miércoles, 22 de julio de 2026

«A la urgencia de la misión como Magdalena, 45 años del retorno a la Casa del Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este miércoles la vivencia de nuestra fe nos regala una coincidencia providencial. Mientras la Iglesia entera celebra la fiesta de Santa María Magdalena, en la Familia Inesiana contemplamos con profunda gratitud el 45º aniversario del tránsito al cielo de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y el pasaje de Juan 20,1-2.11-18 que leemos en la misa de hoy, entrelaza de forma perfecta la vida de estas dos grandes mujeres. Ambas experimentaron un paso radical: de las lágrimas del sepulcro a la urgencia de la misión. Al celebrar a Santa María Magdalena y el legado de la Beata María Inés Teresa, el Señor nos invita a vivir un encuentro transformador con Cristo resucitado que nos impulse a compartir la alegría de la fe en n uestra condición de discípulos–misioneros. Como la Magdalena y la Beata María Inés, estamos llamados a superar nuestros miedos y convertir el dolor en una misión apasionada de evangelización, llevando la luz de la esperanza a todo el mundo.

El Evangelio nos muestra a María Magdalena llorando junto al sepulcro vacío. Su dolor es inmenso porque piensa que le han quitado a su Señor. Muchas veces la vida de la Beata María Inés también estuvo rodeada de noches oscuras, enfermedades y las lógicas dificultades de fundar una obra misionera de gran calibre. El llanto de la Magdalena cesa cuando escucha una sola palabra de los labios de Jesús: «¡María!». Al ser llamada por su nombre, reconoce al Maestro. De igual manera, la Beata María Inés experimentó un encuentro vivo con el Resucitado que transformó su existencia. Por otra parte Jesús le dice a la Magdalena una frase que es desconcertante: «¡No me retengas!» Es que el encuentro con Cristo no es un privilegio para guardarlo de forma egoísta, sino un fuego que exige ser compartido. Esta misma dinámica marcó los 45 años del legado de la Madre Inés. Aunque inició su vida religiosa como Clarisa en el claustro contemplativo, el fuego del Resucitado no le permitió quedarse allí. Escuchó el llamado a edificar una familia misionera y comprendió que contemplación y acción van de la mano. Su amor al Rsucitado presente en la Eucaristía la impulsó a «retener» únicamente el amor de Dios para luego dispersarlo por el mundo entero, enviando evangelizadores a donde Cristo no era conocido.

El Evangelio nos dice que María Magdalena corrió a decirle a los discípulos la frase que cambió la historiade la humanidad: «¡He visto al Señor!». Por esto, la Iglesia la aclama como la Apóstol de los Apóstoles. Podemos afirmar, con certeza, que Madre María Inés Teresa fue, en nuestro tiempo, una verdadera sucesora de ese espíritu de la Magdalena. Su vida entera clamó: «¡He visto al Señor y urge que él reine!» Su carisma misionero y su sonrisa constante —que los testigos describían como el reflejo de la Pascua— fueron el anuncio vivo de que la muerte ha sido vencida. Su promesa solemne a la Virgen de Guadalupe de «hacerla amar por el mundo entero» nació de esa misma certeza pascual. Al igual que Santa María Magdalena y la Beata María Inés, dejémonos transformar por la voz de Jesús que a nosotros también nos llama por nuestro nombre. Salgamos de nuestros propios sepulcros de miedo, tibieza o tristeza, y corramos a anunciar con nuestra vida la alegría de la Resurrección. Que junto a la Virgen, a María Magdalena y la Beata María Inés Teresa alcancemos el ser, por la gracia del Resucitado, misioneros incansables de la bondad y el amor de Dios. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario