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viernes, 14 de septiembre de 2018

«Ay de mí si no predico el Evangelio»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que leo, medito y estudio el pasaje que la primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece (1 Cor 9,16-19.22-27) y que para mí es una de los más densos de las cartas de San Pablo, no deja de impactarme la manera en que el Apóstol de las Gentes nos explica detalladamente que la predicación del Evangelio no es para él materia de gloria personal, pues le precisa el llamamiento de Dios, le impulsa su conciencia ligada al cumplimiento de su deber y, sobre todo ello, le impele el fuego que lleva dentro de su corazón a favor de la salvación de todos los hombres y de la gloria del Señor Jesucristo: «No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión» (1 Cor 9,16). El Apóstol entiende que la predicación es el principal medio para la difusión de la Buena Nueva y, por lo tanto para él y para todo discípulo–misionero de Cristo es una necesidad: «¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio!» Junto a la celebración de los sacramentos, teniendo a la Eucaristía como centro, la predicación es la responsabilidad primordial de la Iglesia. Está intrínsecamente vinculada al encargo que Cristo nos ha dejado: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). 

El mandato del Señor —que San Pablo ha captado a la perfección— va íntimamente unido con nuestra identidad de cristianos, pues no se puede ser un discípulo–misionero de Jesucristo y renunciar a continuar la misión de llevar la Buena Nueva al mundo. La salvación que Dios quiere seguir obrando en todas las generaciones depende de que hombres y mujeres de todas las épocas, de toda condición y cultura, nos comprometamos con este mensaje y lo sintamos como una urgencia por hacer llegar a todos los rincones de la tierra el Evangelio. Con razón almas como la de la beata María Inés Teresa, impregnadas del celo misionero por llevar a Cristo a todos, sienten esa urgencia misionera: «¿No quieres servirte de mí, como un instrumento para tu gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, de tu amor infinitamente misericordioso, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?» (Notas íntimas). La «urgencia misionera» de cada uno de nosotros es importantísima, pues si nosotros con nuestra palabra y testimonio de vida, impulsados por «las dos alas de la oración y el sacrificio» como dice la misma beata María Inés, no nos atrevemos a anunciar que el Señor padeció, murió y resucitó por nosotros, ¿quién lo anunciará? Escribiendo a San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, el patrono de los misioneros le dice: «En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando llegaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos» (Cartas 4 y 5 de San Francisco Xavier a San Ignacio de Loyola). 

Pero, dice Jesús hoy en el Evangelio de hoy que «un ciego no puede guiar a otro ciego» (Lc 6,39-42). No se puede ayudar a otra persona a llegar a Jesús si primero no se ha identificado uno con Él. Al que trate de hacer eso se le califica de hipócrita, porque no lo llevará a Jesús, sino a sí mismo, a sus ideas, a sus criterios, acariciando al orgullo, sonriéndole con condescendencia al pecado del proselitismo y pretendiendo cubrir con una crema el cáncer de la vanidad. Es obvio que si alguien es ciego y quiere conducir a otro por un camino tortuoso como el que nos ofrece el mundo, lo llevará seguramente a un hoyo (Lc 6,39). Los falsos maestros conducen a sus seguidores al desastre o la muerte. El «¡Ay de mí!» de San Pablo, expresa que él está convencido de que Jesús vivió lo que enseñó y eso le impulsa a «hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos» (1 Cor 9,19). Él sabe que Cristo fue rechazado por su amor y ministerio para con la gente porque les hablaba tan claro como muestra el Evangelio de hoy. El Apóstol sabe que los seguidores de Jesús, experimentarán el mismo trato en el mundo caído. Cuando nosotros como creyentes imitamos cuestiones de nuestra cultura que no convienen o buscamos el ser aceptados totalmente por ella haciendo a un lado lo esencial que sabemos que tenemos que vivir, estamos frente a un verdadero signo de que no nos hemos ido modelando bajo las enseñanzas de Jesús en su Evangelio. El cristianismo del Nuevo Testamento nunca ha sido socialmente aceptado como tal. ¡Al mundo egoísta le resulta incómodo el autosacrificio y el amor desprendido! Nos concierta prestar atención y reflexionar hoy el espeso mensaje de estas dos lecturas y nos conviene hacerlo con los ojos bien abiertos, viendo a María, la primera evangelizadora. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 25 de abril de 2018

«Ese mandato para todos»... Un pequeño pensamiento para hoy...


Hoy hacemos un pequeño paréntesis en la liturgia del tiempo de Pascua para celebrar a san Marcos evangelista, el amanuense o intérprete de san Pedro que hoy, en la primera lectura, tomada de una de sus cartas (1 Pe 5,5b-14), nos invita a centrar nuestra vida en Cristo, descargando en él todo agobio, porque él se interesa por todos. Pedro ha hecho experiencia de lo que afirma y por ello, nos anima a tener la misma fe que él tiene. Pedro nos recuerda que hay «Alguien» en el que podemos descargar nuestros agobios, nuestras preocupaciones... Y no sólo es que las podemos descargar, sino que, además, él se interesa por nosotros... No por nuestras preocupaciones o nuestros problemas... sino por nosotros y ese «Alguien» es Jesús, a quien Marcos, el amanuense de san Pedro nos muestra en su Evangelio. Marcos escribió su relato evangélico entre los años 65-70, siendo así el primero de los evangelios cronológicamente hablando. Marcos escribió para los paganos de la región itálica, con el objetivo de demostrarles que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre. La perícopa que la liturgia de su fiesta ha elegido, es una parte de la conclusión de su relato evangélico (Mc 16,15-20): «Vayan al mundo entero y prediquen el Evangelio a toda criatura». 

Esta fiesta litúrgica, es una buena ocasión para tomar conciencia de la responsabilidad que a cada uno nos corresponde como discípulos–misioneros en el tiempo presente. Somos, en efecto, prolongadores de la realización de aquel mandato del mismo Jesucristo, ese «Alguien» que hoy san Marcos nos recuerda en su Evangelio. De palabra y por qué no por escrito, como este santo evangelista, es necesario dar a conocer cada día con más urgencia, la gran noticia de que Dios nos ha creado para una existencia que no es solamente terrena: que, por Jesucristo con Él y en El, llegamos a ser verdaderamente hijos de Dios, capaces de vivir eternamente en la intimidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Dios ha escogido siempre a algunos hombres y mujeres, como escogió a los Doce Apóstoles, para que, libres de otras ocupaciones materiales nobles, se dedicaran exclusivamente a la extensión del Reino de Dios como personas consagradas y no es lo habitual que los laicos tengan como ocupación exclusiva la evangelización. Pero, esta especial dedicación de unos pocos, en relación con el conjunto de la sociedad, no impide a los demás fieles cristianos la difusión del Evangelio, ni les excusa de la responsabilidad de ser discípulos–misioneros; que no es otra cosa que manifestar de modo convincente, con la propia vida, que somos hijos de Dios. 

Sea cual sea nuestra vocación —la forma en que respondamos al mandato del Señor— una cosa es segura: Dios sostiene a quien elige e inspira a quien envía. Lo dice muy claramente la Carta de Pedro: «El Dios de toda gracia, que los ha llamado en Cristo a su eterna gloria, los restablecerá, los afianzará, los robustecerá». Y también el Evangelio según san Marcos: «El Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban». Así pues, dichosos nosotros, que reconocemos lo que ese «Alguien» obra en nosotros, que prestamos nuestra voz a su Palabra. En la fiesta de san Marcos, Pedro y él, se muestran a todos los cristianos como modelo de escucha, reflexión y transmisión de la palabra del Señor, pero no podemos olvidar al modelo excepcional de escucha, reflexión y transmisión de la Palabra que nos deja María santísima que, acompañando a los discípulos primeros, es para nosotros testigo de la fe en la divinidad de Jesucristo y en su humanidad salvadora. Ella nos empuja a predicar el Evangelio a toda la creación y a hacer las mismas obras que Jesús hizo durante su vida. En este tiempo de Pascua y siempre, la Iglesia, la comunidad de creyentes, pastores y rebaño, tiene el encargo, la fuerza, el poder, el ministerio, el servicio, la orden... de predicar y hacer aquello que dijo e hizo Jesús. El beato Pablo VI, en una de sus homilías para la fiesta de san Marcos lanzó esta invitación con la que yo me quedo hoy: «Hagan siempre como San Marcos, estén en la escuela y a la vera de San Pedro, y serán también ustedes un poco evangelistas de Jesús (cf. 1 P 5, 13)» (Homilía del beato Pablo VI en la Misa a los monaguillos de Roma el 25 de abril de 1964). Termino mi reflexión en la madrugada de esta fiesta, mientras espero mi avión a Monterrey, en el aeropuerto de CDMX para visitar a mis padres y acompañar a Irina mi sobrina en su boda con Pablo Elizondo el viernes. Felicito, además de todo corazón, a nuestro hermano Vanclarista Marcos Rendón y a todos los que llevan este nombre, o, que sin llevarlo, son... un discípulo–misionero como él! 

