lunes, 5 de agosto de 2019

«Si mi pueblo me escuchara»... Un pequeño pensamiento para hoy


A lo largo de la historia, los Papas han otorgado el título de «Basílica» a un templo por su importancia espiritual e histórica. Una Basílica es el centro espiritual y de evangelización de una comunidad y sirve también para difundir una devoción especial a Nuestro Señor, a la Virgen María o a algún santo. En Roma existen cuatro «Basílicas mayores» de gran importancia por la historia y riqueza espiritual que encierran. Reciben este título de «mayores» porque en ellas solamente puede celebrar el Papa o quien él delegue. Santa María la Mayor es una de ellas y su fiesta se celebra el día de hoy. Las otras tres son la Basílica de San Pedro, la Basílica de San Juan de Letrán y la Basílica de San Pablo Extramuros. Las cuatro Basílicas mayores reciben este título Yo me ordené en la Basílica de Guadalupe en Monterrey, pero esta es una de las llamadas «Basílicas menores». Las «Basílicas menor es» son templos católicos que, por su importancia, por la afluencia de fieles y por ser un espacio de culto oficial, son designadas oficialmente como «Basílica» por el Santo Padre. Para mí, hace 30 años, fue un gran regalo que, al otro día de mi Ordenación se celebrara esta fiesta mariana y que fuera sábado, el día de la semana que la Iglesia dedica a la devoción especial a la Santísima Virgen María al recordar que la Basílica de Santa María la Mayor fue la primera iglesia dedicada para honrar a la Madre de Dios. Además, por si fuera poco, celebré mi Cantamisa en un templo dedicado a María; en aquel entonces la Capilla de la Virgen del Rosario, la cual, años después, fue constituida en parroquia con el título de «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás» y Dios me concedió el regalo de ser allí el primer párroco. 

Los años han pasado, hoy, recordando mi «Cantamisa» —la primera Misa celebrada por el sacerdote recién ordenado—, celebraré allí a las 7:30 de la tarde. Como cada mañana, medito en el salmo responsorial de hoy (Sal 80 [81]) —como me lo propuse para este año litúrgico—y de entrada me encuentro con una frase que me hace pensar en María. Dice el salmista «Israel no oyó mi voz, dice el Señor, y mi pueblo no quiso obedecerme». ¡Qué contraste tan grande la de éste y muchos otros pueblos con el «sí» de la Virgen María, la mujer de la escucha perenne, la jovencita de Nazareth que escuchó el mensaje de Dios por medio del Ángel, la esposa fiel que atendió a la voz del Espíritu Santo en cada paso de su vida! ¡Cuánto nos falta escuchar! El salmista dice que por no escuchar el pueblo se quedó enredado en sus caprichos y poniendo en boca de Dios las palabras del salmo exclama: «¡Ojalá que mi pueblo me escuchara y cumpliera Israel con mis mandatos!». Si no se escucha bien y con atención a lo que se pide, se llegan a cometer incluso barbaridades, como enseña este cuento que me encontré por ahí y les comparto: 

«El herrero del pueblo contrató a un aprendiz dispuesto a trabajar duro por poco dinero. El muchacho era joven, alto y muy fuerte, aunque un poco despistado. Era obediente y hacía las tareas que le encomendaban, pero se equivocaba a menudo y tenía que repetirlas porque prestaba muy poca atención a las instrucciones que el herrero le daba. Al herrero esto le molestaba un poco, pero pensaba: «Lo que yo quiero no es que me escuche cuando le doy una explicación, sino que acabe haciendo el trabajo y que me cueste muy poco dinero». Un día, el herrero dijo al muchacho: «Cuando yo saque la pieza del fuego, la pondré sobre el yunque; y cuando te haga una señal con la cabeza, golpéala con todas tus fuerzas con el martillo». El muchacho se limitó a hacer exactamente lo que había entendido, lo que creía que el herrero le había dicho. Y ese día el pueblo se quedó sin herrero, fallecido por accidente a causa de un espectacular martillazo en la cabeza…». Han pasado 30 años desde aquella primera Misa que celebré y siempre he pedido al Señor me conceda el escucharle con claridad como lo hizo María. Que Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, nos ayude a todos a saber escuchar. ¡Bendecido lunes, inicio de semana laboral y estudiantil para muchos que hoy reinician sus clases! 

Padre Alfredo. 

P.D. La Misa de hoy la celebraré en agradecimiento por todos aquellos —vivos y difuntos— que a lo largo de estos 30 años me han ayudado a ser sacerdote. ¡Gracias por tantas felicitaciones que recibí ayer y que el Señor, por mediación de María, les recompense al mil por uno sus oraciones y palabras de aliento!

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