domingo, 4 de octubre de 2026

«Que nuestros nombres estén escritos en el cielo»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El evangelio de este sábado (Lc 10,17-24) es una invitación a unirnos a la alegría de los discípulos que han regresado de la misión, entusiasmados porque hasta los demonios se los sometieron en el nombre de Jesús. Sin embargo, Jesús aprovecha este momento de euforia para enderezar el corazón de su Iglesia y recordarnos que el éxito pastoral no se mide con criterios humanos. En medio de nuestras propias luchas cotidianas, donde el bien y el mal parecen contender por ganar terreno, Jesús nos revela que la victoria ya ha sido ganada con su Resurrección. Dios se manifiesta a la gente que reconociendo su pequeñez, se abre con fe a la grandeza de su amor. Por eso, frente a las frustraciones, el cansancio y el miedo al «qué dirán» que muchas veces frenan nuestra evangelización, la voz del Resucitado resuena hoy con fuerza para sostenernos: nuestra verdadera dicha no está en los frutos visibles que podamos cosechar, sino en que nuestros nombres ya están inscritos en el cielo.

La mayor recompensa para quien se desgasta por el Reino es gozar de la presencia de Dios y vivir en una relación constante con su Hijo. Es que el corazón humano alberga una sed de infinito que nada terrenal puede saciar; como bellamente escribía san Agustín en sus Confesiones: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». La Vida Eterna no es una promesa lejana, sino una realidad que comienza aquí cada vez que nos dejamos sorprender por los detalles de la Divina Providencia. Cuando permitimos que Jesús actúe, el peso de la misión deja de caer sobre nuestros hombros y experimentamos la profunda paz de saber que es el Espíritu Santo quien realmente lleva adelante a su Iglesia... ¡Dios nunca llega tarde! El amor de la Santísima Trinidad se sigue derramando a manos llenas sobre cada uno de nosotros, demostrando que la luz de la gracia tiene siempre mucha más fuerza y engendra más calidad de vida que la oscuridad del pecado. 

Me encontré en Internet esta anécdota que ahora, antes de terminar la reflexión, traigo a colación: «Cuentan que un anciano sacerdote, después de pasar una vida entera desgastándose en una parroquia muy difícil y con muy pocos frutos visibles, tuvo un sueño en el que llegó a las puertas del cielo. Al presentarse ante San Pedro, vio una fila enorme de grandes teólogos, obispos y misioneros famosos que llevaban carpetas llenas de logros y libros escritos. El pobre hombre se asustó, miró sus manos vacías y pensó con angustia: "Señor, no traigo nada para apuntar en tu libro". Pero cuando llegó su turno, el Señor lo abrazó con una inmensa sonrisa y le dijo al oído: "Hijo, no busques tu nombre en el registro de los éxitos humanos; hace mucho tiempo que yo mismo lo esculpí con letras de oro aquí en mi corazón".» Dios nos conceda que en los momentos de dificultad —que a todos nos llegan—, cuando la siembra parezca estéril, miremos al cielo con la certeza de que pertenecemos a Dios y que nuestros nombres están escritos allá. Seguro la Virgen nos ayudará. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo. 

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