Padre Alfredo.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

«Aunque no consigas muchos "me gusta"»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el mundo globalizado en el que vivimos, inundado de sistemas de redes sociales de todo tipo, es casi imprescindible, para mucha gente, dimensionar su propia autoestima por el número de «me gusta» que puedan acumular; pero hoy Jesús nos deja un pasaje bíblico que nos sugiere que no hay que confundir la popularidad con la felicidad y la realización, y que hay que mantener nuestros ojos en lo que tiene verdadero valor, un valor real. Jesús no promete que la vida será famosa para sus discípulos por los «likes» que logren alcanzar (Lucas 21,12-19). Lo que sí promete es que nos dará las palabras y la sabiduría necesarias para afianzarnos en nuestro amor y fidelidad a Él y a su Buena Nueva. Los primeros cristianos aprendieron rápidamente a vivir su fe en medio de la contestación que los líderes políticos y religiosos le hacían a su proclamación, a su vida nueva, a sus reuniones, a sus trabajos en beneficio de los demás. Esto no les traía muchos «me gusta», ellos sabían que así lo había vivido el Maestro, y así tenía que vivir el grupo apostólico y las comunidades nacientes, frente a los mecanismos de poder de aquellos tiempos, empeñados ya —desde que san Lucas escribe inspirado por Dios— en acabar con este nuevo estilo de vida, que no convenía a sus intereses y al que había que darle un: «no me gusta» rotundo. 

El discípulo-misionero de hoy debe aprender que el tiempo que va desde la primera venida de Jesús hasta el día final de su venida —en medio de los períodos difíciles de la historia— es el espacio para vivir en fidelidad a Jesús, dando testimonio de la opción radical por él, pues «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). El mismo término que el Evangelio aplica a la pasión del Señor, se aplica también a los cristianos: «serán entregados». Cada discípulo-misionero, debe sentirse siempre seguro en los brazos amorosos y providentes del Padre Misericordioso, sin sustos que paralizan de vez en vez, o de terremoto en terremoto y convencido de que, como decía Madre Inés, «no somos monedita de oro» y no a todos gustará nuestro modo de ser y nuestra manera de actuar. El discípulo-misionero, en algunos ambientes, no es, necesariamente el que mejor cae, el más innocuo, el que tiene más «me gusta», el que condesciende con todo y con todos. No es el tonto, el que con su cara de buena gente todo lo pasa, todo lo tolera. El discípulo misionero de hoy y de siempre ha de ser como la sal, que da sabor, que permite contrastar. Yo no siento que el Evangelio de hoy me asuste, sino que viene a iluminar para que, la Buena Nueva, vivida y proclamada por nosotros, brille e ilumine alrededor. 

Ciertamente no todo el mundo está dispuesto a aceptar la luz y la verdad en un mundo en donde el relativismo es el rey. Es más, al mundo —ya lo sabemos— no le gusta la luz, ni la verdad…le incomoda, porque inmediatamente salen a relucir sus «congojas». Recordemos que este mundo tiene un príncipe, el de las tinieblas. Aquél que pretende hacernos creer que todo es posible, mientras los demás no te vean, mientras los demás no se enteren, mientras los demás no se quejen. Aquel rey del cinismo y la mentira, que pretende hacernos consentir que todo es cuestión de postura, de fachada, de apariencias, porque todo es relativo, no descansa y busca ocupar corazones temerosos, deprimidos, olvidados. El que quiera seguir a Cristo no debe bajar los brazos, sino, en nombre del Señor Jesús, resistir, perseverar, renovar el compromiso de seguimiento fiel a la voz del Maestro como María, porque toda comunidad sabe por ella misma, que la defensa oportuna, los argumentos aclaratorios y denunciantes —pidiendo la asistencia de María Santísima, Auxilio de los cristianos— siempre vendrán no de nuestros talentos sino de la fuerza del Espíritu que no nos deja hundirnos en nuestra patente debilidad. Por eso la Virgen dice: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,49). ¡Bendecido miércoles y me encomiendo a sus oraciones!

Padre Alfredo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Van-Clar, un grupo misionero para el mundo...

Van-Clar (Vanguardias Clarisas) es una rama de la Familia Inesiana (La familia misionera fundada por la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento) que acoge a laicos de toda edad, clase y condición que busquen vivir de una manera más concreta y comprometida el mandato misionero. Hay grupos de niños, de adolescentes, de jóvenes, de adultos, de matrimonios, de enfermos... 
Los de nuevo ingreso y los más pequeños, hacen una etapa inicial e formación llamada «Aspirantado» en donde se concientizan de la importancia de vivir el sacramento el bautismo, en donde todos recibimos ese mandato misionero a la vez que se nos dan las virtudes teologales de fe, esperanza y amor. Los aspirantes reciben el escudo pontificio, recordándoles que se forman dentro de la Iglesia sin dejarse entristecer o empobrecer replegándose en sí mismos o dejándose llevar por modas pasajeras. A los aspirantes se les invita abrir la mente y el corazón a los horizontes infinitos de la misión recibida en el bautismo.

Después de esta etapa viene el tiempo de un año de formación en donde reciben el nombre de «Pre-Vanclaristas». Ellos se van impregnando del espíritu del Evangelio contemplando a Cristo Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6), para ir imitando sus valores y virtudes hasta formarse, como decía Madre Inés, para ser «una copia fiel de Jesús». En esta etapa se recibe la Sagrada Escritura, con la intención de aprender a manejarla y hacerla vida, en especial dirigiéndose al Evangelio y abrirse al amor de Cristo conociendo los valores del Reino. 

Después de completar la formación inicial en estas dos etapas, viene el momento del compromiso. El laico, que ha superado estas etapas, se encuentra capacitado para comprometerse por un año (y así renovar hasta hacer su compromiso definitivo) a dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde se encuentre, en unión de los otros miembros de la Familia Inesiana en el dinamismo de la Nueva Evangelización.

Así, Van-Clar es un grupo de laicos inspirado por Dios a la beata María Inés, que siempre tuvo la audacia de anunciar el Reino y pensó en los laicos como «brazo derecho» para llevar el Evangelio a todas partes, en medio de las ocupaciones del mundo hasta donde un sacerdote o un consagrado hombre o mujer, no pueda llegar tan fácil. 

En el camino de este compromiso, Cristo guía y sostiene a los Vanclaristas en la ley de amor. El amor que se hace fuente y modelo en el Hijo de Dios, por eso el lema de Van-Clar es «Vivir para Cristo».

La beata María Inés Teresa decía a los miembros de los diversos grupos de Van-Clar: «Adelante, hermanos Vanclaristas, Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega; vale la pena vivir así y luchar por que los demás lo vivan también, porque la realidad eterna que nos espera es sublime» (De las cartas a Van-Clar).

Todos somos misioneros, pero de una manera especial, el Vanclarista toma conciencia más profunda de esta tarea de darse de lleno a la misión, incluso prestando etapas de servicio en las diversas obras de la Familia Inesiana en los 14 países a donde se ha extendido.

Los Vanclaristas, como el resto de las ramas que componen la Familia Inesiana, tienen como patrona principal a la Virgen María bajo la advocación de Guadalupe. Ella, la Reina de la Evangelización, los sostiene y guía al encuentro con Cristo, y los entusiasma a encaminarse presurosos (cf. Lc 1,39) como ella, con alegría, con gozo, con entrega generosa, al servicio de la humanidad entera para que todos conozcan y amen a Cristo.

Si tú eres bautizado... ¡Tú puedes ser Vanclarista!

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 30 de julio de 2017

La hermana Carmelita Martínez... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XIII

Parece curioso hablar de alguien que ha fallecido reciente e intempestivamente y hablar de gozo por la vida. Pero, ese es el caso de la hermana María del Carmen Martínez Martínez, conocida en un campo amplísimo de apostolado y en su comunidad religiosa como «La hermana Carmelita».

Carmelita nació el 23 de diciembre de 1967 en Ipiña, Ahualulco, estado de San Luis Potosí, en México. Desde muy pequeña, vivió en la zona metropolitana de Monterrey, México; adquiriendo desde entonces el tono, la franqueza, la sencillez y la ocurrencia de la gente del norte, además de un cimentar una fe profunda en Jesús Eucaristía junto a un amor inmenso a la Sagrada Escritura. Desde jovencita destacó como entusiasta catequista, tarea apostólica que la llevó a prestar su servicio misionero como seglar con los Misioneros Servidores de la Palabra en diversos lugares del país.

Cautivada por el celo misionero y el amor a la Eucaristía de la beata María Inés Teresa, amante como ella del estudio y profundización de la Escritura, ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas en el año de 1993. en donde hizo su profesión perpetua, consagrándose a su amado Jesús para siempre, el 16 de agosto de 2002.

