Los discípulos–misioneros de Cristo estamos en la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora de una Iglesia en salida sin miedos ni complejos, una Iglesia «de puertas abiertas». Por fin vamos entendiendo que una Iglesia encerrada en sí misma, una Iglesia que sólo piensa en su propio prestigio por miedo, es una Iglesia que se empobrece. La Iglesia en salida, que soñó y estableció el finado Papa Francisco, la Iglesia que va al encuentro de las personas, la Iglesia que escucha, que conoce los problemas, es una Iglesia que se enriquece, porque descubre nuevas virtualidades del evangelio y nuevas posibilidades de hacer el bien. El encuentro con el mundo —sin ser del mundo— nos ayuda a descubrir lo valiosa que es y la presencia escondida de su Señor en tantas personas desenfocadas o cautivadas por el mundo del consumismo, del materialismo que es «de puertas cerradas» porque atrapa y no deja salir con facilidad. La sociedad actual, atrapada en el encierro de la adoración del dios dinero y sus nefastas consecuencias, necesita oxígeno y la Iglesia con las puertas abiertas puede mirar a los ojos y escuchar acompañando al que, asqueado por ese encerramiento, va quedando tirado al borde del camino, porque ha descubierto que el dinero no lo da todo. (cf. Evangelii Gaudium, 46).
Quiero reservar el tercer largo párrafo de este día —que será bastante largo— a la celebración del Día del Padre. Es que este domingo en México y en muchas partes, celebramos esta fiesta. Muchos saben que yo soy un apasionado de la historia, porque estoy convencido de que la historia es fundamental para conocer el pasado para desde allí comprender nuestra realidad actual y proyectarnos hacia el futuro. La historia nos otorga identidad, desarrolla nuestro pensamiento crítico y nos enseña valiosas lecciones de los aciertos y errores de la humanidad. Por eso, en este día en que el Evangelio habla de que «no hay que tener miedo», voy a la historia para que juntos entendamos el valor tan grande del Día del Padre. La historia nos dice que la primera persona en querer celebrar oficialmente esta fiesta fue una mujer llamada Sonora Smart Dodd. Su mamá murió en el año de 1898 cuando estaba dando a luz. Entonces, fue la responsabilidad de su papá —un veterano de la Guerra Civil de Estados Unidos—, de cuidar a sus 6 hijos solo. Se llamaba William Jackson Smart y aunque no existen muchos elementos biográficos a los que se pueda recurrir, todo parece indicar que, enfrentando el miedo de quedarse solo con esta tarea descomunal para un hombre, hizo un gran trabajo. Ya siendo adulta Sonora Smart Dodd fue a la Iglesia una mañana de mayo de 1909 a la celebración religiosa del recién instaurado Día de las Madres. Ella —quien admiraba mucho a su papá— estaba en el público pensando en una fecha para que también se celebrara la paternidad. Se celebrara a los papás cada 5 de junio, porque ese era el cumpleaños de su papá y así fue como un domingo 19 de junio se llevó a cabo la primera misa del Día del Padre. Como fue una celebración originada en la religión, se decidió que la celebración tendría que ser en domingo y así se llegó al tercer domingo de junio. Sonora Smart Dodd falleció en 1978, así que pudo ver cómo su iniciativa se extendió para agradecer a tantos papás que saliéndose del común de muchos hombres que no valoran este don, viven heroicamente su paternidad. Creo, entonces, que este domingo unos destinatarios privilegiados del Evangelio son los papás. El Día del Padre es una bendición, no solo porque refuerza la necesidad esencial de los padres, sino porque ofrece a los hombres católicos la oportunidad de reflexionar sobre su propio desempeño como padres valientes que, aunque vayan remando contra corriente. Este Día del Padre, independientemente de las fallas del pasado, cada hombre puede ser una nueva creación en Cristo que, bajo la mirada de María, que tuvo que ver mucho con la paternidad de San José. ¡Bendecido domingo Días del Padre sin olvidar a los que, como el mío, ya han sido llamados a la Casa Paterna!
Padre Alfredo.
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