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domingo, 13 de septiembre de 2026

«La hermana Anneke, la primera Misionera Clarisa indonesia»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCIV

Desde hace casi un mes estoy en Indonesia, un país que es un mosaico vibrante de fe profunda, hospitalidad abrumadora y asombrosa diversidad cultural. Tierra de contrastes y armonía en un ambiente de minoría cristiana y  mayoría musulmana; periferia de las grandes ciudades sedienta de esperanza. Aquí la Iglesia es joven, dinámica y está llena de rostros sonrientes que viven on entusiasmo el valor de la acogida haciendo destacar la calidez y el respeto. Espacio geográfico y teológico de quienes reciben al misionero no como a un extraño, sino como a un hermano enviado por Dios.

Aquí, en una ciudad histórica de nombre Mojokerto, ubicada en la provincia de Java Oriental, aproximadamente a 50 kilómetros al suroeste de Surabaya, nació en 1936 una niña de nombre Anna Clara, quien ahora es recordada como la primera mujer indonesia que ingresó a la comunidad de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Su nombre completo era Anna Clara (Anneke) Ong Gwat Lwa Nio y nació el 27 de abril 1936. Hija menor de Gregorius Ong Lien Giok y Dymphina Tio Kiong Ay Nio tuvo siete hermanos.

Luego de haber vivido su infancia y juventud en una familia muy unida y católica, a inicios de la década de los 60 llegó a trabajar en el Hospital San Vicente de Paul en Surabaja como laboratorista. Allí conoció a las Misioneras Clarisas, un grupito de religiosas mexicanas pioneras de la misión de la Familia Inesiana en Indonesia. De aquel encuentro surgió su vocación religiosa y desde el primer momento de su respuesta al llamado vocacional, decidió entregarse por completo a Dios, convirtiéndose, como he dicho, en la primera vocación surgida de esta tierra de misión.

Su ingreso a la congregación fue marcado con un gesto de la misericordia de Dios muy especial, pues fue recibida por la fundadora, la Beata María Inés Teresa Arias, quien providencialmente se encontraba en Indonesia haciendo una visita maternal a sus hijas misioneras en aquellos días 1962. Hay una extensa crónica de la Beata en donde narra su visita. En una carta previa, que había escrito en Cuernavaca, un año antes, el 27 de enero de 1961 a las hermanas de la misión de Indonesia, la madre les decía: «A ver cuando es posible que podamos abrir nuestro noviciado. Podríamos empezar con las aspirantes (porque tendrán que hacer aspirantado como en Japón) en la casa en donde viven ahora. Creo se podría hacer lugar, ¿verdad?». 

En noviembre de 1962, a su regreso de Indonesia y Japón, la Beata preguntó por la perseverancia de la hemana Ana Clara: «¿Y las aspirantitas de Indonesia? ¡ah cuánto pienso en ellas! Sobre todo en Anneke, a quien tuve el gusto de conocer y tratar, siendo la primogénita en aquella también amada misión de ¡muchas esperanzas, de muchos anhelos! Que llegue a la meta, y sea fiel a Dios en el tiempo; para que lo sean en la eternidad». ¡Por algo la hermana Ana Clara se sintió siempre acompañada por ella! En ese mismo mes, Madre Inés escribe a sus hijas de Indonesia recomienda que estudie español: «Que mi pequeña Anneke siga estudiando el español y el piano, para que pronto pueda tocar a nuestro Señor en la capilla. ¿Ya engorda? ¿Se siente bien? Más bien se sentirá cuando tenga una hermanita ¿verdad? Le dicen que la saludo cordialmente».

El 12 de enero de 1963 Ana Clara (Anneke)  inició su postulantado y, un año después, inició su noviciado. Hay una carta de enero 29 de 1964 en la que la Beata María Inés anota: «Creo que no voy a poder contestarle aparte a Anneke; ya me la imagino que hermosa se ha de ver con su santo hábito. La ví en la revista que me mandaron, con su bata de enfermera; y a todas esas hijas también con Mons. Alibrandi, a quien ya destinaron, según supe a Beirut». Desde su juventud, Anna Clara se caracterizó por asumir con plena responsabilidad cada tarea a ella confiada. Siendo todavía novicia, comenzó su tarea de secretaria del Yayasan Panti Bagija en Madiun (1964-1975), una fundación para la gestión del apostolado de salud de las Misioneras Clarisas en Indonesia, labor que terminó hasta 1975.

A la par de esto recibió su formación inicial en la comunidad de Biliton, allí mismo en Madiun, donde luego emitió su primera profesión el 15 de julio 1967. Seis años más tarde en la Casa Regional, que está en Surabaya. pronunció sus votos perpetuos. 

Reconociendo el don que Dios había depositado en ella, en 1975 su congregación la destinó a Roma para que realizara estudios en la Pontificia Universidad Urbaniana, donde se especializó en la Teología Pastoral para las Misiones, formación que concluyó en 1978 y regresó a Indonesia para desempeñar diversas funciones de liderazgo, entre ellas: presidenta del Yayasan Panti Bagija (1980-2002), vicaria regional (1978-1984), superiora regional (1984-1990), secretaria regional (1990-1996) y nuevamente vicaria regional (1996-2002). Mientras fungía como secretaria de la región celebró sus Bodas de Plata el 16 de julio 1991 en Madiun.

A la par de sus responsabilidades en el gobierno regional del instituto, prestó su servicio como analista en el laboratorio del hospital de Madiun (1966-1975), colaboró en el equipo de formadoras, impartió clases en el noviciado (1978-1982).  y fue la responsable de la reconstrucción del hospital «Santa Clara» (1997-2002). En 2003 fue destinada a la comunidad de Yakarta, donde continuó su misión como ecónoma local (2003-2009), vicaria local (2009-2012) y responsable de la administración de la Casa de Oración Santa María de Guadalupe» hasta el día en que recibió la cruz de la enfermedad. Aquí en esta casa de Yakarta, en donde escribo ahora esto, le festejaron sus Bodas de Oro el 7 de agosto de 2016 y luego, poco antes de morir, el 15 de junio 2026, festejó su 60º aniversario de una vida marcada por la fidelidad y el amor.

Quienes compartierin la vida comunitaria con ella, en las diversas casas a la que fue destinada, tanto en las comunidades de Indonesia como en la casa general de Roma, la recuerdan como un alma de oración: una hermana buena y a la vez firme, cercana y siempre dispuesta a dar lo mejor de sí. 

Como la hermana mayor de esta región, buscó no solamente quedarse con el gozo de haber sido la primogénita y de haber tenido un trato muy directo y lleno de afecto con la Beata María Inés, sino que buscó ser siempre un buen ejemplo para las más jóvenes con su vida, con su palabra, sus obras y su testimonio de vida. 

Bendecida por Dios con una memoria prodigiosa, mantuvo el cultivo de ese don hasta su edad avanzada. De esta manera, se convirtió en una auténtica crónica viviente que conservaba cada recuerdo, persona y acontecimiento con absoluta precisión destacando no solo por eso, sino por su sencillez y humildad; reconociendo con madurez sus limitaciones y pidiendo, con total confianza,  ayuda a sus hermanas, la cual siempre agradecía con una sincera sonrisa. En sus últimos años quienes la conocían, tanto hermanas como vanclaristas, amigos y bienhechores, la veían como una dulce abuelita: siempre dispuesta a acoger a todos, con el don de escuchar con paciencia. Destacó durante toda su vida religiosa por ser una persona meticulosa en el cuidado de sus relaciones, manteniendo siempre un vínculo cercano con las familias, amigos de la congregación, los bienhechores y los sacerdotes, quienes la respetaban y admiraban sinceramente.

Pocos días después de celebrar sus 60 años de profesión religiosa, Anna Clara comenzó a sentir molestias digestivas y como su estado no mejoraba, la llevaron al hospital donde los médicos le diagnosticaron una infección bacteriana en el estómago y cálculos biliares, sumados a la afección cardíaca que padecía desde hacía tiempo.

Tras varios días ingresada en el hospital de Yakarta, debido al estado de su estómago que ya no pudo recibir nutrientes, le hicieron un procedimiento para que todas sus necesidades nutricionales y terapéuticas se satisficieran a través de la vena central. Luego, contando con su consentimiento y la autorización médica, fue trasladada a Madiun para que continuara su tratamiento en el hospital de las Misioneras Clarisas porque las hermanas, llenas de gratitud por su testimonio de vida y su entrega, querían que Anneke estuviera rodeada de más hermanas y se sintiera en casa, sin dejar de recibir la mejor atención médica. El trayecto en ambulancia duró doce horas durante las cuales estuvo acompañada en todo momento por el equipo médico y por algunas de las religiosas. Sus expresiones de gratitud hacia la congregación y sus hermanas fueron constantes, y manifestó con claridad que ofrecía y soportaba todo aquel sufrimiento con alegría por el bien de la región, de su congregación y de la Iglesia universal.

En su mensaje de agradecimiento a Dios por sus sesenta años de vida consagrada había expresado: «Virgen María, nunca me dejas sola ni un instante, ni siquiera un segundo, siempre me cubres con tu manto maternal, en la alegría y en la tristeza, especialmente durante mi enfermedad. Guíame y enséñame a amar a tu divino Hijo por encima de todas las cosas y alcánzame que un día pueda regresar contigo a la Casa del Padre junto con los ángeles y todos los santos».

Poco a poco su estado de salud se fue deteriorando y su corazón se debilitó cada vez más; sin embargo. su serenidad y su entrega se fortalecieron. Finalmente, el lunes 13 de julio de 2026, a las 14:30 (hora local), con el mismo amor que la acompañó desde su juventud y rodeada del afecto de sus familiares y hermanas, la hermana Anna Clara entregó su alma al Creador. 

60 años parecen pocos cuando se piensa en la eternidad, pero en la tierra hablan de toda una vida gastada en favor de Cristo y de la Iglesia. Como el grano de trigo que cae en tierra buena y muere para dar fruto esta generosa misionera entregó su vida en la tierra para volar a la eternidad a los 90 años de edad. Con el corazón lleno de gratitud sin hacer a un lado el dolor de la separación física, las hermanas acompañaron a esta hermana cuya fe inquebrantable y dulzura la llevaron a alcanzar su meta final, el abrazo definitivo con el Padre Misericordioso. 

¡Querida hermana Anna Clara Mariani Winantea, que el Buen Dios te conceda, como premio al final de la carrera en esta tierra, por su infinita misericordia, contemplar su rostro!

