Esto me viene porque hoy el Evangelio de San Mateo, del versículo 38 al 42 del capítulo 5, Jesús habla del «ojo por ojo, diente por diente» —principio conocido históricamente como la Ley del Talión— que muchos buscan seguir practicando y que él abolió por completo. Y es que, a primera vista, esto habla de justicia. Sí alguien me hizo algo malo... ¿por qué me debo aguantar? En primer lugar hay que aclarar que esta ley fue diseñada para limitar la venganza y asegurar que el castigo fuera proporcional al crimen y no fuera siempre la muerte como castigo. Por ejemplo, si alguien en una pelea le arrancó el diente al contrincante, el castigo antes de esto era darle muerte a él e incluso a su familia. La Ley del Talión reclamaba: «no, eso no es justo, que le arranquen a él un diente y ya está». Con el tiempo, este principio fue malentendido y mal aplicado por algunos, que lo usaron para justificar la venganza personal. La enseñanza de Jesús cambia el enfoque de la justicia proporcional y la retribución legal a un estándar más alto de amor radical, perdón y no violencia. Aboga por una respuesta de paciencia y aguante en lugar de represalias, aclarando la verdadera intención de la ley y desafiando a sus seguidores a romper el ciclo de violencia respondiendo al mal con el bien.
Esto queda muy bien entendido en el sacramento de la Reconciliación. Si dependiese de la Ley del Talión, por justicia no debiéramos recibir el perdón. Deberíamos ser castigados por nuestros pecados. Pero Dios no es así con nosotros. El perdón que recibimos en la absolución sacramental no es lo que merecemos por justicia. Dios nos perdona porque Él nos ama y así lo quiere. Dios es libre para perdonarnos o no. Estrictamente hablando el perdón de Dios no es algo justo que merezcamos luego de nuestro arrepentimiento. Lo justo a raíz de mi pecado es un castigo. Por eso, si Dios nos perdona, va más allá de lo justo. Su perdón es un regalo, un don, que Él nos quiere amorosamente conceder. Ciertamente, la oportunidad que Dios me da, como Misioneros de la Misericordia para administrar el perdón de Dios a los demás, sobre todo en casos muy graves y de un gran arrepentimiento, me ha permitido experimentar de manera más profunda el amor divino y transmitirlo a quienes se encuentran perdidos o desanimados en cualquier parte en donde esté. Hace 10 años, en aquel 10 de febrero en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco, dirigiéndose a los Misioneros de la Misericordia, antes de recibir la Ceniza, comienzo de la Cuaresma del Año de la Misericordia nos dijo: «Queridos hermanos, que puedan ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que sus manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de ustedes la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas» Por eso le pido siempre a la Virgen que, ante el sacramento de la Reconciliación, no me deje inmisericorde y con los brazos cruzados. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
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