A pesar de la barrera del idioma indonesio, que me impidió profundizar en las homilías como hubiera deseado para evitarles el cansancio que ocasiona el estar escuchando la traducción en cada eucaristía, siento que la palabra del evangelio ha tocado con fuerza nuestros corazones en estos días, mostrándonos cómo la Madre María Inés sintoniza en todo con Jesús. Y es que la verdad del evangelio jamás nos deja indiferentes, pues la autoridad de Jesús convence desde su propio ser, como afirma el evangelio de este día (Lc 4,31-37). Sin la Eucaristía diaria y la Adoración, este, y cualquier otro curso, habría sido un simple pasatiempo o un requisito formativo que cumplir; sin ella nada habríamos logrado. En cada Santa Misa, el Señor se ha hecho presente en hechos concretos, demostrando que contra Él nada ni nadie puede, ni siquiera los espíritus malignos o el pecado que a veces nos seduce y nos cierra a la gracia.
Jesús fue saliendo a nuestro encuentro cada jornada con sus palabras de Vida, su entrega amorosa y su escucha atenta en medio de nuestra realidad cotidiana. Para interpretar lo que Jesús ha obrado en nuestros corazones a través de nuestra fundadora en esta experiencia de vida espiritual y fraterna, el Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, nos dice que incluso en las noches más oscuras el Señor suscita personas capaces de perseverar en el bien y generar una resistencia activa al mal. Ahora, la Virgen María también hará su parte: ella ha venido presurosa con su Hijo estos días, como cuando fue con Isabel y nos ha traído el vino de la alegría. Ella, que perseveró al pie de la cruz, nos alienta y cada vez que un curso termina o que una experiencia como esta llega a su fin, regresa con nosotros las comunidades de donde hemos venido para que sigamos siendo luz que alumbre con la luz de la alegría del evangelio a quienes aún no conocen a Cristo. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
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