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jueves, 1 de noviembre de 2018

«El Altar de Muertos»... La visión desde la fe católica


En México, especialmente en algunos estados del centro del país, en nuestros días, se celebra con mucho sentido «la fiesta de los muertos», una celebración de origen prehispánico que honra a los difuntos, y que fue «cristianizada» desde la fe católica por los primeros misioneros. Los antiguos mexicas y otras etnias como los purépechas, nahuas y totonacas celebraban esta fiesta para entrar «en contacto» con los muertos a través de «una ofrenda». Los indígenas hacían una gran celebración en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz y creían que ese día de fiesta, los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra. 

Así, la historia de México muestra que el culto a la muerte en este país lleno de tradiciones, se remonta por lo menos a 1800 años A.C., y que llegó a tener un gran auge con ellos, los mexicas, que eran considerados el «pueblo de la muerte», pues para ellos la muerte no representaba el final de la vida, sino simplemente veían este paso como una transformación. Creían que las personas muertas, a las que ellos no enterraban sino incineraban, se convertirían en colibríes para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección. Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban «Mictlán», que significa «lugar de la muerte» o «residencia de los muertos» para purificarse y seguir su camino. Las festividades eran presididas por el dios Mictecacihuatl, conocido como «La Dama de la Muerte» (actualmente sería «La Catrina») y eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, en aquella fiesta, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues decían que este día tenían permiso para regresar a este mundo y visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra. Adornaban, además, los lugares del encuentro con flores de cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo, para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán. 

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos y dándole un sentido cristiano a los elementos que componen el altar de muertos. 

Estos misioneros, hombres llenos de fe, que se dieron a la tarea de leer los signos de los tiempos en aquel entorno, les enseñaron a darle un sentido cristiano y entre los elementos más representativos del altar que se conservaron se hallan los siguientes:

La imagen del o de los difuntos en retratos, pinturas o dibujos de quienes ya han dejado este mundo y a quienes se dedica la ofrenda. También se colocan imágenes religiosas que manifiestan la unión entre la «Iglesia peregrina», aquí en la tierra; la «Iglesia purgante», en el tiempo de espera en el purgatorio y la «Iglesia triunfante» en el cielo, a donde todos esperamos llegar.

El camino de flores de cempazúchitl, como camino que dirige hacia el templo católico, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo. Esta flor es símbolo de Dios que hace florecer la vida de las almas y proclama, con su belleza, la flor habla de la vida eterna como don de Dios. Además del camino de pétalos de esta flor, de coloca una cruz elaborada con los mismos pétalos. Esa cruz florida significa que todos los caminos, los cuatro puntos cardinales, los brazos de la cruz, llevan a Dios, el centro donde se cruzan los brazos. Nos habla también de la redención de Cristo, vencedor de la muerte.

Los indigenas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían junto del altar de muertos que adornaban festivamente para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios y les explicaron que el papel picado y de de colores, recortado con motivos alusivos a la muerte, tiene el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida, como ellos ya lo creían.

El altar sigue siendo, hasta la fecha, la representación iconoplástica de la visión que el pueblo mexicano tiene sobre el tema de la muerte, y de cómo la alegoría conduce a distintos temas implícitos y los representa en forma armónica dentro de un solo enunciado: «El altar» que, desde antiguo, se colocaba con velas, por tradición las más que sea posible, porque la luz era para que «los invitados especiales» supieran por donde llegar y por donde retirarse al amanecer. Hoy estas velas, para el creyente, significan la iluminación del camino para que las almas lleguen a disfrutar de la luz divina, recordando que en un cirio encendido, la Iglesia simboliza la resurrección de Cristo en la Pascua. En Él nos movemos, existimos y somos, y por eso recordamos a la iglesia triunfante que goza ahora de la presencia beatifica de Cristo y con Él de la Trinidad. Al igual que la Santísima Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, sufre la muerte de su Hijo, también, como ella, la Iglesia se goza de su Resurrección Gloriosa y espera la resurrección de todos en el último día.

El vaso de agua, que siempre es colocado (uno o varios) sobre el altar, y que era «para calmar la sed del caminante«, es ahora signo del agua viva para nunca tener sed. La gracia, participación de la vida divina, también se simboliza con el agua, de la cual tenemos sed.

El copal es el incienso mexicano que desde tiempos ancestrales se utiliza, es un elemento representativo que une la tierra con el cielo. Con el incienso, la Iglesia simboliza la oración, la alabanza grata a Dios que llega a su presencia pidiendo por nuestros difuntos.

Un plato con sal, que hace referencia al Bautismo en el que antiguamente se daba a los niños un poco de sal para saborear a Cristo que nos invita a ser sal del mundo y a darle sabor a la vida de los demás anunciando la Buena Nueva del Evangelio.

Las ofrendas pueden variar y consisten principalmente en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, el pan (que no puede faltar), flores y diversos gustos con los que se recreaban. Estas ofrendas, para el cristiano, simbolizan las oraciones y sacrificios que los vivos ofrecerán por la salvación de los familiares y amigos difuntos. Es un signo de comunión, lo cual no significa que nuestros difuntos bajen a comer o a recrearse con nosotros.

