miércoles, 30 de enero de 2019

«Esparcir la semilla»... Un pequeño pensamiento para hoy


La mentalidad semítica, que es la de toda la Biblia, afirma con fuerza el papel de Dios en el hombre: «Esto ha dicho el Señor a mi Señor», dice el salmista (Salmo 109, 110 en la Sagrada Escritura). Para nosotros, como cristianos, la lectura de estas expresiones en los salmos, nos recuerda la línea mesiánica que luego se manifestará en plenitud en el auténtico Rey y Salvador del pueblo, el Mesías, Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, a quien el Padre sentará a su derecha y a quien el mismo Padre extenderá su cetro poderoso. Un Rey que aspirará a establecer su reino en el corazón del hombre de fe que vive en medio de un pueblo superficial, con adversarios ciegos, demasiado preocupados de las cosas materiales y donde, a pesar de todas las dificultades, la Palabra de Dios, su Reino, logrará dar fruto, y a veces abundante. Al final de los tiempos ese Reino llegará a su plenitud.

Jesús había comenzado en Galilea a anunciar el proyecto del Reino de los Cielos que el Padre había diseñado para el hombre. Como toda propuesta nueva positiva, tuvo al comienzo una gran acogida. Pero el Reino exigía conversión: cambio interior de las personas y cambio exterior de las estructuras. Y toda exigencia de cambio trae crítica y persecución. Es entonces cuando Jesús pudo comprobar que su propuesta de cambio personal y social no sólo no era bien comprendida, sino que era atacada. Sobre su misma persona comienzan ya las amenazas de muerte. Y ahí le sobreviene a este Mesías Rey un momento natural de crisis que parece ser el fondo histórico de la parábola del sembrador que hoy la liturgia nos presenta (Mc 4,1-20). La parábola del sembrador es prácticamente una confesión estremecedora de las dificultades que enfrentaba Jesús, al mismo tiempo que de su voluntad decidida de continuar en la propuesta de su causa para ir estableciendo el Reino desde esta tierra. Jesús asemeja su trabajo al de un sembrador que derrocha semillas y energía. Siembra aquí y allá, con la esperanza de que la semilla arraigue, crezca y produzca fruto. Y se da cuenta, desde el principio, que no todos acogen su propuesta, que la idea del Reino cae en gente superficial, o interesada, o aferrada a las viejas estructuras, o atemorizada... Jesús es honesto y valiente y confiesa su fracaso: gran parte de su esfuerzo se está perdiendo.

El Reino, éste que ya ha empezado y no ha llegado a su cúlmen —que será en la Parudía— no tiene medidas humanas de eficacia ni presenta a un Rey al estilo de los del mjundo, aunque es suyo el señorío —como parece profetizar el salmista—. Este Reino hay que sembrarlo en todos los terrenos desde aquel entonces y hasta el día de hoy. Es una gracia universal y Dios Padre no quiere excluir de ella a nadie. Por eso no hay examen de campo, para establecer dónde debe sembrarse. Jesús es fiel a esta lógica y siembra los contenidos del Reino por donde camina. Su conexión con el Padre Celestial le enseña que el cambio verdadero comienza poco a poco, desde el fondo, aunque sea sólo con un puñado de personas, o aunque sean éstas las más débiles ante los ojos del poder humano. La lógica de Dios, de Jesús y del Reino sigue parámetros distintos y hasta en muchos casos contrarios a la lógica del poder. Por eso eligió a María, una humilde jovencita de Nazareth, por eso pensó en José, un sencillo carpintero, por eso nos eligió a nosotros, a tí, a mí y a muchos más. La semilla que el Rey eterno esparce, crecerá en la tierra mejor dispuesta y dará una copiosa cosecha. Hoy, ante la Palabra de Dios me quedo con una pregunta y se las comparto: ¿Anuncio a los cuatro vientos el reinado de Cristo como el sembrador dispersa la semilla o tengo encasillado este Reino, secuestrado en mi corazón?... ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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