miércoles, 25 de julio de 2018

«Santiago el Mayor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos ya a mitad de la semana, hemos dejado al profeta Miqueas que nos ha alentado varios días mostrándonos la inmensa misericordia de un Dios que perdona y olvida, un Dios Amor que en cada amanecer nos mira con ojos nuevos. Hoy interrumpimos el orden que llevamos en la liturgia diaria en las lecturas de Misa para celebrar la fiesta de Santiago Apóstol, uno de los doce; y es inevitable que mi mente y corazón viajen hasta mi querida comunidad de Capula, ese precioso pueblecito enclavado en una pequeña llanura entre Morelia y Quiroga y de cuya parroquia, que camina bajo el patrocinio de Santiago Apóstol, fui un tiempo poco menor que un suspiro, su administrados parroquial. Allá, en ese hermoso lugar que el artista pintor y escultor Juan Torres escogió como espacio para desarrollar sus admirables habilidades, ha florecido, gracias a la dedicación y al espíritu misionero de una gran Vanclarista, que es Belia Canals su esposa, un apostolado fecundo que despliega sus alas especialmente durante la Semana Santa evangelizando esa y otras comunidades con ayuda de Vanclaristas de diversos grupos del país y de la admirable labor de nuestras hermanas Misioneras Clarisas que, fieles a la beata María Inés, no dejan nunca a la deriva a este grupo misionero de Van-Clar (Vanguardias Clarisas). Allá en Capula andan, por cierto, nuestros hermanos y amigos Magnolia y Lucio acompañando a Belia y a los demás miembros del grupo en las fiestas patronales. ¡Ayer por teléfono los pesqué cansados pero llenos de felicidad, luego de una procesión en las Vísperas de la fiesta que duró apenas cuatro horas! 

La tradición nos dice que lo más probable es que «Santiago el Mayor» —llamado así para distinguirlo del otro discípulo homónimo y menor que él en edad— haya nacido en Betsaida y que su nombre proviene de dos palabras: «Sant» y «Iacob», porque su nombre en hebreo era «Jacob», por eso algunos de nuestros hermanos separados (esperados) le llaman Jacobo. La Escritura nos dice que era hermano de Juan Evangelista y que «Santiago», Jacobo, Yago, Thiago, Jaime, Diego o como queramos llamarle, formó parte de los tres apóstoles más cercanos a Jesús, junto con su hermano y Simón Pedro; así que seguramente presenció todos los grandes milagros que Cristo realizó y presenció, como nos narra el Evangelio (Lc 9,28-36) el momento glorioso de la Transfiguración. Santiago fue un gran Apóstol y un misionero incansable que viajó desde Jerusalén en Israel hasta Cádiz y posteriormente Zaragoza en España. La tradición religiosa española supone que en Zaragoza se le pareció la Santísima Virgen María sobre una columna, en el lugar en donde ahora se encuentra la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Se sabe, por la Escritura, que murió decapitado durante el reinado de Herodes Agripa I (Hch 12,2). Según otra tradición medieval, igual de difícil que la anterior de comprobar, su cuerpo llegó hasta Galicia en donde hoy está el poblado de Santiago de Compostela, lugar al que se hace el famoso «Camino de Santiago» y en donde se encuentra el «Botafumeiro», ese enorme incensario usado desde la Edad Media como instrumento de purificación de esta Catedral en la que se apiñaban las multitudes y que hoy, 800 años después, sigue maravillando a los presentes cuando, tras la Comunión, suena el Himno del Apóstol en los órganos barrocos y este portento de la física comienza su asombroso recorrido pendular frente al altar mayor, para elevarse hasta casi rozar la bóveda del transepto y que yo recuerdo haber admirado en estado inerte en alguna de mis correrías por España. 

Al igual que cualquiera de nosotros, Santiago llevó el tesoro de la fe n su «vasija de barro», y por eso el pasaje de la primera lectura de hoy (2 Cor 4,7-15) retrata muy bien su vida y su condición de Apóstol y misionero acérrimo, que como nos recuerda el Evangelio de hoy, unido a Cristo «bebió su mismo cáliz» (Mt 20,20-28). Nadie —y hoy más que nunca— puede ser católico por simple nacimiento o definición, para serlo hay que beber del mismo cáliz que Cristo bebió y así llegar a descubrir el amor que Dios nos dispensa a través de su Hijo muy amado. Al celebrar esta fiesta de este hombre de la mar que se dejó arrastrar por el «sígueme» del Señor, celebramos también el «ven» que nos dirige a nosotros. «¡Sígueme y eso basta!»... no hablemos de títulos o lugares especiales, no hablemos de un puesto a la derecha o a la izquierda del Señor, sino de ocupar un puesto especial en el corazón de Jesús como el que ocupó Santiago. Y, si como atestigua la tradición, antes de su dormición y asunción, sobre el año 40 y en carne mortal, la Virgen se le apareció a Santiago sobre una columna de jaspe en Zaragoza, pidámosle a la «Pilarica» que con su presencia nos de también a nosotros los ánimos necesarios que necesitamos para perseverar en la conquista del mundo para Cristo. ¡Bendecido miércoles y felicidades a los que hoy celebran su santo... que sean santos! 

Padre Alfredo.

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