Detrás de cada «padrecito» hay un hombre que sostiene las batallas de toda una comunidad, muchas veces en absoluto silencio y con sus propias batallas. Cada día, un párroco recibe las heridas más profundas en la confesión, acompaña los duelos más dolorosos y se desgasta por la salvación de nuestras almas. Cada día un vicario parroquial se parte en pedazos para atender las necesidades de los grupos parroquiales apoyando a su párroco. Cada día, los sacerdotes formadores, empiezan su día muy de madrugada para alentar a los seminaristas que serán sus relevos. Sin embargo, olvidamos con frecuencia que ellos también sienten el cansancio, la soledad y la incomprensión del mundo actual.
El don del sacerdocio viene de lo alto, es divino, un regalo de Dios. Pero quienes lo portan somos seres humanos de carne y hueso. Cada sacerdote necesita del respaldo espiritual de los laicos para mantenerse firme, santo y fiel frente a las tentaciones cotidianas.
La intercesión de los fieles laicos no puede ser un auxilio de última hora cuando el pastor ya está debilitado. Al contrario, la oración fiel es el escudo protector y el bálsamo con el que el Señor sostiene el corazón de sus consagrados. Cada día es un buen día para cobijar a los pastores bajo el manto y la protección maternal de la santísima Virgen María.
Haz pensado que puedes hacer una cadena de oración por los sacerdotes que conoces... ¿Pudieras empezar ahora mismo?
Padre Alfredo.

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