Jesús, vuelve a la semana siguiente, cuando ya está Tomás con la comunidad. Y es que Jesús vuelve siempre, sin reproches, sin reclamos, sin regaños; vuelve con su cercanía, con su paz, con su misericordia. Se acerca a Tomás con una especial ternura y le dice: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino cree». Y del incrédulo Tomas surge una gran confesión de fe: ¡Señor mío y Dios mío! De la duda de Tomás, podemos aprender a gestionar nuestras propias dudas. Nos hace bien de vez en cuando entrar en nuestro interior, habitado por Dios mismo.
El silencio interior, que podemos hacer luego de pensar en este momento que vivió Santo Tomás, provocará en nosotros la actitud propia de las personas que se saben incondicionalmente queridas, protegidas y acompañadas. Como Tomás, nosotros también debemos reconocer al Señor en las llagas de su costado sin limitarnos a tocarlas sino ir más allá y aliviarlas, curarlas en el hermano necesitado de cariño, de escucha, de compresión. Jesús nos invita a ver y tocar, para curar, todas sus llagas en tantas personas heridas en nuestro mundo. Que María santísima nos ayude. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
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