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miércoles, 22 de junio de 2016

LA FAMILIA INESIANA ESTÁ DE FIESTA...

RESEÑA BIOGRÁFICA DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO...


La Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, es la fundadora de la «Familia Inesiana», una familia misionera integrada por:

Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.
Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.
Van-Clar, Misioneros laicos: niños, jóvenes, matrimonios.
Grupo Sacerdotal Madre Inés.
Misioneras Inesianas Consagradas.
Familia Eucarística.

De origen mexicano, la beata María Inés nació en Ixtlán del Río, Nayarit, el 7 de julio de 1904.  Fue la quinta de ocho hijos del matrimonio Arias Espinosa. La bautizaron con el nombre de Manuela de Jesús, y creció dentro del ambiente de una familia cristiana.  


Recibió una excelente educación y formación católica, siendo muy querida y aceptada por amistades y familiares, especialmente por su alegría, sencillez y caridad. Debido a la ocupación de su padre: Juez de Distrito, la familia Arias Espinosa vivió en diferentes ciudades: Tepic, Mazatlán, Guadalajara, etc. Durante algún tiempo trabajó en una institución bancaria en la ciudad de Mazatlán.


En octubre de 1924, durante la celebración del Congreso Eucarístico Nacional en México, Jesús tocó fuertemente el corazón de Manuelita, quien vivió una experiencia espiritual tan profunda, que desde ese momento no pensó otra cosa que “ser toda de su Dios”, atraída fuertemente por Jesús, en la Eucaristía.


Vienen luego tiempos muy difíciles para los católicos de nuestro país, ya que se desató con furia la persecución religiosa por lo cual se tuvo que suspender el culto público. Como respuesta a tanta maldad, Manuelita se consagra al Amor Misericordioso como víctima de holocausto, ofreciéndose por la salvación de México y del mundo entero.


Con la lectura de «Historia de un Alma», de Santa Teresita del Niño Jesús, Manuelita decide ingresar a la Vida Religiosa Contemplativa para ser como la Santita de Lisieux: Misionera secreta por la oración y el sacrificio. Su vida desde entonces fue totalmente Eucarística y Misionera. Después de algunas pruebas, Manuelita ingresa con las Clarisas Sacramentarias del “Ave María” el 7 de junio de 1929, cuyo Monasterio se encontraba exiliado en Los Ángeles, California.


El 8 de diciembre del mismo año inicia el noviciado, en donde recibe el nombre de SOR MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.  Un año más tarde, el 12 de diciembre de 1930 estando aún en Los Ángeles, California, hace su Profesión Religiosa y en este día vive una fuerte experiencia espiritual con la Santísima Virgen de Guadalupe, de cuyos labios percibe estas palabras:

«Si entra en los designios de Dios servirse de ti
para las obras de apostolado,
me comprometo a acompañarte en todos tus pasos,
poniendo en tus labios la palabra persuasiva
que ablande los corazones, 
y en estos la gracia que necesiten;
me comprometo además,
por los méritos de mi Hijo,
a dar a todos aquellos con los que tuvieres
alguna relación, y aunque sea tan sólo en espíritu,
la gracia santificante y la perseverancia final...»


Esta experiencia mariana marcó fuertemente su vocación misionera, aunque en aquel momento Sor María Inés no comprendió tan profundo significado. En medio de la austeridad y pobreza del claustro, se dedicó a ser misionera contemplativa para salvar almas, irradiando alegría sencillez y entusiasmo a su alrededor.


En 1933 habiendo regresado la comunidad a México, Sor Ma. Inés Teresa del Santísimo Sacramento emite sus Votos Perpetuos. Su ideal misionero iba creciendo y en el silencio de la oración y el trabajo se fue preparando la obra misionera que Dios le había inspirado a través de aquella Promesa de la Santísima Virgen de Guadalupe.


En 1940 expone a la Madre Abadesa sus inquietudes misioneras, quien la invita a hacerlo a las autoridades eclesiásticas correspondientes.Después de una serie de pruebas y sufrimientos, pero siempre guiada por la rectitud y obediencia para buscar solamente la voluntad de Dios, es recibida por el Sr. Obispo de Cuernavaca, Don Francisco González Arias, como un Monasterio de Clarisas con miras a transformarse en Congregación Misionera. Él mismo solicita a la Santa Sede dicha fundación, que viene a ser concedida el 12 de mayo de 1945. En agosto del mismo año, la Madre Ma. Inés parte a Cuernavaca con cinco religiosas del Monasterio del Ave María que libremente quisieron acompañarla, con la autorización de la Abadesa. De esta manera se hizo realidad aquel anhelo inspirado por Dios.


