Mostrando entradas con la etiqueta En camino hacia la beatificación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En camino hacia la beatificación. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de julio de 2019

«La Sierva de Dios Gloria María Elizondo García»... En camino hacia la beatificación II

Hoy quiero hablar un poco sobre Sor Gloria María Elizondo, la extraordinaria mujer que va camino a los altares y cuya fecunda vida espiritual, la llevó a unir esa dimensión de su ser de bautizada a la vida consagrada en la Congregación de las Misioneras Catequistas de los Pobres.

Gloria Esperanza Elizondo García nació en Durango el 26 de agosto de 1908 y recibió su bautismo el 4 de octubre de ese mismo año. Al contar con un año de vida enfermó gravemente de una fiebre maligna y los médicos le daban poca probabilidad de vida, sin embargo, Dios tenía otros planes y la pequeña se recuperó. 

A la edad de 4 años, Gloria empezó a ir al colegio para acompañar a su hermano mayor, Alberto. Las maestras quedaban sorprendidas por la inteligencia de la niña tan pequeña. Debido a la revolución de 1910, la familia se vio obligada a emigrar a Monterrey donde se forjó el carácter y el espíritu de lucha de Gloria. Allí recibió el sacramento de la confirmación el 5 de enero de 1913 e hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1919. Ya más grande, estudió la Carrera Comercial y se graduó en Teneduría de Libros a los 12 años. 

El 8 de septiembre de 1933 murió don Alberto su padre, y desde entonces se convirtió en un fuerte apoyo para su madre, la señora Otila García ayudándola tanto en la cuestión económica como en la formación de sus hermanos más pequeños confiando siempre en la devoción que su madre le había enseñado al Santo Niño de Praga.

Entre sus grandes dotes estaba el dibujo y la pintura, al grado de que llegó a dar clases de estas disciplinas. En piedras pequeñas, dibujaba admirables paisajes, algunos de los cuales aún se conservan.

Desde muy joven demostró su amor al servicio y una gran caridad hacia todos. Tenía como apostolado, por aquellos años, el visitar a los enfermos mentales en el Hospital Universitario donde cada domingo les llevaba dulces, galletas y ropa. En Navidad les organizaba una comida y les llevaba regalos especiales como cobertores y otros artículos de uso personal. Desde aquellos años se veía cómo el servicio y la caridad de esta extraordinaria mujer convertía el corazón de algunos de estos enfermos que se serenaban, lloraban y hasta le besaban las manos, agradecidos. Su apostolado tuvo también como campo de acción la Penitenciaría del Estado, a donde hacía frecuentes visitas llevando consuelo y palabras de aliento, especialmente a la sección de mujeres, por quienes sentía una gran preocupación.

El servicio en el amor al prójimo estuvo presente de manera muy especial toda su vida ayudando de cuanta manera podía a quienes de una u otra forma necesitaban que alguien les echara una manita.

Su primer trabajo lo desempeñó en una casa comercial en donde destacó de inmediato y fue ascendida de puesto, llegando rápidamente a ocupar un cargo de mucha importancia en la compañía. El dueño de ésta abrió una nueva empresa, una empacadora y de inmediato la trasladó allá para que le ayudara a establecer lo misma. Lo mismo sucedió poco después al crearse una nueva empresa en donde se le pidió a Gloria organizar y dirigir la empresa.

En 1940, y llena de experiencia laboral, esta comprometida mujer abrió su propia compañía empacadora de pescado y de otros productos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Allí cuido de dar trabajo a la mayor cantidad de empleados que pudo, sin saber que en aquel lugar encontraría un campo muy amplio para realizar una extraordinaria tarea apostólica. A su empresa le dio el nombre de «Productos Cruz de Oro» y propició un ambiente familiar entre todos los trabajadores infundiéndoles a través del servicio, el amor a Cristo. En 1946 recibió en esa entidad la medalla de Hija de María.

