El Evangelio de hoy (Mateo 13,10-17) seguramente centra la atención de mis 16 lectores en unas palabras desconcertantes que salen de la boca de Jesús: «al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero el que tiene poco, aún es poco, se le quitará». Son palabras que se refieren al aumento o disminución de la capacidad para entender el mensaje de Cristo. Unos, como discípulos–misioneros, comprenderán y se alegrarán con esa luz, Jesús los llama «dichosos», porque sus ojos sí ven y sus oídos sí oyen, demostrando un corazón dócil y abierto. Pero los que se endurecen voluntariamente quedarán más confundidos.
La cuestión para Jesús es sencilla. Él nos pide docilidad, sencillez de corazón, apertura para poder acoger sus palabras y ponerlas en práctica. Aunque es posible que no nos sintamos capacitados para ello o que simplemente hayamos endurecido el corazón. La época actual ha endurecido el corazón de muchos debido a una combinación de factores psicológicos, sociales y tecnológicos que ofuscan la fe. Debido a eso mucha gente no sabe enfocar el dolor, las frustraciones o la soledad. El Señor, en este pasaje, nos dice que la gente oye pero no entiende y mira pero no ve, aclarando con palabras fuertes que no se trata de una incapacidad mental, sino de una decisión del corazón de no querer recibir el mensaje porque mantener el corazón duro evita tener que cambiar de vida o confrontar los propios errores.
La palabra original en griego, que califica ese corazón, sugiere un corazón que se ha vuelto grueso, insensible o «calloso». La familiaridad con las cosas sagradas que muchos católicos viven sin una fe real y profunda adormece la conciencia. La falta de hambre espiritual cierra la puerta a una revelación más profunda del amor de Dios y se queda solamente en cumplir... ¡como uno que cumple una orden, pero sin escuchar con atención lo que se le pide! Por eso, en nuestra oración, debemos pedir a Dios confiadamente: «Señor, ayúdame, abre mi corazón, haz que vea, haz que oiga para que comprenda lo que quieres decirme». Que María nos ayude a unir nuestro corazón al de Jesús en todos los momentos de nuestra vida, viéndolo y escuchándolo en medio del vaivén del turbulento mundo de hoy. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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