martes, 21 de agosto de 2018

«La verdadera riqueza»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dinero, poder, poderío y primacía sobre los demás, son factores que no es que garanticen en sí la felicidad ni para el que los posee o ejerce ni tampoco para quienes según se beneficien o sufran con aquellos. Se ve que en el contexto de la primera lectura de hoy —seguimos leyendo las profecías de Ezequiel— a la región de Tiro le iba aparentemente bastante bien y aquel pueblo —personificado por su reyezuelo— se burlaba de la desgracia de Israel. Ezequiel habla en nombre de Dios (Ez 28,1-10), para mostrarnos que Tiro puede haber servido de instrumento en manos de Dios para castigar medicinalmente a su pueblo, pero que el instrumento, al haberse vuelto altanero, precioso y orgulloso —me acordé de una canción que dice así— va a recibir la paga de su jactancia. Está tan satisfecho de su poder y de sus riquezas y de su sabiduría, que no ve lo que se le viene encima: «te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa». Y entonces, cuando esté a punto de morir ¿se atreverá a decir «soy dios» delante de sus asesinos? 

Estos versículos del libro del profeta Ezequiel, constituyen, por tanto, el canto de la soberbia humana que, cuando las cosas le salen más que bien y tiene algún poder, dice: «soy dios». ¡Pero qué pronto desiste de esa vergonzosa actitud cuando la enfermedad, la crisis interna, la familia, los negocios o los desastres llegan de improviso! No somos dioses; somos unos pobres seres llenos de miseria que hemos recibido el don de pensar y de ser libres, y que malgastamos buena parte de nuestras facultades en fáciles idolatrías momentáneas. El mundo siempre ha tenido que soportar «pequeños dioses» que quieren engañar a los demás y se engañan a sí mismos, y es aquí en donde entra la reflexión de Jesús con sus discípulos sobre el apego al dinero y las riquezas del Evangelio de hoy (Mt 19,23-30): la ambición del dinero, del poder y del dominio sobre los demás, es un factor que no se aviene con el desprendimiento que libera al espíritu y alcanza la verdadera felicidad. Leyendo estos trozos de Ezequiel y de Mateo, el Señor nos enseña que el dinero no cierra las puertas del cielo y del amor, pero la idolatría o apego al mismo sí que las clausura. Es muy fácil perder de vista el horizonte de la vida eterna cuando uno se queda atrapado por lo material cuyo valor monetario es siempre diverso según los tiempos y las culturas, pero, igual de esclavizante. 

Hoy hay muchos metales que valen más que el oro, como el platino, por el que se paga más de 38,290 dólares por kilo, o el rodio, cuyo precio por kilo anda en los 46.516 dólares. ¿Por qué pensar en el verdadero valor de la vida hasta tener la suerte de llegar a viejos, o cuando de repente llegue de sorpresa alguna enfermedad incurable? Los que creemos, confiamos y seguimos a Cristo no podemos buscar, de modo egoísta, nuestros propios intereses, nuestra felicidad en lo material sin importarnos el que, por lograrla, tengamos, incluso, que pisotear los derechos de los demás, o denigrarlos en su personalidad. Todo pasa, lo único que conservaremos es nuestro sello de bautizados con el premio valioso de ser doscípulos–misioneros de Cristo. Al final, «cuando llegue la renovación», sólo será digno de crédito el amor con que hayamos vivido y tratado a los demás. De lo contrario, a pesar de que hubiésemos llegado a ser dueños del mundo entero, nuestro fracaso sería irremediable. La Virgen canta a los cuatro vientos su gozo de que el Señor la ha visto pobre y proclamará su alegría por ello a todas las naciones (Lc 1,48). En Ella entendemos el valor de la verdadera riqueza... la riqueza del encuentro con el Señor para hacer su voluntad, cosa que no es muy fácil que digamos, pero, «para Dios todo es posible». ¡Bendecido martes! Además de las hermanas que están en Ejercicios y terminan mañana, hoy tenemos retiro para las comunidades de Garampi y La Casita... ¡Nos encomendamos! 

Padre Alfredo.

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