tono de solemnidad: «Entonces fue dirigida la palabra de Dios a...»[3] En cada Eucaristía, en esos momentos de cielo de contemplación del misterio de la celebración de la Santa Misa, cada bautizado es un elegido, un alma de caridad, de paz, de reconciliación, de comunidad que escucha la Palabra y se fortalece con la Eucaristía para ser «pan partido» para el mundo, signo viviente de la misericordia de Dios.

Todo bautizado es frágil, lo sabemos. Somos creyentes que «llevamos este tesoro en vasos de barro, frágil y quebradizo; para que se reconozca que la grandeza del poder que se ve en nosotros es de Dios y no nuestra.»[4] Por eso necesitamos de la Eucaristía y de la Palabra que siempre nos sostendrán.

Y hay alguien vital en todo esto, alguien que vivió de la Palabra y de la Eucaristía para mantener el «Sí»: ¡María Santísima!, la humilde sierva del Señor, la joven de Nazareth, dichosa por escuchar la palabra de Dios y vivirla[5]. Ella hizo la Eucaristía en su vientre para nosotros. Amasó el Pan que ahora nos alimenta.

Dejemos en el corazón unas palabras de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que nos ayuden a valorar el don que recibimos en La Palabra y la Eucaristía y aumenten en nosotros la confianza en la infinita misericordia del Señor:

“Mi alma reboza en estos momentos de agradecimiento; de paz; ¡Que bien se vive con Jesús! ¡Cuán bueno ha sido siempre para mí! Cómo quisiera empezar de nuevo una vida santa, no a medias... tenemos que ser santos con la santidad de él, no con nuestra falsa santidad adquirida, ¿o no es así? Entonces me apropio sus méritos infinitos y los ofrezco al Padre Celestial; ofrezco a él mismo, a Jesús, como rescate de mi propia santificación. Y ahorita me siento, de veras enamorada, toda de Dios. Que él haga de mí lo que quiera”.[6]



[1] ECCLESIA DE EUCARISTÍA # 60.
[2] Jn 4,10.
[3] Cf. Jer 1,4 y 11; Lc 3,2 como casos típicos y que decir de María Santísima en varias ocasiones en su vida.
[4] Cf. 2 Cor 4,7.
[5] Lc 11,27-28.
[6] Carta a su director espiritual, Cuernavaca, agosto 8 de 1950.