Bajo el lema: “OPORTET ILLUM REGNARE”, es decir: “Es urgente que Cristo reine”, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento se encuentran esparcidas en quince naciones de los cinco continentes llevando la palabra de Dios bajo el carisma «Misionero-Contemplativo» que el Espíritu Santo suscitó en la Beata María Inés Teresa Arias del Santísimo Sacramento, viviendo en alegría y sencillez una espiritualidad eucarística, mariana y sacerdotal.


Con las primeras constituciones nació también Van-Clar (Vanguardias Clarisas) el grupo de misioneros seglares que ella siempre consideró como «brazo derecho» en la Familia Inesiana.


En 1979, poco tiempo antes de morir, pudo ver las primeras vocaciones de la obra sacerdotal que Dios le inspiró al fundar los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal.


La Beata Madre María Inés murió como había vivido: en serenidad, sencillez y abandono en las manos del Padre, el 22 de junio de 1981, en la ciudad de Roma. Su vida fue un himno de amor y gratitud a la Santísima Trinidad.


Después de su regreso a la Casa Paterna, se fueron consolidando las demás obras que ya estaban en su corazón y que se fueron plasmando poco a poco en el Grupo Sacerdotal Madre Inés, las Misioneras Inesianas y luego, inspirándose en este carisma nace la Familia Eucarística.


Fue beatificada el 21 de abril de 2012 en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México bajo el pontificado de Benedicto XVI en una celebración que abarrotó este recinto sagrado con gente del mundo entero. La ceremonia de beatificación fue transmitida por diversos canales y mucha gente de los lugares de misión a donde ella llevó su obra misionera pudo participar a distancia de este acontecimiento.


Sus restos reposan en la Casa General de las Misioneras Clarisas, en Roma.


Su lema dirigido a Jesús: «QUE TODOS TE CONOZCAN Y TE AMEN» ha dado la vuelta al mundo entero.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.


viernes, 8 de abril de 2016

LA MISIONERA INESIANA... Una mujer consagrada para ser luz, sal y levadura en medio del mundo de hoy

El Instituto de Misioneras Inesianas Consagradas, es un Instituto Secular que forma parte de la Familia Inesiana fundada por la Beata Madre María Inés Teresa Arias. Está contituido por un grupo de mujeres que han sido llamadas por Dios a vivir su consagración en el mundo y que, junto con el llamado al Sacerdocio ministerial de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, de los sacerdotes del Grupo Madre Inés  y el llamado a la vida religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, es una vocación  para seguir a Jesucristo muy de cerca, teniendo sus mismos sentimientos, viviendo en su amistad y haciendo lo que él nos enseña y nos manda, para ser expresión de su misericordia en el mundo.

Todos los consagrados de la Familia Inesiana, incluidas por supuesto las Misioneras Inesianas, están llamados a seguir muy de cerca a Jesús, a imitarlo en la vivencia de los consejos evangélicos, y a dar testimonio de la grandeza del amor de Dios en el mundo. La vida consagrada es una entrega generosa a Dios cuyo amor es capaz de saciar las aspiraciones del corazón humano. Es un llamado a consagrarse en amor a Dios uno y Trino, y a confesarlo, es decir,  proclamarlo como lo máximo a lo que puede aspirar el ser humano. 

Esa entrega, esa unión amorosa, esa alegría de amar a Dios por sobre todas las cosas, es la base, la fuente, la motivación de la entrega de servicio y de testimonio de amor que todo consagrado está llamado a dar a sus hermanos; cada uno y cada una en su vocación de consagración y en la forma específica de vivirla. Sin esa base profundamente religiosa no hay vida consagrada que se sostenga.   Así lo presenta San Juan Pablo II en su bellísima Exhortación Apostólica sobre la vida consagrada (VC 14.40).  Proclamar a la Santísima Trinidad como el amor total intenso, puro generoso, permanente, fiel, a la humanidad sedienta de amor. Es una vida de entrega específicamente religiosa, es decir, teologal, que pone a Dios por encima de todas las cosas, que vive constantemente en unión con Él, que todo lo hace por Él y para Él, para su gloria y para que el mundo viva. Y con esa fuerza la persona se consagra totalmente a dar su vida  al servicio de la humanidad.   

Por eso la vida consagrada es tan grande y tan necesaria para nuestra Familia Inesiana, para la Iglesia y para todo nuestro pueblo. En medio de las tinieblas del mundo cargado de pecados, del odio, de la ambición, de la crueldad, del egoísmo y la maldad, la vida consagrada, muestra al mundo que es posible una vida mejor, alabando y glorificando a Dios al mostrar a los hermanos el camino de la felicidad. Por eso el valor de la vida consagrada para la Iglesia y la humanidad, es incalculable.  La vida consagrada, además, es un servicio de caridad permanente a los hermanos. 

Esto nos lleva a la consideración de la misericordia. Dios es misericordioso porque nos ama, porque nos tiene compasión, porque nos perdona y nos tolera, porque nos alimenta y nos sana. Y lo hace de mil maneras. Y llama de manera especial a los consagrados a practicar la misericordia. Recordemos el texto del juicio final en el cap. 25 de San Mateo: seremos juzgados por el amor que tengamos, por la misericordia que practiquemos con el pobre, con el enfermo, con el débil, con el hambriento, con el ignorante y el pecador,  con el impertinente y el fastidioso, con el soberbio y el que cree equivocadamente que lo tiene todo…  Cristo —nos dice el Papa Francisco— es el rostro de la misericordia de Dios. El Papa quiere que, en especial los consagrados, sean misericordiosos como nuestro Padre celestial. La  vida consagrada, con su testimonio de disponibilidad total en la obediencia, en la pobreza evangélica y en la virginidad por el Reino de los Cielos, en su constante servicio de caridad, es una manifestación continua de la misericordia de Dios. Por supuesto: la religiosidad del consagrado, que debe ser intensa, que no debe admitir mundanidad, ni estilo seco en lo religioso, lo lleva a volcarse amorosamente a socorrer al prójimo. Esto es  lo que nos enseña San Juan Pablo II en su Exhortación, cuando habla del servicio de caridad como una de las líneas de  fuerza dela Vida consagrada.(VC 72-99)   

La Misionera Inesiana, es una mujer enviada por la Iglesia a los ambientes de la vida ordinaria para hacerla extraordinaria, según el carisma específico que la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento ha impreso a esta obra. La Misionera Inesiana vive en el mundo sin ser del mundo, llevando una vida intensa de oración, de amor a María y de presencia de Dios en medio de las actividades que un laico vive cada día, pero, con una consagración especial de obediencia, pobreza y castidad. Su misión es muy peculiar, pues viviendo como cualquier otra persona del mundo, debe impregnar todas sus actividades de una gran caridad cristiana, imitando a Cristo en todo momento. El valor de lo ordinario vivido de manera extraordinaria, según el carisma inesiano, hace que la Misionera Inesiana se identifique con la sal (Mt 5,13-16) y el fermento, la levadura (Mt 13,33); elementos que apenas se ven, pero con una gran capacidad para diluirse en la masa y hacerla fermentar en Cristo para dar sabor a Evangelio. 

La Misionera Inesiana es una mujer que sin separar fe y vida, vive en medio del mundo la total consagración a Dios y la secularidad a la vez. Para la Misionera Inesiana, la secularidad es consagrada y la consagración es secular. Asume, cada una por si sola y todas unidas a la vez como instituto, la diversidad al servicio de la misión como elemento de su identidad como consagrada. La secularidad consagrada la vive, cada una de las misioneras, en diferentes realidades sociales: familiares, institucionales, profesionales... con la finalidad de llegar a cualquier espacio vacío que necesite la luz del evangelio, la sal, la levadura. Pero su Vida Consagrada no despertará interés ni representará nada para el mundo, si no están todas y se sienten apoyadas y necesitadas unas de otras como comunidad.

La Misionera Inesiana es una mujer que, llamada por Dios, hace un esfuerzo por ayudar a la Iglesia en su misión de ser “luz para alumbrar a todas las naciones” (cfr. Lc. 2, 32). La luz de la Palabra hecha Carne en cada una de las misioneras, es la luz de Dios que recrea y da brillo a sus mismas vidas y a las de quienes les rodean; la única capaz de provocar en sus corazones el deseo de algo grande, de algo que constituye un preciado regalo para la humanidad dolorida: ¡Vivir la misericordia cada día! Creo que el papa Francisco, si viera el pequeño grupito de Misioneras Inesianas esparcidas en varios países del mundo, gozaría de ver unas mujeres consagradas fuertemente unidas por quien es la Luz del Mundo, dispuestas a salir por caminos insospechados para hacerse las encontradizas con los hermanos y hermanas más necesitados para decirles: "vengan hemos encontrado el tesoro de nuestra vida y deseamos compartirlo”.

Cuando José y María llevaban a Cristo «Luz del mundo» al templo, Simeón exclamó, “…mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” (Lucas 2, 30–32). La luz ha venido y las tinieblas no pueden vencerla (Juan 1,5). Jesucristo, la verdadera Luz del mundo, ha llamado a las Misioneras Inesianas para compartir su misión de llevar la luz a quienes caminan en la oscuridad en medio del mundo. Además las llamó también a ser la luz. “Ustedes son la luz del mundo…que de igual manera brille esta luz ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos” (Mateo 5, 14–16). 