Padre Alfredo.

martes, 21 de julio de 2026

«Olivia Trejo Solorio, una vida de entrega con convicción»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCIII


Toda persona consagrada está llamada a anticipar la victoria de Dios sobre la muerte ya en los días de su existencia terrena, pues, animada por la gracia del Espíritu, vive aquí abajo anticipando lo que
será la vida futura. 

La vida religiosa es la concreción del deseo de estar con Cristo en una unión que se prepara en este mundo y llega a su plenitud en el cielo. Así fue la vida en este mundo de la hermana Olivia Trejo Solorio, una mujer de una búsqueda constante de la voluntad de Dios entre los vaivenes que toda existencia terrena puede tener.

Olivia Trejo Solorio nació el 19 de julio de 1946 en Celaya, Guanajuato, un lugar pintoresco del centro de México mundialmente famoso por su tradicional cajeta artesanal elaborada con leche de cabra, ganándose el título de la «Capital de la Cajeta"» o la «Ciudad más dulce del mundo». Allí mismo fue bautizada el 15 de agosto de aquel mismo año. Siendo todavía muy pequeña, su familia emigró a los Estados Unidos instalándose en California, en donde recibió la educación elemental.

Fue en esas tierras californianas en donde Olivia escuchó la voz del Señor y respondió a su llamado ingresando a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 27 de diciembre de 1964 iniciando su formación como postulante. La Beata María Inés Teresa había fundado en Los Ángeles una guardería que hasta la fecha da un gran servicio a los hijos pequeños de inmigrantes de varias naciones y cuyos recursos económicos son limitados. Allí los pequeños van aprendiendo a convivir siguiendo los protocolos que una sociedad, formada por múltiples culturas, ha de seguir. Los niños aprenden, además, sus primeras palabras en inglés.

El 8 de diciembre de 1965, esta hermana, que se distinguió desde joven, entre otras cosas, por su refinada educación, dio un paso más convencida de que Dios le llamaba a conocer más a fondo la vida consagrada en el estilo trazado por la Beata María Inés Teresa iniciando su noviciado para hacer su primera profesión religiosa como religiosa Misionera Clarisa dos años después, el 8 de diciembre de 1967 y luego consagrarse definitivamente el 8 de septiembre de 1974.

Sus primeros años como religiosa los vivió allí esa región de Estados Unidos donde estudió enfermería,. En 1977 fue enviada a la región de México en donde se especializó en Espiritualidad. En 1980 regresó a California y continuó estudiando para obtener el diploma de Bachelor in Arts y su acreditación como maestra.

Allá mismo hizo estudios especializados para enseñar a adultos con problemas de aprendizaje. Siendo, en aquellos tiempos, una de las primeras hermanas en alcanzar ese grado de preparación.

Siempre inquieta por ir buscando cumplir la voluntad de Dios, hizo un alto en su vida como Misionera Clarisa, experimentando en 1987, un año especial de discernimiento para ver si podía incorporarse al Instituto de Notre Dame,  una congregación religiosa dedicada en exclusiva a la educación, haciendo una experiencia de vida en esa congregación para regresar, convencida de su vocación de Misionera Clarisa al año siguiente viviendo en plenitud su carisma y entregándose con los dones que Dios le concedió.

Así vivió por muchos años hasta que en Roma, el Señor la vio madura para celebrar las Bodas del Cordero.

Que el Señor le haya regalado a la hermana Olivia el gozo de contemplar su rostro en la eternidad.

Padre Alfredo.


«Theresia Sri Mudjiati, una mujer consagrada que supo cosechar»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCII

En la Lira del Corazón, hace muchos años, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: «Mi tarea penosa, la de sembrar en el dolor, llena de lágrimas ya terminó, ahora me toca segar contigo en la alegría, y llena de júbilo santo poseerte eternamente...»

El camino de la vida consagrada, suele presentarse como un campo de cultivo exigente. El esfuerzo se realiza con lágrimas en los ojos. La vida de seguimiento de Cristo está llena de alegría que fortalece al alma para sembrar la Palabra de Dios en los campos del mundo, pero la tarea implica también sacrificios, pérdidas y el dolor que todos, en algún momento, debemos transitar. La tarea muchas veces es penosa, por las dificultades que se van presentando, pero ciertamente que ninguna cosecha nace sin antes haber enterrado una semilla en la oscuridad del suelo.

El 3 de febrero de 2016, hace ya 20 años, fue llamada a la Casa del Padre, en Indonesia, la hermana Misionera Clarisa Theresia Sri Mudjiati. Theresia dejó este mundo en la casa de Ngawi en este país en donde la Iglesia católica local cuenta con una fuerte labor de la Familia Inesiana. La sede en Ngawi funge como el noviciado oficial de las Misioneras Clarisas en Indonesia. Allí, además de encontrarse el espacio dedicado a la formación espiritual y académica de las jóvenes indonesias que aspiran a consagrar su vida al carisma inesiano, hay una ardua labor misionera de las hermanas que, fieles al legado de su fundadora, brindan asistencia social y acompañamiento espiritual en las comunidades de la región.

El Señor bendijo a la hermana Theresia con la cruz de una larga y penosa enfermedad, pues durante más de dos años, los últimos de su vida, sufrió las consecuencias de una embolia cerebral. Esta enfermedad la llevó con serenidad y paz, preparándose cada día al encuentro del Esposo convencida, como toda alma consagrada a Dios, que el dolor nunca tiene la última palabra. Nada es en vano. La enfermedad en el consagrado y en general en todo bautizado, es el agua que prepara la tierra para un fruto extraordinario. La promesa final es la transformación radical del sufrimiento en gozo. 

En la Familia Inesiana recordamos cómo nuestras hermanas de la Región de Indonesia, con fraternal solicitud estuvieron en todo momento al pendiente de ella, sobre todo en estos últimos días de su agonía y en esos momentos en que iba ya a recibir el premio de los que en esta vida han dejado todo para seguir a Cristo Esposo.

Llegar al momento de la cosecha junto a lo divino, implica, en toda comunidad religiosa, que el dolor, el cansancio, la enfermedad, se disipa para dar paso a una alegría que no es pasajera, sino profunda y permanente. Al final de la vida, luego de un largo periodo de sufrimiento, el júbilo santo viene a recordarnos que el propósito de haber sostenido la marcha en los días oscuros era alcanzar una comunión eterna en el descanso definitivo al estilo de Dios, que no es quietismo infecundo sin más, sino intercesión por quienes siguen en la tierra gracias a la comunión de los santos. La muerte fue, para la hermana Theresia, el abrazo que reparó cada herida causada por la enfermedad y la certeza de que todo lo sembrado en el dolor florece para siempre en un amor que ya nada puede marchitar.

Que María Santísima, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, nos alcance a todos el don de la perseverancia en la fe y en la vocación.

Padre Alfredo.

domingo, 19 de julio de 2026

«María Luisa Ruiz Estrada, la hermana que hablaba desde el silencio de su sí»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCI

Hay personas que pasan por el mundo aparentemente sin hacer mucho ruido. Personas sencillas que de manera callada van sembrando la semilla de la Buena Nueva por donde pasan. Este es el caso de la hermana María Luisa Ruiz Estrada, una Misionera Clarisa que dejó este mundo a los 93 años de edad y cuya larga vida, consagrada al servicio de Dios dejó, en lo oculto de las pequeñas y grandes tareas de la  ida ordinaria, las huellas de Cristo.

La hermana María Luisa, desde joven, fue una mujer muy ejemplar en su vida cristiana destacando por ser una colaboradora siempre fiel y disponible en la parroquia de su pueblo, especialmente como catequista. 

Atraída por Dios a la vida misionera, ingresó a la congregación de del Santísimo Sacramento, de quien aprendió a vivir con sencillez y alegría las más preciadas virtudes.

Las hermanas que la conocieron la recuerdan hasta hoy como una hermana generosa y silenciosa en la vida de comunidad y con un espíritu muy mariano, pues siempre dejaba ver un intenso amor a la Santísima Virgen.

Fue una hermana que realizó con empeño los trabajos de la Vida de Nazareth, esa vida oculta que nos recuerda los años de Cristo en las tareas que no brillan pero que, en una vida de comunidad, son básicas seguía teniendo en su cuarto la máquina de cocer para hacer lo que sabía era necesario a la comunidad, pues era una excelente costurera. 

Luego de una delicada operación de columna, tuvo que convalecer y cuando se le preguntaba cómo estaba, con una sonrisa en sus labios, respondía: «¡Como Dios quiere!» Sus familiares la visitaban en el convento con mucha frecuencia mientras se recuperaba y la rodeaban de cariño y atenciones al igual que la comunidad. Pero, la voluntad de Dios es que no permanezcamos para siempre en este mundo y, por el peso de los años, se le dejaron venir nuevas complicaciones, que por su misma edad, médicamente no se le pudo hacer más
En un lapso corto de tiempo llegó a su vida la insuficiencia renal, los dolores que no le daban descanso y el desgaste de quien era imparable en los pequeños servicios. En sus últimos días ya no podía tomar sino poquísimo alimento. Aunque conservaba un rostro sereno, se veía que no tenía aliento ni para abrir sus ojos, mismos que cerró estando rodeada de hermanas que, rezando y cantando, la acompañaban en su silencioso y tranquilo tránsito al cielo.

No recuerdo con exactitud la fecha de su fallecimiento y no tengo más datos. No hay tampoco una fotografía a mi alcance pero su rostro quedó grabado en mi mente y en mi corazón. Me basta cerrar los ojos y verla sonreír con sencillez y sentir su silencio, reflejo de un alma pacífica y pacificadora.

¡Gracias hermana María Luisa por haber dejado las huellas de Cristo en mi vida!

Padre Alfredo.

viernes, 13 de febrero de 2026

HERMANA ESTELA GONZALEZ ALMARÁZ... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo

El 11 de abril de este 2022 falleció la hermana Misionera Clarisa Estela González Almaráz, una misionera que pasó gran parte de su vida consagrada en los Estados Unidos y a quien conocí en 1984 y seguí viendo en múltiples ocasiones hasta hace 4 años. En estas líneas quiero compartir con ustedes, basado en la crónica de su vida que hacen nuestras hermanas cuando una de ellas fallece, algo de su vida.

