jueves, 19 de julio de 2018

«¡Vengan a mí!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre es un gozo para cualquier miembro de la Familia Inesiana estar en la casa Madre de nuestra familia misionera en Cuernavaca «y lo es para todo el que la conozca—, y debo confesar que me llevé una gran impresión al llegar ayer y ya no ver la parte que conocíamos como «Asís» porque así la había bautizado Nuestra Madre fundadora la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Ese edificio de tres pisos en donde disfruté muchos veranos de vacaciones, cursos y ejercicios espirituales, y tantos diciembres en Asambleas de Van-Clar (Nuestro grupo de seglares misioneros), retiros y demás; sobre todo en mis años de juventud, cuando desde que era Vanclarista, y después como seminarista, recibí allí, en ese santo lugar, tantas gracias. Todo pasa en esta vida, y pasa tan rápido como los segundos que duró el pasado terremoto del 19 de septiembre ya hace casi un año. Ese «temblorcito» que en tan poco tiempo hizo caer grandes edificios, dañó tanto las estructuras de «Asís», que hubo que derrumbarlo en su totalidad. Ahora, en espera de nuevos donativos milagrosos que seguro seguirán llegando, en donde estaban aquellos espacios que nos albergaron a tantos y por tanto tiempo, se contemplan solo escombros: piedras; algunos pedazos de cemento; uno que otro de esos mosaicos de muchos colores, de aquellos que colocó Madre Inés con las primeras hermanas Misioneras Clarisas al levantar esta obra. 

Además de esto, el temblor derrumbó parte del Auditorio de esta querida casa y, fue un gran gozo poder admirar el flamante auditorio con un escenario nuevo y un techo que, desde la calle, deja ver su ligereza para soportar las trémulas condiciones de la ciudad de la eterna primavera, capacitando este espacio nuevamente para enfrentar, de forma más segura, la próxima sorpresa temblorina. Así, en los acontecimientos de cada día, entre esa mezcla de cosas y momentos hermosos, en contraste con las situaciones dolorosos, vemos que los creyentes hemos de ser hombres y mujeres llenos de fe y de esperanza como el profeta Isaías, que hoy, en la primera lectura de nuestra diaria liturgia nos dice: «La senda del justo es recta porque tú, Señor, le allanas el sendero»... «En el camino de tus mandamientos te buscamos»... «Acudimos a ti, Señor, en el peligro»... «Tu rocío es rocío luminoso»... «La tierra de las sombras dará a luz» (Is 26,7-9.12.16-19). Por su parte, el Evangelio de hoy tiene palabras que nos hacen ir a la otra virtud de las tres que llamamos teologales y que son la Fe, la Esperanza y la Caridad. Jesús, en el Evangelio que ilumina nuestro día tiene palabras de aliento para mis hermanas Misioneras Clarisas de la Casa Madre y para todo aquel que vive así, en ese mismo dinamismo el seguimiento de Cristo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio»... «Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón»... (Mt 11,28-30). 

Al amanecer de este día y evocando los momentos de ayer entre el reluciente auditorio y el vacío que dejó «Asís», pienso en las hermanas —entre ellas nuestra querida Madre Julia— que vivieron el susto de la sacudida, el desalojo de la casa, la marcha hacia la Casa Noviciado, las nubes de polvo que seguro invadieron hasta el último rincón de la parte que quedó en pie en los días que duró la ardua tarea de la demolición y aún ahora el ruido incesante del equipo de arquitectos, ingenieros y trabajadores de la construcción que, a casi un año de haber empezado la reconstrucción, siguen ahí. Puedo contemplar las caras cansadas de las hermanas acarreando cuanta cosa puede haber en una casa de retiros antes de que las máquinas pesadas redujeran a la nada la inmensa mole de cemento y claro, pienso también en las lágrimas de las que, de lejos y de cerca, recordaban y reviven, como muchos de nosotros, aquel espacio hermoso que ahora ha quedado grabado en el corazón. El creyente, ante situaciones como estas, tiene que interiorizar en su conciencia que Dios se interesa en ayudarle en la solución de las situaciones difíciles de la vida para reconstruirle con todas sus circunstancias. La situación de Casa Madre no es ajena a la que muchas familias afectadas viven aún y que, como nuestras Hermanas, ante estas situaciones, no pueden quedarse solamente viendo y llorando ante una situación que angustia y que impide ver con claridad los propósitos de Dios... ¡hay que actuar para dejar actuar a Dios manifestando su compasión y misericordia! Como María, hay que encaminarse «presurosos» a reconstruir no solo un edificio como la Casa Madre, sino nuestras propias vidas que a veces se derrumban por una u otra causa. Dios siempre tiene un propósito que es el que hay que buscar para enfocar nuestra atención y esperanza en las situaciones de crisis actuando con amor. ¡Es jueves, Jesús nos espera en la Eucaristía para restaurar, para reconstruir, para edificar diciéndonos: «vengan a mí»! 

Padre Alfredo.

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