Como laicas consagradas, las Misioneras Inesianas, tienen un papel muy importante en el trabajo de la Nueva Evangelización y tienen como Patrona Principal a Nuestra Señora de Guadalupe, misionera por excelencia y como Ella, deben llevar la luz de Cristo a los demás. El día de su bautismo fueron, de alguna manera, «presentadas en el templo» como nuestro Señor. Por medio de su bautismo recibieron el don de la vida nueva de Dios, fueron llenadas con su gracia y se convirtieron en el templo del Espíritu Santo. Es decir, se encendió «su luz». Ahora, por su responsabilidad como consagradas, están llamadas a llevar la luz a los demás. No pueden escapar a esa responsabilidad. Tienen que llevar la luz de la verdad y el amor de Dios a los que se encuentran en la oscuridad, incluso los que viven con miedo, en la pobreza, sin hogar, en la desesperación y los que sufren con conflictos familiares, problemas económicos, la adicción y muchas otras luchas de la condición humana. También se puede tratar de las personas que viven sin un propósito o significado en la vida, por ejemplo, las que todavía no saben por qué fueron creadas ni a dónde va su vida.

Jesús utilizó también la imagen de la sal de la tierra a la que ya he hecho referencia (Mateo 5, 13). Sal de la tierra. ¿Qué más puede significar para ustedes esta parte del Evangelio aparte de que deben «sazonar» al mundo con la presencia de Cristo? Tienen que penetrar el mundo con el sabor del Evangelio. Pero Cristo también nos avisa de la sal que se vuelve insípida y que ya no sirve. Que nunca pierdan su sabor, lo cual es, de hecho, la semejanza a Cristo. No pueden ser tibias en su testimonio del Evangelio. Tienen que crecer en fervor y celo por el amor y la verdad que se revela en la persona de Cristo. Jesús empleó también la imagen de la levadura para describir el Reino de Dios: “El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentarse” (Mateo 13, 33). Es importante entender esta imagen. Se requiere solamente un poquito de levadura para hacer que una cantidad grande de harina se fermente... ¡Un poquito solamente! ¡nuestro poquito! Dice la beata María Inés: “Cuando la Misericordia y la miseria se encuentran y se comprenden y se funden, ya no queda mas que la Misericordia” (Lira del Corazón, Segunda Parte, Cap. III).

Así debe ser de por sí todo bautizado, pero más aún quien ha decidido consagrar su vida en plenitud al Señor. El Concilio Vaticano II utilizó la misma imagen para describir el papel de los laicos en la vida y la misión de la Iglesia (Lumen Gentium 31). Deben santificar el mundo desde su interior, como la levadura, para cumplir sus propios deberes y su única vocación. la vocación de Misioneras Inesianas, como consagradas, no las exime de una vida fraterna en comunidad pero les pide que vivan en el mundo y no en el claustro, en familia o fuera de ella, solas o en grupos de vida fraterna, de manera parecida a los que viven la vida religiosa, pero recalcando la necesidad de ser levadura en medio de la sociedad. 

En Costa Rica, en México, en Italia... ¿cuántos católicos practicantes habrá entre la población entera? Parece ser poco en comparación con el resto de la población. Pero Jesús nos dice que es todo lo que se necesita: ¡un poquito! Las Misioneras Inesianas hacen su parte al tomar en serio su llamado bautismal según su vocación de consagradas en el mundo. ¡Dios hace el resto! Es responsabilidad de cada consagrado ser fiel a Cristo, al Evangelio y a la Iglesia. ¡Me emociono con todas las posibilidades que hay para cada una de las misioneras y para todas como instituto! Dice Nuestra Madre la beata María Inés: “Conquistar almas para el cielo, con nuestra acción misericordiosa, con nuestra palabra evangélica, con nuestra enseñanza catequística; es un sagrado deber que nosotros mismos hemos escogido”. (Carta colectiva del 22 de abril de 1978). La Misionera Inesiana no debe olvidar nunca que ha sido llamadas a ser la sal, la luz y la levadura. Tiene estas imágenes en cuenta mientras que sigue trabajando en la Nueva Evangelización en donde el Señor le tiene. 

Hay unas palabras del Papa Francisco —que dirigió a Cáritasel 13 de mayo de 2015— que muy bien se pueden aplicar a las Misioneras Insesianas en su condición de consagradas en el mundo y con las que quiero terminar esta reflexión: “Salir a la calle puede producir un accidente. Quedarse encerrado, enfermo. Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse  a las propias seguridades. Ustedes son el motor de la Iglesia que organiza el amor —Cáritas— para que todos los fieles trabajen juntos, respondiendo con obras concretas de misericordia.Ustedes marcan el paso para que la Iglesia esté cada día en el mundo. Ustedes ayudan a los demás a cambiar el curso de la propia vida. Son la sal, la levadura y la luz. Ofrecen un faro de esperanza a los necesitados... Ustedes son las mismas manos de Jesús en el mundo. Su testimonio ayuda a cambiar el curso de la vida de muchas personas, de muchas familias y de muchas comunidades. Su testimonio les ayuda a cambiar el curso de su propio corazón”.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.