El pasaje nos presenta algunos de los signos de la presencia de este Reino anunciado que se concretizan ante todo en gestos definidos que son realizados gratuitamente: «Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente». Esto quiere decir que los discípulos tienen que acoger dentro de la comunidad a todos aquellos que han sido excluidos de la comunidad. No deben llevar nada para el camino: «No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven el morral para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento». O sea que los enviados deben confiar en la hospitalidad de la gente. Pues el discípulo que va sin nada llevando sólo la paz (Mc 10,13), muestra que confía en la gente.
Así, anunciar el Reino, hasta nuestros días, no consiste, en primer lugar, en impartir doctrinas, sino en tratar de vivir de forma fraterna compartiendo la Buena Nueva que Jesús nos trajo: Dios es Padre, y nosotros somos todos hermanos y hermanas. Jesús nos vino a traer una cosa totalmente nueva. Vino a rescatar unos valores comunitarios que son fáciles de hacer a un lado: la hospitalidad, el compartir, la comunión alrededor de la mesa, la acogida de los excluidos. Luego de esta reflexión me viene una pregunta: ¿Cómo entender hoy la recomendación de no llevar nada por el camino cuando se va en misión? Hay que dejarse mirar por Jesús en la Eucaristía y él nos hablará con aquellas mismas instrucciones adecuadas a los tiempos de hoy... no hay duda. Que María nos mantenga atentos a escucharle. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
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