sábado, 24 de agosto de 2019

«Gente buena»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy se celebra en la Iglesia la fiesta de San Bartolomé Apóstol, de cuya vida sabemos muy poco, solo tal vez el hecho de que tenía dos nombres «Natanael». La Escritura nos dice que era un hombre bueno, «un verdadero israelita en el que no hay doblez» (Jn 1,45-51). Y yo creo que esto, con lo escueto que son los Evangelios, basta para que imaginemos que era un hombre virtuoso porque la bondad es como el resumen de una vida en virtud, la cual sin embargo no se cierra sobre sí misma. Para que se pueda decir de alguien que «es bueno», se necesita que lo sea y que se le note, que difunda la bondad. Esto significa la virtud, el camino de las virtudes. No es fácil encontrar una persona de la que se puede decir simple y sencillamente: «es un hombre bueno», «es una mujer buena». La gente buena del tiempo de Cristo, como San Bernabé, rezaba el salmo 144 (el salmo responsorial de hoy) dos veces al día: al final de la plegaria litúrgica de la mañana (shaharit) y al inicio de la plegaria litúrgica del mediodía (minhah) como una especie de «jaculatorias» que exaltaban la bondad de Dios; de hecho muchos de los versículos de este salmo tienen sentido por sí mismos y podrían ser utilizados como breve oración personal a lo largo de nuestra jornada laboral también por nosotros los cristianos. 

El salmo proclamado en este día de San Bartolomé, es una gozosa alabanza al Señor como soberano bueno, amoroso y tierno, preocupado por todas sus criaturas. En efecto, el centro del canto está constituido por la celebración intensa y apasionada de la realeza divina, que es la expresión del proyecto salvífico de Dios y que se hace realidad en el hombre bueno, en la mujer buena. Jesús, insisto describe a Natanael como hombre bueno, un modelo de israelita. Bastaría saber eso, pero hay muchas noticias legendarias que dicen que evangelizó la región de Armenia, entre el Cáucaso y el mar Caspio, y que allí murió mártir luego de haber convertido a la fe cristiana al rey de los armenios. La de Armenia sigue siendo hasta hoy una importante iglesia cristiana del Cercano Oriente. Otras tradiciones nos presentan a san Bartolomé evangelizando en la India. Aparece en las listas apostólicas (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,14; Hch 1,13) en tres casos después del nombre de Felipe. Es la razón por la que se llegó a identificarlo con el Natanael del evangelio de san Juan (1,45; 21,2), presentado a Jesús por Felipe y natural de Caná de Galilea. Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia, sea esta muy conocida o ignorada por casi toda la humanidad, lo importante es que seamos buenos. La memoria de los Apóstoles, como gente buena, gente que oraba y alababa al Señor no solo con los salmos sino con su propia vida, nos habla de nuestra propia bondad. También nosotros fuimos llamados por Cristo, alguien nos lo presentó o nos introdujo en su presencia, o simplemente fuimos llamados: «sígueme». 

A nosotros también, como a San Bartolomé y los demás Apóstoles, nos ha sido confiada una misión en la Iglesia. « “Sígueme… me dijo un día… con la indescifrable expresión de su mirada… y ya el corazón se fue tras Él», dice la beata María Inés Teresa (Estudios, p. 238, f. 670). Según nuestras capacidades, según nuestras responsabilidades, no podemos dejar que la bondad que Dios ha puesto en nuestro corazón se duerma inactiva en cualquier rincón de nuestra vida. Confesemos a Jesús como lo hizo el apóstol Natanael–Bartolomé, y abracémonos a nuestra responsabilidad de testimoniar y anunciar el mensaje cristiano sostenidos por la oración que implora la bondad de Dios sobre nosotros y sobre nuestro pueblo. La adhesión a Jesús puede vivirse y testimoniarse también sin la realización de obras sensacionales, pero siendo buenos. Pidámosle a la Madre de Dios que es siempre buena, que nos ayude y aliente para que, aferrados al Señor que, como dice hoy el salmista: «no está lejos de aquellos que lo buscan», que nos ayude a ser buenos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

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