La hermana Estela, cuyo nombre completo es María Estela Guadalupe González Almaraz, nació en Monterrey, Nuevo León, México el 11 de diciembre de 1940 y fue miembro de una familia católica en donde aprendió los valores de la vida cristiana que supo siempre desarrollar en su vida consagrada y en los que su familia de sangre vive hasta la fecha. Tengo el gusto de conocer a dos de sus hermanas yen especial a su sobrino sacerdote Anuar, un buen amigo que ejerce su ministerio como párroco en la arquidiócesis de Monterrey.

Estela ingresó a la comunidad de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 19 de marzo de 1960 en Cuernavaca Morelos, México, en donde se encuentra la Casa Madre de la comunidad y en donde fue recibida por la Madre Teresa Botello Uribe —fiel colaboradora de la madre fundadora y de feliz memoria también— y allí mismo, el 27 de febrero del año siguiente, 1961, inició su etapa de noviciado para luego profesar los votos de pobreza, castidad y obediencia de manera temporal el 15 de agosto de 1963. Tanto su inicio de noviciado, como su profesión perpetua, las hizo ante la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora y superiora general de la congregación.

Inmediatamente después de hacer su profesión temporal, fue enviada los Estados Unidos en donde desde 1965 hasta 1975 fue maestra en la escuela de la parroquia de Santa Bárbara. De 1975 a 1982 fue maestra de primaria en la escuela Nuestra Señora Auxilio de los cristianos en Los Ángeles, California y a partir de 1984 fue directora de la misma hasta que en 1994 recibió su cambio a la ciudad de Roma, Italia para colaborar en diversas actividades de casa —tarea a la que la beata María Inés llamaba «vida de Nazareth».

Yo la conocí cuando era directora de la escuela de Nuestra Señora Auxilio de los cristianos. Recuerdo que en mi primer visita a Los Ángeles ella me enseñó la escuela con lujo de detalles y con el amor que le caracterizaba a las encomiendas que le daban. Le dio mucho gusto saber que yo era su paisano y que era amigo de su hermana Cecy. Yo en ese entonces me disponía a continuar mi formación como novicio en Roma, Italia. Esa vez compartí con ella y con la comunidad de esa casa de Los Ángeles que ya no existe, un día de visita que dejó, como siempre que visito a mis hermanas Misioneras Clarisas, una gran enseñanza y el gozo de compartir el gozo de vivir la vocación a la vida consagrada.

En el año de 1996, la hermana Estela se incorporó a la comunidad de Misioneras Clarisas en Monterrey, Nuevo León su tierra natal, para colaborar en el Colegio Isabel La Católica. Allí también la traté en varias ocasiones. En el año 20000 regresó nuevamente a la escuela Nuestra Señora Auxilio de los Cristianos y permaneció allí hasta el año 2009 cuando se cerró la comunidad de los Ángeles y fue asignada a la comunidad de Sylmar allí mismo en California, para realizar diversos trabajos de traducción de español al inglés. Allí también hizo mucho apostolado, pues se dedicó a la catequesis de adultos.

Fue una hermana muy culta, muy educada, muy humilde y sencilla. Podemos decir que fue un alma que contagiaba de alegría a quienes estaban a su alrededor gracias a su carácter y a su perene alegría. En todos los lugares de misión se distinguió por ser una mujer muy trabajadora, generosa y responsable en todo lo que se le encomendaba, aunque gran parte de su vida la dedicó a la enseñanza de la niñez y la juventud. Sus compañeros maestros, los padres de familia y los diversos colaboradores la querían mucho por las «puntadas» que se le venían. La expresión «puntada», se utiliza en Monterrey para referirse a una frase coloquial como comentario o acción ingeniosa, divertida o inesperada.

Precisamente, en Monterrey, muchas exalumnas del colegio Isabel La Católica recuerdan a Estela por su destacada colaboración en la coordinación del departamento de inglés, donde, en inglés o en español, no perdía la oportunidad de dar buenos consejos, de estar al pendiente de la vida de fe de quienes colaboraban con ella dejando en todas las almas un mensaje de paz en una alegre convivencia.

Ciertamente, a pesar de ser tan ocurrente y amena, era una mujer de carácter fuerte y decidido que empleó para salir adelante en todo lo que se le pedía, combinando esto con su nobleza de corazón, sencillez y espontaneidad, cosa que le ayudó a conquistar muchos corazones y a dejar en ellos «el dulce olor de Cristo» (2 Cor 2,15).

Las hermanas más jóvenes de las Misioneras Clarisas que en sus últimos años convivieron con ella,  contaban que las llenaba de alegría y les dejaba un testimonio de amor y gozo por su consagración de vida que transmitía por medio de su sonrisa siempre auténtica.

Mientras le fue posible enseñó a las hermanas y en especial a un servidor en mis años en California, lo que ella había aprendido como docente. Como sacerdote, a la hora de la predicación, pude aplicar mucho de eso. En especial recuerdo como con sencillez me enseñaba incluso las «bad words» en inglés, para que los jóvenes de la parroquia no me agarraran en curva con el uso de esas palabrotas, que solo me sabía en español como buen regio. 

Como sacerdote, conocí mucho de lo que había en su corazón de mujer consagrada. Manifestaba siempre un profundo amor a Nuestro Señor y fielmente se esmeraba por no descuidar sus deberes como religiosa manteniéndose siempre fiel en su vida sacramental y en sus unión a Jesús eucaristía, especialmente en las horas de adoración al Santísimo Sacramento. Gustaba mucho de rezar el santo rosario de escuchar diversas reflexiones.

Ya mayor y habiendo sido alcanzada por la enfermedad, ofrecía todo y sufría las consecuencias de la enfermedad con paciencia. En su enfermedad fue dócil y humilde a las indicaciones que le daban los médicos y las hermanas responsables del cuidado de su salud. La diabetes fue su compañera por varios años y a pesar de que se fue agravando, se esforzaba por estar en todos los actos de comunidad. Su sobrino sacerdote, el buen Anuar, que vive en Monterrey, pudo viajar para verla en sus últimos días y agradecerle tantas y tantas oraciones que por él hacía. 

Su salud empezó a declinar a partir del año 2019, cuando tenía que ser constantemente internada en el hospital o en casas de convalecencia para recibir una mejor atención médica. En todo momento fue atendida por las hermanas a quienes recibía siempre con la alegría y sencillez que la caracterizaban. Así fueron sus tras últimso años de vida hasta que el domingo 3 de abril del 2022, en medio de la pandemia que azotaba al mundo, avisaron a las hermanas del hospital Católico de San José de la ciudad de Burbank en california, que su estado de salud era delicado. El día 11 por la mañana tuvo una muy leve mejoría y por la tarde de ese mismo día le empezó a bajar considerablemente la presión arterial y le faltó el oxígeno.

Acompañada de familiares y hermanas de la comunidad, mientras rezaban con ella y cantaban a la Virgen el canto «Un día yo iré, al cielo patria mía» abrió sus ojos y miró hacia arriba sin parpadear y  con una mirada llena de luz. Después del canto rezaron con ella la coronilla a la divina misericordia y se le fueron cerrando los ojos lentamente hasta quedar como dormida.

Confiamos en que la hermana Estela, por su vida hecha donación con alegría, haya entrado en la luz gozosa de Dios, en la casa del Padre y, con su ejemplo de vida, sintámonos nosotros llamados a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa como la de ella, llena de la luz del amor, de apertura, de atención a los demás, porque solamente así habrá merecido la pena —ante Dios, ante los demás hombres, ante nosotros mismos— haber vivido.

Padre Alfredo.

Este video que se muestra a continuación, muestra a la hermana Estela en sus últimos años de vida. ¡Vale la pena verlo!

domingo, 1 de febrero de 2026

Josefina Kato... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XC

Hace muchos años, el 18 de Febrero de 2010 a las siete de la mañana llegó el Esposo Divino por una de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas, la hermana Josefina Kato Sadako a quien ahora quiero recordar y compartir algo de su vida con ustedes, mis queridos lectores. 

La Hermana Josefina fue una misionera japonesa incansable que tuve la dicha de conocer por allá en los años ochentas. Sus últimos días de vida fueron difíciles, pues padecía de Alzheimer y se encontraba internada en un centro especial muy cerca de la casa de nuestras hermanas en Karuizawa. Allí duró varios años. Siempre se caracterizó por su amabilidad y por una caridad exquisita. Se puede decir que fue una misionera a tiempo y a destiempo. Una de las características que más la distinguía era la sonrisa, una sonrisa perenne al estilo de nuestra Beata Madre Fundadora, incluso cuando ya permanecía atrapada por esa incomprensible enfermedad. 

La hermana pasó muchos años de su vida consagrada en la misión de Ota, en su tierra nata, dedicada, como la mayor parte de su vida, a la catequesis. En las diferentes misiones a donde la obediencia la envió, fue instrumento del que Dios se valió para invitar a algunas de nuestras hermanas japonesas a la vida consagrada. 

De una manera muy particular, la hermana Kato —como le llamaban de cariño— conjugaba la educación sobrenaturalizada con una sin igual simpatía que hacía a todo mundo pasar un rato agradable con sabor a recreación pero aprendiendo, a la vez, a vivir para Cristo. Era una persona muy positiva y emprendedora que en el corazón de todo el que convivía con ella, dejaba un olor a entrega, a bondad, a fervor y un gran deseo de que Jesús y su Madre Santísima fueran conocidos, pues su celo por la salvación de las las almas era tan grande, que aún cuando empezó a perder sus facultades por el Alzheimer, en el centro en donde estaba como interna, se ponía a evangelizar a como podía.

Nuestras hermanas religiosas cuentan que en una ocasión, cuando la fueron a visitar, los miembros del personal del centro —algunos de ellos obviamente budistas— les hicieron varias preguntas sobre la Biblia, sobre Cristo, sobre la fe cristiana. Allí logró fundar un grupo de personas de las mismas enfermas que estaban internadas, para hablar de la Fe católica. A la gente le gustaba escucharla...y hasta se hizo famosa por lo que al grupo le pusieron «El Club de la Hermana Kato». Así, junto a los clubs de Origami —figuras de papel doblado— o de música, de canto, tejido y otros, Jose no perdiendo oportunidad... ¡también hizo su club!

Las dos últimas semanas de su vida, estuvo en el hospital. Tuvo que ser trasladada al nosocomio pues aunque ya no padecía dolor por el avanzado grado de su enfermedad, empezó a tener problemas respiratorios, y al examinarla le descubrieron que tenía cáncer en los pulmones. Ya pasaba mucho tiempo en que la mayor parte permanecía dormidita, y fue así que, ya en el hospital, se fue apagando como un cirio esperando la llegada de su Señor.

