miércoles, 15 de julio de 2026

San Buenaventura y los sabios y entendidos... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy amanezco en el aeropuerto de Monterrey acompañado por la hermana Silvia Burnes. Vamos a mi querida «Selva de Cemento» a una reunión con uno de los postuladores más destacados de México, el Dr. George Herbert Foulkes. Mientras esperamos el vuelo, repasando las lecturas de la misa de este miércoles, me topo con lo que parece una paradoja: hoy celebramos a San Buenaventura, Doctor de la Iglesia y uno de los grandes sabios de la historia, pero el Evangelio nos muestra a Jesús dando gracias al Padre por esconder sus misterios a los sabios y entendidos, revelándolos a la gente sencilla (Mateo 11, 25-27). Esta aparente contradicción se resuelve al entender que Jesús no critica la inteligencia, sino la soberbia espiritual de quienes confían solo en su intelecto y desprecian a Dios. La grandeza de San Buenaventura fue, precisamente, poseer una sabiduría de amor unida a un corazón de niño, destacando siempre por su sencillez, humildad y por saberse guiado por la fe.

Él logró unir la más alta teología con una profunda mística que brotaba de su capacidad contemplativa. Desde niño, cuando se llamaba Giovanni di Fidanza, quedó prendado de la humildad de San Francisco de Asís, quien intercedió por él y lo sanó milagrosamente de una grave enfermedad. Con el tiempo, ingresó a la orden franciscana y llegó a ser su Ministro General durante 17 años, logrando unificarla en tiempos de división, por lo que es considerado su «segundo fundador». Destacó como sacerdote defendiendo la fe católica con una profundidad impresionante y una claridad excepcional, lo que llevó al Papa Sixto V a declararlo Doctor de la Iglesia en 1588. Su obra maestra, «El Itinerario de la mente hacia Dios», refleja su convicción de que estudiar teología y filosofía no sirve de nada sin la oración. A pesar de ser una de las mentes más brillantes de la Edad Media, sus contemporáneos solían encontrarlo lavando platos o trapeando pisos, equilibrando el estudio riguroso con el carisma de pobreza de San Francisco.

Los misterios del Evangelio se siguen ocultando a los soberbios que creen bastarse a sí mismos, pero se revelan a los humildes que reconocen que toda sabiduría viene de lo alto. Ese es nuestro reto actual: estudiar y profundizar en nuestra fe, pues la falta de formación debilita la vivencia religiosa y nos vuelve vulnerables ante ideologías o sectas. La incapacidad de defender la doctrina, el abandono de los sacramentos y una fe inconsistente nos desafían a ser nuevos «Buenaventuras» que unan el conocimiento con el encuentro con Nuestro Señor en momentos privilegiados de oración. Que la Virgen María, con quien San Buenaventura tuvo una profunda devoción rezando el rosario con sencillez, interceda por nosotros y nos ayude. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

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