Entonces, en lugar de fijar nuestra mirada en los escribas, veamos al hombre paralizado, que permanece callado en todo el relato dejándose llevar por sus amigos sin siquiera manifestar su fe ante Jesús, ni pedir él la curación. EL Señor le dice: «Ten confianza, hijo, se te perdonan tus pecados». Es que, en realidad, es el pecado lo que paraliza la existencia de todo ser humano y le impide vivir. Curar a un paralítico es dar al hombre la posibilidad de caminar, de elegir su vida, de ejercer su actividad, pero para alcanzar esto primero es necesario perdonar los pecados y liberar del sentimiento de culpa. Solo después será posible curar la parálisis, porque con frecuencia es el sentimiento de culpa lo que nos paraliza a todos. Jesús lo libera del pecado y le anima a asumir de nuevo su vida con ánimo y responsabilidad: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». La curación corporal confirma y manifiesta su potestad espiritual: el signo verifica la palabra.
El pecado no puede estar en nosotros sin hacernos daño y traer dolor, incertidumbre y culpabilidad que no se queda solo en el pecador, sino que se propaga. Prueba de ello son los nefandos actos cometidos en los «Fan-Fest» —festivales del mundial— de Ciudad de México, Monterrey y Tijuana, donde el pecado se ha hecho «social» y la chusma alcoholizada, con una total ausencia de Dios en su corazón, ha perdido su brújula moral—empezando por las autoridades civiles— dejándose dominar, «¡en el modo party!» por los instintos más básicos y egoístas en una dinámica que paraliza el alma y la dignidad de la persona. Deberíamos de leer a Octavio Paz, que en su Laberinto de la soledad advertía: «Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares». En la parálisis del hombre curado los hombres y mujeres de fe podemos ver el símbolo de nuestras propias parálisis, de todo aquello que no solo como personas, sino como sociedad, nos detiene impidiéndonos avanzar en la vida. Estoy contento con el desempeño de nuestros jugadores mexicanos en el mundial, pero no con la parálisis social que esto está causando y que empobrece al ser humano en todo sentido. Que la humildad de María Madre, que seguro sufre por sus hijos, no nos deje. ¡Bendecido jueves social y eucarístico!
Padre Alfredo.
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