Incansable misionera, que traía ya ese fuego en la sangre, formó parte de varias de las comunidades de las hermanas Misioneras Clarisas en México. Estuvo en Cuernavaca, en la Casa Madre en los inicios de su vida consagrada y luego de algunos años en una tarea apostólica entre los más necesitados. También formó parte del personal de diversas casas de misión en Tuxtla Gutiérrez, en Chiapas; Buenavista de Cuéllar, en el estado de Guerrero;  Arandas, en Jalisco —donde fue  ecónoma, consejera y superiora local. 

En el año de 2007 fue enviada a la región de la Patagonia, en Argentina, donde permaneció hasta el año de 2010 cuando fue enviada a  Monterrey, en donde había iniciado aquel ardor misionero que le consumía cada día de su vida en una alegre y muy organizada entrega en el colegio «Isabel la Católica» como secretaria del jardín de niños, después de la secundaria, más adelante como maestra de clases de Educación en la Fe y los dos últimos años, como Coordinadora del área de Pastoral. Allí, la hermana Carmelita no se dio tregua para sembrar el amor a la palabra de Dios en los alumnos, los maestros y los padres de familia; sin dejar de lado, su amada comunidad de Misioneras Clarisas en donde además de toda la tarea apostólica que desplegaba enamorando a los niños y adolescentes de la Biblia, enseñándoles a saborearla; tenía un grupo de hermanas religiosas a quienes una vez a la semana impartía un curso de profundización de la Sagrada Escritura, con un programa elaborado por ella que envidiaría cualquier maestro de seminario o universidad católica. Tenía un gran celo apostólico, al estilo de la «Nueva Evangelización» que se nos pide, siempre animosa para empezar de nuevo y ser mejor cada vez. curiosamente los últimos días de su paso por este mundo, se le veía —aseguran sus hermanas de comunidad— con un semblante alegre diciendo que estaba teniendo un encuentro profundo con el Señor y su Palabra. No perdía oportunidad para hablar a quien fuera de la Santísima Virgen y estaba tan familiarizada con ella, que aun en momentos de convivencia fraterna, como a la hora de tomar los alimentos, de camino al colegio, etc. lo hacía porque le brotaba de manera espontánea.

Siempre serena, no sabía decir que no cuando se le pedía un favor o veía la necesidad de colaborar en algo, fuera asunto de su comunidad religiosa como del colegio, ya se tratara de alguna manualidad o de poner algún bailable regional, preparar algún material vocacional, dar un tema, hablar en la radio o simplemente acompañar a alguien. Le gustaba tejer desde jovencita, hacía zapatitos para dormir y otras prendas que repartía a las hermanas y decía: «¡por si llego a viejita, así me voy a entretener tejiendo y ayudando con eso!». ¡Qué cosas! El Señor sabía que no llegaría y por eso le adelantó la tarea en sus ratitos libres que, en realidad, eran pocos. ¡Cómo recuerdo su entusiasmo ayudándonos de forma muy directa a la hermana Silvia Burnes y a mí en todo el proceso del estudio y análisis del «presunto milagro» de Hugo atribuido a la intercesión de Nuestra Madre la beata María Inés. Ella nos creó el grupo de whatsapp, nos agendaba las citas, nos acompañó a varios de los lugares y animó tanto a Hugo como a todas las demás personas involucradas en todo esto. ¡Carmelita: se que nos estás echando una manita desde donde estás!

El pasado 6 de julio, la hermana Carmelita fue intervenida en una rodilla —le practicaron una artroscopia— por lo cual le mandaron, como es natural, unos días en reposo para recuperarse en el convento. Unos cuantos días después, mientras iba recuperando poco a poco el movimiento, el sábado 15, una de las religiosas le llevó el desayunó a su cuarto y, cuando cuarenta y cinco minutos después, otra hermana llegó a su habitación para acompañarla y retirar la charola, la encontró sin vida en el suelo. Un infarto fulminante dio fin a su tarea aquí en la tierra antes de que cumpliera sus 50 años de edad.

Llena de vida y profundamente enamorada de Cristo, con quien se había desposado, la hermana Carmelita ahora ha sido llamada a la Casa del Padre para tener esa vida en abundancia que su amado Jesús le había prometido desde tiempo atrás: «Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn 10,10). 

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 24 de julio de 2017

La vocación misionera... Siempre válida y actual.

«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15) dice el Evangelio, este Evangelio que es anuncio y fuente de gozo y salvación que nos recuerda que la Iglesia, nuestra amada Iglesia, es misionera por naturaleza (AG 1) y que cada uno de nosotros, desde nuestro bautismo, somos un «discípulo-misionero».

La vocación misionera —siempre válida y actual— llenaba el corazón de la beata María Inés Teresa. Los miembros de la Familia Inesiana somos hijos de un corazón misionero que supo escuchar el Evangelio y se lanzó, como los Apóstoles, a vivirlo: «Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían» (Mc 16,20). La beata María Inés Teresa escuchó e hizo vida estas palabras y no le bastó aplicarlo solamente a su persona, quiso una legión de misioneros, quizo que muchos discípulos-misioneros vivieran también este mandato evangélico. Hoy se necesita que muchos digan «Yo también voy».

El Señor, a cada bautizado, le pide la plena entrega de todo su ser para difundir el Evangelio, la Buena Nueva de salvación. Nadie puede replegarse en sí mismo. Hay que abrir la mente y el corazón a los horizontes infinitos de la misión. ¡No hay que temer ser misioneros en medio de este mundo globalizado y contaminado por tantos virus de indiferencia y de un materialismo desmedido! Nuestro tercer milenio necesita de misioneros de la oración, del sacrificio, de la ofrenda de sí mismos en cualquier clase y condición que dejen que el Espíritu del Señor los anime y los sostenga para que, por su testimonio y entrega apostólica, sean muchos más los que conozcan, amen y sigan al Señor. 

Cristo se ha quedado en la Eucaristía para ser la fuerza y el sostén de cada discípulo-misionero. Desde el Sagrario nos acompaña en todo momento. En la celebración de cada Eucaristía, él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre para que nuestro ardor misionero se mantenga vivo en él y se renueve con su Palabra y el gozo de la comunidad bajo la mirada de María, la primera entre los creyentes.

Si cada bautizado, consciente de su condición de discípulo-misionero, se lanzara a dar un gozoso testimonio de la Buena Nueva a los que están cerca y a los que están lejos, este mundo sería diferente. Cada uno es un valioso instrumento del Señor, como lo fue Madre Inés y tantos otros santos que de distinta clase y condición, conscientes de su condición de discípulos-misioneros, no se dieron descanso alguno para anunciar la Buena Nueva. «¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias! (Is 52,7)

Que nuestro ardor misionero se renueve hoy y cdaa día para anunciar a Cristo con la palabra, con la presencia, con la gracia de nuestro ser y quehacer de discípulos-misioneros. Me parece escuchar a la beata María Inés Teresa que nos vuelve a repetir una palabras que dijo hace mucho tiempo y que siguen siendo siempre actuales: «Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega; vale la pena vivir así y luchar por que los demás lo vivan también, porque la realidad eterna que nos espera, es sublime» (Cartas).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 9 de junio de 2017

La libertad del cristiano se descubre en signos pobres...

Entre los grandes dones que Dios nos ha dado, está la libertad. Un regalo de gran valor que Dios nos regaló confiando en que, como nos había hecho a su imagen y semejanza, la sabríamos usar. Pero, cuántas veces el hombre hace de las suyas por no saber emplear este don inmerecido y por eso el pecado hace estragos. En el libro del Éxodo, hay un pasaje que bien puede ilustrar este tema de la libertad. Es ese pasaje en el que Josué le dice a Moisés: «Se oyen gritos de guerra en el campamento» y Moisés le responde: «No son gritos de victoria, ni alaridos de derrota, lo que oigo, son cantos» (Ex 32,17ss). Y cuando enseguida, Moisés se acerca al campamento… ¡Oh sorpresa! ¡Se habían hecho un becerro de oro y le danzaban! Entonces Moisés se enfureció y arrojando las Tablas de la Ley las hizo añicos al pie de la montaña. ¡Lo acontecido en el campamento había sido un pecado gravísimo! ¡No supieron utilizar el don de la libertad para mantenerse fieles ante las condiciones de la Ley de Yahvé!

El hombre no ha sabido usar de la libertad que Dios le dio. Dejándose llevar por el pecado, no ha sabido elegir entre el bien y lo mejor, sino que se queda estancado entre el bien y el mal y, traicionado por la concupiscencia falla una y otra vez, volviéndose contra Dios y fabricándose ídolos, becerros de oro, dioses falsos del material y de la condición que sea. 

