domingo, 4 de agosto de 2019

HOMILÍA EN MIS 30 AÑOS DE ORDENACIÓN SACERDOTAL...


«Mil años son para ti como un día, que ya pasó; como una breve noche». Estas palabras del salmo responsorial (Sal 89 [90]) son de una gran verdad. La vida es muy corta y rápidamente han pasado 30 años desde aquella tarde cálida del viernes 4 de agosto de 1989 en la Basílica de Guadalupe de esta arquidiócesis de Monterrey; una tarde cálida, tan cálida como fue también la presencia de muchos, algunos de los cuales están aquí. ¡Cómo no recordar aquella celebración presidida por Mons. Rafael Bello Ruiz, en aquel entonces arzobispo de Acapulco, acompañado de Monseñor Alfonso Hinojosa obispo auxiliar de Monterrey, Monseñor Juan Esquerda, Monseñor Juan José Hinojosa y muchos sacerdotes amigos; mis hermanos Misioneros de Cristo —en ese entonces todos seminaristas—, mis padres Alfredo y Blanca, mi hermano Eduardo y Gloria su esposa con mi sobrina Anahí pequeñita; mis queridas y admiradas hermanas Misioneras Clarisas de diversas partes del mundo, encabezadas por la Madre Teresa Botello de quien conservo grandes recuerdos de aquellos días; Vanclaristas, familiares, amigos, todos reunidos en aquella ceremonia de ordenación viviendo una especie de himno de alabanza a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote que, aún conociendo mi miseria, me llamaba a ser sacerdote para siempre bajo el cuidado amoroso de Santa María de Guadalupe y según el ideal de la ahora beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. 

Este mediodía, entre arranques agitados y momentos pasmosos, con contrastes entre ritmos violentos y apaciguados, el salmista nos entrega, en el salmo (89 [90]), una visión sobre la vida y la muerte, sobre lo eterno y lo transitorio, que, en una extraña mezcla de suspiro y ternura me da pie para esta mal hilvana reflexión que quiero compartir con ustedes y su paciencia. La vida pasa muy de prisa: «Nuestra vida es tan breve como un sueño; semejante a la hierba» dice. El salmista se presenta en el escenario de nuestra existencia, y de entrada, comienza por levantar la cabeza y extender la mirada hacia atrás por encima de los horizontes y los años pasados buscando un centro de gravedad que ponga una cierta estabilidad en el vaivén inestable de las generaciones que pasan una tras otra en esta vida de un perpetuo movimiento como las entrañas del mar. Ese centro de gravedad es el Señor, Yahvé Sabaoth, Adonai, El Shaddai, el Dios que nos ha amado y nos ha llamado a la existencia, el Dios que pensó en nosotros y nos hace pasar un instante por este mundo que no es nuestra casa sino un peregrinar; el Señor que va con nosotros de camino hasta alcanzar la meta, que es, a la vez, inicio de una eternidad. Por encima de las estaciones y vaivenes de la vida, Dios está con nosotros, como una constelación sosegada sobre las olas. El está en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, en el interior de nuestros sueños como confidente; y, en la base de la vocación específica que nos ha dado como motor que la impulsa. A mí, me invitó hace muchos años, allá por el 1980, a dejarlo todo para ir tras de él con el anhelo de ser sacerdote misionero, y misionero de Cristo. 