Las Misioneras Clarisas de la comunidad de Karuizawa estuvieron a su lado para atenderla con mucho amor y dedicación en esos sus últimos días, hasta que llegó el momento del desenlace final en el que la el Esposo Divino llegó por ella, que estaba tan preparada como las diez vírgenes prudentes del evangelio, ya que desde el día en que la hospitalizaron, había recibido el sacramento de la Unción de los enfermos. 

Siempre, mientras pudo hablar, aún sin reconocer muchas cosas, se le escuchaba dar las gracias por todo. Murió en una hora muy particular acompañada de su superiora, la hermana Clara Yamazaki, porque, en ese momento, todas las demás misioneras de aquellas tierras del Sol Naciente, asistían a la Santa Misa en nuestras respectivas casas.

Les invito a que ahora que he recordado a nuestra querida hermana Josefína Kato, demos gracias al Señor por el regalo tantas hermanas, misioneras incansables, que han dejado en este mundo, unas huellas que son, sin duda alguna, las huellas de Cristo. Me viene ahora unas palabras de nuestra amada Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, la iniciadora e inspiradora de esta gran Familia Inesiana de la que muchos formamos parte: «Jesús dulcísimo, que me has amado tanto y que quieres mi bien, y no te cansas de instruirme, se han abierto sobre mi alma esas claridades que sólo pueden dimanar de tu amor misericordioso, me has sumergido en ellas y, humillándose mi alma, ha comprendido, ha aceptado, ha amado».

Padre Alfredo.

sábado, 9 de agosto de 2025

«Beatriz Hattori Reiko»... Vidas consagradas que dejan las huellas de Cristo XC

Beatriz Hattori Reiko fue una religiosa japonesa que nació en la ciudad de Nagano, perteneciente al Estado del mismo nombre, en la zona central de Japón, el 14 de mayo de 1939. Procedente de una familia profundamente budista, fue la cuarta hija del matrimonio formado por Katsujiro Hattori y Toku Hattori. Beatriz tuvo 5 hermanos, 3 hombres y dos mujeres, las cuales, como ella, abrazaron la vida religiossa luego de convertirse al catolicismo. Su hermana Consuelo fue, junto con la hermana Francisca Honda, la primera vocación japonesa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, cuyos pasos Beatriz siguió. Su hermana menor ingresó con las hermanas del Buen Samaritano.

Su historia de conversión parte de la vida espiritual tan profunda de sus padres, que fervientes practicantes del budismo, se preocuparon por la sólida formación de sus hijos. De tal manera que a las tres mujeres las enviaron a estudiar con las hermanas del Sagrado Corazón. Fue allí donde Beatriz, a la edad de 15 años recibió el sacramento del bautismo el 8 de diciembre de 1954. 

Cinco años después, el 12 de mayo de 1959, respondiendo al llamado que el Misionero del Padre, el Buen Jesús le hacía, siguiendo el ejemplo de su hermana mayor, ingresó en la Congregación de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y el 12 de agosto de 1962, luego de su tiempo de formación inicial como postulante y novicia, hizo su primera profesión temporal. Luego de un periodo de cinco años en Tokio, se llevó a cabo la ceremonia de su consagración definitiva el 6 de agosto de 1967.

La hermana Beatriz fue una hermana muy trabajadora, serena y responsable con todo lo que se le encomendó. Desde su ingreso, hasta 1974 formó parte de las comunidades de Tokyo, Oizumi e lida en Japón. En Iida fue directora del kínder Santa Clara, una encomienda que desempeño hasta que fue designada a formar parte de la región de Indonesia, misión que amó profundamente y en la que trabajó diligentemente, como lo afirman las hermanas de esas lejanas tierras profundamente envueltas en la religión musulmana y constituido por más de 17,000 islas.

Situada en el sudeste asiático, Indonesia es una nación en la que conviven grandes religiones como el islam (80% de la población), el hinduismo, el budismo y el cristianismo. En este contexto, Beatriz, conocedora del Budismo, en donde había nacido, no dudó en asumir el desafío de dar testimonio de vida cristiana a través del diálogo profético en una cultura muy diversa. Allí vivió un buen tiempo en la comunidad de Biliton y trabajó en el Hospital Santa Clara. Las Misioneras Clarisas de aquella región la recuerdan como una hermana trabajadora y muy responsable. Fue muy querida por las hermanas de las diversas comunidades y una maestra que hasta ahora muchos recuerdan y tienen hermosos recuerdos. Con su sencillez supo ganarse el cariño de muchas personas que, por su testimonio de vida, abrazaron la fe católica.

Tuve el gusto de conocerla en Roma, en donde la pude saludar en diversas ocasiones. La recuerdo como una mujer serena, de sonrisa discreta y profunda devoción al participar en la Santa Misa y en el rezo de la Liturgia de las Horas en la casa de Garampi. Las hermanas siempre me dijeron que era un alma llena de amor al servicio de sus hermanas y  compañeros de trabajo. Seguramente Beatriz ofreció todo lo que hizo para salvar almas, como lo había aprendido de la Beata María Inés.

En el año de 2004 regresó a Japón, la patria que la vio nacer y que fue cuna de su vocación misionera. Sus últimos 20 años de vida formó parte de las comunidades de Oizumi, lida y Karuizawa, donde sirvió en el apostolado de la atención a los huéspedes de la Casa de Ejercicios, destacando su servicio, además, como ecónoma y en sus últimos años como sacristana, servicio que prestó diligentemente hasta que la enfermedad la obligó a ser hospitalizada.

El 16 de diciembre de 2024, en la localidad de Karuizawa, Nagano, Japón, a las catorce horas con treinta y cinco minutos, el Esposo Divino la llamó a su presencia a la edad de 85 años, después de haber cumplido fielmente su misión en una vida de entrega y servicio durante los 55 años como Misionera Clarisa entregada por completo a todo lo que le encomendaba la obediencia para llevar el amor de Dios, sobre todo, a quienes no lo conocían.

Que el Señor le haya concedido contemplar su rostro y recibir el premio de permanecer eternamente en su presencia.

Padre Alfredo. 

viernes, 8 de agosto de 2025

«María Teresa Montes Palomino»... Vidas consagradas que dejan las huellas de Cristo LXXXIX

Conocí a la hermana María Teresa Montes Palomino en los años noventas, cuando era yo un joven sacerdote que pasaba más tiempo de su vida misionera en Costa Rica que en México. Precisamente de esa época y de la constante convivencia con los «Ticos» que me quedó al hablar el acento que nunca me he podido quitar y que hace que hasta en el mismo Monterrey me pregunten si soy colombiano.

La hermana María Teresa del Calvario —su nombre como religiosa aunque para mí fue siempre la hermana Tere— fue llamada a la Casa del Padre el pasado mes de abril, en concreto el día seis. Como buena misionera, no murió en casa sino en el  Hospital Calderón Guardia, en San José, allá  en Costa Rica.

Tere nació en Aguascalientes, México, el 17 de setiembre de 1935. Sus padres fueron el Señor Luis Montes Carrillo y la Señora María Refugio Palomino González y ella fue la mayor de siete hermanos. Recibió el bautismo el 23 de setiembre de 1935 y la confirmación el 20 de octubre de aquel mismo año. 

Luego de experimentar el llamado del Señor, ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 24 de octubre de 1951 en Cuernavaca, Morelos, México, donde está la Casa Madre de la Familia Inesiana. Casi al inicio de su formación, fue enviada a Pueblo, donde inició su noviciado el día de la natividad de María, el 8 de setiembre de 1952. Al año siguiente, siendo aún novicia, fue destinada a la Casa Madre, en Cuernavaca, donde colaboró como maestra de secundaria. Terminada su formación inicial, hizo su primera profesión religiosa el 12 de agosto de 1954 en Cuernavaca, ante nuestra Beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

Destacando por su inteligencia y por su capacidad para el estudio, se graduó como profesora de educación primaria y maestra de educación media con la especialidad en pedagogía. De 1955 a 1957, fue maestra de primaria en Zacatepec, Morelos y, a mediados de ese año, recibió su cambio a la comunidad de Talara, en Ciudad de México, donde prestó su servicio como maestra de secundaria. Al año siguiente, regresó a Puebla como maestra de la Universidad Femenina de Puebla, que había fundado la Beata María Inés Teresa y en esos años gozaba de un gran prestigio. El 8 de febrero de 1960 hizo su profesión perpetua y continuó, hasta el año de 1971, trabajando como catedrática en la Universidad Femenina de Puebla, distinguiéndose por realizar su tarea con gran responsabilidad, dedicación y amor por la salvación de las almas. Buscando datos sobre su vida, me encontré en internet su cédula profesional.

En 1971, enviada por la Beata María Inés, llegó a Santo Domingo de Heredia, Costa Rica, como maestra de secundaria en el Colegio Santa María de Guadalupe, colaborando en la noble misión de la educación. Desde aquel entonces, vivió siempre en ese querido país conocido como «La Suiza centroamericana». De 1978 a 1984 se desempeñó como maestra en la educación de la fe en Ciudad Neilly. Continuó con esta misma labor en Moravia hasta 1986. En este mismo año recibió su cambio a la comunidad de La Rita de Guápiles, donde llevó a cabo un intenso trabajo pastoral parroquial y en el año 1987 fue trsladada a Moravia como maestra de secundaria hasta 1989.

Durante varios periodos prestó diferentes servicios de gobierno en su congregación: Fue superiora local de la comunidad de La Rita de Guápiles de 1986 a 1992. Durante ese mismo tiempo, en diferentes periodos, fue segunda y tercera consejera regional. De 1995 a 2002 prestó el servicio de superiora local de la comunidad de Tibás. En 2002 fue vicaria regional y primera consejera por varios años, al mismo tiempo que fue superiora local e Moravia. Hasta el 2011 ocupó el cargo de superiora regional de Costa Rica. Finalmente colaboró como superiora local de la comunidad de La Rita de Guápiles, desde el 2012 hasta que fue llamada a la Casa del Padre. 

Sister Yenori, también Misionera Clarisa y costarricence de nacimiento, que desde hace algún tiempo está en la región de California, en los Estados Unidos, tiene bellísimos recuerdos de cuando era pequeña y gustaba de ir a la casa de las hermanas a rezar con ellas y a participar en las diversas actividades que tenían. Entre otras cosas dice que la recuerda siempre muy misionera. Comenta que la veía cubierta con su sombrilla y en sandalias, debido al calor extenuante de Guápiles, recorriendo las calles llevando la Buena Nueva y participando en las misiones en salones, capillas y donde se pudiera en las pequeñas villas. Dice que cuando ya como Misionera Clarisa iba a visitar a su familia, las hermanas Ticas le decían que no la podían tener quieta en la casa de pastoral sin que le consumiera el celo misionero, dando ese tiente incluso a las actividades de casa como limpiar frijoles, doblar servilletas, limpiar el arroz y ofrecerlo todo por la salvación de las almas.

La hermana Tere se distinguió por su obediencia y fidelidad al carisma inesiano. Como maestra, a lo largo de tantos años, llevó a cabo esa misión con gran entrega y donación en bien de la niñez y la juventud, sembrando la semilla de la fe y llevando tanto a los alumnos como a los padres de familia, al encuentro con Cristo, siendo muy querida por toda la comunidad educativa.

En los diversos cargos de gobierno que prestó, fue en todo momento una mujer disponible, un alma pacífica y pacificadora, atenta a las necesidades de sus hermanas, con un espíritu generoso y conciliador. Dentro de la comunidad se distinguió por su presencia diligente y silenciosa al mismo tiempo, manifestando su gozo de servir en una perenne y discreta sonrisa. Siempre se le vio dispuesta a servir a sus hermanas y todos, aún en sus últimos momentos por medio de la oración.

A ejemplo de Nuestra Madre Fundadora, fue una misionera incansable, con gran amor por la salvación de las almas y una religiosa de profunda unión con Dios, constantemente rezaba el santo rosario con mucho cariño a la Santísima Virgen María y meditaba asiduamente el Viacrucis, motivando con su testimonio a los demás miembros de la comunidad. Su trato fue bondadoso y sencillo, brindando una sonrisa apacible a quienes trataban con ella. Durante la mayor parte de su vida, gozó de buena salud, aún en su avanzada edad, en la que siempre se le vio con gran fortaleza, fiel a sus actos comunitarios y sirviendo generosamente en aquello que podía realizar. 

La recuerdo con mucho cariño y guardo algunas de sus enseñanzas que, desde joven sacerdote, tocaron mi corazón, pues fue una mujer muy cercana a los sacerdotes; en realidad, una madre. Compartimos, como expresé al inicio de mi relato, mucho momentos hermosos allá por los años noventas y, la última vez que nos vimos, fue en 2016, en la última tanda de ejercicios espirituales que impartí en esa querida nación centroamericana.

En el mes de febrero pasado le realizaron estudios generales, ya que venía manifestando presión arterial alta, fue medicada y se mantuvo estable. Repentinamente presentó un cuadro de hipertensión endocraneana que le produjo una hemorragia cerebral, provocándole una fuerte caída; las hermanas actuaron rápidamente y la trasladaron de inmediato al hospital donde la declararon en condición crítica. En un lapso de doce horas la hermana estuvo inconsciente, sin mostrar mejoría. Fue ungida en dos ocasiones por los capellanes del Centro Médico. Su superiora regional y las hermanas de comunidad, le hicieron sentir la cercanía de todas las hermanas de la congregación. Recibió un hermoso mensaje de parte de la superiora general  así como su bendición.

Desde su ingreso al hospital, estuvo acompañada, las hermanas le cantaron y oraron con ella, invitándola a continuar ofreciendo su vida por la salvación de las almas y en especial por todos los miembros de nuestra Familia Inesiana, así mismo, la invitaron a renovar su consagración al Señor pronunciando la fórmula de sus votos. Su familia de sangre tuvo oportunidad de comunicarse con ella por medio de llamadas telefónicas, ya que, aunque permanecía inconsciente, los médicos indicaban que aún podía escuchar.

Tere inicia ahora su desposorio eterno con Aquel que la llamó y la ha amado desde toda la eternidad. Junto con toda nuestra familia misionera quiero dar gracias a Dios, por su paso por este mundo y por todo lo que dejó en mi corazón, donde ha dejado la huella imborrable de Cristo. Que el Señor haga fructificar todos sus anhelos misioneros y esfuerzos ofrecidos durante su vida y que María santísima, a quien llevó tatuada en su alma la reciba en la patria eterna.

¡Que nuestra querida hermana Tere goce de la contemplación eterna del rostro de Dios!

Padre Alfredo.

P.D. Agradezco a la hermana Virgina Palomo, también Misionera Clarisa y amiga de toda la vida por las hermosas fotos de la hermana Tere que me mandó.

domingo, 3 de septiembre de 2023

«Luz Elena Aragón Martínez»... Vidas consagradas que dejan las huellas de Cristo LXXXVIII

Hoy quiero compartir, en unas cuantas líneas, la biografía sintética —junto a una serie de recuerdos que quedaron grabados en mi corazón— de la hermana Misionera Clarisa Luz Elena Aragón Martínez, a quien tuve el gusto de conocer desde que era yo un joven seminarista misionero. La hermana Luz Elena nos dejó, para regresar a la Casa del Padre, el1º de septiembre de este 2023, a las siete horas con veintitrés minutos después de una vida misionera de 53 años en su mayoría muy activa que, en los últimos años, estuvo marcada con la cruz de la enfermedad.

Luz Elena, nació el 21 de junio de 1948 en Chihuahua, Chihuahua, México, en el seno de una familia católica. Después de una infancia y adolescencia feliz, en el seno de una familia, como aquellas de antes, estudió la carrera de contador privado e ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 11 de febrero de 1970 en Cuernavaca, Morelos, donde inició su noviciado el 15 de agosto del mismo año para realizar, el 16 de agosto de agosto de 1972 su profesión temporal de votos, estando presente en ambas ceremonias Nuestra Madre Fundadora la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. 

Su formación inicial tuvo lugar en la casa noviciado que se encuentra en Cuernavaca. Posteriormente, continuó sus estudios en Monterrey, Nuevo León. 

En 1976 fue destinada a colaborar con el equipo de hermanas Misioneras Clarisas, en la Delegación Apostólica, en Ciudad de México, pues en aquel entonces no había Nunciatura, debido a que no había relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano. Su desempeño durante ese tiempo fue en el área administrativa, era secretaria de transcripciones y manejo de documentos oficiales, además de otras labores de casa en atención al Delegado Apostólico y a su equipo sacerdotal de secretarios. Ella formó parte del último equipo de hermanas Misioneras Clarisas que colaboraron en la Delegación Apostólica, hecho que se clausuró con la inolvidable primera visita de Su Santidad Juan Pablo II en 1979 y a quien tuvo la dicha de atender de manera muy cercana, quedando este testimonio en fotografías muy elocuentes, como esta en donde aparece de la mano de san Juan Pablo II.

Durante los años que la hermana Luz Elena realizó esta encomienda, junto con otra hermana Misionera Clarisa dio inicio al grupo de Van-Clar Nezahualcóyotl, manifestando así su gran celo apostólico y misionero.

En el año 1980 fue enviada a Santa Ana, California, Estados Unidos, en donde prestó el servicio de ecónoma regional hasta 1989. En ese mismo lapso de tiempo fue entusiasta asesora de los grupos de Van-Clar en aquella Región. Allá realizó un Diplomado AA Degree y perfeccionó el idioma inglés que siempre puso a disposición de sus diferentes encomiendas.

Después de concluir su estancia en California, el Señor la trajo de nuevo a México a colaborar un año en la comunidad de Arandas, Jalisco, en la catequesis. En el año de 1990 tuvo su cambio a la Misión de Acapulco, en donde se entregó generosamente durante 17 años, prestando diversos servicios como: secretaria, ecónoma y superiora Local, además de ser asesora muy cercana de nuestro grupo de hermanos Vanclaristas. Allí participó activamente en la organización de la pastoral parroquial con el encargo especial de atención dominical a feligreses extranjeros en diversos puntos de la ciudad. Su presencia en Acapulco, en especial en la parroquia de San Francisco de Asís en la colonia Icacos, asentó una huella imborrable. Allí tuve el gusto de conocerla y compartir con ella diversos momentos en el campo apostólico en mis primeros años como joven sacerdote en misiones anuales de Semana Santa y de verano. Entre toda la gente de Acapulco, hay muchos que la recuerdan con mucho cariño. La familia de nuestro hermano el padre José Radilla, que es de Acapulco, la sintió siempre cercana, sobre todo en momentos especiales en que fue un gran apoyo para ellos. 

En el año 2009 fue nombrada superiora local en la comunidad de Ixtlán del Río, Nayarit, atendiendo también la administración del jardín de niños María Inés. Posteriormente, en el 2013 formó parte de la comunidad de Mazatlán, Sinaloa y prestó sus servicios en la administración escolar del colegio Niños Héroes.

En el año 2015, después de presentar diversas molestias físicas, le detectaron un tumor cerebral e inició un tratamiento médico en la ciudad de Guadalajara, formando parte de la comunidad del Tesoro, colaborando, después de su recuperación, en algunas ocasiones, en la comunidad de Mazatlán. Este periodo de enfermedad lo vivió con gran entereza y abandono en la voluntad de Dios.

Dos años después, en 2017 se integró definitivamente a la casa de Guadalajara, donde en la medida de sus posibilidades, se dedicó al cuidado y atención de nuestras hermanas Misioneras Clarisas ancianas y enfermas, ya que algunos años el Señor, dador de la Vida, le concedió un periodo de estabilidad dentro de su misma enfermedad, impulsada siempre por su buen ánimo, un buen humor extraordinario y un gran deseo de servicio generoso.

Durante su vida, Luz Elena se distinguió por ser una persona muy alegre, sencilla, generosa, disponible, muy cuidadosa y delicada en las cosas de Nuestro Señor. De manera muy profunda vivió su celo apostólico, buscando en todo la salvación de las almas. Fue una mujer muy respetuosa, fiel a sus votos, a su congregación y a las enseñanzas de Nuestra Madre Fundadora. Podemos sin duda decir que fue en todo momento, el ángel de los pequeños servicios, siempre incondicional con sus hermanas de comunidad, con los fieles de las distintas parroquias donde colaboró y de manera muy especial con nuestros hermanos Vanclaristas a quienes tanto amó y acompañó de cerca espiritualmente. Su sola presencia solía suscitar un sentimiento de alegría y de paz que contagiaba. Ella hacía presente a Jesús sobre todo en los ambientes adversos en los que, como incansable misionera, le tocó instaurar el Reino de Dios. Entre sus grandes dones destaca el mantenerse comunicada de uno u otra manera, con las almas con las que el Señor le regalaba encontrarse en el apostolado, quienes siempre la sintieron cercana, especialmente nuestros hermanos Vanclaristas de Acapulco y la gente de la parroquia de san Francisco de Asís en ese bello puerto, en el que la misión, le llamó a realizar grandes retos apostólicos.