Las cosas de Dios se manifiestan de una forma muy sencilla, sin hacer mucha alaraca, a diferencia de las del enemigo, que casi siempre son ostentosas y ruidosas. El Señor suele manifestarse de forma muy sencilla invitándonos a vivir libres, sin hacer tanto ruido y utilizando «signos pobres». Una semilla de mostaza y un poco de levadura  le bastan a Jesús para explicar lo que es el reino de los cielos (Mt 13,31-33). Satanás, en cambio, ocupará toda una piara de puercos o gritos y escándalos de posesos (Mc 1,21-28 par.; Mc 5,1-21 par.; Mc 7,24-30 par.; Mc 9,14-27 par.; Mt 12,23-23 par.) para hacerse notar. Los exorcismos (Mc 3,22ss) y las curaciones (Lc 13,16)  con signos pobres y sencillos como el lodo, la saliva, la palabra... formaban parte de la obra de liberación del Señor. 

Un poco de levadura, un granito de mostaza, una vela, el redil de las ovejas, una vid, etc. en un hogar que alentó la «sierva» del Señor, la mujer más libre de la historia y el hombre más sencillo de la historia de la salvación en cuya casa se anidó el amor de Dios en Jesucristo, para expandirse luego por el mundo entero servirán para dar a entender al mundo lo que es la libertad. Ausencia de pecado, presencia del amor misericordioso de Dios. Signos pobres que hablaron de amor y confianza, de elección y seguimiento, de alegría y sencillez, de entrega, de fidelidad y de cumplimento libre de la Ley, sin mucho ruido y sin tiempo para teorizar; esa ley divina, que, en la forma en que la interpretó y ejemplificó Cristo mismo desde Nazareth, permanece como modelo de la voluntad de Dios para los que él mismo liberó (1 Co 7,22). En consecuencia, los cristianos estamos llamados a vivir «bajo la ley de Cristo» (1 Co 9,21). La «ley de Cristo» (Gal 6,2) —«ley de la libertad», según Santiago (St. 1,25; 2,12)— es la ley del amor (Gal 5.13s; cf. Mc 12,28ss; Jn 13,34).

Así es la libertad de los hijos de Dios, como la libertad de Moisés, de María y de José; así es la vida libre de los santos, «una vida escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). San Ignacio de Loyola, por ejemplo, tiene unas normas de discernimiento que ayudan a descubrir el enemigo y atacarlo (E.E. 314). Ignacio, conociendo la debilidad causada por el pecado, de la cual él fue esclavo un buen tiempo, nos ayuda a distinguir lo que viene de Dios, de lo que viene del enemigo o de nosotros mismos, para que aprendamos a usar la libertad y podamos escoger estar siempre del lado de Dios eligiendo entre lo bueno y lo mejor, entre lo mejor y lo más excelente.

Cada vez que oramos, cada vez que estamos frente a Jesús Sacramentado y en especial, cada vez que celebramos la Eucaristía, el Señor nos visita en signos pobres que invitan a vivir en libertad… ¡Un poco de vino y un pedazo de pan! ─como dice un canto─ es nuestra ofrenda, es lo que podemos dar. En cada Misa, Dios nos viene para invitarnos a recuperar la libertad perdida y a mantenernos libres del pecado. Él llega derramando siempre su misericordia a través de otro signo pobre, un hombre pecador que le hace presente al consagrar el pan y el vino y, por la transubstanciación, convertirlos, por la acción del Espíritu Santo en el misterio del Orden Sacerdotal, en el cuerpo y sangre del Señor.

Proclamemos con nuestro testimonio de vida el gozo de ser libres, pongámonos listos y no vayamos tras los becerros de oro porque, como ha dicho el Papa Fran-cisco: «Hemos creado nuevos ídolos. La antigua veneración del becerro de oro ha tomado una nueva y desalmada forma en el culto al dinero y la dictadura de la economía, que no tiene rostro y carece de una verdadera meta humana». (Jueves 16 de mayo de 2013). No nos cansemos de anunciar que la verdadera y auténtica libertad no la encontraremos en ningún becerro de oro, sino en lo que para mu-chos está oculto, el amor de Dios en la sencillez de las cosas de cada día y en los signos pobres que nos ha dejado el mismo Dios.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 9 de septiembre de 2016

CAMINO, VERDAD y VIDA. EL EVANGELIO DE LA ALEGRÍA... Un tema para hacer retiro


INTRODUCCIÓN.

Son muchas las ocasiones en las que el Papa Francisco ha venido repitiendo que él quiere una «Iglesia de puertas abiertas», una Iglesia que no canse de evangelizar, una Iglesia que sea misionera anunciando a Cristo que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6). Sí, esta es la Iglesia que impulsa el Papa con su magisterio de gestos, obras y también de palabras. Francisco —como al Papa le gusta que lo llamen— pide con insistencia que abramos las puertas de los templos y comunidades; que abramos las puertas del corazón para vivir como discípulos y misioneros de todo tiempo y lugar. No podemos, entonces, dejar de responder a esta llamada urgente que nos hace el Santo Padre, tenemos que acoger con gozo esa invitación insistente que Dios nos está haciendo a través de su Vicario en la tierra y comprometernos a dar una respuesta: «Ustedes serán mis testigos hasta los últimos confines de la tierra».

Todos tenemos el deber de abrir las puertas de nuestro corazón para anunciar a Cristo sobre todo con obras de misericordia, porque son las pequeñas y grandes acciones que podemos hacer cada día en nuestra vida ordinaria. La Iglesia de este tercer milenio, tiene que sentir fuertemente el llamado a salir para extender el reino de Dios. «Que todos te conozcan y te amen» le decía al Señor Jesús la beata María Inés Teresa, poseedora de un corazón misionero que no conoció fronteras.

La Iglesia por su naturaleza es misionera, nos recuerda el Concilio Vaticano II (Ad gentes 2) y nos dice que el impulso misionero pertenece a la naturaleza misma de la vida cristiana, así que tenemos que dar un vivo testimonio de nuestra fe. En los miembros de la Iglesia, el impulso misionero es un signo de vitalidad, pues nos lo ha recordado el Papa en numerosas ocasiones: «Toda generación está llamada a ser misionera, a llevar aquello que tenemos dentro, aquello que el Señor nos ha dado» (Papa Francisco, Vaticano 22 de noviembre de 2014). La Iglesia, dice el Papa «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12).

San Pablo, el llamado «Apóstol de las Gentes», nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16). En definitiva, la actitud misionera «constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual» (RMi 2). No podemos hacer a un lado este deber, por eso esta reflexión que comparto ahora con ustedes no quiere ser otra cosa que una invitación a reavivar el espíritu misionero e puertas abiertas que hemos recibido desde nuestro bautismo. Merece la pena que cada uno hagamos un esfuerzo por dedicar tiempo y energías a compartir la fe. «El misionero es aquel que se hace servidor del Dios-que-habla, que quiere hablar a los hombres y a las mujeres de hoy, como Jesús hablaba a los de su tiempo, y conquistaba el corazón de la gente que venía a escucharlo desde cualquier parte y quedaba maravillada escuchando sus enseñanzas» (Papa Francisco, Vaticano 1 de octubre de 2015).


1. EL IMPULSO MISIONERO PERTENECE A LA NATURALEZA ÍNTIMA DE LA VIDA CRISTIANA.

Somos templos vivos del Espíritu Santo, y el mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio (cf 8,16), es el Espíritu Santo quien nos impulsa a anunciar las grandes obras de Dios. Cuando fuimos bautizados, recibimos el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!, es el Espíritu mismo «que viene en ayuda de nuestra flaqueza, es el Espíritu mismo que intercede por nosotros con gemidos inefables (cf Rm 8,26), es el Espíritu que clama, que grita, que busca acercar a todos al Padre. La presencia de este Espíritu en nuestras vidas nos hace misioneros, nos hace velar pro el respeto a la persona humana, nos hace buscar la salvación para todos, secundando los deseos de Dios que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4).

La presencia de ese Espíritu Divino, hace que sintamos el ansia de ir por el mundo proclamando la Buena Nueva (Mt 28,19), buscando en todo cumplir la voluntad del Padre. La presencia de ese Espíritu es lo que nos mueve a hacer lo que nos indique Jesús y a desprendernos de todo lo que estorba y no nos deja ser misericordiosos como el Padre es misericordioso (cf Lc 6,36). El impulso misionero es parte de nuestra vida cristiana por la presencia del Espíritu, que exige nuestra colaboración para salvar a la humanidad. La obra del Espíritu resplandece en la misión (cf Hch 10 cuando habla de la conversión de Cornelio y Hch 15 hablando de la forma de solucionar algunos problemas que se presentan).


2. LA INVITACIÓN A ABRIR LAS PUERTAS.

A pesar de las limitaciones que cada uno, o una comunidad en sí pueda tener, un corazón misionero y una comunidad misionera, que sabe de esas límites, nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades... Sabe que tiene que hacer vida el Evangelio y en el discernimiento de los senderos del Espíritu nunca renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino. Muchas veces el Papa Francisco, al invitarnos a abrir las puertas, habla del riesgo que se corre, pero dice que prefiere una Iglesia con heridas marcadas por salir, que una Iglesia enferma de anquilosamiento. En su Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium», el Papa Francisco nos habla de la Iglesia «en salida», como una comunidad de discípulos misioneros que «primerean» (neologismo que él inventa), que se involucran —a pesar de sus limitaciones—, que acompañan, que fructifican y festejan (n. 24).

