domingo, 24 de febrero de 2019

«El Señor es compasivo y misericordioso»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este domingo quisiera quedarme con una frase el salmo 102 [103] que hoy nos ofrece la liturgia de la palabra como salmo responsorial y que incluso es el estribillo que repetimos: «El Señor es compasivo y misericordioso». Es que ambas palabras pueden llegar a ser, y a menudo lo son de hecho, suplantadas por fuerzas enemigas más que adversarias en nuestra sociedad que cada día es más técnica y más fría —cruel, inhumana, despiadada, impía, inclemente, feroz, etc.—. No reparamos en que compasión y la misericordia —clemente, caritativo, magnánimo, sensible, bondadoso, etc.— reflejan la ternura de Dios Padre, que inclina el oído hacia los hijos que le gritan y gimen con paciencia, como David en la primera lectura de hoy (1 Sam 26,2.7-9.12-13.22-23) elevando el incienso de su oración a la espera de que, de su divina misericordia, llegue la victoria sobre la prueba. Sabemos que la sociedad en que vivimos carece en la mayoría de sus campos de clemencia y misericordia. Muchas cifras figuran latentes, pero reales, exhibiendo los graves problemas de la emigración, del desahucio de muchos enfermos abandonados, la negación de créditos por los bancos a quienes realmente los necesitan, el comportamiento despótico de muchos que pusieran solucionar problemas, la conducta tiránica y el desdén opresor de no pocos, la prepotencia incluso de algunos que hasta dentro de la Iglesia abusan de su condición de poder... 

En la Biblia se habla no solamente en este salmo sino muchas veces de la compasión y de la misericordia de Dios, que se han manifestado plenamente en Jesús que nos invita a ver la vida con una visión diferente, muy diferente de la que la lógica del mundo ofrece (Lc 6,27-38). Hoy por eso se nos invita a profundizar en el significado de estas dos palabras: «compasión y misericordia». La palabra compasión proviene del latín —de con patire— y significa «padecer con», haciendo referencia a quien comparte los sentimientos de otro, sabiendo ponerse en su lugar. El término hebreo es «jesed» —por eso el grupo musical católico se llama así— y se refiere a quien hace el bien a otro, le ayuda o le perdona, después de haberlo pensado y tomado una decisión. No es solo un sentimiento, algo que queda en mi interior, sino que siempre es algo práctico, una acción a la que no estoy obligado en favor de otro. Por su parte la palabra misericordia también viene del latín —de miserum cor— y hace referencia a quien tiene un «corazón clemente». El término usado en hebreo es «rejamîm», que en singular designa el vientre materno y en plural las entrañas y se traduce en acogida, ternura, paciencia, ayuda. Los judíos creían que este vínculo está situado en lo más profundo del hombre, en sus vísceras. Algo hemos heredado nosotros, que también hablamos de un amor entrañable o de un odio visceral. 

A menudo, en diversos textos de la Sagrada Escritura estas dos palabras van unidas para hablar de Dios: «Acuérdate, Señor, de que tu ternura y tu compasión son eternos» (Sal 24 [25],6); «Señor, no me cierres tus entrañas, que tu amor y tu lealtad me guarden siempre» (Sal 39 [40],12); «Te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en ternura» (Os 2,21)… Y, por supuesto, en el texto del salmo responsorial de hoy: «Él Señor es compasivo y misericordioso» (Sal 102 [103],8). Que el Señor es compasivo y misericordioso denota que el amor a Dios y el amor al prójimo van de la mano. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev. 19, 18): he ahí el mandamiento con que se cumple toda la Ley (cf. Rm 13, 3). Y como nadie ama al otro ni se ama a sí mismo si no ama a Dios, por eso dice el Señor que de esos dos mandamientos pende la Ley entera y los profetas (cf. Mt 23, 37-40). Primero al prójimo a quien vemos y nos parece que tenemos más próximo, aunque sea de entrada un enemigo, porque de no ser así, ¿cómo decir que amamos a Dios a quien no vemos si no amamos al prójimo a quien vemos aunque nos caiga gordo o sea feíto, o nos haya hecho algo?... Urge, pues, que este domingo, al participar en nuestra Eucaristía dominical, dirijamos nuestra mirada a María, recibiendo la misericordia de su Hijo que, para nosotros, es redención. Les invito a decirle a ella antes de iniciar nuestra Misa de hoy: María, Madre de misericordia, cuida de todos para que no se haga inútil la cruz de Cristo, para que el hombre no pierda el camino del bien, no pierda la conciencia del pecado y crezca en la esperanza en Dios, «rico en misericordia» (Ef 2, 4), para que haga libremente las buenas obras que él le asignó (cf. Ef 2, 10) y, de esta manera, toda su vida sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12). ¡Wow, qué de mucho he escrito hoy, mil perdones!... ¿Será que soy uno de los misioneros de la misericordia y el tema me cala? ¡Bendecido domingo para todos! 

Padre Alfredo.

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