martes, 6 de agosto de 2019

«En la fiesta de la Transfiguración del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Celebramos la fiesta de «La Transfiguración del Señor», una fiesta litúrgica muy peculiar que se apoya en un relato evangélico, también peculiar, que hallamos con ligeras variantes en los tres evangelios sinópticos y que hoy leemos en el Evangelio de San Lucas (Lc 9,28-36). Yo sigo metido en mi baúl de los recuerdos, pues hace 30 años este día era domingo y celebré por primera vez la Eucaristía dominical como sacerdote. Aquel domingo tuve dos Misas, una en la parroquia de la Coronación de la Virgen del Roble y otra en el convento de nuestras queridas hermanas Misioneras Clarisas acompañado por mis hermanos Misioneros de Cristo, Vanclaristas y por supuesto las hermanas. Recuerdo muy bien que aquel día, la Madre Teresa Botello, que era la superiora general de nuestras hermanas y sucesora de Nuestra Madre la beata María Inés Teresa, hizo una bella oración para consagrar mi sacerdocio a la Santísima Virgen María en su advocación de Guadalupe como patrona principal de nuestra familia misionera y consagrar así a todos los sacerdotes que vendrían después como Misioneros de Cristo... ¡cuántos recuerdos! Pero, sabemos que en gran parte, los recuerdos hermosos nos impulsan siempre a seguir viviendo. Por otra parte, tengo que agradecer al Señor que el año pasado me permitió conocer el Monte de la Transfiguración y presidir la celebración de la Santa Misa allí en ese lugar tan especial. 

El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan a la montaña —el Monte Tabor— y les mostró la gloria de su divinidad antes de que muriera y resucitara de entre los muertos, seguro para que ellos entendieran que esa gloria no sería como una especie de recompensa por sus sufrimientos, como su tuviera necesidad de ello, sino que era la misma gloria que ya poseía entes de los siglos, junto al Padre y el Espíritu Santo. Hoy viene a mi mente San Paulo VI, porque sabemos que, como Papa, había preparado un mensaje para esta fiesta de la Transfiguración en1978, un mensaje que se quedó escrito, sin pronunciar, porque el Papa estaba ya bastante enfermo, en él nos iluminaba diciendo: «En la cima del Tabor, durante unos instantes, Cristo levanta el velo que oculta el resplandor de su divinidad y se manifiesta a los testigos elegidos como es realmente, el Hijo de Dios. “el esplendor de la gloria del Padre y la imagen de su substancia” (cf. Heb 1,5); pero al mismo tiempo desvela el destino trascendente de nuestra naturaleza humana que Él ha tomado para salvarnos, destinada también ésta (por haber sido redimida por su sacrificio de amor irrevocable) a participar en la plenitud de la vida, en la “herencia de los santos en la luz” (Col 1, 12)». Por eso, el salmo responsorial de hoy, confeccionado por la primera parte del salmo 96 [97]), nos presenta una teofanía (manifestación) de Yahvé (vv. 1-6), una manifestación de la grandeza divina, esa misma grandeza que los tres Apóstoles elegidos pudieron contemplar en el rostro radiante de Cristo y que seguramente san Paulo VI empezó a ver aquella misma noche en que murió. El Salmo comienza con una solemne proclamación: «Reina el Señor, alégrese la tierra; cante de regocijo el mundo entero». Así, el salmista, nos invita a ver al Señor del cosmos y de la historia con la convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. 

Todo esto que el autor sagrado vislumbra en la belleza de este salmo, se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección de Jesús de la que, en esta manifestación, en esta teofanía del Cristo glorificado que se adelanta por unos instantes a la Pascua. Paulo VI había escrito para su mensaje del Ángelus de aquel día: «Estamos llamados a condividir tan gran gloria, porque somos “partícipes de la divina naturaleza” (2 Pe 1. 4). Nos espera una suerte incomparable, en el caso de que hayamos hecho honor a nuestra vocación cristiana y hayamos vivido con la lógica consecuencia de palabras y comportamiento, a que nos obligan los compromisos de nuestro bautismo». Ese santo Papa descansó en la paz del Señor a las 21:40 del domingo 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor. Vivamos este día de fiesta y elevemos nuestra oración a María, a quien el mismo san Pablo VI invocaba como «la beatísima, la dulcísima, la humildísima, la inmaculada creatura, a quien cupo el privilegio de ofrecer al Verbo de Dios la carne humana en su primigenia e inocente belleza» (II; cf. L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 4 de agosto de 1974. pág. 7) mientras contemplamos con Pedro, Santiago y Juan a Cristo transfigurado y atendemos a la voz del Padre que nos dice a nosotros también: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». ¡Bendecido martes para todos! 

Padre Alfredo.

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