Responsable en sus encomiendas hasta el último momento, dio testimonio a las hermanas que compartían con ella, de lo que significa seguir y servir al Señor abrazando su cruz, especialmente en esta prueba de la enfermedad.

Como es natural, en este último periodo, poco a poco su situación de salud se fue deteriorando. Sin embargo, fue notorio que, en estos últimos días, se mostró más animada y participativa. De hecho yo conviví con ella por última vez el 16 de agosto de este 2023, cuando fue mi copiloto en un viaje de Guadalajara a Atotonilco para participar en la profesión perpetua de nuestra hermana Misionera Clarisa Andrea Morales. Ese viaje, por supuesto, nunca lo olvidaré, pues me acompañaron tres hermanas muy queridas junto a Chabelita, una nuestras hermanas más jóvenes. Ese día viajamos de ida y vuelta Catalina Blancas, Lucila Cleris y Luz Elena. Rezamos, cantamos, contamos chistes y al final les dije a las hermanas que me parecía que había hecho el viaje más corto de mi vida, por la maravillosa compañía, sabiendo que llevaba un tesoro. Allí mismo me despedí de Luz Elena, compartiendo recuerdos de momentos muy especiales en la comunidad de Acapulco en donde los dos nos restablecíamos de distintas enfermedades en una de esas visitas inesperadas de Dios en los que la salud mina nuestras fuerzas.

Dicen las hermanas de la Casa del Tesoro que en la mañana del viernes del primer día de septiembre, inesperadamente se desvaneció de su asiento, debido a un derrame cerebral. Fue llevada inmediatamente al hospital, donde la auxiliaron hasta el último momento, cuando el Divino Esposo la abrazó en su amor misericordioso por toda la eternidad. «¡Vengan, benditos de mi Padre, hereden el Reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me recogieron; estuve desnudo, y me cubrieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y vinieron a mí!”. (Mt. 25, 35-37)

Me quedo con maravillosos recuerdos de esta querida hermana y la imagen de su rostro, el 16 de agosto. Un rostro físicamente deteriorado por la enfermedad pero marcado por una sonrisa que me alentará el resto de los días de mi vida.

Descanse en paz nuestra querida hermana Luz Elena Aragón Martínez.

Padre Alfredo.

jueves, 9 de febrero de 2023

Rosita Estrada, una misionera que inspiró a otras almas a vivir la consagración a Dios... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXXVII

Hace ya muchos años, en mis tiempos de seminarista en nuestra congregación de Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, conocí a una monjita excepcional, una mujer joven y llena de Dios que respiraba por los poros de su ser el amor a Dios y el anhelo de que muchos viviéramos la gracia de Dios. Hablo de la hermana Rosa María Estrada Flores de quien ahora quiero compartir la reseña de su vida misionera que inspiró a otras almas a vivir la consagración a Dios en plenitud.

La hermana Rosita —como mejor la conocimos muchos— nació en Atotonilco el Alto, Jalisco, México, el 7 de septiembre de 1951. El 12 de diciembre de 1967, decidida a donar su vida como misionera, ingresó en la congregación religiosa de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en la Casa Noviciado, de Cuernavaca, Morelos. Allí mismo, el 20 de agosto del año siguiente, inició su noviciado y el 25 de agosto de 1970 emitió sus votos temporales. 

Después de su formación inicial, Rosita recibió su cambio a Italia, a la comunidad de Garampi y posteriormente, a una comunidad que había en aquellos años en la clínica de Villa Angela. En 1974 sus superioras le destinaron a Madrid, y posteriormente a Pamplona, donde colaboró en el Colegio Mayor Santa Clara. Allí realizó su profesión perpetua consagrándose para toda su vida al Señor el 8 de diciembre de 1977. Allí, en esa comunidad donde hay un colegio mayor, permaneció hasta 1980 en que regresó a México a la Casa Madre en Cuernavaca. 

Posteriormente, estuvo en la Casa de Guadalajara, donde estudió enfermería y donde yo la conocí y traté varias veces en mis visitas a la comunidad de Guadalajara en diversos veranos en que ayudaba yo a manejar desde Cuernavaca a Guadalajara para llevar a las hermanas que estudiaban, en la Perla Tapatía, cursos de verano de espiritualidad con los padres carmelitas. ¡Cuanto me edificaba su sonrisa y su testimonio de generosidad que conservó siempre, con un espíritu jovial.

En el año de 1988, ya con experiencia como enfermera, recibió su cambio a Dublín, en Irlanda y, en 1997, llegó a la misión de Hardag, en la India, donde fue superiora local y maestra de novicias. Diez años después, en 1998 fue nombrada vicaria de la Región Indocoreana que en aquel entonces englobaba las casas de Corea y de India. 

En el año 2003, regresó a Guadalajara, ejerciendo su profesión como enfermera y el Señor me permitió verla de nueva cuenta varias veces y disfrutar de sus edificantes pláticas de la experiencia que había adquirido en las misiones, especialmente de los años que pasó en India, a donde siempre quiso volver. Nuestros hermanos Vanclaristas de Guadalajara, disfrutaban escuchando sus edificantes experiencias misioneras.

Siguiendo con su generosidad misionera, en el año 2008, fue destinada a la misión de Mazatán Chiapas, en el sur de México, donde colaboró hasta el año 2017 cuando regresó a Ranchi, India como hermana mayor de las casas de India. 

A fines del año 2020, la hermana Rosita regresó a Guadalajara por motivos de salud, pues habían aparecido en su vida algunas dolencias que requerían tratamiento médico. 

La hermana Rosita, siempre llena de entusiasmo, se entregó, como misionera, a diferentes tareas que le encomendaban sus superioras buscando, en cualquier lugar y ocupación, dar a Cristo a los hermanos. Era normal verla siempre con una sonrisa en su rostro y con una perenne actitud positiva, aun ante las adversidades, con la confianza puesta en el Señor y en la intercesión de María Santísima, a quien encomendaba todo lo que debía realizar. 

Sus hermanas en religión, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, cuentas que fue una hermana que se esforzaba por animar a las demás religiosas, buscando obtener lo mejor de cada acontecimiento y hacer de la fraternidad un momento de gozo para el Señor. Muchas la recuerdan como una hermana cercana y muy humana con quienes convivía. Quería mucho a nuestra beata Madre Fundadora, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, a quien conoció y buscó imitar y también mostró siempre un claro espíritu de pertenencia a la Familia Inesiana.

Ya en Guadalajara, en la Casa del Tesoro, donde residen las hermanas enfermas, se le veía colaborando en lo que estaba dentro de sus posibilidades y motivando a las hermanas a ofrecer con alegría su trabajo para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Pero, a partir de ese mismo año, acompañó al Señor con la cruz de la enfermedad. Como consecuencia de los malestares que experimentaba, los médicos detectaron unos quistes malignos por lo que tuvo que dejar definitivamente la misión de la India para recibir el tratamiento oportuno para luchar contra el cáncer. Allí fue intervenida quirúrgicamente, y recibió quimioterapia y radioterapia. 

En octubre del año 2022, la hermana Rosita presentó algunos cambios neurológicos, se le detectó, además de los quistes, un tumor en el cerebro, del que también fue intervenida. Tuvo una ligera mejoría, pero al continuar con los estudios, estos revelaron que ya había una fuerte metástasis. 

Paulatinamente su salud se fue debilitando debido a la enfermedad, aunque fue atendida con mucha caridad por las hermanas de la Casa del Tesoro, en quienes dejó un testimonio de sencillez, gratitud y amor a la congregación. Se le veía entregar diariamente todos sus sacrificios al Señor por la salvación de las almas, particularmente por la misión de India, que llevó grabado en su corazón desde que pasó su primera etapa como misionera en esa querida misión que está en el ahora país más poblado del mundo con 1,428 millones de habitantes. Especialmente, allá en India, fue donde la hermana Rosita inspiró a otras almas a seguir a Cristo en la vida consagrada, pues con su ejemplo de vida y su testimonio, acompañó el caminar de postulantes y novicias de aquel lejano país.

Durante el tiempo de su enfermedad, la hermana Rosita se fue abandonando a la voluntad de Dios con mucha confianza, fortaleza, paz y serenidad para ir recibiendo lo que el Señor iba permitiendo en su vida que poco a poco, por los estragos del cáncer de iba minando. Así, poco a poco, esta edificante misionera entregó su alma a Aquél, a quien un día consagró su vida. 

El día 12 de enero de 2023, a las catorce horas con treinta y seis minutos, el Señor la llamó a su presencia a los 71 años de edad. Ahora, seguramente, el mismo Señor la ha recibido para celebrar, en su infinito amor y misericordia, las nupcias eternas.

Descanse en paz nuestra querida hermana Misionera Clarisa Rosa María Estrada Flores.

Padre Alfredo.

lunes, 28 de febrero de 2022

«Teresa Inés Takanawa, primera superiora regional japonesa de las Misioneras Clarisas»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXXVI

El día 14 de este mes de febrero de 2022, fue llamada a la presencia de Dios la hermana Teresa Inés Takanawa Reiko, una misionera japonesa que tuvo una larga vida de 96 años, de los cuales, la mayoría, los vivió consagrada a Dios en la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, pues estuvo en esa congregación por espacio de 68 años.

La hermana Teresa Inés nació en Tokyo el 18 de diciembre de 1925. En 1954, el 8 de diciembre, ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas donde comenzó su caminar en la formación con su postulantado. Al año siguiente, en 1955, en esa misma fecha del 8 de diciembre, inició su noviciado y dos años después, igualmente el 8 de diciembre de 1957 hizo su profesión temporal de pobreza, castidad y obediencia. 

Sus primeros años de formación los pasó en las comunidades de Tokyo y Karuizawa, donde tuvo la gracia de colaborar en la misión de Ohinata, viviendo en medio de una gran austeridad y con muchas carencias materiales, entregada de lleno a la tarea de la evangelización de un pueblo que apenas escuchaba hablar de Dios.

