Al igual que Israel, la Iglesia y cada creyente estamos en un éxodo constante. El desierto es parte del trayecto. Sin embargo, la promesa sigue vigente. Dios nos acompaña, va delante de nosotros y nos guía y conduce en medio de las dificultades y la incertidumbre. Tan sólo hemos de estar atentos cada día a su Palabra para escucharla, acogerla y vivirla, pero para poder vivir la fe con todas sus consecuencias, el evangelio de hoy nos da una clave importante: «hacernos como niños» (Mateo 18, 1-5. 10). Los discípulos, al igual que nosotros hoy, están imbuidos de la lógica del mundo, donde el estatus y las apariencias lo son todo y eso hace que se pierda la inocencia que brilla en los niños. Sin esa inocencia poco se puede entender y poco se puede vivir de lo tocante a la fe.
Por eso Jesús pone a un niño «en medio» y lo hace icono de lo que ha de ser aquel que quiera entrar en el Reino. Un niño es inocente y por esa inocencia es que puede dar el paso a la fe. ¿Cuándo aprendimos nosotros esa oración del ángel de la guarda? Cuando éramos pequeños... ¡inocentes! Hoy ¿cuántos adultos pensamos en el ángel de la guarda y nos encomendamos a él que va por delante como dice el libro del Éxodo? Entrar en el Reino exige un giro de 180 grados porque se trata de recobrar la inocencia manifestada en una pureza de corazón y en una rectitud de intención que deben acompañarnos siempre junto al ángel custodio. A la Virgen la sabemos «Reina de los ángeles» y ella, bien sabemos, nos puede ayudar junto con nuestro ángel de la guarda a recuperar la inocencia perdida para acrecentar nuestra fe. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
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