Gloria aderezaba sus compromisos de empresaria con una gran labor social y de servicio apostólico, motivando a las mujeres a inscribirse en la Acción Católica Femenina y organizando en Ciudad Victoria algo nunca visto antes: una serie de conferencias para profesionistas y maestros por una parte y reuniones para matrimonios por otra, además de dar un gran impulso al catecismo de los niños, por los que siempre tuvo una especial predilección. Para lograr catequizar a tantos niños, involucró a sus mismas trabajadoras, a quienes las impulsaba a ir como parte de sus horas de trabajo sin descontarles alguna parte del sueldo.

Cada sábado alquilaba un camión para llevar a los niños a Misa por la mañana y al parque por la tarde para que disfrutaran jugando. Los domingos y los días de fiesta de precepto, rentaba también algún camión para que la gente pudiera ir a Misa hasta que tuvo la oportunidad, con ayuda de otros empresarios de construir una Iglesia cercana dedicada a la Madre de Dios bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón». En fin, con un incansable espíritu de servicio veló incluso por las jovencitas que se dedicaban a la prostitución para sacarlas de esa condición y por los pobladores de «La Pesca» el pequeño poblado de donde le enviaban el pescado. Logró que las Madres del Buen Pastor se establecieran en Cd. Victoria en donde hasta la fecha hacen mucho bien a muchas jovencitas de la región salvándolas de la mala vida. Instaló un taller de oficios para mujeres de cualquier edad para que tuvieran un trabajo digno como modistas, mecanógrafas, estilistas y demás.

Para ella no había ningún obstáculo invencible tratándose de acercar las almas a Dios. Gracias a su dedicación —por poner un ejemplo—en el año de 1942, preparó a 80 parejas que regularizaron su matrimonio en una sola celebración. Visitaba frecuentemente el Hospital Civil de Cd. Victoria llevando fruta, ropa, medicinas, ayuda espiritual y recursos para ayudar a pagar cuentas de gente pobre. Ella misma aseaba y curaba a los más necesitados y abandonados. Siempre humilde, rehuía a toda clase de homenajes pensando en aquello de «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Aunque por su destacada labor de servicio no pudiendo escapar a todos.

En 1950, no deseando estar más tiempo separada de su familia, regresó a Monterrey a trabajar en la empresa familiar como directora del departamento de Instalaciones. Allí buscó la forma de entrar en contacto con los trabajadores de la planta organizando con ellos y para ellos reuniones, misas y convivencias para acercarlos más a Dios. Para los más pobres y desamparados reservaba siempre lo más exquisito de su bondad atrayente y persuasiva.

En medio de todo aquello, en el año de 1954, Gloria respondió al llamado vocacional que Dios le hacía e ingresó a la Congregación Religiosa de las Catequistas de los Pobres, instituto fundado por el Sr. Ob. José Juan de Jesús Herrera y Piña y la R.M. Angelina Rusconi Rollere de la congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Allí, desde postulante, llevó una vida ejemplar unida siempre a Dios.

Allí, ya en el convento, escribió un libro de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que alcanzó más de 90,000 ejemplares, sabiendo que este era un medio sencillo para que la gente pudiera conocer a Jesucristo más de cerca. Hizo su profesión religiosa el 16 de abril de 1957 y tomó el nombre de «Gloria María de Jesús» y recién profesa fue nombrada Delegada ante la Pontificia Unión Misional del Clero debido a su gran espíritu misionero y además era maestra de postulantes.

En 1961, aún siendo religiosa de votos temporales, fue elegida superiora general de este instituto. Ella sabiendo que no era una candidata factible, pues no era de votos perpetuos, estaba en la Capilla rogándole a Dios, con los brazos en cruz, que eligieran a la religiosa que el instituto necesitara. Sor Gloria María se sorprendió cuando supo la noticia y preguntó: ¿Yo? ¿No se habrán equivocado? A los dos días de la elección hizo su profesión perpetua. 

Como religiosa su espíritu de servicio se acrecentó. Siempre tenía tiempo para «consultarlo todo con Nuestro Señor» y para escuchar a todos dentro y fuera del instituto. A iniciativa suya se inició en Monterrey el Movimiento de «Cursillos de Cristiandad» para mujeres, apoyada por la célebre escritora Ana María Rabatté y Cervi como rectora del primer cursillo para damas.

Entre otras cosas y en medio de todas las ocupaciones que una superiora general puede tener, todos los días, después de la oración, visitaba a las religiosas que estaban enfermas, llevándoles una palabra de consuelo, por la noche hacía lo mismo y les daba su bendición.

Al cabo de algún tiempo, ella también, la Madre Gloria María fue visitada por la enfermedad, un cáncer que aceptó con paciencia, resignación y una gran paz ofreciéndose por entero al Señor por la santidad de las religiosas de su comunidad, por los sacerdotes, por las familias de todas las hermanas y por las almas del purgatorio. El 12 de noviembre de 1966 se le administró la Unción de los Enfermos y con gran sencillez, para prepararse a tal acontecimiento al que pidió asistieran todas las religiosas dijo: «Pónganme guapa, así como a los niños cuando se preparan para la Primera Comunión» y cuando le dijeron que tenían la esperanza de que Nuestro Señor le hiciera el regalo de devolverle la salud, ella dijo: «Sería lamentable que me la devolviera después de que estoy tan alborotada; sería una desilusión muy grande para mí, pero lo que Dios disponga, yo acepto gustosa su voluntad. Si Él cree que mi vida todavía puede servir para algo, acepto lo que el disponga y será lo mejor». Murió en olor de santidad el 8 de diciembre de 1966, fiesta de la Inmaculada Concepción.

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes en su Exhortación «Christus Vivit» les dice algo que me parece importante para terminar esta reflexión: «Por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa «servir», y «servir» exige renunciar a sí mismo. Amar cuesta, porque servir cuesta. Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión para recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión parroquial o para auxiliar a alguien. Sirve quien como la Sierva de Dios Gloria María, responde al compromiso bautismal como seglar o como consagrado.

P. Alfredo Delgado Rangel,
Vice-postulador de la Causa.


ORACIÓN DE INTERCESIÓN:

Oh Señor, Buen Dios, que guiaste a la Madre Gloria María para que amara profundamente a Jesucristo y a su Iglesia, dejándose guiar por el Espíritu Santo, viviendo en sencillez y sabiduría su vida cristiana; por ese amor a Ti se dedicó a servir y amar a los más necesitados a ejemplo de Cristo, tu hijo amado; suplicámoste por su intercesión nos concedas la gracia que te pedimos. Se hace la petición y se reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Te rogamos que sea elevada a la gloria de los altares, y su ejemplo nos ayude a vivir cada día mejor nuestra vida cristiana.

miércoles, 27 de febrero de 2019

«El Venerable Raymundo Jardón»... En camino hacia la beatificación I

El padre Jardón, como se le conoce, nació el 21 de enero de 1887 en en pintoresco Tenancingo, un poblado del Estado de México. Fue hijo de Jacinto Jardón y de Paula Herrera, quienes tuvieron 14 hijos. Su padre era jornalero y su madre una mujer de hogar, sin estudios pero con gran experiencia en la ciencia de la vida ordinaria. A los tres días de nacido recibió el sacramento del Bautismo en la Parroquia de San Francisco en Tenancingo. Además de Raymundo se le puso el nombre de Fructuoso, como señalando ya su vida fecunda.

Desde muy pequeño, Raymundo trabajó en un taller de rebozos para ayudar a su familia y, con apoyo del párroco de su pueblo, ingresó al Colegio Pio Gregoriano de Tenancingo, donde de inmediato destacó por su aplicación y aprovechamiento.

El señor Obispo Don Francisco Plancarte y Navarrete, quien había sido nombrado Obispo de Cuernavaca, llegó por aquellos años a Tenancingo haciendo una pesca de vocaciones y lo llevó con él a su Seminario. Poco después lo hizo su familiar y cuando ese Prelado fue trasladado a Monterrey lo llevó consigo.

Fue ordenado sacerdote en la Catedral de Saltillo y celebró su primera misa —Cantamisa— en Cuernavaca para regresar a Monterrey a empezar a ejercer su ministerio en la Catedral. Su apostolado sacerdotal fue una bendición para esa comunidad, ya que tenía corazón para todos. No hubo categorías sociales para él, pues en todos veía el rostro de Cristo.