La Exhortación «Evangelii Gaudium» es una invitación del Papa a renovar la fe y la vida cristiana iluminando el caminar con la alegría del Evangelio. Ser cristiano, nosotros lo sabemos, significa dar testimonio de que vivimos alegres porque hemos encontrado al Señor en su Evangelio. Si nosotros cerramos las puertas de nuestro corazón y cerramos las puertas de la Iglesia, la fe se viene abajo. Hoy todo en este mundo se pone a la vista, todo se ventila, todo sucede a «puertas abiertas» ¿y por qué no la vivencia de nuestra fe? La Invitación del Papa Francisco a «abrir las puertas» es una invitación a lanzarse a vivir el compromiso misionero que todos tenemos desde nuestro bautismo.

El Papa dice que abrir las puertas y «salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad» (EG 24).


3. TENEMOS GRANDES MODELOS DE UN CORAZÓN MISIONERO.

El ansia misionera es algo que palpita siempre en el corazón de los santos. Basta recordar a Teresa de Calcuta, el padre Pro, san Juan Pablo II, san Luis Orione, santa Teresita, san Daniel Comboni y por supuesto la beata María Inés Teresa, quien decía: «Este deseo se ha vuelto irresistible, vehementísimo, es algo que arde en mi corazón y pugna por salir, para comunicar a los demás, a los que no creen en Él, las grandezas de nuestro Buen Dios». Tenemos también grandes modelos en la Iglesia de gente viva, que comparte nuestro diario caminar con un gran corazón misionero que arde y contagia. Cuántos sacerdotes, religiosos, catequistas, ministros, incluso muchos jóvenes y niños en las comunidades parroquiales.

Los santos comprendieron muy bien que por el bautismo somos misioneros, y por eso en sus corazones, de «puertas abiertas» ardió siempre el fuego de la misión. Por nuestras venas debe correr esa misma savia, ese mismo ardor. Recuerdo uno de los mensajes del papa Francisco, en el que citando una especie de poema que habla de los santos actuales y que en parte se la atribuye a la beata Teresa de Calcuta —cuya canonización es inminente— anima a todos los miembros de la Iglesia a tener un corazón misionero y que no se deje esta tarea solamente en manos de los sacerdotes y de los consagrados y se dirige especialmente a los jóvenes: «Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. Necesitamos santos que busquen tiempo para rezar cada dia y que sepan enamorarse en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman hot-dogs, que sean internautas, que escuchen iPod. Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos. Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros.

Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos». Solamente siendo así, los laicos de nuestro tiempo podrán ser discípulos misioneros que vayan junto con los sacerdotes y consagrados hombro a hombre —codo a codo, porque yo soy de Monterrey— llevando el Evangelio de la alegría con las puertas abiertas del corazón y de la Iglesia.


4. SOLAMENTE EN LA FE SE COMPRENDE Y SE FUNDAMENTA LA MISIÓN.

«Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos... por nosotros y por todos los hombres bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre...» La fe, hermanos míos, es la que fundamenta todo y nos mueve a «dirigir la mirada, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo» (cf RH 275).

La misión de la Iglesia nace de la fe en Cristo. La urgencia de la misión brota de esta novedad de vida radical traída por Cristo y vivida por los Apóstoles. La fe nos mueve a descubrir en Cristo una nueva realidad de vida que no podemos dejar de anunciar y se llama «EVANGELIO». Evangelio, que es fuerza de Dios; Evangelio, que es abrir cadenas, quitar yugos, mostrar camino; Evangelio, que es sembrar libertad y hablar de alegría y esperanza; Evangelio, que es decir hermano, decir amigo; Evangelio, que es dar mi tiempo, donar mi ser; Evangelio, que es ser portador de paz y luchar hasta caer rendido; Evangelio, que es compartir penas, amar, mirar y reír. Evangelio, que es vivir como un pobre que todo lo espera y mira al Cielo con ojos de niño; Evangelio, que es amar sin egoísmos perdonando al enemigo; Evangelio, que es dar gracias al Padre, como el Hijo, inundado por el amor del Espíritu Santo; Evangelio, que es mirar al Hijo en brazos de su Madre al nacer y al morir; Evangelio, que es continuar la misión de Cristo y ser testigos por excelencia.

Los primeros cristianos se dejaron poseer por Dios y se llenaron del Espíritu del Evangelio, de marea que eso era parte de su vida y les hacía exclamar: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Vivir el Evangelio para aquellos hombres y mujeres era un verdadero y auténtico gozo que brotaba del encuentro con la Palabra, con el Evangelio e la alegría. San Pablo dice: »No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1,16). Entonces, hemos de comprender que predicar el Evangelio no es un pasatiempo, es un deber.

La fe no se puede apagar: «Nadie enciende una lámpara y la pone debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 15-16). Debemos, pues, comprometernos a testimoniar la fe y la vida cristiana.

El que conoce a Cristo, se deja «tocar» por Él y por la fe sigue sus huellas, está comprometido a vivir plenamente la vida en Dios y a compartirla, porque, si no responde a esto con alegría y generosidad, «lejos de salvarse, será juzgado con mayor severidad» (cf. L.G. 14).


5. EL ANUNCIO DE CRISTO NO CONOCE FRONTERAS Y NO TEME AL FRACASO.

«Me debo a los griegos y a los bárbaros, a los sabios y a los ignorantes: de ahí mi ansia por llevarles el Evangelio también a ustedes, habitantes de Roma» (Rm 1,14). Así escribe san Pablo a los Romanos. Él mismo, que dice a los Corintios: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14). ¿Dónde se realiza ahora la actividad misionera de dar a conocer la infinita misericordia del Señor? El que vive lleno y radiante de la alegría del Evangelio y tiene hambre y sed de dar a conocer al Señor, lo hace en todas partes y siempre.

San Pablo, de quien mucho estamos hablando en esta reflexión, por ser el «Apóstol de las gentes» y por lo tanto un gran misionero, en una ocasión en que se encontraba en Grecia, habló a los habitantes de Atenas del Dios desconocido y les dijo: «Atenienses, veo que ustedes son, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar sus monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada la inscripción: "Al Dios desconocido". Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, eso les vengo ya a anunciar» (Hch 17,22-31). Luego Pablo empieza a hablarles de Dios en un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente, como podemos comprobar al continuar la lectura del texto.

Así, hay que evangelizar en todo tiempo y lugar... ¡Aquí y ahora!... En la casa, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el campo de juego, en el grupo de amigos, en la misma Iglesia... ¡En todas partes! «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús», dice el Papa Francisco en "Evangelii Gaudium" (EG 1). Hay que llevar la alegría de Jesús al mundo entero. En este mismo documento, el Papa dice: «Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo. Sería desconfiar de su acción libre y generosa pensar que no hay auténticos valores cristianos donde una gran parte de la población ha recibido el Bautismo y expresa su fe y su solidaridad fraterna de múltiples maneras» (EG 68). La alegría del Evangelio debe llegar a todos, pobres y ricos, niños, jóvenes y adultos, inmigrantes, abandonados, intelectuales, profesionistas y obreros... La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús (cfr. Mt 28,19-20) (19).  

«La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan... «Primerear» es experiencia de la iniciativa del Señor, que nos ha primereado en el amor (cfr. 1 Jn 4,10), y como Èl, buscar a los lejanos y excluidos, para brindar misericordia. Como consecuencia, la Iglesia sabe « involucrarse », “achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario... Luego, acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico» (EG 24). Evangelizando sin descanso, evangelizaremos los Areópagos modernos en los que siempre hay un espacio para «el Dios desconocido» que podemos presentar haciendo comprensible el Evangelio.

Hace algunos años, en la ciudad de Acapulco (México), se llevó a cabo para tratar el tema de la vida. Se habló de la Eutanasia, del aborto, etc... A ese congreso, fue invitada santa Teresa de Calcuta. Aquello no era organizado por la Iglesia y habían pedido que no se tocara el tema religioso... Ella, antes de empezar su ponencia, simplemente les dijo: «Voy a iniciar a hablar como siempre, los invito a que nos pongamos en pie para rezar el Padrenuestro» y todos se levantaron y oraron. El Evangelio no tiene porqué estar peleado con la cultura de nuestros días, tal vez somos nosotros mismos quienes lo vamos escondiendo y dejan al mundo sin la alegría de saberse amados por Dios, que es un Padre bueno y misericordioso que nos ama.

