domingo, 11 de agosto de 2019

«Esten listos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Sigo con el recorrido que les invité a hacer por el libro de los salmos en este ciclo litúrgico que iniciamos en el Adviento y que me ha permitido ahondar más en la riqueza de estos cánticos y poemas de los que la liturgia diaria de la Santa Misa nos va presentando algunas fracciones. Este domingo, diecinueve del tiempo ordinario, el salmo responsorial es el 32, que, en la Biblia, según las explicaciones que otros días he dado es el 33 —El salmista nos ofrece hoy los versículos: 1. 12. 18-19. 20 y 22—. Estos fragmentos del salmo, me ayudan a meditar al comienzo de un nuevo día. Yo creo que todos tenemos la certeza de que nuestro servicio a la causa del reino de Dios que se va construyendo desde esta tierra tiene futuro y que no se trata de una ilusoria utopía. Esta certeza, irrecusablemente, no nace de nuestro prestigio social, de nuestras cualidades humanas, de nuestro número o de nuestras técnicas sabias: «No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza... ni por su gran ejército se salva», dice el versículo 16 de este salmo. La certeza brota de la seguridad de que Dios ha puesto sus ojos en nuestra pequeñez y nos ha llamado, reanimándonos en nuestra penuria, alegrándonos en nuestras congojas y auxiliándonos en las situaciones desesperadas invitándonos a permanecer siempre en vela. 

Este salmo, dividido en 22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: «Que los justos aclamen al Señor; es propio de los justos alabarlo. Feliz la nación cuyo Dios es el Señor, dichoso el pueblo que eligió por suyo.» El salmista, en algunos de los versos que no han visto la luz este domingo en el salmo responsorial, nos dice que la alabanza debe ir acompañada de música como expresión de una voz interior de fe y esperanza, de felicidad y confianza. El cántico del salmista renueva la certeza en la presencia divina dentro de la creación y de las situaciones humanas y anticipa la alabanza perfecta que se entonará el día de la salvación definitiva, cuando el reino de Dios llegue a su realización gloriosa. Pero, ese reino, lo vamos construyendo ya desde esta tierra. En medio de una sociedad que parece muy contentita con los valores que tiene, cada discípulo–misionero es invitado a vivir en esperanza vigilante y activa. 

«Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas... Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela», nos dice hoy san Lucas el evangelista (Lc 12,32-48). Y estar en vela significa no distraerse, no amodorrarse, no «instalarse» satisfechos con lo ya conseguido sino permanecer «vigilantes». Estar en vela significa tener la mirada puesta en los «bienes de arriba», de los que se nos hablaba el domingo pasado sin no dejarse encandilar por los atractivos de este mundo —que es camino y no meta—; tener conciencia de que nuestro paso por este mundo no es lo definitivo en nuestra vida. Vigilar es vivir despiertos, en tensión. No con angustia, pero sí con seriedad, dando importancia a lo que la tiene. Algo así como los estudiantes que en estos días van iniciando clases en las universidades y seminarios y ya desde ahora están pensando en el examen final. Esto no supone desentendernos de las cosas de aquí abajo... ¡al contrario! Tenemos que permanecer vigilantes, en vela, con los pies bien puestos en la tierra para poder correr al encuentro del Señor «con la túnica» bien puesta. Hoy es domingo, obliga la asistencia a Misa. Bien podemos dejarnos llevar de la mano por María, al encuentro de su Hijo Jesús en la Eucaristía, para que la vivencia de la fe nos ayude, como digo, a tener bien firmes los pies en el suelo, con un compromiso y una misión en este mundo, pero con la mirada puesta en el final. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

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