Esta fiesta mexicana va cargada de toda una serie de elementos del folklore que únicamente se ven en esta época del año y que giran en torno a los muertos. Uno de ellos es el pan de dulce llamado «pan de muerto» hecho con levadura, un pan con una bola en medio que representa una calavera y adornos en forma de huesitos que todos degustan en la cena del día 1 y el desayuno del día 2 de noviembre recordando que todos vamos a morir. Hoy comemos el Pan de Vida, la Eucaristía, presencia real de Cristo, que murió para que tuviéramos vida.

También en estos días son muy tradicionales los cráneos hechos de azúcar o chocolate, que se regalan a las amistades, con su nombre escrito en la frente. Parte de los obsequios representativos son «Las calaveras» versos con rima escritos por la gente, y que narran de forma graciosa, con ironía, picardía y gracia, el encuentro con la Muerte de familiares, amigos o personajes de la política.

Los comerciantes han sabido aprovechar esta fiebre mortuoria y quizás gracias a ellos es que en la actualidad las ciudades también festejan este evento tradicional. Aunque en las ciudades las celebraciones son muy importantes, los lugares más tradicionales para esto son Janitzio, Pátzcuaro y Tzintzuntzan en Michoacán y algunos lugares de Oaxaca.

Yo les dejo aquí mi calavera de este año:

Estaba el padre Alfredo
sumergido en sus libros
para comentarlos en su blog
junto a una canción.

En eso llegó la huesuda y le dijo:
«padrecito, se acabó la función».
Ha llegado el día de llegar
al final de la estación.

El cielo te espera para leer y leer
sin ninguna interrupción,
amando y contemplando al Señor,
en una eterna fascinación.

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de julio de 2017

LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN FIJAR LA CRUZ EN SU CORAZÓN... Enfermedad, ancianidad y misión VIII.


Hace relativamente poco tiempo, en varias naciones del mundo se dio una situación que llamó la atención y que ha seguido. En diversos países se empezó a hacer presión para retirar el crucifijo de los salones de las escuelas y universidades y de los lugares públicos, y alguien, el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., decía: «Nosotros, los cristianos, lo debemos fijar más que nunca en las paredes de nuestro corazón» (Ejercicios Espirituales a la Curia Romana, 7 abril 2006).

En la reflexión anterior de esta serie que comparto sobre estos temas de «Enfermedad, ancianidad y misión» hablé de la muerte, recorriendo el testamento de san Pablo, el de san Juan Pablo II y el de la beata Madre Inés. Ahora me detendré en el tema de la Cruz, porque el misionero, si quiere ser fuerte y llegar con entereza a ese momento de la expiración, debe caminar al Calvario y entrar en la Pasión del alma de Jesús, que es mucho más dolorosa que la que se puede sufrir en el cuerpo, para desvelar, uno a uno, todos los elementos que confluyeron en ella, y llenarse de valor para la entrega del último momento. El misionero debe pasar de la contemplación de la Pasión, a la propia respuesta a ella, pues como subraya el Apóstol Pablo, Jesús «fue entregado a la muerte “por nuestros pecados”» (Rm 4,25). Y la Pasión, inevitablemente, nos es ajena mientras no se entra en ella por esa puertecita estrecha del «por nosotros». Conoce verdaderamente la Pasión sólo aquel que reconoce que es también obra suya.

La «pasión» de Jesús forma parte de su misterio pascual. Indica su sufrimiento, especialmente desde Getsemaní hasta la cruz, pero como «paso» o «Pascua» hacia la resurrección. Jesús mismo profetizó varias veces su pasión, señalando siempre el objetivo redentor por medio de su muerte y resurrección (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19.28). En la tradición de la Iglesia y en la vivencia de los santos, se ha recalcado siempre que la verdadera causa de la pasión y muerte de Cristo han sido nuestros pecados (cf. CEC 598). El egoísmo humano va produciendo, a través de la historia, estas expresiones de injusticia y de muerte de los inocentes; pero el caso típico es lo que se ha hecho con Jesús, el hijo de Dios, que vive y sufre en cada corazón humano (cf. Mt 25,40).

La perspectiva en que se mueve Jesús es la de la Pascua, como realización de la Nueva Alianza o pacto de amor. Por esto, Él afronta la pasión como «esposo» (cf. Mt 9,15; 22,2). En esta perspectiva pascual, la pasión es para Jesús «la copa de bodas» que el Padre le ha preparado, para dar la vida por su esposa la Iglesia (cf. Jn 18,11; Lc 22,20; Mc 10,38). El «da la vida» así, como esposo de toda la humanidad (cf. Jn 10,15-18). Sus últimas palabras y su costado abierto (cf. Jn 19,34-37), son la expresión de una vida donada, que se ha convertido en la razón de ser de la vida de los santos: «Murió por todos, para que los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitó por ellos» (2Cor 5,15).