Bien sabemos que la actividad misionera seguirá siendo siempre un desafío (RMi 4). El Señor, que siempre sigue hablando al que ha elegido, dijo durante la noche a Pablo en una visión: «NO tengas miedo, sigue hablando y no calles; porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte mal» (Hch 18, 9-10).


6. DIVERSAS FORMAS DE ACTIVIDAD MISIONERA HOY.

Cuando un vaso se llena y se sigue vaciando en él algún líquido, este se derrama... eso es lógico ¿verdad? El ansia misionera es así, brota de una Iglesia orante, de una Iglesia que, plena de la alegría del Evangelio, se desborda y se derrama. Algo podemos darnos cuenta al contemplar el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos dice cómo iba creciendo la comunidad de los creyentes. «Todos perseveraban en la oración» (Hch 2,46); «Entonces oraron» (Hch 1,24); «Alababan a Dios» (Hch 2,47); «La Palabra de Dios iba creciendo, en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos» (Hch 6,7). Cuando alguien está lleno del amor de Dios, entonces puede darlo a los demás, porque si no lo hace así, se dará de todo... menos a Dios.

Se dice que la primera e insustituible forma de evangelización es «el testimonio». Los primeros miembros de la Iglesia se adherían por el testimonio, un testimonio de humildad y sencillez que hacía que Cristo fuera el que brillara y pudieran ver, en ellos un rostro alegre que invitaba a seguirle. El testimonio es «una proclamación silenciosa, pero muy clara y eficaz de la Buena Nueva (EN 21). Por el testimonio de vida se puede llegar a ser un gran evangelizador. El beato Papa Paulo VI decía que «mediante su conducta y su vida, es como la Iglesia puede evangelizar al mundo entero (cf. EN 41).

Otro medio importantísimo y necesario es «el anuncio». Lo que san Pedro llama «dar razón de su esperanza» (1 Pe 3,15). Los bautizados no podemos guardarnos para nosotros solos el tesoro que hemos recibido. San Juan Pablo II decía: «¡La fe se fortalece dándola!» y nadie tenemos derecho a guardarnos para nosotros mismos lo que Dios nos ha dado.

Sabemos que el mundo moderno no es que quiera mucho escuchar. El hombre de hoy está hastiado de discursos, se muestra cansado de escuchar. Hay una gran cantidad de información que nos colma: predicadores, libros, audios, videos, periódicos, sitios web... muchos de ellos con muchos vacíos... Hoy solamente puede predicar con autoridad y ser escuchado quien se llena de Dios, porque como san Pablo nos recuerda: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos por Jesús» (cf. 2 Cor 4,5)... ¡Aquí está el meollo del asunto! ¡Se necesitan predicadores que hablen de Dios, de su infinita Misericordia y de la alegría de vivir para Él!

Para poder hablar de Dios al mundo de hoy, hay que llenarse de su Misericordia, hay que amar como Cristo, compadecerse como Cristo, sentir como Cristo, que lleno de caridad es quien puede mover los corazones y acercarlos al Padre. «Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy» (1 Cor 13,2). La actividad misionera es «impregnar el mundo de Cristo». «Conquistar almas para el Rey Inmortal de los siglos» diría la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. La tierra de misión empieza en el propio ambiente, el lugar donde la Divina Providencia nos ha puesto. Es allí donde empezamos a ser «el dulce olor de Cristo» (Gal 2,15).


7. EN EL CAMINO DE LA SANTIDAD.

Ya sabemos lo que es la actividad misionera. Ya conocemos cuál es nuestro compromiso como bautizados. «Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad,  que es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia» (RMi 90). La beata María Inés Teresa dice que para ser misioneros tenemos que ser contemplativos, de otra manera no podremos sostener nuestro «Sí» en el camino de santificación y evangelización.

Todo lo visto hasta aquí lo tenemos que concretizar en la vida diaria buscando «santidad de vida» con la vivencia de la alegría de sabernos heraldos de Cristo, expresión de la misericordia del Padre, mensajeros del amor de Dios, hombres y mujeres que viven el espíritu de las Bienaventuranzas y las hacen vida (cf. Mt 5,1-12). cada uno sabe su misión, cada quien debe encontrar —según su propia vocación específica— lo que Dios le pide cada día.

La beata María Inés, el «La Guía del Vanclarista», ha dejado unas pautas que no solamente son aplicables a nuestros hermanos misioneros laicos de Van-Clar, sino que, tomando cada uno lo que le corresponde, puede ir haciendo un programa de vida para vivir el Evangelio de la alegría y llevarlo a los demás en un compromiso de auténtica vida cristiana. La Madre Inés invita, en primer lugar, a vivir intensamente el misterio de Jesús Eucaristía. Luego dice que hay que conocer y hacer conocer, amar y reverenciar a Dios Nuestro Señor y a la siempre Virgen María, como Reina y Madre de todos los hombres, bajo la advocación de Guadalupe. La beata quiere que se pida siempre intensamente por el Santo Padre y por la santificación de los sacerdotes sosteniéndolos son oraciones y sacrificios. Ella hace también un llamado a buscar siempre la voluntad de Dios en todos los acontecimientos, contemplando a Cristo en todos los hombre, próximos o extraños juzgando con rectitud sobre el verdadero sentido y valor de las realidades temporales. Finalmente,  compromete a ofrecer etapas de servicio de forma voluntaria según la propia capacidad y habilidades. Todo esto habla de concretizar en obras de misericordia sencillas y vividas cada día, el gozo de vivir en la alegría del Evangelio (cf. Mt 25,31ss).


8. POR MARÍA HACIA JESÚS... (A MANERA DE CONCLUSIÓN).

Desde los inicios de la evangelización, luego de la Ascensión del Señor a los cielos, la tarea de extender la Buena Nueva se realizó con la presencia de María, la Madre de Jesús (Hch 1,14). Junto con ella los apóstoles imploraron la fuerza del Espíritu que los capacitara para ser enviados. Ella, Madre y modelo del misionero; ella, estrella de la evangelización los acompañó y lo sigue haciendo hasta nuestros días. 

Nuestro corazón misionero debe estar dirigido a María, la creyente por excelencia. «Dichosa Tú, María, porque has creído...» (cf. Lc 1,45-48). 

El mundo necesita misioneros —y no niego que la tarea hoy sea muy difícil—. El mundo necesita testigos de la alegría del Evangelio, hombres y mujeres que sean expresión de la misericordia de Dios, que es Amor. El mundo de hoy necesita de gente que se lance a vivir el compromiso de la exigencia de la fe con la mirada fija en la santificación personal y de comunidad para ser misioneros.

Miremos a María, invocada muchas veces con el título de «Estrella de la Evangelización». Que ella sea ahora y siempre nuestra estrella; que siempre caminemos iluminados por sus destellos de amor que reflejan la luz de Cristo el Salvador de los hombres.

¡Dios te salve, Estrella de la evangelización, Madre de Misericordia!
Tú eres la misionera por excelencia,
ayúdanos a vivir el compromiso misionero,
reaviva en nosotros la fe en tu Hijo,
asístenos con tu gracia maternal para sembrar 
la semilla del Evangelio por donde quiera que pasemos.
Enséñanos a darnos en un continuo «Sí»,
muéstranos el CAMINO hacia Dios,
ábrenos a la VERDAD que aprendiste de tu Hijo,
danos la fuerza de amar siempre la VIDA
para que como misioneros caminando a tu lado
mostremos al mundo que Cristo es hoy y siempre
el CAMINO, la VERDAD y la VIDA. Amén

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

lunes, 1 de agosto de 2016

¿QUÉ HA PASADO CON LA NUEVA EVANGELIZACIÓN?...

San Juan Pablo II la pidió, Benedicto XVI la impulsó y Francisco la está echando a andar. Aquel anhelo que empezó en Haití en 1983, cuando san Juan Pablo II lanzó el grito de invitación a vivir una nueva evangelización, da la impresión de que no se ha estrenado. Evidentemente la evangelización, en sí, será siempre la misma. Vale para eso recordar la definición que nos presenta el Documento Evangelii Nuntiandi —un clásico de la espiritualidad misionera— tan apreciado por la beata María Inés Teresa y por tantos misioneros de su época: «Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, sobre todo, liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él, de verlo, de entregarse a Él. Todo esto tiene su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera definitiva por su muerte y resurrección; pero debe ser plenamente realizado el día de la venida final del mismo Cristo, cosa que nadie sabe cuándo tendrá lugar, a excepción del Padre» (E.N. 9).

No ha habido ni habrá jamás una novedad mayor que la muerte y resurrección de Jesucristo, por eso la evangelización es y será siempre nueva. «Jesucristo es el mismo hoy, ayer y siempre» (Heb 13,8). La evangelización, en nuestros tiempos, es nueva, porque a su servicio se ponen todos los nuevos medios científico-técnicos de que se dispone, especialmente las redes sociales en Internet. La novedad está también en que la Iglesia tiene que infundir en las venas del hombre de hoy, la virtud perenne, vital y divina del Evangelio, que debe ser presentado como el mensaje central salvador para cada generación.

