martes, 28 de julio de 2026

«Que el Señor se acuerde de nosotros»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Sigo deteniéndome en estos días, como lo propuse ayer, en el libro del profeta Jeremías de la primera lectura de la misa. Este martes el pasaje es del capítulo 14 del versículo 17 al 22  y nos sitúa en uno de los momentos más desgarradores de la historia de Israel. El profeta no contempla el sufrimiento de su pueblo con fría indiferencia, sino con el corazón partido describiendo una realidad terrible: sequía, hambre, espada y desolación profunda. Sus lágrimas corren día y noche por la herida de la «hija de su pueblo». Lo más impactante de este texto no es solo la descripción de la crisis, sino la honestidad brutal de la oración que le sigue. El pueblo, a través del profeta, reconoce su culpa: «Hemos pecado contra ti». Pero inmediatamente después, se aferra a la fidelidad de Dios con un argumento desesperado: «Por amor de tu nombre no nos desprecies... acuérdate, no rompas tu alianza con nosotros». En medio de la ruina absoluta, cuando la tierra está seca y los falsos ídolos de las naciones vecinas demuestran ser incapaces de traer una sola gota de lluvia, surge una certeza absoluta: «¿No eres tú, Señor, Dios nuestro? En ti esperamos». Este pasaje nos deja una enseñanza crucial para la vida: la verdadera fe no consiste en negar la realidad de nuestras crisis, sino en saber hacia dónde mirar cuando todo se desmorona. A menudo, cuando enfrentamos sequías espirituales, problemas económicos o rupturas emocionales, caemos en la tentación de buscar «lluvia» en los ídolos modernos —el control absoluto, las distracciones, el materialismo o la aprobación de los demás». 

Jeremías nos invita a vaciar el orgullo, a reconocer nuestra vulnerabilidad y a recordar que nuestra única roca firme es la fidelidad de Dios, incluso cuando nosotros mismos hemos fallado, hemos pecado... «Hasta los profetas y los sacerdotes andan errantes por el país y no saben que hacer». Para ilustrar esto, viene muy bien recordar una conocida historia que nos hace sonreír, pero que da en el clavo: Se cuenta que un pueblo agrícola sufría una sequía terrible que amenazaba coEsperarn destruir todas las cosechas. Desesperado, el párroco convocó a todos los habitantes a una jornada especial de oración en la plaza principal para pedirle a Dios que enviara la lluvia. El día señalado, la plaza se llenó por completo. La gente iba con caras largas, discutiendo sobre lo seca que estaba la tierra y lo terrible que sería el invierno si no llovía. El sacerdote subió al altar improvisado, miró a la multitud y, antes de empezar a rezar, se quedó en silencio. Luego, con un suspiro, dijo por el micrófono:—Hermanos, hoy nos hemos reunido aquí para pedirle a Dios, con toda nuestra fe, que mande la lluvia... ¡Pero veo que en realidad ninguno de ustedes cree que lo va a hacer! La gente se miró extrañada y un feligrés gritó desde el fondo:—¿Por qué dice eso, padre? ¡Si venimos todos a rezar! El sacerdote sonrió con tristeza y respondió:—Venimos a pedir que llueva, pero entre los cientos de personas que están aquí... ¡ni uno solo ha traído un paraguas! Solo una niña de ocho años en la primera fila vino con sus botas de agua y su paraguas abierto.

Esta simpática anécdota conecta perfectamente con el final del pasaje de Jeremías. El profeta y el pueblo exclamaron: «En ti esperamos». Esperar en Dios en medio de la sequía significa tener la audacia de la niña de la historia. Significa que, aunque el suelo esté agrietado y el panorama sea gris, nuestra confianza en su fidelidad debe ser tan real que estemos listos para abrir el paraguas. La oración auténtica transforma nuestro lamento en una expectativa activa y esperanzadora. Que María nos ayude siempre a levantarnos de las caídas para volver a empezar y recibir la lluvia de la gracia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo

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