jueves, 29 de agosto de 2019

«La vida pasa rápido»... Un pequeño pensamiento para hoy


Desde la perspectiva eterna de Dios, los días y los años y cada milenio pasa rápidamente, nos dice hoy Moisés, a quien se le atribuye la autoría del salmo 89 [90] que hoy tenemos como salmo responsorial. Para él y para el pueblo de Israel en el desierto, el tiempo parecía pasar lentamente, pero el mismo Moisés sabía que esta no era la perspectiva de Dios. Desde la perspectiva de Dios, «mil años son como un día, que ya pasó; como una breve noche». La perspectiva de Dios sobre el tiempo que pasa es muy diferente a la nuestra, así que necesitamos vivir los fugaces años de nuestra existencia de una manera en la que nada ni nadie nos aparte de Dios y del plan de salvación que ha trazado para cada uno de nosotros. Para mí, han pasado ya 58 años de mi vida, y aprovecho para agradecer al Señor este don de la vida que ayer viví muy acompañado de innumerables oraciones, felicitaciones, llamadas de teléfono, abrazos, festejos... ¡Imposible poder responder a todos los mensajes y a tantas llamadas de teléfono entre las diversas actividades del día de ayer!, ¡Dios les pague! No me canso de agradecer al Señor el don de entender lo que es la vida y la oportunidad que me ha dado de gastarla amando. 

La vida pasa rápido, y la vamos viviendo a la sorpresa de Dios. Pienso ahora, a la luz de este precioso salmo, en la fiesta que hoy celebramos en la Iglesia Católica: «El martirio de Juan el Bautista» y veo en él lo rápido que puede pasar nuestra existencia en la tierra y la llegada de la muerte que siempre es súbita. Juan el Bautista sabía el riesgo que corría al decir la verdad, así predicaba y a Herodes, el rey en turno, le gustaba, aunque para quedar bien con su gente tuviera que tener a Juan en la cárcel. Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: «Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar» (Is 56,10). El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral (Mc 6, 17-29). En cambio, Herodes, desperdició junto a Herodías su vida, porque junto con ella empezó siendo un adúltero y terminaron juntos siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó a acabar con una vida, al asesinato de un santo. 

Orando esta mañana, el pasaje evangélico y las palabras del salmo responsorial, me impulsan, pues, a reflexionar sobre mí mismo, sobre mi paso por el mundo hasta el día de hoy con los 58 años de vida que ayer completé. Yo también moriré. Todos nosotros moriremos. Nadie tiene la vida «comprada». También nosotros, queriéndolo o no, vamos, como Juan el Bautista por el camino existencial y sorpresivo de la vida. Y esto, me impulsa a rezar para que mi vida, a pesar de todas mis miserias, se asemeje lo más posible a la vida de Jesucristo con esa valentía del Bautista, que, por amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad, no desperdició ni un segundo de su vida. La vida que Dios nos ha dado exige, por decirlo así, el «martirio» de la fidelidad cotidiana al Evangelio, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros, que sea Cristo quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones para darle sentido a cada segundo de nuestro paso por este mundo. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre el primado de Dios en nuestra vida y le demos sentido y que atendamos cada día a María, la Madre del Señor, la Mujer llena de vida que, ayudándonos a vivir nos dice: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido jueves! 

Padre Alfredo.

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