El hombre de hoy está necesitado del Evangelio, es el hombre de la post-modernidad; el hombre que antepone el «hacer» al «ser»; las cosas a las personas; lo fragmentario a lo totalizante y que vive en medio de una crisis de valores sometido a una cultura de la indiferencia y del permisivismo. El hombre de hoy es un ser que rechaza a Dios pero que al mismo tiempo emprende como una especia de carrera detrás de lo sagrado y lo confunde con la magia y la superstición. El hombre de hoy es alguien necesitado del Evangelio, porque Jesús sigue hablando, sigue enseñando, sigue cuestionando, sigue siendo gracia y conquista para todos.

Cuando se iba a acercar el año mil, la humanidad vivió una etapa de gran temor porque esperaba el fin del mundo de un momento a otro y... ¡aquí estamos! Tampoco el advenimiento del año 2,000 significó el fin del mundo aunque muchos así lo esperaban hace más de 15 o 20 años. San Juan Pablo II, que introdujo a la Iglesia al Tercer Milenio, hablaba mucho en sus discursos y documentos de este tema del Tercer Milenio. Él no se cansó de invitar a la Iglesia a lanzarse a una nueva evangelización acorde a los nuevos tiempos, a la nueva época, a las nuevas expresiones de la gente, a fin de que el mundo fuera más humano y por supuesto más cristiano. Hoy, para muchos creyentes, después de más de 2000 años —2016 para ser exactos— el Evangelio está «sin estrenar».

La larga historia de la evangelización de la humanidad, nos presenta cómo la Iglesia ha peregrinado de cultura en cultura sin identificarse jamás de un modo exclusivo con ninguna y, ahora, parecería que «la ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda, el drama de nuestro tiempo (cf. E.N. 20). La nueva evangelización tiene que seguir realizando un gran esfuerzo para encontrar un nuevo lenguaje antropológico que permita trasvasar el contenido fundamental del mensaje revelado a cada cultura y criticar, corregir y extirpar, los errores de las culturas que son incompatibles con el Evangelio. El modelo, por supuesto, de esta nueva evangelización, es Jesús, el Verbo encarnado; por lo tanto, la nueva evangelización no eximirá al evangelizador de las culturas locales y de la cultura universal de la incomprensión ni de la persecución —como está sucediendo actualmente en varias naciones—, porque si el modelo es Jesús, habrá de llegar al Calvario para alcanzar luego la resurrección.

Tal vez la lucha más grande y la persecución más intensa, se viva en la indiferencia religiosa reinante en el mundo de hoy en un gran número de personas «bautizadas», que resulta altamente desconcertante pero que nos hace pensar en algo... ¡la fe cristiana no es hereditaria! La fe nace, vive y renace gracias a la palabra o al testimonio del evangelizador, un evangelizador que se ha dejado «tocar» por Cristo y presenta con premura, la alegría del Evangelio. La evangelización, en cuanto tal, es una continuidad viviente desde el anuncio mismo de Jesús —pasando por la predicación apostólica— hasta llegar a los evangelizadores propios de cada pueblo y nación.

Creo que somos muchos los que vamos viendo claramente que la renovación y el seguir trabajando en la nueva evangelización, no es un mero capricho. La nueva evangelización es un imperativo fundamental del Nuevo Testamento. San Pablo no se cansó de repetirlo a aquellas primeras comunidades de creyentes: «Renueven el espíritu de su mente y revístanse del hombre nuevo» (Ef 4,23). «No se acomoden al mundo presente, antes bien, transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12,2). El estar escuchando hablar de la nueva evangelización nos debe surgir la necesidad de buscar una fidelidad más radical al contenido mismo de la evangelización.

Ante esta nueva evangelización, en la que estamos inmiscuidos desde tiempos de san Juan Pablo II, no podemos ser infieles al contenido del mensaje y deformarlo con doctrinas propias. No podemos «rebajar» el Evangelio a mera publicidad; no podemos vivir nuestro compromiso bautismal como negocio, regateando para alcanzar la salvación; no podemos ser infieles a los destinatarios; no podemos ser infieles a Jesús. Solamente en Cristo, camino, verdad y vida (Jn 14,6). Solamente en Él, el Señor de la historia, el Dios con entrañas de misericordia, encontraremos la clave para interpretar correctamente los signos de los tiempos y vivir la nueva evangelización.

El tiempo propicio para la nueva evangelización ha llegado ya. El Tercer Milenio va avanzado y los evangelizadores que se necesitan para llevar a todos esta nueva evangelización somos nosotros... ¡y somos un poco más de doce, como los primeros! Decía la Beata María Inés: «Que se conviertan todos, Señor, ¡que todos te amen!... ¡pero pronto! Mi corazón no puede sufrir más que se robe a Dios toda la gloria que esas almas, hechas a imagen y semejanza tuya, pudieran darle si le conocieran» (Lira del Corazón). Y para esto no necesitas más, ¿me permites que te diga?, que tomar instrumentos que quieran dejarse hacer en tus manos creadoras. Por mí aquí me tienes; yo quiero dejarme manejar por Ti... Señor, mi fuerza, mi poder, mi confianza, mi fe ciega, está en mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia. Con esto lo digo todo» (Lira del Corazón).

Dejemos que etas últimas palabras de la Beata María Inés Teresa, resuenen en nuestro corazón y nos inviten a empezar la nueva evangelización viviendo el Evangelio.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 29 de julio de 2016

«EVANGELIZADOS PARA EVANGELIZAR, EVANGELIZAR PARA SER EVANGELIZADOS»... Una Iglesia en estado permanente de misión


¿Quién evangeliza hoy? ¿Cuál es el sujeto agente de la nueva evangelización? ¿Cómo evangelizar de nuevo al pueblo de Dios, usando de la imposición o de la proposición? ¿Cómo llevar a todos la Palabra y el espacio de silencio en el que habla Dios? ¿Cómo llevar a todos el conocimiento de la encarnación del Señor y el valor de su muerte redentora? ¿Cómo aportar, desde el propio estado de vida, elementos que ayuden a la nueva evangelización? Éstas y otras muchas cuestiones, circundan el corazón del hombre y de la mujer que, en los inicios del tercer milenio, se saben sujetos portadores de la evangelización para reconstruir un mundo que se ha alejado de Dios, que lo ha sacado —como dice el Papa Francisco— de su ambiente vital.

Si la Iglesia —nacida de la misión del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo crucificado y resucitado— es fundamentalmente comunión, la evangelización es una tarea que compete a todo el pueblo de Dios en su conjunto. Todos los miembros de la Iglesia somos misioneros desde nuestro bautismo. Mientras vivimos en el mundo, la Iglesia va contagiando al mundo los valores del reino de verdad, libertad, justicia, amor, solidaridad, etc. La Iglesia está en el tiempo para sacramentalizar, proclamar, celebrar y compartir el gozo del Evangelio de la alegría. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios (EG 176). 

Desde hace algunos años, escuchamos mucho hablar de una «nueva evangelización». Del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre este tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordaba que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos; Primeramente el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». En segundo lugar, el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», que no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe y, finalmente, el ámbito de quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado (cf EG 14). 

La Iglesia, nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, no crece por proselitismo sino «por atracción» (EG 14) y por eso, en esta nueva evangelización, es invitada a utilizar nuevos métodos y nuevas expresiones, en un nuevo ardor, para llevar a Cristo a todos. Para llevar a cabo esta nueva evangelización, la Iglesia tiene que transformarse a sí misma en el horizonte del reino. Solamente una comunidad evangelizada, tiene el vigor de la nueva evangelización. En la medida en que sea Iglesia seguidora de Jesús, puede ser sacramento de la salvación del mundo. Siendo Iglesia viva, se hace entonces Iglesia evangelizadora. «La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar» (EG 174). 

La evangelización será nueva si tiene en cuenta —tratando de sacar provecho— las consecuencias de la nueva situación histórica del pueblo de Dios en el horizonte del reino. El necesario ardor y las nuevas expresiones del misterio de la fe, no podrán ignorar las nuevas perspectivas, los nuevos horizontes y la invitación que hace el llamado del mismo pueblo de Dios a repensar, afrontar, analizar y reconstruir temas como estos: La reforma de la Iglesia en salida misionera, las tentaciones de los agentes de pastoral, la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza, la homilía y su preparación, la inclusión social de los pobres, la paz y el diálogo social y las motivaciones espirituales que llevan a la tarea misionera (EG 17). Si la nueva evangelización logra articular estos horizontes en programas pastorales operativos y movilizadores, estará siendo realmente nueva; si logra convertirse en idea fuerza para las iglesias locales y despertar la conciencia y potencial evangelizador de las personas, las instituciones, los grupos... estará siempre nueva.

