viernes, 20 de julio de 2018

«Milagros»... Un pequeño pensamiento para hoy...


En 1939, unos excavadores franceses encontraron en el puerto de Ras Shamra (Siria) unos fragmentos muy antiguos que ayudaron a los estudiosos a corroborar el texto bíblico que encontramos en la primera lectura del día de hoy (Is 38,1-6.21-22.7-8) y que nos habla de la curación del rey Ezequías con un emplasto de Higos ( Keller W., “Y la Biblia tenía razón”. Ed. Omega, Barcelona 1981. pág 255). También por los arqueólogos, cuya tarea es, entre otras, recobrar el pasado de pueblos y culturas anteriores a nosotros por el estudio sistemático de los materiales que dejaron, sabemos que el uso de la pasta de higos que utilizó Isaías para la afección de la piel de rey era algo típico en las prácticas antiguas de la medicina popular. Pero, desde la perspectiva que el pasaje nos presenta, el mérito de la curación reside en Dios mismo y no en el ungüento, que seguramente ya se había utilizado con anterioridad. Ezequías había caído gravemente enfermo y se reconoce, en una oración, pecador ante el Señor. Dios escuchó su oración y le concedió a Ezequías el «milagro» de vivir otros quince años y para fortalecer su fe, le dio una señal muy especial: «la sombra del sol retrocedió diez grados en vez de avanzarlos».

Esa señal dada a Ezequías para testificar que sería curado de su enfermedad también fue dada a la ciudad de Jerusalén como una promesa del Señor que serían salvados de los Asirios. Dos es el Señor y dueño de nuestras vidas y por lo tanto de la historia y Dios —como lo vemos en este y otros milagros que acontecen— puede cambiar de parecer, precisamente por que Él es Dios. Ver, en esta lectura, que los mismos labios que acababan de anunciar la muerte la desmienten ahora y anuncian la curación, nos hace ver que hemos de confiar en la fuerza de la oración, aunque no haya indicio alguno de un milagro, ya sea de indicios de curación o de situaciones políticas y de otro tipo. Hoy el pueblo de Nicaragua sufre, ayer muchos cristianos del mundo entero, especialmente de América Latina nos unimos en una fervorosa oración en diversas Horas Santas que realizamos. Por lo menos aquí teníamos una Iglesia llena de gente en adoración orando ante Jesús Eucaristía implorándole un milagro. Trajimos a su presencia a los gobernantes, a los obispos, al pueblo en contra y a favor, a los heridos y pedimos por los muertos... ¿Esperamos un milagro? ¡Por supuesto que sí! Pero reconocemos que el Señor, como he dicho, dueño de nuestras vidas y de nuestra historia, es quien verá qué es lo mejor.

La gloria de Dios está siempre y únicamente en el bien del hombre. Por eso los milagros son eso: «¡milagros!», situaciones que se salen de lo ordinario, como la curación milagrosa del rey Ezequías o el movimiento del sol en aquella ocasión y en Fátima. Hechos para conocer más a fondo el «corazón de Dios» como dueño y Señor. Su dominio sobre el mundo y la historia, sobre la salud y devenir de cada día permanece indiscutible y el deber del hombre sigue siendo siempre la obediencia a su voluntad; pero el dominio de Dios se manifiesta en el amor; en eso está su honor. En el Evangelio de hoy (Mt 12,1-8). Cuando un hombre acepta el don del Padre como algo que Él si quiere lo da o no, y se hace responsable del «don o milagro» recibido mediante un «sí» a su voluntad, sin reservas como el de María, su salvación, a partir de ese momento, deja de estar a merced de medios externos para depender exclusivamente del encuentro entre la iniciativa de Dios y la fe del hombre. A imitación de Cristo, todo discípulo-misionero capaz de percibir el don que Dios le hace y que trata de responder a él con una fidelidad incondicional, participa de este señorío sobre el sábado y sobre las mismas cuestiones que acontecen; por eso es que los santos pueden alcanzar milagros cuando se los pedimos. Uniéndose a Cristo, sobre todo en la Eucaristía, renovamos nuestra experiencia de apertura y de encuentro con la voluntad de Dios. ¡Si Él quiere, nos hará el milagro!... si ve que aquello que pedimos no nos conviene ni para nuestra ¡salación ni para la de los demás, el milagro n o se dará, por que Él, no «sabatiza», sino ama y a su Hijo lo entregó muriendo en la Cruz, derramando su preciosa sangre (como nos recuerdan las oraciones de la Misa de hoy) por nuestra salvación. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

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