Por medio de los sacramentos, el cristiano recibe el fruto de este sacrificio. Por medio de los sufrimientos transformados en donación, puede «unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo» (CEC 1521) y «completar» sus sufrimientos (cf. Col 1,24). En la Eucaristía se hace presente el sacrificio redentor de Cristo «La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa e agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres» ( CEC 1992). La meditación de la pasión de Cristo siempre ha sido una constante de la vida de los santos, y debe serlo en la vida del misionero. La pasión se ha presentado siempre como un itinerario de santidad. Un conocerse a sí mismo a la luz del amor de Cristo, para decidirse a amarle y hacerle amar con su mismo amor. La predicación y la meditación de la Pasión son un momento privilegiado para acelerar este itinerario de santidad y de misión. A veces se ha expresado este itinerario por medio de las llagas de Cristo: por sus pies (purificación) y sus manos (iluminación), hacia su Corazón (unión).

Según la enseñanza de los santos, como puede verse en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, la pasión se medita desde los sentimientos o amores de Cristo. En realidad, se trata de «tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5) en su «anonadamiento» y en su «glorificación» (cf. Fil 2,5-1). Se intenta entrar en sintonía con Cristo, hasta experimentar «dolor con Cristo doloroso» (San Ignacio de Loyola, tercera semana de los Ejercicios Espirituales). Jesús fue prendido en el Huerto de los Olivos, allí el Señor experimentó en su propia carne hasta que punto una experiencia crucial es capaz de derribar las más firmes voluntades. «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mt 26,38-39).

Algunos comentaristas, estudiosos de la Sagrada Escritura, siguiendo el ejemplo de los santos, han dado mucha importancia a la meditación sobre Getsemaní, a modo de «clave» para entrar en los sentimientos de Cristo. Se quiere captar la interioridad de Cristo desde sus mismas palabras y gestos, a partir de su amor al Padre y a toda la humanidad, hasta dar la vida en sacrificio. Este amor es fuente de dolor. Dios no es amado («el Amor es amado», dice San Francisco de Asís). La humanidad está en pecado —del que Cristo se hace responsable—, su donación total se encuentra con el aparente «silencio» de Dios expresado en el sudor de sangre en Getsemaní y en el «abandono» en la cruz. La predicación y la meditación de la Pasión, ha sido llamada «la escuela de los santos y de los apóstoles», precisamente como momento privilegiado para entrar en sintonía con la interioridad de Cristo, para «crucificarse"» con él (Gal 2,19; 1Cor 2,2). Esa es la clave para captar la reacción de los «santos», no sólo ante la persecución, sino principalmente ante las humillaciones, la marginación por parte de los demás, y el conocimiento claro de la propia falta de generosidad ante tanto amor de Cristo. De esta sintonía ha nacido el «celo de las almas», como contagio de la «sed» de Cristo en la cruz (Es el caso, entre otros, de Santa Teresita del Niño Jesús). Las dificultades del apostolado, en medio de la adversidad por la enfermedad, la ancianidad o alguna otra debilidad, se convierten en una nueva maternidad eclesial a ejemplo de María al pie de la cruz (cf. Jn 16,21-23; Gal 4,19).

San David Uribe, santo mexicano que forma parte del grupo de 25 mártires encabezado por san Cristóbal Magallanes, que nació en 1881 y murió fusilado el 12 de abril de 1927, cuando manifestó que quería ser sacerdote, platicó con su papá y le dijo que sentía llamado al sacerdocio, el papá le dijo: «Se acerca el tiempo en que los sacerdotes serán perseguidos, maltratados, ultrajados y a muchos los matarán». David le contestó: «Esto no me da miedo; ojalá tuviera la dicha de dar mi vida por Jesús». En febrero de 1927, dos meses antes de ser fusilado escribió en una carta: «Si fui ungido con el óleo santo que me hizo ministro del Altísimo, ¿por qué no he de ser ungido con mi sangre en defensa de las almas redimidas con la sangre de Cristo? Éste es mi único deseo, éste es mi anhelo». El apóstol ama a Cristo y sólo a Él. El encuentro diario y profundo con Jesús, fortalece el corazón del misionero y lo lleva a unirse a Él en su pasión. Dice la beata María Inés: «Sabes que a pesar de mi fragilidad y mi miseria, sólo a Ti te amo, pero quiero amarte, no a medias, sino con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con pasión» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Nadie puede llegar a dar la vida por Cristo si no se encuentra con Él. Para vivir la vocación plenamente «se requiere, ante todo, valor y la exigencia de "vivir íntimamente unidos" a Jesucristo» ( Pastores dabo vobis 46). La beata María Inés, reflexionando en todo esto escribe: «¿Qué cosa en la vida podrá parecernos dura? ¿Qué humillación, qué desprecio, qué desolación, qué dolor podrá parecernos grande si comparamos esto a las humillaciones de Jesús, a sus deshonras, a sus afrentas, a sus desolaciones, a sus abandonos? Todo es nada comparado con lo que «el Maestro» sufrió por mí: entonces yo, por amor a Él; aceptaré con alegría todo lo que me venga de penoso, de doloroso; y más aún, iré a buscarlo, así como el Señor fue al encuentro del traidor Judas» (Notas Íntimas).

