Y como para preparar mi ser y quehacer para esta experiencia, el Señor me regala este domingo estas maravillosas parábolas del tesoro y la perla —Mateo 13, 44-46—, que, aunque san Ignacio de Loyola, el creador del método de los Ejercicios Espirituales no las cita palabra por palabra en su texto autógrafo, toda la estructura metodológica de la dinámica de Ejercicios está diseñada para que el ejercitante descubra su propio «tesoro» — Jesús— y tenga la fuerza interna para «venderlo todo» por Él. Las parábolas del Reino, bien sabemos, ocupan un lugar central en la predicación de Jesús. A través de imágenes sencillas y cotidianas —un campo sembrado, un poco de levadura, un tesoro escondido, una perla preciosa— nos lleva de la mano en una realidad misteriosa que no se impone con espectacularidad ni se presenta como algo acabado. El Reino de Dios no es un espectáculo admirable ni una meta ya conquistada; es una presencia dinámica que exige búsqueda, decisión y compromiso. Por eso los Ejercicios son necesarios. En los días de retiro, como estos que tendremos, las imágenes evangélicas del tesoro escondido y la perla de gran valor no solo ayudan a representar al Reino de Dios, sino que sirven como el núcleo dinámico para el desapego, la elección de vida y la configuración con Jesucristo.
Las dos parábolas, tras una introducción idéntica, narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas no dudan ni un instante en vender todo lo que tienen para adquirirlo. ¡Cualquiera sería feliz con un descubrimiento semejante! En las dos parábolas, los bienes que poseen los protagonistas del relato, pocos o muchos, son suficientes para que con su totalidad puedan adquirir lo que han encontrado. Y es que cuando uno encuentra el Reino de Dios, bien porque ha tenido la suerte inesperada de encontrarse un tesoro o bien porque lo va buscando, habiendo oído hablar de él, entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas. El Reino aparece aquí como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una ardua búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, hay que vivir plenamente la vocación específica que Dios nos ha dado. Cuidarla, cultivarla, alimentarla. Que María santísima ayude a estas hermanitas a obtener un gran futo para vivir en plenitud su desposorio con Cristo y a mí me de las palabras persuasivas que acompañen su «sí». ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
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