sábado, 20 de junio de 2026

«NO PODEMOS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Viendo el Evangelio del día de hoy, tomado del capítulo 6 de San Mateo, en los versículos del 24 al 34, inicio mi reflexión del día de hoy con algunas frases que el Papa Francisco n os heredó en la Evagelii Gaudium: «El hombre ha creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro —cf. Ex 32,1- 35— ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano» (EG 55). «En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta» (EG 56). «Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es dañino al tejido social… Solo sirve para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad» (EG 60). 

El afán de tener de todo a costa de todo en la sociedad actual, equivale a celebrar un culto sin tregua y sin piedad como despliegue máximo de aquello que se venera. El culto al dios dinero no puede parar ni el domingo que, anteriormente, por más del 90 % de la sociedad creyente, era considerado el día del Señor. Ante la frase evangélica, centro de la reflexión de hoy: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero», tenemos que preguntarnos en qué o en quién ponemos nuestra confianza: ¿En nosotros? ¿En nuestra fortaleza personal? ¿En nuestro poder adquisitivo? ¿En el dinero aunque no lo tengamos? Tal vez solamente cuando todo a la gente le falta el dinero es cuando se acuerda de Dios. Por eso, muchas veces decimos que la pobreza, o la enfermedad nos evangelizan. Ellas ponen al descubierto nuestra vulnerabilidad y nos ayudan a poner nuestro corazón y nuestra vida en las manos de Dios.

Ayer, una tormenta inesperada colapsó Monterrey, mi tierra natal y el lugar en donde vivo. Sumergido en una inmensa laguna de agua y un océano de automóviles, contemplaba las construcciones excéntricas que el dios dinero ha venido imponiendo en esta megalópolis sin ton ni son: Edificios que rascan el cielo y están vacíos, con departamentos que exigen rentas inimaginables, restaurantes a los que menos del 2 % de los habitantes de la ciudad puede ingresar. Descomunales centros comerciales que empobrecen más a quienes no tienen y compran a crédito lo que tal vez nunca acabarán de pagar. Puentes con estructuras imponentes que hablan de millones de pesos gastados en acero para sostener lo que con unas cuantas varillas se puede lograr. Tiendas de conveniencia que obtienen inmensas ganancias para unos cuantos, estadios que venden los boletos a precios que succionan meses y meses de sueldo de trabajadores que no quieren quedarse atrás y están allí... y me falta decir mucho más. Tal vez tenemos que preguntarnos qué es lo que de verdad llena nuestro corazón y se ha hecho centro de nuestra vida. La naturaleza, creada por Dios no es la primera vez que vence la ambición millonaria de una ciudad mal planeada porque no ha sido hecha con la visión de hacer un pueblo de desarrollo, sino con la idea de crear un ídolo como el Becerro de Oro, que distrae al ser humano de su auténtico ser y quehacer.

Apartarnos de Dios, como el pueblo de Israel hizo tantas veces a lo largo de su historia y que hoy denuncia Jesús con unas cuantas palabras, no silencia la voz de aquellos que tiene hambre, que padecen enfermedades por estar desnutridos; la voz de aquellos que esperan el transporte público más de 40 minutos y que corren el riesgo de morir, como la mujer que ayer murió aplastada por un panorámico que sabrá Dios cuánto haya costado y cuya noticia se ha silenciado para no poner en evidencia a la constructora; la voz de quienes tienen que entorpecer la línea de las cajas en el supermercado porque tienen que estar regresando lo que no alcanzar a pagar y que es de consumo básico; la voz de quienes hacen casi tres horas de ida y 3 de regreso del trabajo porque no hay un bue n transporte para quien no puede comprar un carro; la voz de quienes son estafados por quienes se aprovechan de su ignorancia... Creo que palabras como estas, que en Evangelio pueden pasar como una frase más, nos deben llamar a nosotros, que no queremos al dinero como dios de nuestras vidas, a descubrir un modo nuevo y diferente de ser para vivir como profetas que somos desde el bautismo, ayudando a descubrir la verdadera felicidad. María, la mujer que se supo pobre y necesitada de Dios nos ayude. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

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