No sabemos si el Señor nos encuentre dignos del martirio de sangre, pero, ciertamente, a lo largo de nuestra vida consagrada, hemos descubierto ya la presencia de un martirio de la vida de cada día, en el constante «entregarlo y hacerlo todo por amor al crucificado», buscando hacer la voluntad de Dios, ejercitando nuestro compromiso bautismal. Dice Madre Inés a los miembros de la Familia Inesiana por ella fundada: «El cumplimiento amoroso de sus deberes es una de las características de un misionero. Todos y cada uno haciendo lo que la obediencia le haya encomendado y como se lo hayan ordenado sin inmiscuirse en lo de los demás. En todas las casas hay muchísimo quehacer, cada uno se va a poner a desempeñar lo suyo con amor, con alegría y ayudar a sus hermanos siempre que le sea posible» (Carta circular de 1958).

San Pablo, que bien supo de sufrimiento, de dolor y de pasión, escribe: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judíos, que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él predicaba con implacable ardor, porque tenía grabada en su propia vida, la contemplación de la Pasión. Gozos, penas, alegrías, tristezas, tentaciones del ser humano, no le son ajenas a Dios. En Cristo crucificado Él lo comparte todo. El amor que Dios nos tiene es tan grande que se ha identificado con nosotros y lo ha entregado todo. «Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su Cruz de cada día y sígame» (Mc 8,34).

El Papa Emérito, Benedicto XVI, en el discurso que en la Navidad del 2005 dio a la Curia Romana decía: «El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de sufrimiento al lado de los demás... Cristo, sufriendo por todos nosotros, confirió un sentido nuevo al sufrimiento, lo introdujo en una dimensión nueva, en nuevo orden, el orden del amor... La Pasión de Cristo en la Cruz ha conferido un sentido radicalmente nuevo al sufrimiento, lo transformó desde dentro... Es el sufrimiento lo que quema y consume el mal con la llama del amor... Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad encierra una promesa de salvación… debemos hacer lo posible para que los hombres puedan descubrir el sentido del sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo» (L’Osservatore Romano, 23 de diciembre de 2005). 

La Cruz nos acompaña cada día, la cruz es la compañera inseparable, la dulce compañera que, cuando se sabe aceptar y amar, llena de dicha todos los intereses de la vida. Desilusiones, incomprensiones, malos entendidos, problemas, fracasos, burlas, acusaciones, zancadillas... no nos pueden detener ni vencer. Vamos tras un Jesús crucificado y vamos con la propia cruz que a veces es la enfermedad, el dolor, la incomprensión, la soledad, la debilidad. Una vida sin problemas no sería una vida cristiana, porque sería una vida sin cruz.

Quiero ahora colocar aquí otro testimonio, es el testimonio de una muchacha italiana, llamada Ileana, quien descubrió a los 21 años que tenía una enfermedad incurable. Sufrió mucho, porque no entendía como es que, tan joven, habría de vivir así esperando la llegada de la muerte. El 2 de abril de 2005, cuando ya era de noche, vio llorar a su madre frente a la televisión y se acercó. El toque de las campanas anunciaba el fin de la agonía de san Juan Pablo II. De repente se dio cuenta de que estaba rezando con su madre llorando, en medio de un diluvio de lágrimas que inundaba el mundo, por la muerte de alguien a quien nunca quiso escuchar, la vida de aquel gran hombre, se había apagado como una vela, después de haber encendido otras miles. Fue el tiempo de la reflexión y del silencio. «En ese momento, —dice la chica—, vislumbré por primera vez el proyecto que Dios tenía para mí. Entendí que el sufrimiento que me había dado hacía posible que esa noche captara e hiciera mío el testimonio de Juan Pablo II: El Papa había aceptado plenamente su sufrimiento para que nosotros aceptásemos el nuestro y lo mostráramos al mundo. Los hombres necesitan ver que además del propio dolor, existe el de los demás, necesitan compartirlo para poderlo soportar. Durante años no había entendido la razón por la cual Juan Pablo II había continuado estando a la cabeza de la Iglesia, a pesar de su enfermedad y sus crecientes limitaciones. Entendí sólo después de su fallecimiento, que la enfermedad estaba destruyendo su cuerpo, pero reforzando su alma. Sólo esa noche comprendí que un cuerpo sin alma, no podía sobrevivir, mientras un alma podía resplandecer después de la transformación de la materia» (Valentina Alazraki, “En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, Ed. Planeta, México 2006. p.p. 196-197).

Después de dos meses exactos de la muerte de san Papa Juan Pablo II, esta chica pudo, a pesar de su salud bastante deteriorada, visitar la tumba del santo y cuenta que, desde ese día, decidió que aceptaría su cruz, la cruz de aquella enfermedad incurable, porque la compartiría con él. A partir de aquel momento, a pesar del empeoramiento de la enfermedad, encontró la fuerza para seguir adelante en su camino, por doloroso que fuera. El Papa Juan Pablo II había optado por no bajarse de la Cruz y quiso consumirse hasta el extremo de sus fuerzas. Su testimonio fortaleció a Ileana y a muchos más. 

«Llevar la cruz sólo con la fuerza humana, es exponerse a derrotas inesperadas. Llevarla con los estímulos de la creencia en la bondad infinita, es asumir una actitud que presta al hombre auxilios vigorosos para alcanzar espléndidos triunfos en los más amargos trances de la vida» (Miguel Rizzo Jr., “Sufrimiento Victorioso”, Ed. Alba, México, 1938, p. 74).

