miércoles, 14 de octubre de 2026

Por primera vez en mi vida llego a Praga, la joya viva que parece llevarnos a un cuento de hadas; una capital bañada por el río Moldava que fusiona calles adoquinadas, imponentes torres góticas y barrocas que hablan de una rica historia imperial que parece detenida en el tiempo con una parte moderna de unos cuantos edificios que resaltan desde la vista del castillo «Pražský hrad», el castillo antiguo más grande del mundo —con una superficie de casi 70.000 m²—.  Aquí está también el monasterio «Strahovský klášter» vinculado a la orden de los norbertinos —o premonstratenses— que deben su nombre común gracias a su fundador, San Norberto de Xanten y que posee una de las bibliotecas históricas más bellas del mundo y su propia cervecería, donde los monjes elaboraban cerveza desde hace siglos y donde hoy en día se pueden degustar cervezas artesanales locales y platos típicos checos. Quien más me movía el corazón para venir Praga es el Santo Niño de Praga, la venerada escultura de madera recubierta de cera de 45 centímetros que representa al Hijo de Dios en su infancia, revestido con insignias reales, conocido mundialmente por los múltiples milagros y favores atribuidos a su devoción y que, en la fundación de nuestra familia misionera tiene un papel preponderante del que poco se habla. 

Esta imagen fue esculpida en España durante el siglo XVI y llegó a Bohemia como un regalo de bodas. Fue traída por la noble española doña María Manrique de Lara al casarse con un noble checo, y posteriormente su hija, la princesa Polixena de Lobkowitz, la donó en 1628 al convento de los Carmelitas Descalzos de Praga. ¡Gracias a Dios en aquel entonces no existían las mesas de regalo! Durante los saqueos de la Guerra de los Treinta Años, la imagen quedó gravemente dañada y sin manos. Años después, el padre Cirilo de la Madre de Dios encontró la efigie rota y escuchó la promesa: «Cuanto más me honren, más los bendeciré», tras lo cual fue restaurada y la devoción se expandió de forma extraordinaria. En los años de la fundación, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento encomendaba las necesidades de sus obras misioneras, comunidades y vocaciones a la protección del Santo Niño de Praga. Entre sus cosas, en la Casa Madre, se conserva, junto a sus objetos personales y escritos, una imagen del Santo Niño que acompañaba sus momentos de oración y entrega cotidiana. 

En los registros espirituales de la Familia Inesiana, se citan con frecuencia frases suyas confiando las dificultades de las misiones a la intercesión del Santo Niño de Praga con expresiones sencillas como esta cuando esperaba reunir lo necesario para la misión de Japón: «Casi casi, creo que se van a espantar al leer la cantidad, pensando que de dónde vamos a sacar todo este dinero. Acuérdense hijos, que todas nuestras construcciones las hemos hecho sin dinero, esperando en que la Divina Providencia mueva los corazones, pero… a Dios rogando y… con el mazo dando. Por eso ya estamos haciendo NUEVE VECES AL DÍA la novena al Santo Niño de Praga». (Carta colectiva desde Karwizawa, Japón, el 27 de abril de 1957). Por eso me siento contento y como san Pablo expresa hoy a los Gálatas (Gal 5,18-25) quiero seguir viviendo en el Espíritu de Cristo para dar frutos como los dio Madre Inés. La Madre de Dios me habrá de ayudar a mí y a todos y, como dice Madre Inés: a Dios rogando y con el mazo dando. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

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