viernes, 9 de agosto de 2019

«HACER MEMORIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


La consideración atenta del pasado, el hacer memoria de los hechos vividos, confirma al hombre y a la mujer de Dios en su fe, le vuelve a dar esperanza y renueva su adhesión al Dios santo que siempre está al tanto de nuestras vidas, aunque a veces parece que se haya escondido de nuestra mirada. No siempre es fácil comprender las razones del obrar divino, pero si se uno se fía del Señor y hace memoria de cómo ha intervenido en cada momento de nuestra existencia, descubre que también a través de lo que es adverso y hostil, se abre un paso que le conduce a una meta de paz inesperada, aunque no se palpe claramente la presencia del Señor. «Hacer memoria» es la clave para vivir seguros de que el Señor no nos suelta de su mano porque ha entrado en la historia de nuestra vida y de la humanidad para rescatarnos y llenarnos de paz. Hoy el autor del salmo 76 [77] nos ofrece algunos versículos de este salmo tomado como salmo responsorial en la liturgia de la palabra. La Sagrada Escritura, y en concreto muchos de los salmos, recuerda muchas veces «que el Señor eligió a su pueblo y lo acompaña a lo largo del camino en el desierto durante toda la vida». Dice el autor del salmo: «Recuerdo los prodigios del Señor, recuerdo tus antiguos portentos, medito todas tus obras y considero tus maravillas». 

El salmista nos invita hoy a «hacer memoria» de la cercanía de Dios, que camina con su pueblo y sella con él una alianza: «¿Qué dios es tan grande como nuestro Dios?». Con gozo él ve que puede constatar que el Señor nunca ha abandonado a su pueblo y que no hay ningún otro dios que haga lo que el Dios de Israel hace: «Hiciste maravillas y les mostraste tu poder a los pueblos». El recuerdo atento a la acción salvífica de Dios alimenta al escritor sagrado dándole una ilimitada confianza en quien «es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos» (cf. Ef 3,20s). Muchas veces, también en nuestras vidas, conservamos un recuerdo auténtico de Dios y de nuestra historia marcada por su presencia y le damos gracias alabando su nombre: «Recordaré los prodigios del Señor». Pero hoy, con el trajín de una vida más que agitada y en los días que pasan como un suspiro y en los que parece no alcanzarnos el tiempo para todo lo que queremos realizar, existe el peligro de vivir con superficialidad saltando de puntitas de un lugar a otro sin escuchar las palabras que me dicen, tanto Dios, como los hermanos. Llevamos en el corazón la memoria del amor que Dios nos tiene. 

Los discípulos–misioneros somos testigos de muchos momentos que forman parte de nuestra historia y en los cuales está el Señor, esos momentos en los que en medio de la oscuridad o del dolor, palpamos cómo Dios no nos olvida; esos momentos de alegría y de gozo que nos hacen vivir con una memoria llena de recuerdos de la acción de Dios en nuestras vidas. El año pasado tuve la gracia de estar tres semanas en la Tierra Santa, recuerdo cómo me impresionó la manera en que se conserva en cada lugarcito la memoria de Jesús. En cada lugar al que llegábamos, conservan cada palabra, cada gesto, cada piedra. Cada lugar sagrado que Jesús tocó, vio y amó. Y así se hace memoria. Porque el amor no olvida, guarda detalles, conserva cada silencio y cada voz... «hace memoria». Así es el amante que no olvida nada de la amada. Guarda el primer encuentro y el último. Revive con alegría cada palabra, cada acción. Hace memoria de todo para conservar el alma limpia y llena. En el Evangelio de hoy (Mt 16, 24-28) Jesús, invitando a sus discípulos a llevar la cruz de cada día hace una pregunta: ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? La vida no se pierde cuando se hace memoria de lo que Dios ha hecho en nosotros, con nosotros y a través de nosotros que llevamos la cruz de cada día. Sería bueno este día hacer memoria del paso de Dios por nuestras vidas como María. Ella hacía memoria, guardaba todas las cosas meditándolas en el corazón. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

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