La Escritura nos dice que al pie de la Cruz del Crucificado estaba María su Madre. La Madre del Señor y Madre nueestra, la que más sabe del amor a Dios y a la humanidad. Cristo nos deja en sus manos para que podamos llevar la cruz de cada día. Pensando en cada uno de nosotros, desde la cruz, le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26).

Recemos juntos: Señor Jesús, que moriste por mí, cuatro cosas hoy te vengo a pedir: Paciencia para sufrir, fuerza para abrazar la cruz, valor para resistir hasta el finaly serenidad al momento de partir. Amén.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 30 de junio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN DARLO TODO»... Enfermedad, ancianidad y misión II.


En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el número 23 está dedicado a lo que él denomina: «Principio y Fundamento». EL santo español nos dice que «el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impidan. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados» (Cf. Ejercicios Espirituales Ignacianos n. 23). 

Es con estas palabras de San Ignacio que abro esta reflexión, recordando, a la vez, que la beata Madre Inés, hablando de nuestros hermanos Vanclaristas decía que quería que fueran personas «que se apasionaran por Cristo» (Cf. Guía del Vanclarista). Si san Ignacio, en sus Ejercicios, dice que «el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor», entonces es necesario comprender que esa pasión de la que habla la beata María Inés, debe ser la pasión de todo aquel que ha sido llamado por Dios.

La palabra «pasión» tiene dos significados: puede indicar un amor vehemente, «pasional», o bien un sufrimiento mortal. Existe una continuidad entre las dos cosas, y la experiencia diaria muestra cuán fácilmente se pasa de una a la otra. Así fue también, y antes que nada, en Dios. Hay una pasión —escribió Orígenes— que precede a la encarnación. Es «la pasión de amor» que Dios desde siempre alimenta hacia el género humano y que, en la plenitud de los tiempos, le llevó a venir a la tierra y padecer por nosotros» (Cf. Orígenes, Homilías sobre Ezequiel, 6,6 "GCS, 1925, p. 384 s"). 

Jesús nos revela, realizándolo él mismo, el ideal cuya impronta llevamos, pero deteriorado por la confusión y la opacidad. Al mismo tiempo, nos revela el mal en que estamos sumergidos, y del que él nos salva. Se convierte así en el único ser que puede llevarnos a nuestro fin. Una vez hecho solidario de nuestra vida y de nuestra muerte, es él la revelación de la Imagen de Dios, según la cual hemos sido creados. Por tanto, su presencia en nosotros es lo que nos conduce al primer estadio de toda vida espiritual: la conversión del corazón. 

Los judíos, puestos bruscamente en presencia de las maravillas de Pentecostés, preguntaban a Pedro y a los apóstoles que se las anunciaban: «Hermanos, ¿qué debemos hacer?» (Hch 2,37). El amor, manifestándose, esclarece las tinieblas de que él nos libra. El hombre, conmovido en sus más íntimas profundidades, suspira por la justicia, que no le pertenece, sino que es de Dios, que justifica al pecador. 

En la reflexión anterior, hablé de la fuerza de la debilidad. En realidad, en el desarrollo de nuestra vida, deberíamos hablar de «implicación recíproca». Una cosa no puede separarse de la otra, la fuerza es el conocimiento de Jesús y la debilidad es el conocimiento de nosotros mismos. Quien examina las cosas desde fuera, ve conceptos sucesivos, pero el que los vive en su corazón, descubre en ellos la continuidad de la obra del Espíritu. El paso a través de las purificaciones no puede consumarse sin que Cristo aparezca presente en la cruz y en la gloria de su Resurrección. 

Cuanto más avanza en Cristo la vida de cualquiera, tanto se hace sentir más esta profunda continuidad. Los amigos más íntimos de Cristo se reconocen los mayores pecadores, los más débiles, los más necesitados de médico. Una y otra cosa la afirman con la unidad que da el amor. Al principio tenemos la tendencia de oponer ambas cosas. Es un síntoma de que la vida espiritual tiene aún mucho por hacer. Poco a poco todo se convierte en uno: «Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10b). El pórtico de esta etapa es, pues, al mismo tiempo, una invitación a sentir la llamada de la vida y no menos a sentir el lastre que nos impide responder a ella. La búsqueda del amor pone en mi, de manifiesto, esa resistencia: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Estoy dividido y toda la humanidad lo está también conmigo. ¿Quién me librará? No puedo superar esa división sino en Jesús, que me repara. El hombre no puede ser capaz de salir del infierno en que se da cuenta que está, sino en Jesús, que desciende hasta el mismo hombre y le lleva consigo al Padre.

San Pablo, en su segunda carta a Timoteo escribía: «Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por la avidez de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a los mitos» (2 Tm 4,3-4). Esta palabra de la Escritura —sobre todo la alusión a la avidez de oír cosas nuevas— se está realizando de modo nuevo, continuo e impresionante en nuestro tiempo. Millones de personas son inducidas en este mundo globalizado por hábiles retocadores de antiguas leyendas a creer que Jesús de Nazareth nunca fue, en realidad, crucificado. Ejerciendo mi ministerio hace poco en Houston, colaborando en dos parroquias: San Juan Bautista y El Espíritu Santo, me he encontrado que en Estados Unidos hay un libro que es best seller, una edición del Evangelio de Tomás, presentado como el evangelio que «nos evita la crucifixión, hace innecesaria la resurrección y no nos obliga a creer en ningún Dios llamado Jesús» (Cf. H. Bloom, en el ensayo interpretativo que acompaña la edición de M. Meyer, "The Gospel of Thomas", HarperSan Francisco, s.d., p. 125.