El secreto de su audacia, para ayudar y estar cercano a todos, fue siempre su confianza en la Divina Providencia, manifestado en su amor ilimitado a Dios; un amor tierno, ardiente y apasionado que se dejaba ver. Los que lo conocieron recuerdan cómo su voz, sin necesidad de micrófono, sacudía las paredes de la Catedral y con ello vibraban su alma y su cuerpo como un volcán que ardía explotando el fuego de su corazón.

Como prolongación de ese amor a Dios había en su fisonomía espiritual, además del amor a Dios y a María Santísima, otro amor esencial: su amor a las almas, su amor a los niños, a sus papeleritos y boleritos, a sus muchachos Congregantes, a los pobres, a los olvidados, a los descartados por la sociedad; en fin, a todas aquellas personas necesitadas, especialmente a las viudas pobres.

El padre Jardón fue sacerdote hasta la médula de los huesos. Un hombre de intensa acción sostenida por una profunda oración, de recia fe. Un hombre en constante lucha contra el pecado; un hombre pastoral apasionado por la predicación, el confesionario, la catequesis y la visita a los enfermos. Un hombre sin ambiciones que quiso ser sacerdote para salvar almas, un hombre evangélico que se inclinó por las almas, entendiendo este término referido a la persona integral . Todos los días practicó la caridad derramando bienes sobre todos sin distinción. Ejemplo de su generosidad y amor al prójimo fueron todos y cada uno de los actos de su vida, las cosas sencillas que cada día puede hacer un santo sacerdote. Para él, lo más natural era desprenderse de lo que tenía para aliviar necesidades ajenas. Cuanto caía en sus manos lo daba más adelante.

Durante la persecución religiosa en México, fue desterrado en dos ocasiones. Amante apasionado de la Virgen de Guadalupe, avivó el amor de sus feligreses hacia la Patrona de México llamándola «mi morenita» y muchas veces en sus sermones, al referirse a Ella, la emoción le entrecortaba la voz. Fue él el Iniciador de las peregrinaciones al antiguo Santuario de Guadalupe en Monterrey y llevó solemnemente en el año 1922, la imagen que se venera todavía en el altar mayor de la nueva Basílica de Guadalupe en Monterrey.

El día en que Dios lo recogió fue muy significativo: el 6 de enero,  de 1934, fiesta de la Epifanía, cuando el pueblo cristiano celebra a los Santos Reyes. La noticia se propagó con inusitada rapidez por todo Monterrey, no únicamente entre los feligreses y entre los católicos, sino en toda la ciudad, provocando lágrimas y lamentos. Creyentes e incrédulos se hicieron presentes en las honras fúnebres y en el entierro, cuyo cortejo cubrió más de veinte cuadras.

Conociendo la fama de santidad del fallecido sacerdote Raymundo Jardón, el 15 de agosto de 1987 el Excmo. Sr. don Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey de feliz memoria, constituyó el Tribunal de la Causa de Canonización del padre Jardón. El 27 de febrero de 1991 la Congregación para las Causas de los Santos autorizó la introducción de la Causa del Siervo de Dios, Raymundo Jardón Herrera y el 21 de enero de 2017, el papa Francisco firmó un decreto en el qué se declara «Venerable» al Siervo de Dios Raymundo Jardón Herrera, así la Congregación para las Causas de los Santos aprobó la práctica de las virtudes en grado heroico del padre Jardón. Hoy se espera la realización de un milagro por su intercesión para esperar el día de su beatificación.

Padre Alfredo.

ORACIÓN:

¡Oh Dios omnipotente!, que elegiste a tu siervo Raymundo Jardón para el ministerio sacerdotal y enriqueciste su sacerdocio con una caridad y una pobreza admirables, con un encendido amor a Jesucristo en su Eucaristía y a la Santísima Virgen de Guadalupe y con un extraordinario servicio a sus semejantes, particularmente a los pobres, concédenos por su intercesión la gracia que te pedimos (pídase).

Confiadamente te suplicamos que por su vida ejemplar y para bien de tu Santa Iglesia sea elevado a los altares.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.