Mi sueño vocacional se concretizó en esa tarde del 4 de agosto del 89 y, a partir de entonces, el Señor me invitó a anunciar una Palabra que no es la mía, dejando que se note que no es mía, que es lo que Jesús quiso y quiere decir hoy a la gente, a los que Él ama y mira con los ojos del pastor que, compasivo, siente ver a la multitud extraviada. Una Palabra que yo mismo he escuchado muchas veces y he dejado descansar en mi pobre corazón. A partir de aquel día, el Señor me invitó a dar un perdón compasivo que no es mío, sino regalo precioso de su misericordia, que asombra a todos, empezando por mí. A partir de aquella celebración, el Señor me invitó a decir en cada Eucaristía: «esto es mi Cuerpo», «esta es mi Sangre», aún sabiendo que mi entrega estaría bien lejos de parecerse a la de quien me ha alimentado y fortalecido continuamente en los mil caminos del desierto de esta corta vida, en los que he aprendido a golpe y porrazo a no tener otra compañía más íntima que la de Él. A partir de aquella tarde, el Señor me invitó a amar a todos y servirles, acompasando mis pasos a los que corren y a los que apenas si consiguen mantenerse de pie; orientando a los extraviados y animando a los rezagados, siguiendo a los que se parecen a Jesús más que yo, y llevando sobre mis débiles hombros a los heridos y cansados; dejando ver en esta hermosa y dura tarea los rasgos y los gestos del Buen Pastor que está cerca y nos ama con una infinita misericordia. 30 años han pasado y me parece que fue ayer. Como sucede al salmista que parece trascender el tiempo, y, con poderosas palabras, colocarse en un presente que abarca el ayer, el hoy y el mañana para entregarnos una visión llena de grandeza que proclama el eterno presente de Dios, como lo proclamo yo, con un corazón lleno de gratitud, que hoy me invita a renovar el «sí» y que me tiene ante un futuro que sólo Él sabe cómo será y hasta dónde llegará antes de dejar este mundo y partir hacia la eternidad. A 30 años de haber sido ordenado sacerdote, el escritor sagrado, autor de este salmo, como toda la liturgia de la Palabra del día de hoy (Ecl 1,2;2,21-23; Col 3,1-5.9-11 y Lc 12,13-21) me invita a vivir no en un pasado que ya no existe o en un porvenir que todavía no se deja ver, sino el tiempo de Dios, grávido de posibilidades con lo que Él me pone para el aquí y ahora como Misionero de Cristo, como Misionero de la Misericordia, como vicepostulador de las causas de la beata María Inés Teresa y de la Sierva de Dios Gloria María y como vicario parroquial de esta comunidad de la Coronación de la Virgen del Roble. 

¡Qué contrastes con el mundo! La lucha del hombre sobre la tierra se cifra para muchos en el retener. Pero esa, es una lucha estéril y chocarrera; equivale al intento de atrapar con las manos el humo, la sombra, el viento... Es imposible atraparlo porque todo es evanescente, escurridizo, impalpable, la vida no se detiene. En uno de los escritos de nuestra fundadora, la beata María Inés Teresa podemos leer: «Me duele no darle gloria a Dios en cada momento; no aprovechar todos ellos en su servicio, no ser generosa, buscarme a mí misma, pensar en las criaturas... ¿Qué pueden darnos ellas de sustancial? La única realidad es Jesús. Hace tiempo llevo grabada en mi alma esta palabra: ¡La única realidad eres tú, Jesús!» Fuera de Dios, hermanos y hermanas, nada tiene consistencia, todo se escurre de entre el devenir del tiempo que no se detiene, todo se va en una incesante fuga, como las aves que vuelan a otras tierras, como los vientos que pasan por entre los valles, como las naves que surcan los mares, como las nubes que se las lleva el viento, como el humo que se diluye, como la sombra fugitiva... todo es un fluir, un pasar. «Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión» hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Pero, el don que he recibido con la ordenación sacerdotal, ese es para siempre porque vine del mismo Dios, del mismo Jesús que es la única realidad. El paso por este mundo terminará, como ha terminado hace unos cuantos días el paso de mi padre recién fallecido, el de José Adrián, el de Osvaldo Batocletti, el del profesor José Hernández, el de Juan Alfaro, el de la madre Julia Meijueiro, el del diácono Francisco Robles, el de todos los nuestros que ya nos han dejando. Mis días, como los de ustedes, están contados, y después de casi 58 años de edad, la cuenta, por más que le acomode, no subirá muy alto. Antes de lo que yo imagine, me llegará el día y tendré que dejar este mundo. La muerte siempre es súbita. Y, sin embargo, el recuerdo de la muerte tan reciente de mi papá, de mi sobrino y de seres tan queridos, me deja, como sacerdote, un sabor grande de sabiduría. Cuando pienso en el hecho de que mis días también están contados, como los de cada uno de los que estamos aquí, siento al instante la urgencia de hacer de ellos el mejor uso posible. Cuando veo que mi tiempo es limitado, comprendo su valor y me dispongo a aprovechar cada momento. La vida se revalúa con el recuerdo de la muerte. 

