Es de todos los creyentes sabido que de Jesús tenemos la plenitud de la revelación. Él es la palabra de Dios que se ha hecho hombre y que viene a nosotros para darnos a conocer quién es el Padre misericordioso y cómo nos ama. Él nos enseña que este Dios que es bueno y cariñoso espera de nosotros una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de lo que nos pide vivir: «si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). En el evangelio de hoy tomado de San Mateo en el capítulo cinco, del versículo 17 al 19, Jesús enseña que no vino a anular la ley, sino darle plenitud. El sacramento de la reconciliación refleja perfectamente este espíritu: porque ciertamente, no se trata de descartar las leyes, aún las que vienen desde el Antiguo Testamento, sino de vivirlas con amor, sanando las faltas y restaurando nuestra relación con Dios. Claro que me viene hablar de esto porque casi toda la semana, he pasado largas horas en la catedral de Vilnus y en el lugar donde se desarrolla el congreso apostólico internacional de la Divina Misericordia confesando; dispensando misericordia a tanta gente que llega del mundo entero a un congreso como éste. Pero es curioso, desde antes de venir no faltó quien me dijera: ¡siéntate a confesar en tu parroquia! Y claro que lo hago, la gente lo sabe, a tiempo y a destiempo y en cualquier espacio, pero no puedo olvidar que tengo un compromiso dictado por el Papa como misionero de la misericordia para recorrer el mundo llevando perdón y viendo el gozo de las almas que se reconcilian con Dios.
Volviendo al evangelio de quisiera destacar cómo el escritos sagrado nos recuerda que Jesús lleva los mandamientos más allá de la simple obediencia externa, buscando la transformación del corazón. En la confesión, no sólo se numeran errores, sino que se busca el arrepentimiento sincero, queriendo alcanzar un cambio interior. La reconciliación nos devuelve el estado de gracia, fortaleciéndonos para evitar el mal y obrar en justicia y caridad viviendo la alegría del Evangelio. Justamente ayer una de las personas que se acercó a confesarse en inglés me dijo que estaba pensando en el suicidio pero vio el anuncio del congreso y que su parroquia estaba organizando una peregrinación para venir. La verdad no recuerdo si me dijo que era de Londres o de Edimburgo, de la Florida o Samoa, porque se ha acercado tanta gente que confundo luego los lugares y claro un poco los idiomas también. Esta persona salió del confesionario totalmente nueva, sintiéndose escuchada atendida, perdonada por ese Jesús, por ese Señor de la Misericordia. Cuando pienso en quienes me critican por estar lejos y no en mi Monterrey del alma, pienso ciertamente que quisa Dios hubiera puesto otros sacerdotes en el camino de estas persona,s pero a la vez me queda la interrogante: ¿porque yo Señor?, ¿por qué de repente alguna gente cuando se acerca me dice: vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme?
La verdad siempre me ha gustado confesar y confesarme. Es una gracia que Dios concede. Y las experiencias que en torno a este sacramento he vivido en diferentes lugares de la faz de la tierra, han sido, muchas de ellas, impresionantes de verdad. De alguna manera, en el confesionario, tanto quien confiesa como quien se acerca a recibir la absolución, entiende que la ley de Dios no es un conjunto de normas pasadas de moda que tenemos que seguir viviendo a regañadientes, sino un camino de amor, de verdad, de misericordia, de conversión y salvación eterna. En estos tiempos, donde en cualquier parte del mundo reina la confusión, donde se llama bien al mal y se desprecia la voluntad de Dios, Jesús en el confesionario nos recuerda que su Evangelio es eterno, que sus mandamientos no caducan, ni envejecen, sino dan la paz interior, Jesús, a través del sacerdote, aunque sea tan miserable y vagabundo como yo, eleva los mandamientos, los lleva el corazón, los hace vida. Y por eso no basta con acercarse y decir: no robo, no mato y nada más... Debemos ser puros de corazón, cuidar los ojos, ser fieles en la mente y en el alma. Que María santísima nos ayude a entender a los confesores y a amar más este regalo de la misericordia divina. No dejen de orar por los Misioneros de la Misericordia que vamos por el mundo repartiendo perdón. Por eso, aunque critiquen, hablen y respinguen algunos, no tengo miedo de ser diferente, de ser uno de estos sacerdotes que sin mérito alguno puede perdonar, incluso los pecados reservados a la santa sede. Eso me ayuda a buscar ser fiel a Cristo en esta vida, para ganar la eternidad, no sólo para mí, sino para todos los que se acerquen al confesionario. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario