Hay personas que pasan por el mundo aparentemente sin hacer mucho ruido. Personas sencillas que de manera callada van sembrando la semilla de la Buena Nueva por donde pasan. Este es el caso de la hermana María Luisa Ruiz Estrada, una Misionera Clarisa que dejó este mundo a los 93 años de edad y cuya larga vida, consagrada al servicio de Dios dejó, en lo oculto de las pequeñas y grandes tareas de la ida ordinaria, las huellas de Cristo.
La hermana María Luisa, desde joven, fue una mujer muy ejemplar en su vida cristiana destacando por ser una colaboradora siempre fiel y disponible en la parroquia de su pueblo, especialmente como catequista.
Atraída por Dios a la vida misionera, ingresó a la congregación de del Santísimo Sacramento, de quien aprendió a vivir con sencillez y alegría las más preciadas virtudes.
Las hermanas que la conocieron la recuerdan hasta hoy como una hermana generosa y silenciosa en la vida de comunidad y con un espíritu muy mariano, pues siempre dejaba ver un intenso amor a la Santísima Virgen.
Fue una hermana que realizó con empeño los trabajos de la Vida de Nazareth, esa vida oculta que nos recuerda los años de Cristo en las tareas que no brillan pero que, en una vida de comunidad, son básicas seguía teniendo en su cuarto la máquina de cocer para hacer lo que sabía era necesario a la comunidad, pues era una excelente costurera.
Luego de una delicada operación de columna, tuvo que convalecer y cuando se le preguntaba cómo estaba, con una sonrisa en sus labios, respondía: «¡Como Dios quiere!» Sus familiares la visitaban en el convento con mucha frecuencia mientras se recuperaba y la rodeaban de cariño y atenciones al igual que la comunidad. Pero, la voluntad de Dios es que no permanezcamos para siempre en este mundo y, por el peso de los años, se le dejaron venir nuevas complicaciones, que por su misma edad, médicamente no se le pudo hacer más
En un lapso corto de tiempo llegó a su vida la insuficiencia renal, los dolores que no le daban descanso y el desgaste de quien era imparable en los pequeños servicios. En sus últimos días ya no podía tomar sino poquísimo alimento. Aunque conservaba un rostro sereno, se veía que no tenía aliento ni para abrir sus ojos, mismos que cerró estando rodeada de hermanas que, rezando y cantando, la acompañaban en su silencioso y tranquilo tránsito al cielo.
No recuerdo con exactitud la fecha de su fallecimiento y no tengo más datos. No hay tampoco una fotografía a mi alcance pero su rostro quedó grabado en mi mente y en mi corazón. Me basta cerrar los ojos y verla sonreír con sencillez y sentir su silencio, reflejo de un alma pacífica y pacificadora.
¡Gracias hermana María Luisa por haber dejado las huellas de Cristo en mi vida!
Padre Alfredo.
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