Vuelvo al salmo y veo que el autor sagrado pide a Dios algo más: que su gracia sostenga y alegre nuestros días, aun frágiles y marcados por la prueba. Que nos haga gustar el sabor de la esperanza, aunque la ola del tiempo parezca arrastrarnos. Que la gracia del Señor de consistencia y perennidad a nuestras acciones cotidianas: «Que el Señor bondadoso nos ayude y dé prosperidad a nuestras obras» (v. 17). ¡Qué rápido ha pasado el tiempo! Reconozco, que tras tantos años, sé mejor que nadie lo lejos que están mi vida y mi ministerio de hacer realidad los propósitos de santidad que me propuse aquella vez, aun cuando me consuela la confianza y la certeza de que el Señor es tan fiel y grande que Él mismo suple lo mucho que falta en mi. Se estremecen mi corazón y mi alma cuando desde mi pequeñez, desde mi grisura, desde mi mediocridad, me detengo para pensar a Quién represento y en nombre de Quién actúo como sacerdote. 

Y cuando además me acerco a la vida y al mensaje de San Juan María Vianney, mi santo patrono de Ordenación a quien celebramos en este día, el estremecimiento se convierte en abismo, me siento a la vez indigno y agradecido. Por ello, sólo desde la alabanza, sólo desde el Magníficat se acaba aceptando el misterio y la gracia que comportan y suponen ser sacerdote y tomar conciencia efectiva y viva de esa grandeza, esa grandeza que Dios ha confiado, en este caso, a mí, como humilde y pobre vasija de barro. Sé, como decía un célebre obispo español que «la mejor homilía del sacerdote es su vida» y en mi caso, quienes me conocen más de cerca, se dan cuenta de que me falta mucho para predicar bien si a esas vamos. Mis fallas, mis defectos, mis errores, resaltan con más bravura ante quienes tengo cerca. ¡Bien decía Jesús que nadie es profeta en su tierra! (Lc 4,24). Qué difícil resulta para algunos hacer a un lado la miseria de Alfredo para ver el sacerdocio de Cristo, qué ardua tarea convencerse de que Dios —como dice san Pablo a los Corintios (1 Cor 1,27-31)— ha elegido lo necio del mundo y lo ha hecho portador de su misericordia y compasión. 

En este día, y aquí, en esta Iglesia en donde celebré mi primer domingo como sacerdote en aquella Misa de 12 del 6 de agosto de 1989, y recorriendo en mi mente y en mi corazón tantas encomiendas, tantas comunidades, tantos servicios; con mis manos aún medio vacías y mi corazón conmovido, quiero renovar mi compromiso por los días que estén por venir, quizá los mejores años, cuando el vino está ya añejado y tal vez tenga un mejor sabor: el sabor concentrado del Amor de los Amores que no me ha dejado nunca solo, así como santa Teresita, a quien por espacio de 30 años no he dejado de verla haciéndose siempre encontradiza en una estampa, en una plática, en alguna publicación de Facebook, en una que otra homilía de alguien, en algunas palabras de un penitente, en un WhatsApp... Quiero consagrar de nuevo mi sacerdocio a la Santísima Virgen, para seguir siendo testigo y servidor de su Hijo Jesús y poder así predicar, escribir, radiar o whatsapear, con mi vida enamorada de Dios y de su Pueblo Santo: ustedes y a quienes ustedes representan. El agradecimiento a Dios y a tantas personas de las que me reconozco deudor es ahora, en esta celebración, desde mi pequeñez y a sabiendas de que la vida pasa, como el aroma de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote que impregna la memoria de este largo tiempo de 30 años. Nunca podré olvidar aquel 4 de agosto de 1989 cuando me arrodillé, a mis 27 años de edad consciente de mi nada y me levanté «Sacerdote para siempre». Ustedes me perdonen. 

Alfredo Leonel Guadalupe Delgado Rangel, M.C.I.U.

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