«Existe una percepción penosa en la naturaleza humana, —escribía hace años el mayor estudioso bíblico de la historia de la Pasión, Raymond Brown—: cuanto más fantástico es el escenario imaginado, más sensacional es la propaganda que recibe y más fuerte el interés que suscita. Personas que jamás se molestarían en leer un análisis serio de las tradiciones históricas sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son fascinadas por cada nueva teoría según la cual Él no fue crucificado y no murió, especialmente si la continuación de la historia incluye su fuga con María Magdalena hacia La India... (o hacia Francia, según la versión más actualizada), recordando el furor del otro famoso best seller de años recientes: «El Código Da Vinci». Estas teorías demuestran que cuando se trata de la vida de Jesús, especialmente hablando de la pasión, la ficción supera la realidad y frecuentemente, se pretenda o no, es más rentable cuando se le ponen invenciones que no dejen sentir la debilidad» (R. Brown, The Death of the Messiah, II, New York 1998, pp. 1092-1096).

Se habla en nuestros días en libros o películas de la traición de Judas, y no se percibe que se está repitiendo. Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del Sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios... Nadie conseguirá frenar esta ola especulativa que ha registrado una crecida con la película que se hizo del libro y la continuación de esta especie de zaga revestida de New Age; pero habiéndome ocupado durante algunos años de seminario de Historia de los Orígenes Cristianos, siento el deber de llamar la atención sobre un equívoco descomunal que está en el fondo de toda esta literatura pseudohistórica, los evangelios apócrifos sobre los que se apoyan ésta y muchas de las películas de hoy, son textos conocidos de siempre, en todo o en parte, pero con los que ni siquiera los historiadores más críticos y hostiles hacia el cristianismo, pensaron jamás, antes de hoy, que se pudiera hacer historia. Sería como si dentro de algún siglo se pretendiera reconstruir la historia actual basándose en novelas escritas en nuestra época. 

El error garrafal de todo esto consiste en el hecho de que se utilizan estos escritos para hacerles decir exactamente lo contrario de lo que pretendían. Estos forman parte de la literatura gnóstica de los siglos II y III. La visión gnóstica —una mezcla de dualismo platónico y de doctrinas orientales revestida de ideas bíblicas— sostiene que el mundo material es una ilusión, obra del Dios del Antiguo Testamento, que es un dios malo, o al menos inferior; Cristo, dicen ellos, no murió en la cruz, porque jamás había asumido, más que en apariencia, un cuerpo humano, siendo éste indigno de Dios (docetismo).

El mundo material no es ilusión, es «vanidad», que es algo muy real y diverso de lo que es ilusión. Con razón Madre Inés decía: «La única realidad eres tú Jesús», no porque todo sea ilusorio, sino «vanidad de vanidades». El libro el Eclesiastés, cuando dice que «todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión» (Ecl 1,2), lo hace para darnos a entender esto: todo es pasajero, todo es vano. Hay un problema fundamental para el hombre: el del sentido de actuar y trabajar en el mundo. Qohélet (Eclesiastés) expresa en términos desconsoladores: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?». El interés en las vanidades del mundo acalla todo sentimiento y deshumaniza. Este es el mundo en el que vivimos, el mundo que espera nuestra acción misionera, el mundo que necesita nuestros dolores, nuestros sufrimientos, para alcanzar la redención.

Quiero recordar ahora la parábola del rico necio que cree tener seguridad para muchos años por haber acumulado muchos bienes, y a quien esa misma noche se le pedirán cuentas de su vida (Lc. 12,13-21) y que Jesús pronunció justo cuando un hombre había hecho de su herencia, el único motivo de relación con su hermano: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia» (Lc, 12,13s). Me voy a la parte donde Jesús concluye la parábola con las palabras: «Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece de lo que vale ante Dios». Existe, entonces, una vía de salida al «todo es vanidad»: enriquecerse ante Dios. En qué consiste esta manera diferente de enriquecerse lo explica Jesús poco después, en el mismo Evangelio de san Lucas: «Háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla; porque donde esté su tesoro, allí estará también su corazón» (Lc 12, 33-34).

Habiendo perdido toda fe en Dios, hoy, con frecuencia, muchos se encuentran en las condiciones de Qohélet, que no conocía aún la idea de una vida después de la muerte. La existencia terrena parece en este caso un contrasentido. En la actualidad ya no se usa el término «vanidad», que tiene cierto sabor religioso, sino el de «absurdo». «¡Todo es absurdo!». El teatro del absurdo (Beckett), que floreció en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era el reflejo de toda una cultura. Los que evitan la tentación de la acumulación de las cosas, sin el sentido religioso que la religión da a la pobreza y al desprendimiento, como es el caso de ciertos filósofos y escritores, caen en algo que tal vez es peor: la «náusea» ante las cosas. Las cosas, se lee en la novela «La náusea» de Sartre, están «de más», son oprimentes. En el arte, vemos las cosas deformadas, objetos que se aflojan, relojes que cuelgan como estirados o aguadándose (ver «La persistencia de la memoria» de Salvador Dalí, como ejemplo). A esto se le llama «surrealismo», pero más que una superación, es un rechazo de la realidad. Todo exhala putridez, descomposición. ¡El abandono de la idea del cielo ciertamente no ha hecho más libre y alegre la vida en la tierra!

