La mayor recompensa para quien se desgasta por el Reino es gozar de la presencia de Dios y vivir en una relación constante con su Hijo. Es que el corazón humano alberga una sed de infinito que nada terrenal puede saciar; como bellamente escribía san Agustín en sus Confesiones: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». La Vida Eterna no es una promesa lejana, sino una realidad que comienza aquí cada vez que nos dejamos sorprender por los detalles de la Divina Providencia. Cuando permitimos que Jesús actúe, el peso de la misión deja de caer sobre nuestros hombros y experimentamos la profunda paz de saber que es el Espíritu Santo quien realmente lleva adelante a su Iglesia... ¡Dios nunca llega tarde! El amor de la Santísima Trinidad se sigue derramando a manos llenas sobre cada uno de nosotros, demostrando que la luz de la gracia tiene siempre mucha más fuerza y engendra más calidad de vida que la oscuridad del pecado.
Me encontré en Internet esta anécdota que ahora, antes de terminar la reflexión, traigo a colación: «Cuentan que un anciano sacerdote, después de pasar una vida entera desgastándose en una parroquia muy difícil y con muy pocos frutos visibles, tuvo un sueño en el que llegó a las puertas del cielo. Al presentarse ante San Pedro, vio una fila enorme de grandes teólogos, obispos y misioneros famosos que llevaban carpetas llenas de logros y libros escritos. El pobre hombre se asustó, miró sus manos vacías y pensó con angustia: "Señor, no traigo nada para apuntar en tu libro". Pero cuando llegó su turno, el Señor lo abrazó con una inmensa sonrisa y le dijo al oído: "Hijo, no busques tu nombre en el registro de los éxitos humanos; hace mucho tiempo que yo mismo lo esculpí con letras de oro aquí en mi corazón".» Dios nos conceda que en los momentos de dificultad —que a todos nos llegan—, cuando la siembra parezca estéril, miremos al cielo con la certeza de que pertenecemos a Dios y que nuestros nombres están escritos allá. Seguro la Virgen nos ayudará. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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