Su profesión perpetua, para consagrarse de lleno al Señor, fue el 8 de diciembre de 1963 en Tokyo y al año siguiente, en 1964 fue enviada a la misión de Oota, en donde estuvo hasta 1967 en el que se le pidió trasladarse a Oizumi para estar al frente de la construcción de un kinder del que fue nombrada primera directora, cargo que desempeñó fielmente hasta 1985.

Entre 1985 y 1986, hizo la experiencia del año de oración, en una vida de silencio y recogimiento en vida contemplativa en la casa de Karuizawa. Al terminar esta expeciencia se le pidió permanecer en esa comunidad para estar al frente de la construcción de una casa de ejercicios espirituales.

Tanto en las comunidades de Oizumi como en la de Karuisawa, ella fungió como superiora local, además de colaborar en el gobierno regional del instituto como consejera.

En 1996 fue nombrada superiora regional de Japón, convirtiéndose así en la primera hermana japonesa que ocupó este cargo, el cual desempeñó hasta el año de 2005. Este periodo de su vida misionera fue igual de fructífero que los anteriores, pues durante él pudo hacer la construcción de las nuevas instalaciones del jardín de niños en Tokyo «Misión Santa Clara», y la remodelación de la cripta, con suficiente capacidad, para acoger en su última morada a las hermanas misioneras que fallecieran en esa región.

Con gran fidelidad, firmeza y confianza, la hermana Inés Teresa veló incansablemente por las necesidades materiales y espirituales de cada una de las misioneras que tuvo a su cargo. Siempre se distinguió por vivir fielmente su consagración religiosa, viviendo con entrega y generosidad sus votos, especialmente distinguiéndose en el cumplimiento del voto de obediencia.

Al terminar su servicio como superiora regional, pasó a formar parte temporalmente de la comunidad de Karuizawa, para luego ser destinada a la comunidad de Iida, misión en la que colaboró activamente en las tareas parroquiales, siendo superiora local de esa comunidad.

En el año de 2016, habiendo cumplido 90 años de edad, sufrió una fuerte caída que la mandó al hospital por algún tiempo y allí estuvo en estado crítico, a tal grado que los médicos predecían su deceso como algo ya próximo. Pero, en los maravillosos designios de Dios, él tenía preparada una nueva misión para la hermana Teresa Inés concediéndole seis años más de vida siendo un gran ejemplo para las hermanas misioneras y para las personas que la atendieron en una residencia especializada, donde recibía todas las atenciones necesarias que su condición física requería. Allí la visitaban las hermanas manifestando la gratitud por su entrega misionera.

En todo momento, la hermana Teresa Inés, sobre todo mientras abrazaba la cruz de la enfermedad y de la ancianidad, se presentaba siempre con un rosario en la mano y otro colgado al cuello, muy cerca de su corazón, manifestando así su amor entrañable a María Santísima y dando ejemplo de la autenticidad de su unión con Dios, siempre con sencillez, manteniendo su porte religioso y siendo alegre y respetuosa con todos los que le rodeaban.

En las últimas semanas, antes de su deceso, avisaron de la residencia a las hermanas que había perdido el apetito y que empezó a mostrar fuertes síntomas de gripe, por lo cual fue trasladada al hospital donde fue diagnosticada con neumonía. El 9 de febrero el párroco de la Iglesia de Iida, junto con la hermana superiora de esa comunidad la visitaron y el padre le administró el sacramento de la Unción de los enfermos, el cual recibió conscientemente aunque con una gran debilidad física.

Se puede decir que esta última etapa de la vida de la hermana Teresa Inés, fue el resumen perfecto de su vida y que de la misma manera que el Cirio Pascual, que al inicio está grande e imponente pero se va consumiento mostrando la luz de Cristo, ella también se fue consumiendo transmitiendo la presencia de Cristo en su vida para iluminar a los demás, dejando tras de sí, solamente la luz de Cristo con la cual se quedó grabada una auténtica vida de entrega y fidelidad que fue consumida en su totalidad, por la llama del amor.

Descanse en paz la hermana Teresa Inés Takanawa Reiko.

Padre Alfredo.

jueves, 24 de febrero de 2022

«Cuquita Meza, Cristo, María, una guitarra y la máquina de coser»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXXV


Recordar a las almas consagradas que al pasar por este mundo han dejado la huella de Cristo, es agradecer la obra maravillosa que el Señor ha hecho en la vocación que les ha dado. Este espacio de «Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo», quiere ser un homenaje a las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento —a quienes tanto debo en mi vocación— y recordarlas agradeciendo a Dios su legado. Esta vez quiero compartir algo de la vida de la hermana María del Refugio Meza Villegas, a quien tuve la dicha de conocer desde hace muchos años y que en su vida de Misionera Clarisa se hizo donación del amor de Dios como religiosa consagrada a él. La recuerdo siempre alegre, serena, sencilla y con su guitarra, aún ya entrada en años. Sus hermanas de comunidad la recordarán también junto a la máquina de coser, pues fue una hermana costurera de primera línea. 

La Hermana Cuquita —como era conocida— nació el 29 de junio de 1926 en Nuevo Valle de Moreno, León, Guanajuato, en México. Allí creció y vivió sus pequeños años en un ambiente familiar hasta que el 21 de agosto de 1955 ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, en la Casa Madre de instituto en Cuernavaca, Morelos y de inmediato inició su postulantado en la casa de Talara, en la Ciudad de México, posteriormente, para recibir su formación como novicia, regresó a la Casa Madre donde inició su noviciado el 8 de septiembre de 1956. Dos años después, el 15 de agosto de 1958, emitió sus votos temporales y se consagró a Dios en perpetuidad el 15 de julio de 1963. La beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la congregación y superiora general de la misma, estuvo siempre presente en todos estos momentos tan significativos de la vida consagrada de la hermana Cuquita. Como religiosa recibió el nombre de María del Refugio del Niño Jesús.

Cuquita fue un alma sencilla, humilde, de trato afable y fraterno. Un alma pacífica y pacificadora. Tenía un don especial para la cocina y la costura. Desde su noviciado, prestó con entusiasmo estos servicios en diferentes comunidades: Monterrey, Puebla, Talara, Casa Madre, Huatabampo, Guadalajara y la casa de La Villa, lo hacía con amabilidad y caridad, tratando de agradar en todo momento a sus hermanas de comunidad. En algunas ocasiones, dio clases de costura y a las hermanas más jóvenes les compartió con gusto sus conocimientos.

Fue una misionera dócil a la voluntad de Dios. En la costura estaba atenta a las necesidades de las demás, paciente y disponible. Se esmeraba por realizar sus responsabilidades con dedicación y orden, procurando realizarlas como un servicio a Dios y a sus hermanas, compartiendo sus experiencias. En todos los momentos de la vida comunitaria, compartía con sencillez y con un corazón gozoso y sereno participando en todas las actividades que había que realizar. Gozaba de la presencia alegre de las hermanas, siendo ella misma un espacio de alegría para las demás, con su característica sonrisa.

A lo largo de su vida religiosa, dio testimonio de gran fidelidad al carisma, fundiendo a Martha y a María, era también gran alma de oración y amante su adoración en medio de sus responsabilidades. En la casa de Monterrey, por ejemplo, se le recuerda tocando con gusto la guitarra, que era otro de los dones que tenía. Y en la Casa Madre, a pesar de que ya era muy avanzada en edad, participaba fielmente en el coro, desde los ensayos, cantando y tocando en todas las ceremonias en las que se requería su presencia. Siempre fiel en sus actos comunitarios, se le veía contenta rezando los salmos en los momentos de la oración de la Liturgia de las Horas y con un gran amor mariano recitando el Rosario en comunidad y ella sola. EL amor a María, siempre sostiene toda vocación de seguimiento de Cristo. Seguramente Cuquita recordaba siempre el ¡vamos María! que muchas veces escuchó de la labios de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

En el año 2005 regresó a la Casa del Tesoro, en Guadalajara. Allí había estado años antes y por varios años continuó confeccionando hábitos religiosos, vistiendo a sus hermanas consagradas con mucho cariño. Era toda una especialista en la máquina de coser. Las hermanas jóvenes recuerdan su testimonio de entrega en un trabajo escondido, donde seguramente conquistó muchas almas para el Rey inmortal de los siglos. Su tarea como misionera consagrada fue más hacia adentro del instituto, en una vida serena de las tareas de Nazareth, como es la costura, haciendo los hábitos religiosos de muchas misioneras que dieron la vuelta al mundo. Ella sabía que allí, detrás de la máquina de coser, era la levadura, que es esencial, para conquistar las almas para Cristo, que se ganan con el sacrificio de la vida oculta de cada día.

Desde hace algún tiempo, la hermana Cuquita, empezó a padecer dolores reumáticos, hipertensión y algunas otras complicaciones, propias de la edad. En medio de sus dolores, mantenía la serenidad y alegría, que la caracterizaron a lo largo de su vida consagrada. 

A finales de enero de este 2022, contrajo una neumonía derivada del covid19. En estos últimos quince días no se le vio desesperar, estaba abandonada y confiada en el Señor sin quejarse para nada. Cuando le preguntaban cómo estaba, solía responder que bien y por momentos buscaba alguna sencilla manera de mostrar su gratitud a las hermanas que la atendían.

El martes 8 de este mes de febrero, por una insuficiencia cardiaca, la salud de la hermana Cuquita se debilitó aún más. Con mucha paz y siempre esmeradamente atendida y acompañada por las hermanas de esta casa, entregó su alma al Divino Redentor el día 9 de febrero de 2022, alrededor de las tres horas.

Descanse en paz la hermana María del Refugio Meza Villegas.

Padre Alfredo.

martes, 8 de febrero de 2022

«Sister Carmen Ríos, una misionera siempre fiel»... Vidas Consagradas que dejan la huella de Cristo LXXXIV

Es hermoso y sobre todo muy valioso recordar a quienes han donado toda su vida a Dios. Este es el caso de la hermana María del Carmen Ríos Chávez, conocida por muchos como «sister Carmen», una religiosa misionera que consagró al Señor 69 años de su vida que fue longeva, pues murió el 29 de enero de 2022 a los 88 años de edad.

Sister Carmen nació en el estado de Durango, México, el 23 de julio de 1933. Ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en un día muy especial, pues era el 12 de diciembre de 1948. Fue aceptada en el instituto que tenía poco de fundado por la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento en la Casa Madre que están en Cuernavaca, Morelos. El primero de mayo de 1950 inició su noviciado en la ciudad de Puebla y luego, el 4 de mayo de 1952 en la Casa Madre hizo su profesión religiosa de castidad, pobreza y obediencia. La beata María Inés estuvo presidiendo como superiora general estas celebraciones.  

