No es casualidad que el evangelio de hoy (Mateo 12,1-8) me lleve a encontrarme con Jesús que ofrece vida sin fin, «enredado» en cuestiones legales, como tantas otras veces, con los fariseos. Para los fariseos todo se jugaba en el estricto cumplimiento de la Ley. Una ley que contaba con más de 613 preceptos —248 positivos y 365 negativos— que pretendían regir y controlar la vida entera de la persona. Quienes no los cumplían al pie de la letra eran, además de pecadores, personas impuras. Cierto que una gran parte del pueblo no los cumplía porque... ¡no los conocían! Es realmente difícil poder aprender 613 mandatos y tampoco se enseñaban a la gente sencilla, que era analfabeta en su mayoría, además de que las Escrituras estaban reservadas a las élites religiosas. Creo que ante esto vale la pena preguntarnos si nos sabemos los 10 mandamientos.
La cita elegida en esta ocasión por Jesús: «quiero misericordia y no sacrificio», (Os 6,6) nos deja ver que para Él lo único que hay que hacer es todo aquello que contribuya al bien del ser humano, y lo único que no hay que hacer es aquello que le hace daño. Es así como toda ley puede tener sentido. La primacía del amor, la misericordia, la compasión… por encima de toda normativa, precepto, casuística. Jesús lo anuncia con palabras y gestos, y terminará su vida pidiéndonos a sus discípulos–misioneros que nos amemos. No hay otra obligación, no hay otra prioridad. Es de esto e donde brotó la fuerza de Madre Inés para que la obra inspirada por Dios marchara en perseverancia y fidelidad. Al ver su vida nos damos cuenta de que la vida vivida con autenticidad no es fácil, pero no podemos excusarnos tratando de ignorar o tergiversar lo que Jesús propone. De hecho, desde nuestras pequeñas experiencias de compasión, solidaridad, entrega, compromiso con los más vulnerables, amor a los otros… es seguro que podemos dar continuidad a lo que la Beata, que nunca se soltó de la mano de María, empezó. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
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