Hay que recordar que antes que evangelizadora, la Iglesia es evangelizada; antes que docente, la Iglesia entera es discente; antes que maestra es discípula. Sólo siendo oyente y discípula de la Palabra, el Pueblo de Dios puede irradiar la alegría del Evangelio y hacer discípulos. Claro está que, en términos de proceso, también la inversa es verdadera: Haciendo discípulos es como la Iglesia escucha el Evangelio; irradiando el amor a Cristo, lo acoge; evangelizando es evangelizada. La Iglesia es evangelizada y evangelizadora.

La Iglesia evangelizada es una Iglesia de testigos: Han visto al invisible (Heb 11,27). Han sido alcanzados por la vida del Resucitado a través del testimonio de los primeros a quienes se ha hecho visible el Resucitado (Jn 20,18.25). Una Iglesia que se sabe siempre portadora de buenas noticias (Hch 4,20). Una Iglesia sana, una comunidad. Una Iglesia que no tiene permanentemente cara de funeral (EG 10). Una Iglesia que está en estado permanente de evangelización y que recomienza su nueva evangelización por transformarse a sí misma en una comunidad viva para poder ser «Buena Noticia» de vida, de libertad, de amor. El Concilio Vaticano II, hablando de la Iglesia, nos habló de una apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo para ser siempre esta portadora del mensaje de salvación (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6). Nos dice el Concilio que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación y que Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad (cf EG 26). Sin una reforma interior de la Iglesia, de su vida, de sus instituciones y estructuras, no será nueva transparencia de la Palabra y del Espíritu que la habita.

La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular, se juega en la credibilidad social de la misma. Uno de los desafíos del pueblo de Dios en la nueva situación histórica de nuestros tiempos consiste en alcanzar nuevas formas de presencia pública en los medios de comunicación y en las redes sociales, que son las que en la época actual, mueven al mundo. Yo mismo he tenido la experiencia de dialogar en Linkedin o en Whatsapp con personas que no saben o no valoran lo que es la Iglesia y es más, con gente de Iglesia que no sabe lo que es la nueva evangelización y por medio de estas conversaciones va abriendo sus horizontes.

Hoy necesitamos presentar al mundo y a los mismos miembros del Pueblo de Dios —con nuestro testimonio evangelizador y dejándonos evangelizar— una Iglesia creíble que sea «espacio de unidad y comunión» (EG 73), con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación. Una Iglesia «en salida», una Iglesia de «puertas abiertas» (EG 46 y 47), que sale hacia los demás para llegar a las periferias humanas sin que eso implique correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Una Iglesia «casa de todos» intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria (EG 146). Una Iglesia «hogar de libertad» (EG 170), capaz de mostrar que la aceptación del Dios de Jesucristo es fuente de liberación permanente en la existencia humana; capaz de recordar también que la libertad es lo más contrario a la desmoralización permisivista y a la tiranía del capricho. Una Iglesia «humanamente fecunda» especialmente para los jóvenes (EG 108), experta en humanidad y creadora de humanización. Una Iglesia «familia» donde los pobres sean los primeros (EG 48 y 49), en el corazón y en los presupuestos. Una Iglesia «misionera» de los hombres, de la sociedad, del mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin dejarse robar el entusiasmo misionero (EG 80).

La dinámica de la encarnación es el estilo de vida de evangelizar de Jesús (Mt 25,31-46). Cristo evangeliza desde la cercanía y desde la simpatía con nuestra condición humana. Su comunión con nosotros es el inicio y la forma de su liberación; desde la pobreza y la debilidad; desde el amor y la palabra limpia; desde la aceptación de cada persona y cada situación del hermano (EG 179). Esto marca el camino de la evangelización de la Iglesia. Anunciar evangélicamente a Jesucristo implica hacerlo con el testimonio cualificado del encuentro con el hermano pobre, necesitado, solo, deprimido, alejado, olvidado, descartado, allí donde éste se encuentra. A este nivel primario y decisivo de la comunicación de la fe por el testimonio, estamos llamados todos. Allí llego la beata María Inés Teresa cuando decía al Señor: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero... y para eso no tengo mas que mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia».

La nueva evangelización está recuperando la fuerza de la experiencia, la «teología vivida» de los santos. La fe cristiana, que es básicamente relación personal con Dios Padre en Cristo por el Espíritu, se vive y se aprende también en la vida de los santos que han ayudado a construir, con su granito de arena y su expresión de la misericordia divina, la Iglesia (EG 263). La persona santa contagia, inquieta, suscita preguntas. Es un evangelio vivo: Buena noticia permanente, audible, legible, visible.

Hoy somos evangelizados y evangelizadores especialmente en pequeñas comunidades cristianas que siguen florecientes alrededor del mundo en muchísimas parroquias. Me viene recordar ahora el Santuario de la Virgen Inmaculada «Margarita Concepción» en Mazatán, Chiapas. Allí, gracias al proceso evangelizador de estas pequeñas comunidades, impulsado por los diversos párrocos que han pasado y la tarea titánica de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, bajo la guía y acción del Espíritu santo, la Iglesia he entrado en este dinamismo y espíritu de nueva evangelización regalando vocaciones y espacios de vida cristiana para un pueblo en constante desarrollo. Lo mismo he visto en parroquias como Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás de los Garza, N.L. a cargo de nuestro instituto misionero, en donde la evangelización llega a través de los 11 sectores que la conforman.

En estas pequeñas comunidades —llámense comunidades eclesiales de base, pequeñas comunidades, sectores o barrios— se escucha la Palabra, se ora, se comparte la misión, se forma en la fe. La Iglesia va recuperando la experiencia de la vida en fraternidad y la consiguiente presencia a partir de pequeñas comunidades que irradian la fe, al mismo tiempo que son evangelizadas. Recuperar la dimensión comunitaria es una tarea urgente en la nueva evangelización, sobre todo para una Iglesia que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido las consecuencias del individualismo de una fe sin comunidad por parte de grandes capas de nuestra población que han dejado de ser cristianos comprometidos.

Parece que por aquí apunta el futuro de la Iglesia y de la evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus expresiones. En esta nueva dimensión, la parroquia de nuestros días, viene a ser —como se describe en el Capítulo V del Documento de Aparecida— un centro en el que se encuentran todas estas pequeñas comunidades como la gran familia de los hijos de Dios. ¿No fue así como comenzó la evangelización hace más de dos mil años? ¿No era la transparencia y la belleza de las fraternidades apostólicas en el seguimiento de Cristo lo que contagió con su entusiasmo las bases del imperio?

La nueva evangelización —iniciada desde tiempos de san Juan Pablo II— será realmente nueva en el ardor y la eficacia si parte de la unidad del pueblo de Dios, si es la evangelización de todos, no solo del Papa Francisco y de los obispos. Será la obra de la colaboración de todos: Consagrados y fieles laicos, todos en una constante tarea de ser evangelizados y evangelizadores para llegar a ser expresión del Evangelio de la Alegría.

¿Nos damos realmente cuenta de las exigencias todavía pendientes? ¿Sufrimos el individualismo y la desconexión de los evangelizadores? ¿Nos duele y nos preocupa la cantidad de energías que se pierden a causa de nuestras inadecuadas actitudes y estructuras de participación y colaboración? ¿Sentimos, de verdad, los miembros de las diversas instituciones eclesiales, como nuestra, la obra de la evangelización o nos caben en la cabeza y el corazón solamente nuestras pequeñas parcelas y olvidamos que nuestros carismas pertenecen al pueblo de Dios? ¿Somos capaces de coordinar los institutos evangelizadores, los misioneros, los educadores, para potenciar el avance y el alcance en la eficacia evangelizadora y no sólo para una gestión más de urgencias? ¿No nos estaremos contentando en demasiadas ocasiones con que nuestras obras sigan funcionando en lugar de poner nuestros mejores desvelaos en que sean realmente evangelizadoras?

¿Qué pasa con las grandes tareas de las Iglesias locales? ¿Estamos respondiendo a la clara invitación que nos lanza el Papa Francisco? Hay que revisarnos constantemente, hay que suplicarle al Espíritu Santo que, como a María, nos cubra con su sombra, para dar a luz a Cristo a todas las naciones sintiendo con ansias, como san Pablo, dolores como de parto con el anhelo de que Cristo sea conocido y amado por todos. María, la mujer de la alegría perenne no perdió el tiempo, siempre tuvo ardor por los intereses de su Hijo, se lanzó presurosa a llevar la Buena Nueva a Isabel (Lc 1,39), hizo que la gente hiciera lo que si Hijo indicaba (Jn 2,5), recibió el encargo de cuidar de los apóstoles al morir su Hijo(Jn 19,25), acompañó en la evangelización primera a los discípulos de su Hijo (Hch 1,14) y con ellos esperó la llegada del Espíritu que vino a dar un nuevo ardor, una nueva expresión, un nuevo método que llevó la evangelización hasta donde estamos el día de hoy (Hch 2,1ss).

«A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial» (EG 287).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.