Los primeros años de su formación religiosa los vivió en Cuernavaca y en Puebla. Posteriormente, en 1953, fue enviada por la beata María Inés Teresa a los Estados Unidos para estudiar inglés. En 1954, ella junto con otra hermana del instituto, inició la fundación de la primera casa en este país en la ciudad de Gardena, en California. Ahí trabajó junto con las hermanas en la elaboración de manualidades, para el sostenimiento de la casa, a la vez que impartían catequesis y realizaban trabajo pastoral. 

El 25 de agosto de 1957 emitió los votos perpetuos y siendo superiora de la casa de Gardena fue nombrada, al mismo tiempo, superiora regional de aquella que, en ese entonces era una región pequeña. En 1962, siendo aún superiora regional, fue enviada a San Gabriel, California, como Maestra de Novicias y Superiora Local, a la vez que prestaba los servicios de secretaria y ecónoma. En 1965, se trasladó, junto con el noviciado, a Garden Grove.

En el año de 1966, regresó a la Región de México, primero como maestra de inglés del instituto Scifi, en Ciudad de México y luego como maestra de novicias y superiora de la Casa de Grevilias en Cuernavaca. En el año de 1969, fue nombrada vicaria regional en México y, posteriormente, superiora regional de 1974 a 1976. En este mismo año, regresó a la entonces, región de California, ahora de Estados Unidos, donde fue vicaria regional y colaboró en la secretaría regional.

En 1980, regresó a México, donde fue superiora de la casa de Guadalajara y allí la conocí. Desde nuestros primeros encuentros, siendo yo seminarista, sembró en mí enseñanzas de la espiritualidad inesiana en la que estaba embebida. En el año de 1983, regresó a Santa Ana, California, para prestar el servicio como Superiora Regional donde estuvo hasta el año de 1994. Allá en California también conviví con ella, por diversas situaciones, en varios encuentros, ejercicios espirituales, asambleas de Van-Clar y otras actividades desde que era yo postulante hasta ser un joven sacerdote. Desde que la conocí pude apreciar el gran cariño e interés que manifestaba en la expresión inesiana de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. Se puede decir que siempre, en nuestro instituto de Misioneros de Cristo, contamos con su apoyo y sobre todo sus oraciones y enseñanzas por nuestra perseverancia.

Allá en California permaneció todo ese tiempo haciendo florecer la región conservándola siempre viva en el espíritu y espiritualidad de la beata María Inés con una gran fidelidad. Fue nombrada Vicaria General de las Misioneras Clarisas, cargo que desempeñó hasta el año 2000, siendo siempre fiel transmisora del carisma inesiano alrededor del mundo, en las naciones en donde la familia inesiana estaba presente. 

Podemos decir, que según testimonios y lo que la misma historia nos deja ver, sister Carmen pasó muchos de los años de vida religiosa como superiora local, superiora regional y un periodo como vicaria general, ejerciendo la autoridad con exquisita caridad, según le había enseñado directamente la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

A partir de ese año 2000, ya libre de otros cargos, colaboró asiduamente en recabar la historia de la Congregación. Primero, trabajando con un equipo en la historia de la Región de Estados Unidos; donde en el año 2001, por encargo de la entonces superiora general, Teresa Botello Uribe, buscó la pintura original de «La Virgen de la Promesa», cuadro que fue encontrado en Tijuana y que es la imagen ante la cual la beata María Inés escuchó el mensaje de la Virgen que le dijo: «Si entra en los designios de Dios, servirse de ti para las obras de apostolado me comprometo a acompañarte en todos tus pasos, poniendo en tus labios la palabra persuasiva que ablande los corazones, y en éstos la gracia que necesiten, me comprometo además por los méritos de mi Hijo, a dar a todos aquellos con los que tuvieres alguna relación, aunque sea tan solo en espíritu, la Gracia santificante y la perseverancia final». Esta pintura se conserva actualmente, con coronación pontificia, en la casa general de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento.

Posteriormente, ayudó a recabar datos históricos y fotografías históricas de la beata María Inés y del itinerario del instituto, iniciando así la Comisión Histórica de la Congregación, en la que trabajó hasta el año 2008 en la Casa Madre, cuando recibió su cambio a la Casa de Guadalajara.

Sister Carmen, entre otras cosas, colaboró arduamente con nuestros hermanos Vanclaristas, tanto en la Región de California como en la de México, tratando de comprender y orientar a la juventud al estilo inesiano echando mano de tantos dones y cualidades que la distinguían en una sencillez de vida que era atrayente para seguir a Cristo al estilo de Madre Inés.

Fue una hermana con una gran fidelidad, amor y lealtad a la congregación. Era muy respetuosa y deferente. Se distinguía además por su generosidad y entrega. Colaboraba con todas las hermanas en los diversos apostolados con gusto y generosidad, siempre con una apacible sonrisa que contagiaba. Las hermanas que la conocieron como formadora y superiora, manifiestan que era paciente y atenta.

En la Casa del Tesoro, en Guadalajara, como hermana ya mayor, fue muy caritativa, obediente, y muy agradecida con las hermanas que, con esmero y cariño, la atendían. Vivía como lo hizo en toda su vida religiosa, siempre serena, con paz y una sonrisa amable. Dejando en las hermanas un testimonio de amor, bondad, paciencia y humildad hasta sus últimos días.

A mediados de 2021, sister Carmen sufrió una caída que fue complicando su salud hasta que, a partir del 23 de enero de este 2022 entró en fase crítica estando ya muy mal de salud.

Llena de paz, en medio de cantos que invocaban la presencia materna de la Santísima Virgen y acompañada de las hermanas de la comunidad, fue llamada por el Divino Esposo para celebrar las nupcias eternas. Así marcó el final de una vida generosamente entregada a la congregación y a la Iglesia. 

Descanse en paz nuestra querida sister Carmen.

Padre Alfredo.

viernes, 15 de octubre de 2021

«María Dolores Morishige Mayumi»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo LXXXII

La hermana Asunción Morishige Mayumi fue una religiosa Misionera Clarisa que fue llamada por el Señor a dejar este mundo para entrar en la vida eterna el el viernes 28 de mayo de 2021 a las 7:35 de la mañana. Fue una religiosa ejemplar cuya vida puede inspirar a otras almas a seguir al Señor, ya que en la medida en que la vida consagrada se deja conducir por el Espíritu se convierte en una de las huellas concretas que Dios deja en la historia para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina.

La hermana Asunción nació el día 3 de enero de 1935 en la ciudad de Hiroshima, Japón, esa ciudad que todos en la historia recordamos por que 10 años después del nacimiento de Asunción, estalló la bomba atómica que causó la muerte instantánea de cerca de 80,000 personas y dejó heridas a decenas de miles más.

Los estudios de primaria, secundaria y bachillerato los realizó allí en su pueblo natal, sobreviviendo a los estragos que había causado la bomba. Posteriormente se trasladó a la ciudad de Yokohama, lugar donde el 14 de agosto de 1954 recibió el Sacramento del Bautismo. Su nombre de pila fue María Dolores.

Por designios de Dios, mientras realiza sus estudios superiores, ingresó a la residencia para jóvenes Santa Elizabeth, lugar a cargo de la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Estando allí, el Señor le hizo una invitación especial: “Ven y Sígueme” le dijo, y ella en respuesta a este llamado ingresó con las Misioneras Clarisas el 15 de agosto de 1958, recibiendo el nombre de Asunción. El 8 de diciembre de 1961 hizo su primera profesión religiosa.

La hermana Asunción se caracterizó, desde sus primeros días en el convento,  por ser una hermana muy sencilla, sociable, alegre, amante de la vida de comunidad y muy entregada a su apostolado, ganándose el cariño de los niños, padres de familia y maestras con las que compartió en los diversos apostolados que realizó. El 2 de abril de 1967 hizo sus votos perpetuos.

La hermana Asunción hizo sus estudios superiores para maestra de primaria, preescolar y se especializó en el método Montessori, estudios que siempre puso a disposición de la congregación, sirviendo como educadora en los kínder y guarderías que han atendido las comunidades de Karuizawa, Tokyo, Iida y Oizumi. Así, en una dinámica entrega, vivió toda su vida religiosa hasta que la enfermedad se hizo presente y la fue imposibilitando.

Fue desde la década de los noventas en que la cruz de la enfermedad le visito en varias ocasiones, superando cada una de las diversas enfermedades con paciencia y buen ánimo. Desde el año 2010 pasó a formar parte de la comunidad de Oizumi, allí mismo, en Japón, donde compartía su vida comunitaria sirviendo en los quehaceres de casa, reviviendo las tareas de la casita de Nazareth siempre con un gran amor a María Santísima. 

Poco a poco su salud se fue debilitando más y más y con el paso del tiempo requirió atención continua y especializada, por tal motivo y habiendo recibido el sacramento de la unción de los enfermos, se le internó en una residencia especializada a 5 minutos de la casa religiosa. Allí podía ser acompañada por las hermanas y recibir todos los cuidados necesarios las 24 horas del día. 

En esta condición tan especial de la hermana Asunción, el Señor, con su poder Redentor, fue transformando el sufrimiento en entrega misionera, en una etapa de comunión en la caridad, en tiempo de compasión y misericordia, llegando al extremo de llevar a la hermana a abrazar la Cruz, como ofrenda de amor para gloria del Padre y salvación de la humanidad.

El día 26 de mayo de 2021, después de haber pasado su día con normalidad, se retiro a su habitación para el descanso nocturno, pero al día siguiente no despertó, permaneciendo en un estado de inconciencia, debido a una hemorragia cerebral. Momento en el que nuestro buen Dios decidió que la hermana Asunción, a la edad de 86 años, ya se encontraba preparada para recibir el abrazo eterno con el que le daba la bienvenida para hacerla partícipe de las Nupcias Eternas y así pasó dos días hasta que dejó este mundo.

Todo su celo misionero se vio acompañado en esta larga etapa con dolores ofrecidos que, como misionera, le llevaron seguramente a alcanzar abundantes frutos para mayor gloria de Dios y extensión de su Reino. 

Descanse en paz nuestra querida hermana Asunción Morishige Mayumi.

Padre Alfredo.