La expresión «los que están fatigados y agobiados por la carga» designa dos tipos de fatiga. Están los que trabajan, es decir, los que se agotan en un esfuerzo constante e infructuoso. Y están, por otra parte, los que soportan una carga, es decir, los que han recibido un peso que no pidieron. Unos se agotan intentando, otros se ven aplastados bajo el peso de lo que se les ha impuesto. Y en tiempos de Jesús, al diario trabajar había que añadir un «yugo» muy especial —La Ley— que se había vuelto más pesado debido a las interpretaciones acumuladas causadas por una casuística que transformaba cada acción cotidiana en una ocasión para el pecado potencial y que no dejaba ser libre.
Jesús no condena ni el trabajo ni la Ley ni. No dice: «Deséchenlo todo». Dice: «Tomen mi yugo sobre ustedes». Su yugo es la relación con Él que da fuerza para llevar la carga. En este pasaje Jesús no dice: «Deja tu carga y descansa», sino: «Deja tu carga y toma la mía». No se trata de quitar el yugo, sino de intercambiar un yugo por otro. La diferencia entre su yugo y los del mundo reside en él mismo: «pues soy manso y humilde de corazón». El amo determina la naturaleza del yugo. Un yugo impuesto por un tirano es diferente de un yugo impuesto por alguien que te conoce, te ama y comparte tu carga. Y lo curioso es que Jesús conoce muy bien nuestras cargas, esas pesadas que no provienen tanto de la realidad objetiva sino de lo que creemos que deberíamos ser, de lo que imaginamos que los demás esperan de nosotros, de lo que nos imponemos para aparentar estar a la altura. El yugo de Jesús aligera porque pide algo más: no desempeño, sino humildad. Pidamos a la Virgen, a quien hoy celebramos como Nuestra Señora del Carmen que nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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