En primer lugar quiero invitar a mis 18 lectores a dirigir la mirada a Eliseo, a quien la primera lectura (2 de Reyes 4,8-11. 14-16ª) como el hombre de Dios que va anunciando a su paso lo que Dios le va indicando. Los milagros que realiza y que se relatan en el libro, revelan que se trata de un hombre de Dios. Hoy vemos cómo, precisamente por eso, recibe la bendición de tener gente que se preocupa por él. Es que los hombres de Dios, los misioneros, vivimos así, de la limosna de todos, aunque para algunos, que ven solamente con los ojos del mundo, parezcamos una especie de zánganos que no producimos nada. Pero, para ser un misionero no todo es fácil. Eliseo tuvo momentos difíciles, yo también. Es que el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús quien también fue rechazado por algunos que no le entendieron, pero él fue fiel a la voluntad del Padre. Hoy me parece un buen domingo para pedir por los hombres de Dios.
La segunda idea gira en torno al desconcertante Evangelio de hoy para la mayoría de los bautizados en un mundo donde reina el confort y la búsqueda de un exagerado bienestar en donde nada sea sacrificio ni dolor. Jesús nos dirige unas palabras (Mateo 10, 37-42) que a primera vista suenan duras pero señalan el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se comprende el valor de la «cruz» y lo que ello demanda, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean y se le da sentido a la verdadera libertad interior. La cruz no es una búsqueda voluntaria del sufrimiento ni un resignarse pasivamente. Implica una fidelidad a la voluntad del Padre misericordioso que exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad. Quien hace a un lado la cruz se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado. El seguimiento del Señor implica tomar la cruz, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda. Pidamos a María que nos acompañe en nuestro peregrinar, ella, que obediente a voluntad del Padre, permaneció al pie de la cruz. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario