Muchas veces los seres humanos, incluidos los cristianos, contenidos los que somos pastores y representantes de la comunidad eclesial, incluidos aquellos que hablamos de Cristo como Príncipe de la paz, soberano de la cultura cristiana, de las tradiciones humanistas… dividimos por raza, por género, por ideologías a la gente y nos olvidamos que, por encima de las leyes de la humanidad está la llamada a ser «UNO» en Cristo Jesús: «…se han revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús». Palabras muy claras que San Pablo pronuncia hoy en la primera lectura (Gálatas 3,22-29) y que el papa Francisco tanto nos recalcaba.
Esa es la Iglesia «de puertas abiertas» que él nos pedía. Es la Iglesia que tiene espacio para todos y muestra con claridad el pensamiento más íntimo de Jesús: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn. 17,21). Francisco, durante su pontificado, nos recordó que el papel de la Iglesia no es el de un tribunal implacable que distribuye excomuniones y desprecios, sino el de un hospital de campaña que atiende las heridas de los caminantes. El juicio sobre la condición interior del ser humano y sobre la autenticidad de su búsqueda de Dios pertenece exclusivamente a la soberanía divina, mientras que al creyente y al pastor les corresponde la tarea de tender la mano y acompañar recordando que, como María, son bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lucas 11, 27-28). Con la ayuda de la Virgen, lograremos ser UNO. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.

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