miércoles, 3 de junio de 2026

«El sueño de ir a Wadowice donde comenzó todo»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Ciertamente, como muchos nosotros estamos convencidos, para el hombre y la mujer de fe no existen las coincidencias... ¡sino las diosidencias! Para nosotros en todo tiempo y lugar cada evento, cada encuentro o cada situación, lleva un propósito divino. Esta perspectiva transforma la incertidumbre de la vida en confianza, viviendo a la sorpresa de Dios para permitir ver su mano incluso en los detalles más pequeños del día a día. Así, desde este punto de vista, no ha sido para nada una casualidad que esta mañana, durante mi visita a la casa donde nació el 18 de mayo de 1920 San Juan Pablo II en Wadowice, un bellísimo pueblo más o menos a una hora, tuviera la oportunidad de asistir a Misa y seguir en mi aplicación, la primera lectura tomada de la segunda carta de San Pablo a Timoteo dejando que resonara en mi corazón la frase: «te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos» y renovara, allí donde este santo excepcional y tan cercano a mi vida sacerdotal, fue bautizado. Conocer Wadowice era un sueño que tenía desde mis primeros años de seminarista, en la prehistoria de mi vocación. Estar en Wadowice como un viejo sacerdote, ha significado para mí un reconectarme con la cuna espiritual de quién, como vicario de Cristo, tuve la dicha de conocer, saludarle de manos más de 60 veces, escucharle en vivo y en directo muchas veces en Roma, en Denver, en Monterrey y en Ciudad de México. 

Dice Goethe, el gran poeta alemán, que: «Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo». Yo creo que con los santos sucede lo mismo. Hay que ir a su infancia, a sus primeros años de vida, a su lugar natal. Juan Pablo II decía que en Wadowice «comenzó todo». Sí, aquí comenzó su vida, comenzó su formación humana e intelectual, aquí comenzó el teatro y las primeras andanzas hacia el sacerdocio. El encuentro de esta mañana con sus raíces, en el pequeño apartamento que con su familia habitó hasta los 18 años, me sirvió mucho para renovar el celo pastoral que recibí de Dios y que, como en su caso, no conoce fronteras. San Juan Pablo II transformó la historia de la Iglesia  y del mundo desde sus humildes comienzos en esta pequeña localidad polaca. Aquí, en primer lugar, le presenté al Señor, por su intercesión, una súplica muy especial que le vengo pidiendo con relación a mi ministerio en la Iglesia. También oré por mi familia de sangre y obvio, por mi «Familia Inesiana» recordando cómo lo quiso Madre Inés. Aunque las horas pasaron volando, antes de continuar la visita en Cracovia, del santuario de San Juan Pablo II y el de la Divina Misericordia —donde reposan los restos de santa Faustina Kovalska, de quien escribiré cuando esté en Lituania— no desperdicié la oportunidad de degustar —con el permiso del azúcar como decía mi abuela Dora Hermila— el postre preferido de este santo varón: La Cremówka polaca, también conocida como Napoleonka, un dulce que combina pasta de hojaldre y crema, espolvoreado por azúcar glass. 

Pero voy ahora al fragmento de la Escritura que tenemos hoy como primera lectura (2 Tim 1,1-3.6-12). San Pablo estaba muy interesado en la vida y el ministerio de Timoteo, y quería asegurarse de que éste utilizara eficazmente el don que se le había concedido, para la gloria de Dios. No es que Pablo pensara que la fe de Timoteo era débil o que se estaba extinguiendo, sino que quería que experimentara la plenitud del don de Dios siguiendo con la consolidación de su vocación. El pasaje me recuerda que la vocación no es una cuestión estática sino dinámica. La gracia vocacional se renueva cada día y el Señor, que no desperdicia el tiempo, aprovecha cada instante para mantener, en los llamados, una acción permanente que le lleve a re-estrenar el «Sí» que un día se pronunció. Hoy he pensado, en especial, que la vocación sacerdotal, al igual que la vocación de todo cristiano, arraiga en el designio eterno de Dios Padre, que se realiza en la vocación bautismal, y adquiere así una mayor determinación hasta llegar a concretizarse en el Orden Sacerdotal. ¡Gracias mi querido Papa Juan Pablo II por invitarme hoy a tu casa... gracias por tu intercesión en el regalo de la Santa Misa en donde fuiste bautizado... gracias por tu contagiante amor a María... gracias por escuchar mi súplica tan especial! Ahora toca esperar, pero no con los brazos cruzados, sino con la misma premura que te movió desde chiquillo para las cosas de Dios y que conservaste hasta los últimos momentos de tu vida en aquel 25 de abril de 2005, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia en que regresaste a la Casa del Padre. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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