El pasaje evangélico del rico necio, nos sugiere cómo remontar esta peligrosa pendiente. Las criaturas volverán a parecer bellas y santas a la humanidad el día en que dejemos de querer sólo poseerlas o sólo «consumirlas» y se les restituya al objetivo para el que fueron otorgadas por el Creador, que es el de alegrar nuestra vida, aquí abajo, y facilitarnos alcanzar nuestro destino eterno. 

A veces, a lo largo de mi vida como misionero, me he encontrado personas creyentes, de fe profunda, incluso consagrados o consagradas que, aquejados por alguna enfermedad grave o casi al final de sus días me dicen: ¿Qué he hecho en este mundo? ¿Y cuáles son mis obras? Hay algo que podemos llevar con nosotros, que nos sigue a todas partes, también después de la muerte que ha de llegar: no son los bienes, sino las obras; no lo que hemos tenido, sino lo que hemos hecho. Lo más importante de la vida no es por lo tanto tener bienes, sino hacer el bien. El bien poseído se queda aquí abajo; el bien hecho lo llevamos con nosotros. Y cuando estas personas se sienten con las manos vacías, en el ocaso de su vida, es porque lo han dado todo. No podemos alcanzar a ver el bien que el Señor ha hecho gracias a nuestro «Sí». 

La vida que se nos ha dado, con todo el bien que Dios ha hecho a través de nuestra consagración en la misión gira en torno a una única realidad: «Jesús de Nazareth». Y por eso Él, cuando el momento del dolor aprieta, cuando parece sentirse que se está en el ocaso, se presenta como el Amigo Fiel que no abandona.

El cardenal Van Thuân, de quien ya he hablado en la reflexión anterior, cuando estaba en la cárcel, sin saber si el final de su vida se acercaba ya, en medio de las condiciones de pobreza y de adversidad en todo sentido, dando gracias porque clandestinamente, todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la Eucaristía, exclamaba: «Cada día pude arrodillarme ante la cruz con Jesús y beber con él su cáliz. Cada día, al recitar la consagración, confirmé con todo mi corazón y con toda mi alma un nuevo pacto eterno entre Jesús y yo, a través de su sangre mezclada con la mía» (Juan Pedro Oriol, «Todos los días, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebraba la Eucaristía», Artículo en Internet). 

Estos momentos de reflexión, se pueden convertir en una oportunidad maravillosa para valorar, entre otras cosas, el encuentro con «Jesús, la única realidad» en la condición de enfermedad o debilidad que nos acompaña. Cuando se vive el encuentro con Él la vida cambia. Dice la beata María Inés Teresa: «Su vida en adelante debe ser un himno; un himno no interrumpido de amor y gratitud hacia ese Dios tres veces santo que, no desdeñándose de su bajeza y ruindad, le ha escogido…» (Lira del Corazón, Primera Parte, Cap. I, p. 14.

Quiero terminar esta reflexión con unas palabras del Papa Emérito Benedicto XVI en una visita que hizo a un Hospital de Italia y completar esto con una frase de las cartas de san Pablo: Dice Benedicto XVI: «Ciertamente, el sufrimiento repugna a la sensibilidad humana; pero es verdad que, cuando se lo acoge con amor, con compasión, y está iluminado por la fe, se convierte en una valiosa ocasión que une de manera misteriosa a Cristo Redentor, Varón de dolores, que en la cruz cargó sobre sí el dolor y la muerte del hombre. Con el sacrificio de su vida, redimió el sufrimiento humano y lo transformó en el medio fundamental de la salvación» (Discurso a los enfermos del Hospital San Mateo de Pavía el 22 de abril de 2007. Y dice san Pablo: «Y es una gracia para ustedes que no solamente hayan creído en Cristo, sino también que padezcan por él» (Flp 3,21).

Ahora hagamos oración:

“Señor, mira con bondad nuestra comunidad, formada en su mayoría por hermanas misioneras agobiadas por el peso de los años y por la enfermedad. Concédenos que, confortados con la gracia del Espíritu Santo, seamos fuertes en la fe y firmes en la esperanza, para que demos testimonio de paciencia y mostremos la alegría que es fruto de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Alfredo Delgado Rangel.

martes, 10 de marzo de 2015

«AYUNAR EN CUARESMA»... Más que un mandato, una ofrenda de amor

El ayuno, junto con la oración y la limosna, forman el «KIT» o el «COMBO» principal del caminar de la Cuaresma para sostenerse estos 40 días y llegar bien entrenados a la Pascua.

Los ministros ordenados, los religiosos, los líderes de grupos y comunidades y todo miembro de la Iglesia tiene este llamado como lo tuvo Cristo Jesús, aunque solamente obligue dos días al año: Miércoles de Ceniza y Viernes Santo. ¿Por qué no ayunamos más? Porque el reino de las tinieblas ha inyectado su antídoto, el cual ha adormitado a la Iglesia en varias áreas. Una de ellas es el desinterés por ayunar por amor, quedándonos solamente con los dos días de obligación, sin ir más allá. Es que poco se entiende ya del significado de palabras como sacrificio, entrega, donación...

La historia de Esaú —en el Antiguo Testamento— se repite diariamente en nuestros días. Él cambió su primogenitura por un plato de comida. El expresó a Jacob su padre que para qué le servía la primogenitura si él se iba a morir y mejor prefirió el plato de comida que la bendición espiritual. (Génesis 25,31-32). Si Esaú no hubiera entregado su primogenitura, hubiera tenido el derecho de llegar a ser el patriarca, el sucesor de Isaac. Así muchos de nosotros estamos cambiando la bendición espiritual por el deleite de la comida.

Después de la  Pasión dolorosa de Cristo, de todas sus palabras y ejemplos sobre el misterio de la Cruz; después de una tradición de más de veinte siglos de espíritu y práctica penitencial en la Iglesia, sería frívolo pasarse con armas y bagajes a las huestes de la posmodernidad, dando por  definitivo que el sufrimiento físico o moral carece de sentido y sumándonos alegres a la  cultura, no del bien-ser, sino del bienestar. Además del ayuno, la abstinencia de carne en Cuaresma no es ni sombra de lo  que era y es sustituible por una obra buena todos los viernes no cuaresmales. Creo, no  obstante, que en nuestra cultura el ayuno y la abstinencia se mantienen por dos motivos, a mi juicio muy justificados, ambos con  carácter de signo: su sintonía con la gran tradición de la Iglesia y su denuncia simbólica de que no sólo de pan vive el hombre y  porque como discípulos-misioneros se nos exige  mucho más.

El Papa Benedicto XVI afirmó, cuando estaba al frente de la Iglesia, que “privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios”.

Ante todo creo que la Iglesia de hoy, con el profeta Joel y con Jesús, nos exige que rasguemos nuestros corazones en lugar de nuestros vestidos; que ayunemos de nuestras malas obras, en lugar de hacerlo de un rico pan que nos sobra y, para más, que nos engorda, es decir, creo que nos invita a darle un sentido a ese ayuno. El ayuno  no ha desaparecido del mundo. Lo que pasa es que se manifiesta con una de estas tres  fórmulas, tan actuales como inquietantes y extendidas que pongo a continuación: 

a) El atroz ayuno involuntario de  una cuarta parte de la humanidad en la llamada geografía del hambre. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas, en los países pobres más de 120 millones de personas carecen de agua potable.

b) El ayuno  dietético de las y los que están enfermos y de los que no quieren ganar peso, incluso hasta la anorexia. 766 millones de personas en el mundo no cuentan con servicios de salud, 507 millones tienen una esperanza de vida de 40 años de edad y más datos duros nos hablan de una problemática que se extiende por todo el mundo. 158 millones de niños sufren algún grado de desnutrición

c) Hemos de pensar también en el ayuno de las  llamadas huelgas de hambre, con carácter de contestación y presión, ante acciones u omisiones públicas que los abstinentes quieren modificar. La crisis económica que vivimos ya tiene muchos afectados —tal vez hasta entre nuestros familiares más cercanos—. Según la Organización Internacional del Trabajo, hasta 50 millones de personas en el mundo podrían perder su trabajo durante este año. 842 millones de adultos son analfabetas y 110 millones en edad escolar no reciben educación alguna. 

En América latina y el Caribe 110 millones de personas viven con dos dólares diarios. En México, y en Nuevo León, el impacto de la crisis económica mundial deja huella con el aumento del desempleo y de los productos de la canasta básica. Nuestras empresas, antes sólidas y resistentes a las crisis del pasado, resienten las actuales dificultades y están batallando para mantener su planta laboral. En un reciente documento el Banco Mundial estimaba que debido a la crisis económica actual, 53 millones de personas se añadirían a las que ya sobreviven con menos de esos dos dólares al día. Esa cifra se suma a la de los 130 nuevos  millones de pobres debido al aumento de precios de los  alimentos y los recibos.

Cada uno de estos tres ayunos  nos interpela a su manera. Estamos en Cuaresma, y la Cuaresma es una invitación a cambiar aquello que tenemos que cambiar en la búsqueda de ser mejores y más felices, una invitación a construir en vez de destruir y a mirar y volver hacia formas de vida más justas, más solidarias, más humanas. Cuaresma es una llamada para buscar diligentemente nuevas formas de ser y hacer Iglesia siendo mejores y más auténticos discípulos del Señor. Estoy seguro que, consultando a la Virgen María en oración en esta Cuaresma, ella, la mujer sobria, la mujer del "Sí" a lo que pide el Señor, nos ayudará a entender que no se trata de «cumplir», sino de «dar».

El ayuno voluntario de los viernes de Cuaresma —que no es obligatorio sino solamente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo—nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos, en algo concreto, que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Además, no creo que nadie se muera porque ayuna un día a la semana... por lo menos no tengo noticia de ello.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.