Sin embargo, este pueblo elegido se dejó corromper y se echó a perder en ambientes paganos, desvirtuándose y prácticamente desintegrándose… No pudo servir de cinturón ya que no se ajustó a la cintura de Dios. El Señor, que es siempre misericordioso, nos invita a ajustarnos a Él. Y puede parecer excesivo para un ser humano, ajustarse a Dios… El hecho de que nos llama permanecer, a ajustarnos a su lado, no puede verse como un exceso de exigencia… ¿qué no podremos reconocer, un exceso de amor y de confianza en esa invitación? ¿Habrá «alguien» que espere algo mejor de nosotros? ¿Habrá un sueño más grande que ese Sueño con el que Dios nos sueña a nosotros sus criaturas?
El Señor no se espanta de nuestros pecados, pero sí se duele cuando nos atrincheramos en nuestro corazón obstinado y le damos la espalda al sueño, al proyecto que Dios tiene de una humanidad ajustada a Él. Esta Palabra ha de cuestionarnos. Porque mirando el conjunto de la historia de Israel nos parece incomprensble tanta resistencia a la propuesta de Dios… ¿pero no nos encontramos más de una vez nosotros también en esa misma experiencia? Yo estoy ahora en unos días de retiro con un grupo de 17 misioneras de todos colores y sabores en un ambiente de silencio y paz que me invita a preguntarme si aunque a veces sea difícil y complicado —como el andar de aquí para allá— me ajusto con alegría a la voluntad de Dios o le aflojo al paso y por lo tanto al cinturón de la fidelidad y del gozo de perseverar. Que la Virgen Madre no me suelte de su mano y me ayude a revisar que esté bien ajustado. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
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